El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

─ Attaegina, ¿entiendes ahora por qué te advertí de lo peligroso que era el mundo fuera de Caliza?

Ella asintió con la cabeza. En eso no podía quitarle razón.

─ Pero es que allí nunca nos han atacado las alimañas. Ni siquiera el pobre Anut se había hecho notar tanto como la noche en que viniste tú. No sé, era como si algo lo hubiese alterado.

Halcón suspiró con resignación. Sabía que a veces provocaba esa reacción en gente endemoniada, como si los diablos parásitos se revolvieran en su presencia.

─ ¿Crees que Caliza corre peligro? ─preguntó Atti de repente pensando en sus hermanos─. Como dices que hay alimañas donde nunca las hubo… No sé, ahora estoy preocupada.

─ Tranquila. Caliza posee… No sé cómo explicarlo. Es como si alguien hubiese trazado en torno a tu aldea un escudo de protección parecido al que creamos los nawales . Lo sentí en cuanto llegué.

Atti se quedó pensativa. Suponía que jamás lo había notado porque apenas había salido de Caliza en toda su vida más que para ir a los pinares, un poco más al este.

─ Ahora entiendo lo de los tres cantos del gallo ─reflexionó en voz alta─. Los ancianos siempre han insistido mucho con eso. No debemos salir de casa hasta que el gallo canta tres veces. A los niños se les castiga duramente si infringen esa norma.

─ Tiene sentido. El gallo canta tres veces dando tiempo a que la frontera entre la noche y el día se restaure. Así, los habitantes del día no se cruzan con los de la noche. Luz y oscuridad, Atti. El Cosmos siempre se ha regido por ese equilibrio.

─ Ya… Entonces, ¿no sabes por qué había alimañas en el valle? ¿Y si empiezan a extenderse por las mesetas y la Gran Cañada? ¿Y si llegan hasta aquí?

De nuevo se sentía inquieta. Solo de recordar los ojos secos del semihumano sentía un impulso incontrolable de escapar.

Halcón, por su parte, barajaba explicaciones.

No, él tampoco lo sabía, aunque podía imaginar qué había atraído la atención de esas criaturas.

Miró la espalda de Atti, su trenza bien definida como una espiga madura, y recordó sus… ¿alas?

─ ¿Cómo lo hiciste, Attaegina?

Attaegina levantó la cabeza del guiso. La cena estaba lista.

─ ¿A qué te refieres? ─preguntó sin comprender, sirviendo un par de cuencos de madera.

─ Ayer, con las alimañas. Irradiabas más luz que una estrella. Algunos no la pudieron soportar.

─ ¿Qué luz, Halcón?

¿De verdad no era consciente de ello?

─ Pero si… Brillabas. ¡Te envolvía un aura luminosa!

─ No creo. Era la luz del escudo de protección, de tu bastón de nawal . O, a lo mejor, mi gema brilló, como el otro día, cuando me encontraste en la oscuridad. ¿Recuerdas? Mi gema se iluminó, ella sola. Yo no hice nada. Ayer yo solo canté. La guía angélica quizás hizo el resto.

Halcón no insistió. Era obvio que ella no se había dado cuenta todavía del poder que entrañaba ni conocía la naturaleza de su condición. Ni siquiera sabía que, en algunas ocasiones, brotaban dos alas de plumas de su espalda. Por el momento, era mejor no decírselo.

Se sentaron frente a frente con dos raciones de guiso montaraz y dieron las gracias por la cena a Padre Cielo y a Madre Tierra.

Su sabor era agreste, austero, muy diferente de la cocina especiada y picante del Sur.

Sin embargo, Halcón era un comensal agradecido, tanto que masticó sin protestar las raíces de los gamones, terrosas, amargas y sin gusto.

Cuando quiso darse cuenta, Atti sonreía con una mueca burlona.

─ He prometido que haría la cena, no que te fuera a gustar ─le dijo echándose a reír─. ¡Tendrías que verte la cara!

Cuando Halcón logró por fin tragarse aquello, bebió un trago generoso de agua.

─ ¿Esto también es típico de Caliza?

─ Bueno… Solo los años de mala cosecha… Mis hermanos lo comen sin protestar. Todos excepto Tauh, que tiene un paladar tan delicado como el tuyo.

Atti se sorprendió de su propia broma. Si ella nunca se comportaba así… ¿Tendría algo que ver el mercader y su carácter juguetón? Quizás fue por desafiarla, o tal vez por darle el gusto, pero el caso es que Halcón no dejó nada en el plato.

─ Felicito a la cocinera… ─dijo─. Pero, por favor, no me hagas volver a comer gamones en lo que me queda de vida.

Rompieron a reír y las ranas croaron con más fuerza aún, montando un escándalo insoportable, pareciendo que se reían con ellos. No se acercarían las alimañas esa noche, no. Aun así, cuando ya se hizo tarde, y a pesar del agotamiento de su cuerpo, Atti volvió a sentir miedo de quedarse dormida.

─ Cuéntame, Halcón, ¿cómo puede alguien llegar a convertirse en esas cosas?

─ Haces muchas preguntas.

Atti se quedó contrariada.

─ ¿Por qué dices eso?

─ Porque haces preguntas que haría un nawal . Ese es un camino de conocimiento, y es hermético, se transmite de maestro a discípulo, y también es largo. No creo que debas saber tanto sobre las alimañas. De hecho, ya sabes demasiado.

Se sintió decepcionada. Esperaba que Halcón le hablara más sobre los demonios.

Al fin y al cabo, ya habían salido juntos de dos encontronazos con esa clase de criaturas y pensaba que eso le daba derecho a conocerlas más.

Sin embargo, puede que Halcón tuviese razón y que esa información, según las leyes del nawal , no le pudiera ser revelada. No insistió.

─ Está bien, te contaré algo ─resolvió el mercader─.

Alguien sembró hace mucho, mucho tiempo, una semilla oscura en el mundo.

Ese alguien… Su nombre no ha de ser pronunciado ni siquiera por un nawal ─ enfatizó.

Ella nunca lo había visto tan serio. Sin duda se trataba de enseñanzas sagradas─.

Pero, volviendo al asunto, en ocasiones esa semilla oscura germina en algunos seres humanos, enraíza y crece, y con el tiempo va parasitando a su huésped hasta succionar todo su halo, su identidad, y acaba matando a su cuerpo para, después, buscar otro. Como quien cambia de vestido.

─ Vaya, así que es parecido al muérdago, que crece en torno a un árbol alimentándose de él, robándole toda la savia. Y cuando consigue matar al árbol, entonces se parasita a sí mismo hasta morir.

Halcón asintió.

─ Es una buena comparación, desde luego. Pero un demonio nunca se parasita a sí mismo, sino a otros. ¿Recuerdas al semihumano, ese que te increpaba tanto?

─ Sí… Cómo olvidarlo…

─ A ese cuerpo, que fue humano, le queda muy poco. Cuando se consuma, esa criatura buscará otro cuerpo donde anidar.

─ ¿Cómo? ─preguntó Atti. Le aterraba hablar de ellas, las alimañas, pero algo en su interior necesitaba saber más, o al menos confirmar lo que ya sospechaba. Halcón no le respondió de inmediato. Supuso que estaba decidiendo cuánto más podía revelarle.

─ Cuando las alimañas vuelven a su forma real, tienen ese aspecto de monstruo que tú ya has conocido.

Viven así, escondidas en enclaves oscuros durante el día a la espera de encontrar algo que comer cuando cae la noche.

Pero si un ser humano pasa cerca de ellas, a veces basta una incipiente emoción de rencor no sanada para que una de esas criaturas pueda aferrársele.

Entonces los nawales decimos que el parásito ya está dentro.

No se puede ver con los ojos, pero está ahí, anidando.

Y si aquel que está parasitado no se da cuenta, el parásito va engordando, alimentándose de sus frecuencias más bajas: odio, miedo, envidia… Culpa…

Escucharle era sobrecogedor. Una mezcla de temor y pena, pena profunda, se prendió en Atti cuando volvió a recordar al semihumano, que parecía un muchacho malogrado perdido en algún momento de su vida en el que tal vez necesitó ayuda pero nadie acudió a su llamado.

─ ¿Y qué pasa con Anut? ─preguntó─. Nació así. ¿Por qué? No había hecho nada malo, solo era un bebé y esa cosa ya vivía dentro de él.

Halcón se cruzó de brazos.

─ Suficiente ─decidió─. Por hoy es suficiente. Sabes más de lo que deberías.

Attaegina no insistió, se dio por respondida. Intuía que solo los nawales tenían permiso para acceder a esos saberes. Y ella no era nawal ni se había planteado serlo.

─ Sé que tienes miedo de que las alimañas vuelvan ─le dijo Halcón─. No te preocupes. Te prometo que hoy dormiremos tranquilos. De todas formas, me quedaré despierto hasta que te venza el sueño. Palabra.

Ella le dio las gracias. Todavía con el mal recuerdo de las alimañas rondándole, el hecho de dormirse antes que Halcón le resultaba alentador.

Tardó poco: nada más dejó caer la cabeza, un sueño reconfortante acudió a reparar el cansancio de su cuerpo mitigando las preocupaciones de su mente.

Ni siquiera las ranas y su exacerbado croar la molestaron.

Halcón habría preferido escuchar el canto de Atti, su cálida voz aflautada, pero se conformó con verla dormir.

Finalmente se quedó velando más tiempo del que habría querido porque, después de todo, empezaba a comprender que la luz de un ángel era algo codiciado y que, si no se protegía, la propia oscuridad iría a buscarla.

Ella o sus esbirros. Por eso se levantó, golpeó tres veces el suelo con su bastón y levantó un escudo de protección en torno a ellos.

Uno que los haría invisibles a los ojos de las tinieblas.