El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

El aroma de la mirra quemándose sobre un carboncillo impregnaba la lona de las paredes de la tienda.

De vez en cuando los vientos nocturnos del desierto las agitaban permitiendo que entrara una corriente de aire seco y templado.

Esa noche el silencio más absoluto había coloreado cada grano de arena del Sari con un nefasto sentimiento de luto.

Mientras tanto, todos los miembros de la tribu rezaban en susurros temiendo levantar la voz por si la muerte, guiada por el sonido de sus súplicas, acudía a llevarse al niño de los ojos de oro, el niño que tenía mirada de rapaz.

«¡Perdón! ¡Perdón!», rogaba sin dejar de llorar, como si eso pudiera aferrarlo a la vida.

Pero, ¿a quién se lo decía? ¿A su madre, la silenciosa mujer que velaba su cama?

¿O a él, al nawal que acababa de llegar a la tienda? «¡Perdón! ¡Perdón!»...

Atti se despertó sobresaltada. Había sido tan real como tener a ese niño llorando a su lado.

Pero junto a ella solo estaba Halcón profundamente dormido, y un poco más allá, pero al abrigo de la sombra, Silencio pastaba en calma.

El sol todavía calentaba la tierra con fuerza coreado por las cigarras, que parecían ofrecer su canto como tributo al calor.

Era finales de primavera, pero a medida que avanzaban hacia el Sur los vientos se iban volviendo cada vez más cálidos y los días duraban más.

«¿Cómo se vive en el desierto, Halcón?», se preguntó Attaegina acercándose muy despacio para observar al mercader.

Se había colocado el turbante debajo de la cabeza, a modo de almohada, y dormía algo encogido, echado sobre el costado derecho.

Incluso así le inspiraba confianza. Y alegría.

Pero, ¿qué tenía Halcón que la confundía tanto?

¿Qué era, si hasta sus dones habían dejado de funcionar desde que él se cruzó en su camino?

«Maldita la hora», se lamentó. ¿O no? ¿Por qué le gustaba tanto el color de su piel?

¿Por qué adoraba que él le sujetase la mano en los momentos difíciles?

¿Y por qué se había sentido a salvo como nunca esa noche, rodeada de alimañas, simplemente al notar el calor de su espalda?

«¿Y por qué, desde que tú apareciste, cada vez se me olvida más pensar en Lorick?

Aquella noche yo estaba esperando al amor de mi vida…

y llegaste tú para desordenarlo todo, como un viento travieso y desobediente».

Si hubiera podido cortarse la cabeza para no atormentarse más con aquellos pensamientos, Atti lo habría hecho, sin duda.

Lo que peor llevaba era que no se trataba solo de pensamientos, no.

Era su cuerpo, su corazón, lo sentía dentro de las entrañas…

Halcón había despertado en ella en cuatro días sentimientos e instintos que jamás sintió por Lorick en toda su vida.

«Si apenas te conozco...», se decía. Pero una voz interior le respondió: «¿Estás segura? ».

El mercader cambió de postura colocándose boca arriba y abrió los brazos hacia los lados.

Atti creyó que iba a despertarse, pero continuó dormido.

En ese instante se fijó en su pecho. Quería saber por qué en ocasiones Halcón se llevaba la mano ahí con tanto empeño.

Hasta donde ella sabía, sucedía cuando alguna alimaña rondaba cerca.

¿Tendría alguna herida, algún mordisco antiguo, algún arañazo negro y profundo, como la cicatriz de su mejilla?

Se acercó un poco más, aunque fue imposible ver nada.

La ropa le cubría lo suficiente. Entonces se acordó de su sueño.

«¿Qué te hizo ese hombre, Halcón? ¿Por qué llorabas?

Y, ¿por qué le pedías perdón? ¿Es que rogabas por tu vida?

». El mercader de pronto abrió los ojos.

Se sorprendió al encontrarse a Atti tan cerca observándolo con tanto interés, y sonrió con satisfacción.

─ Vaya suerte… ─susurró─. Me despierto y lo primero que veo es a un ángel velando por mí… ¿Qué he hecho yo para merecer tamaña recompensa?

Atti se puso en pie de inmediato y se dio la vuelta sonrojada. «Me ha vuelto a cazar». ¿Es que Halcón siempre tenía algo que decir?

─ Aún quedan horas de sol, deberíamos continuar ─propuso ella fingiendo indiferencia.

Y empezó a recoger su equipaje. Halcón no se movió, no parecía tener la menor intención.

Se desperezó todo lo largo que era, sin ningún pudor, y continuó tumbado a la sombra con la cabeza apoyada en los antebrazos.

─ ¿Me lo estás diciendo en serio, Attaegina? ¿Que nos pongamos en marcha ahora?

Atti arqueó las cejas, como extrañada por su respuesta.

─ ¿Y por qué no iba a decirlo en serio? Nos quedan días de camino hasta Teff y ya hemos perdido bastante tiempo con esta siesta. Vamos.

Halcón resopló con fastidio mientras se incorporaba.

─ Esperaba que después de una noche como la de ayer estuvieras tan cansada que me suplicaras por no dar un paso más.

─ ¿Suplicar? ¿Yo? ─se indignó ella─. No sabes con quién te andas. Me sobran fuerzas para resistir otra noche sin dormir.

Halcón se rio por lo bajo cuando le acometió un bostezo.

─ Más rústica que una ortiga, ¿eh? ─le dijo sin dejar de reírse─. Ya me lo advirtió tu padre.

Sus palabras molestaron a Attaegina. ¿Por qué tenía que ser siempre tan provocador, tan irritante?

¿Por qué sabía perfectamente cómo sacarla de quicio?

Daba igual, tendría que aprender a ignorar sus estúpidos comentarios.

Quedaban dos o tres horas de luz y deberían aprovecharlas.

Así que Atti se ajustó los cordones de las sandalias, se cargó con su fardo y de pronto se dio cuenta de que no encontraba algo, un objeto muy especial que le apenaría mucho perder…

─ ¿Buscas el anillo? ─le preguntó Halcón. Sus ojos relucieron y Attaegina se imaginó por qué: efectivamente, el mercader guardaba en su mano el anillo de hueso de melocotón. Claro, con esa agudeza, ¿qué se le podía escapar?

─ ¿Dónde estaba?

─ Te lo dejaste junto a la leña cuando llegaron las alimañas. En cuanto se fueron lo recogí del suelo porque pensé que no te ibas a acordar, estabas medio dormida. Y también pensé que te habría dado mucha pena perder un regalo de tu hermano, ¿no?

─ Gracias... Gracias, Halcón.

Atti estiró el brazo para recuperarlo, pero el mercader no se lo puso en la palma de la mano sin más, no.

Con suma delicadeza, se lo colocó en el dedo corazón, ensartándolo despacio, como si no quisiera que terminase ese momento.

Ella se estremeció: se había imaginado muchas veces cómo sería el día en que Lorick le pusiera un anillo de novia.

Pero, una vez más y por bromas del destino, Halcón se había vuelto a adelantar.

¿O es que Lorick llegaba siempre tarde? El mercader sonrió.

─ Cuídalo mejor o le darás un disgusto a tu hermano.

─ Sí, claro… Ya no me lo quitaré más.

A pesar de lo poco apetecible que era viajar tan entrada ya la tarde, con el calor desplomándose pesado sobre sus cabezas y exhaustos tras una noche infernal, Atti insistió.

Y Halcón y Silencio la siguieron sin quejarse.

Atravesaron una amplia pradera donde la avena silvestre estaba tan crecida que les llegaba por la cintura.

El Sur doraba los campos como un horno dora la corteza del pan, pero la floración, con los colores de la vida, salpicaba cada uno de sus rincones: malvas y aciano, humildes manzanillas, senecios y amapolas rebeldes…

Todas se contoneaban al ritmo de la brisa de la tarde, con un ritmo cíclico, como las olas de un mar de maleza.

Al caer la noche, Atti se alejó para recolectar gamones y apio caballar mientras Halcón prendía una fogata cerca de unas pozas.

Las ranas cantaban tan fuerte que no se escuchaba siquiera a los grillos.

─ Si las ranas se quedan calladas, entonces empieza a preocuparte… ─le dijo Halcón alimentando el fuego. Atti dejó lo que estaba haciendo y observó los alrededores buscando en la oscuridad el brillo de los ojos de alguna alimaña─. ¿Todavía estás asustada?

─ No sé si podré volver a dormir de noche mientras estemos de viaje en medio de la nada…

Continuó cocinando.

─ Nunca habían llegado hasta el valle ─reconoció el mercader─. Nunca han llegado más lejos de las gargantas. No sé qué ha podido cambiar. Pero no te preocupes, Atti. Aquí no vendrán.

─ Y, ¿cómo lo sabes? ─le preguntó ella levantando la cabeza del puchero con un guiño perspicaz. Intuía que Halcón tenía un método para saberlo, algo que llevaba en el centro de su pecho. Quería averiguar de qué se trataba. El mercader no pareció darle importancia.

─ Lo sé ─se limitó a responder. Y no dio explicaciones. Luego, cambió de tema─: Oye, ¿eso que has traído no será cicuta? Mucha gente se ha envenenado con esa planta…

Atti lo miró y se puso las manos en las caderas, desafiante.

─ ¿Crees que no sé distinguir la cicuta del apio? ─le espetó. Halcón sonrió─. Mi padre me enseñó desde niña, nos enseñó a todos. Hasta sé pescar, señor mercader.

─ Y entonces, ¿por qué no hemos cenado carpas?

─ Ah, no… Detesto limpiar pescado. Si quieres carpas, yo las pesco, pero tendrás que prepararlas tú.

─ Yo no he pescado jamás, Attaegina. Bueno, sí: yo pesco diablos.

Se produjo un silencio tenso que llevó a Atti a revivir todo el horror de la noche pasada, y el recuerdo de las criaturas de las tinieblas paralizó todos sus movimientos por un instante.

─ ¿Es que a ti no te dan miedo, Halcón? ─le preguntó.

─ Pues claro que me dan miedo. Viven en mis pesadillas, desde siempre. He visto a tantos a lo largo de mi camino que he perdido la cuenta. Pero es mi labor ocuparme de ellos, enviarlos a la luz, que es de donde todos procedimos una vez.

Costaba creer que alguien como Halcón, que infundía tantas ganas de vivir, de reír y disfrutar, se enfrentara tan a menudo con las alimañas, que representaban lo más oscuro, lo más triste, lo más despreciable de la vida.