CAPÍTULO 19
Cuando Atti miró a Halcón supo que sus peores presagios comenzaban a cobrar forma, pues el mercader, paralizado, se llevó una mano al centro del pecho, frotándose la piel con la palma abierta como si algo ahí dentro le doliera.
Ya lo había visto hacer eso mismo en Caliza, justo antes de lo que sucedió con Anut.
─ ¿Qué te pasa? ─le preguntó─. ¿Es que te duele?
Se acercó a él por instinto, como si quisiera examinarle. Halcón la apartó con suavidad y le hizo un gesto para que no hiciera ruido mientras escudriñaba los alrededores.
─ Tenemos que irnos ─respondió sin más─. Vamos, vamos. ¡Hay que darse prisa! ¡Apaga el fuego!
Atti volcó el caldero con todo lo que había cocinado sobre la fogata para ahogar las llamas, pues ella también percibió un cambio en el aire, como si se hubiera ensuciado.
El río, los sauces, las aves... Parecían haberse callado todos para ceder su lugar a un siniestro rumor que en esos momentos cruzaba el valle a lomos del viento del anochecer.
─ Silencio, amigo, vámonos ─insistía Halcón intentando hacer avanzar al animal.
Pero el asno no tenía la menor intención de obedecer: hambriento y cansado como estaba, sería más fácil para el mercader mover cualquier montaña de los alrededores─.
Silencio, por favor, te daré frutas cuando lleguemos a Teff, todas las que quieras.
Mientras tanto, Atti se afanaba por recoger solo lo necesario. No había tiempo. El crepúsculo llegaba a su fin y las últimas luces del día se escurrían a lo lejos, por detrás de las cordilleras.
─ ¡Silencio, por favor! ─le suplicaba desesperado el mercader.
La noche se cernía sobre el valle a medida que el ambiente se iba enrareciendo, muy pronto los atraparía si no se apresuraban y era obvio que el asno no estaba dispuesto a moverse, así que Halcón dejó de insistir: recitó algunas palabras en un tono casi inaudible y tocó con la punta del dedo índice el hueco entre los ojos del animal que, al instante, se desplomó sobre el suelo. Atti ahogó una exclamación al verlo.
─ No está muerto, solo se ha dormido ─le explicó Halcón mientras desenfundaba el mismo bastón que había usado para exorcizar a Anut─. Quédate a su lado y no te muevas. Voy a levantar un escudo. Son demasiados.
Attaegina hizo lo que le decía sin rechistar.
«¿Qué quiere decir que son demasiados ?».
Temblando, se puso muy cerca del animal y observó que el bastón en la mano de Halcón se recubría de unas llamas que no quemaban la piel del mercader, como si hubiera firmado un pacto con el fuego.
Acto seguido, se alargó hasta superar la altura de su dueño.
Entonces golpeó con un extremo el suelo, tres veces seguidas, y de repente un círculo luminoso se trazó en torno a ellos.
No pasó siquiera un minuto cuando decenas de alimañas procedentes de la oscuridad de los alrededores se agolparon contra el muro invisible que Halcón acababa de alzar.
A Atti se le nubló la vista por un instante, se mareó y creyó que iba a desmayarse como Silencio.
Se le había secado la boca, le faltaba el aire y el corazón le golpeaba el pecho desde dentro.
Tenía que escapar, salir corriendo cuanto antes…
Pero la mano de Halcón, entrelazándose con la suya, llegó a tiempo de impedírselo.
─ Sé lo que intentas hacer, Attaegina. Pero si sales del círculo estás muerta.
Temblaba de los pies a la cabeza. Jamás había tenido una pesadilla que pudiera compararse a la visión de aquellas criaturas de ojos perversos, algunos arácnidos, otros simplemente infernales.
La mayor parte de las alimañas eran seres indefinidos, reptaban y se retorcían con sus cuerpos flácidos y ponzoñosos, algunos salpicados de espinas.
Pero la peor de todas, la que despertaba los temores más profundos de Atti tenía forma semihumana y le regalaba una sonrisa atroz, un puñado de dientes torcidos incrustados en una mandíbula negruzca y podrida.
─ Despacio… ─le decía Halcón en voz muy baja sujetando bien fuerte su mano─. Junta tu espalda con la mía. Cuando los miramos a la cara, pierden la mitad de su poder…
Atti nunca había sentido un miedo comparable.
Le atravesaba la piel, se le clavaba en los huesos, secuestraba sus ganas de seguir viviendo…
Se quedó completamente inmóvil convencida de que la alimaña medio humana conocía todas sus debilidades y se abalanzaría sobre ella al primer descuido.
Sin embargo, Halcón se fue acercando a su cuerpo.
Notaba la calidez de su espalda en contacto con la suya.
Y de nuevo, sin saber por qué ni cómo, confió ciegamente en él.
En la cada vez más cerrada oscuridad solo podían ver la luz que desprendía el escudo de protección reflejada en un mar de horrendas pupilas sin alma, en los hilos de saliva chorreante que se tejían como telas de araña en medio de sus bocas sedientas de sangre caliente y viva.
─ Ahora tenemos que aguantar, Attaegina. No podemos dormirnos ni darles la espalda. ¿Me oyes?
Atti susurró un tímido sí . Puede que esa vez Halcón la estuviera sobrevalorando. Si ella no sabía nada…
─ No les hagas caso, haz como si no existieran. Si te hablan, no escuches. Pero no dejes de mirarlos, con la cabeza bien alta. Míralos sin miedo porque son del reino de la oscuridad. Y la oscuridad solamente es la ausencia de la luz. Por tanto, la oscuridad no existe.
La voz del mercader y sus palabras eran como un bálsamo. Atti recobró la confianza, intentó hacer lo que Halcón le decía, y armándose de valor miró al semihumano directamente a esos ojos enmarillecidos, muertos y secos.
─ Eres venenosa como nosotros ─la increpó la criatura─. Tienes una marca negra y fea en la cara, la veo… Eres como nosotros… ¿Por qué no te vienes a este lado?
Atti buscó de nuevo la mano de Halcón. Ahí estaba, para ella. La apretó con fuerza y continuó plantando cara a la alimaña.
─ Lo estás haciendo muy bien, Attaegina ─murmuraba Halcón para que solo ella le oyese─. La cabeza alta.
─ No me sueltes, por favor ─le rogó ella con un nudo en la garganta. El mercader le apretó con más fuerza.
─ Nunca.
Las alimañas continuaban amenazándoles de todas las maneras posibles. Al cabo de un rato comenzaron a pelear entre ellas, devorándose unas a otras. Sus ruidos guturales, los chasquidos de sus mandíbulas al masticarse… Atti tenía el estómago revuelto, ¿podría soportarlo?
─ ¡Eh, te estoy hablando! ─siguió retándola el semihumano─. ¡En cuanto te duermas voy a entrar ahí y te voy a sacar a rastras!
─ Attaegina, es mentira. No hará eso. No le escuches.
Por única luz tenían la del escudo de protección y la de las llamas del bastón de Halcón. Hacía frío, pero sus cuerpos en contacto generaban calor. Juntos eran la demostración viviente de que incluso en el más oscuro de los rincones existe un ápice de vida, de fe. De amor.
─ Piensa que en un tiempo lejano todos ellos brillaron con la chispa divina ─le explicaba Halcón pausadamente─. En todos ellos existió alguna vez un ser sagrado. Ni siquiera saben cómo llegaron hasta esto, cómo fueron perdiéndose por el camino.
Sin dejar de sostener la mirada del semihumano, que no se cansaba de insultarla, Atti pensó en Anut.
En Rey. Pensó que ambos podrían haberse convertido en esa clase de alimañas si no se hubieran topado con Halcón.
Pensó que los dos eran seres buenos, de corazón limpio, a quienes la vida había dado una segunda oportunidad.
¿Cómo habría sido el semihumano antes de aquello?
¿Tuvo hermanas, una madre que le cantara por las noches, amigos que se bañaran con él en el pantano? ¿O no tuvo a nadie cerca?
─ ¡Perra! ¡Te digo que eres una perra! ─siguió increpándola─. ¡Sal aquí o voy a entrar y te voy a sacar de los pelos!
Halcón respiró muy hondo. También Atti. ¿Qué habría hecho si hubiera sido Anut?
«Cantarle», le susurró muy dentro la guía angélica.
Sí, cantar siempre aliviaba el dolor que Anut llevaba en el alma.
¿Funcionaría con esa criatura del otro lado?
No lo pensó más: Atti entonó su canto de cuna y, nada más comenzar, la atmósfera de odio y resentimiento que alimentaba a las alimañas empezó a desvanecerse.
Al escucharla, Halcón suspiró con descanso mientras un escalofrío de placer lo recorría. La voz de Atti le recordaba al sonido de una flauta de madera y, además de oírla, también notaba la vibración de su cuerpo al cantar.
Algunas alimañas, las más discretas, se marcharon bosque adentro, reptando entre la maleza con el movimiento fluctuante de los gusanos de la podredumbre. Las demás continuaron mirándoles por fuera del escudo protector, algunas calladas, otras inmóviles.
─ ¡Te odio! ¡Te odio! ─bramó el semihumano golpeando el muro invisible con todas sus fuerzas. Halcón permaneció tranquilo, sabía que tocar el escudo les hacía daño. Attaegina por su parte, sin retirarle la mirada, continuó cantando.
Un resplandor blanco y candoroso que crecía en intensidad empezó a manar del cuerpo de Atti, envolviéndolos a Halcón y a ella.
El mercader podía verlo también, lo recibía como una caricia que resbalaba suavemente por dentro de su piel, fluía con su sangre.
Miles de emociones obstruían su garganta, si intentaba decir algo rompería a llorar.
¿Por qué? Era paz, era misericordia… Aunque también era culpa. ¿Culpa de qué?
De repente se estremeció y se quedó casi sin respiración cuando notó que su espalda y su nuca estaban apoyadas sobre un lecho de frondosas plumas, suaves, blancas y veteadas de un hermoso azul índigo.
¿Era esa la espalda de Atti? ¿Es que le habían salido alas?
Halcón se rindió a su canto, a su luz, a su templanza, como si hubiera entrado en una suerte de éxtasis que no podía explicarse con palabras. Y confió, como ella, ciegamente .
Poco después el semihumano se alejaba, sí, con lágrimas que brotaban de sus turbios ojos de diablo. Odió a Atti con todas sus fuerzas y también la amó, pero finalmente, al no poder soportar tanta luz, se marchó… Y ella dejó de cantar.
Silencio dormía plácidamente ajeno a todo cuanto ocurría fuera del escudo protector.
Y las alimañas, por su parte, se iban retirando desmotivadas.
Algunas, al ser alcanzadas por la luz de Atti, disminuyeron de tamaño hasta desaparecer.
Halcón y ella estaban agotados. Espalda con espalda, sin separarse ni soltarse de la mano, tomaron asiento sobre la tierra y continuaron la vigilia así, luchando contra el cansancio para no dormirse hasta que llegara el amanecer.
Cuando el albor brotó por fin en los horizontes del este, no quedaba ni rastro de las alimañas. Attaegina ya no emitía luz. Ya no había plumas en su espalda. Cabeceó un par de veces y, a la tercera, el sueño la venció.
─ Attaegina, lo siento, no puedes dormirte aquí ─la despertó Halcón dándole un par de golpecitos en el hombro.
─ Ya voy, ya me levanto.
Silencio, fresco como una rosa, se había despertado con ganas de continuar el camino. En realidad era toda una suerte porque no tendrían que esforzarse mucho para convencerlo.
─ Tenemos que seguir, Attaegina. Este lugar es muy peligroso y no sé si aguantaremos otra noche como esta.
Atti se cargó con su equipaje y no dijo más.
Y Halcón, volviendo a enfundarse el bastón en el cinturón, encauzó a Silencio.
Tenían hambre y estaban agotados, pero el brillo del amanecer les quitó las ganas de dormir engañando a sus cuerpos al menos lo que duró la mañana.
Cuando el sol coronó el cielo a mediodía y se detuvieron para reponer fuerzas lo bastante alejados del valle, al resguardo de los saúcos en flor y con el rumor del río como acompañante, se dejaron vencer por el sueño.