El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Al final de la mañana del día siguiente transitaron el último tramo de la Gran Cañada.

El ritmo al que avanzaban caminando junto a Silencio, que cargaba con las dos alforjas, en nada se parecía al que habría alcanzado Atti a lomos de Trueno si se hubiera atrevido a galopar.

Sin embargo, era obvio que prefería tener los pies en la tierra y librarse de otra caída por culpa del caballo de su hermana.

─ Esa criatura sí que lleva un demonio dentro, te lo puedo asegurar ─le contó a Halcón junto a otras penurias que había vivido durante su breve viaje en solitario.

Cuando entraron por fin en las mesetas se detuvieron a otear el horizonte perfectamente recto, la inmensidad de las interminables llanuras de Bérika, su aridez y el color rojizo de sus tierras arcillosas salpicado por el verde oscuro de algún alcornoque despistado.

─ Así que aquí es donde se cazan los uros ─murmuró Halcón. Attaegina no le respondió. ¿Qué diablos estaría intentando cazar Lorick para llevar todo un año fuera de Bérika?

A lo lejos se escuchaba eco de cencerros. Era un pastor ovejero que se aproximaba con su rebaño. Tres perros que viajaban con él se adelantaron para reconocerles. Cuando comprobaron que no eran peligrosos, regresaron con su dueño.

Halcón tenía por costumbre viajar con la cabeza cubierta al estilo de los nómadas, exactamente igual que el día que llegó a Caliza.

Eso y un burro con alforjas eran signos indiscutibles de qué oficio practicaba, y sabía que los mercaderes inspiraban confianza en medio de los caminos, algo que en numerosas ocasiones le había resultado útil.

Cuando el pastor se cruzó con él se saludaron cortésmente, como marcaban las leyes de los itinerantes.

Attaegina, en cambio, bajó la cabeza de inmediato y miró hacia otro lado.

No quería que nadie se le quedara mirando la fea cicatriz.

─ No vas a poder hacer eso eternamente ─le dijo el mercader─. Tendrás que volver a levantar la cabeza algún día.

─ Para ti es fácil decirlo ─le respondió ella con parquedad. Aún estaba dolida por su cicatriz, por su piel joven malograda para siempre. ¿Cómo reaccionaría Lorick cuando la viera? ¿Y si le repugnaba su aspecto?

─ Puede ser, pero no hay nada de lo que tengas que avergonzarte.

Hacía calor y en las mesetas apenas había sombra, así que avanzaron despacio y casi sin hablar.

Y lo hicieron durante horas. En un momento dado, el horizonte rectilíneo que los había acompañado hasta entonces permitió que el paisaje cambiara en la lejanía, y fue así como se mostraron las tan temidas gargantas en las que moraban, según la gentes del lugar, las alimañas nocturnas que Atti ya había escuchado un par de noches atrás.

─ Tenemos que cruzar este último tramo antes de que anochezca ─advirtió Halcón.

La luz del día comenzaba a declinar por el oeste cuando llegaron a un sombrío valle surcado por un riachuelo fresco y veloz en el que Silencio bebió hasta hartarse.

Atti tenía las mejillas bronceadas por el sol de toda una jornada, y eso acentuaba el brillo extraño de sus ojos grises, haciéndolos parecer plateados.

Halcón de cuando en cuando la observaba intentando que ella no se diera cuenta, tratando de recordar inútilmente cuándo, dónde y en quién había encontrado ya una mirada como esa, de otra era.

─ Silencio no puede más. Acamparemos aquí ─resolvió cuando llegaron a un claro no muy lejos del riachuelo. Dejaron la carga en el suelo y Atti se puso a prender una fogata con un poco de yesca mientras Halcón buscaba ramas secas.

─ ¿Has comido alguna vez bellotas? ─le preguntó ella sin gran entusiasmo.

Halcón negó con la cabeza─. Durante los años de malas cosechas las bellotas de encina salvaron a los calizos de morir de hambre.

A mis hermanos les gusta ir a recogerlas en otoño.

Allí todos las seguimos comiendo, incluso los años de bonanza, para honrar a nuestros ancestros.

─ Ya veo que os tomáis muy en serio las tradiciones en Caliza. Pero, dime, ¿qué hace alguien como Oberón obedeciendo vuestras costumbres? Si tiene tierras en el Norte...

Atti se encogió de hombros sin apartar la vista del fuego.

─ En sus viajes conoció a una de nuestras mujeres y la tomó por esposa. Después, supongo que Bérika le gustó tanto como para quedarse. Nada más.

A Halcón no le sirvió esa respuesta, pero tampoco insistió. En su lugar, fue Atti quien continuó:

─ Vale, a mí tampoco me gusta ese hombre. Ni a nadie de mi familia. Sí, lo sé. Hay que marcarle muy bien los límites o se acaba adueñando de tu propia casa en tus narices sin que te des cuenta. Pero en el fondo es buena gente, solo que, a veces, le pierde la ambición.

─ Ya… Y tiene, no sé cómo decirlo, mucho interés en que te cases con su hijo, ¿verdad?

Attaegina se incomodó. Puede que Halcón ya estuviera inmiscuyéndose en asuntos que no le concernían. Al fin y al cabo, ¿qué le importaba a él? ¿Había desconfianza en su tono? ¿O tal vez eran celos?

─ Lorick no es como Oberón, si es lo que insinúas ─le espetó Atti─.

Lorick se ha criado con nosotros, es calizo.

Lo que hay entre él y yo no tiene que ver nada con su padre.

Si Oberón cree que cuando me comprometa con su hijo tendrá a la chica oráculo a su disposición para sus negocios, está muy equivocado.

─ Sí, sí… Claro… Yo no los conozco mucho. Solo es que me había parecido que Oberón te quiere cerca incluso sabiendo que tus dones no funcionan como antes. Por eso he dado por sentado que lo que quiere no es el oráculo...

Atti estaba apunto de dispararle alguna respuesta tajante, pero tuvo que tragársela al darse cuenta de que Halcón ya se había alejado de ella tanto como para no escucharla si le hablaba.

Había ido a reconocer la zona dejándola a solas con Silencio y con todo el ruido que empezó a desatarse dentro de su pensativa cabeza. ¿Lo habría hecho a propósito?

─ Eres un mal pensado… ─dijo claramente molesta, sin importarle si la oía─.

A lo mejor Oberón solo quiere la felicidad de su hijo, no tienes ni idea de lo que ocurre en Caliza.

No conoces de nada a Lorick, no tienes derecho a juzgarle.

Lorick jamás se aprovecharía de mí ni de mi familia. Lo conozco muy bien.

«¿De verdad?», le preguntó su propia voz interior dejándola sin respuesta.

─ Bueno, quizás no lo conozco tanto. Pero es que no está bien visto en Caliza que las chicas nos acerquemos mucho a los chicos hasta la edad de casarnos.

Supongo que nos iremos conociendo con el tiempo.

Y Oberón… Pues, yo qué sé. Él es el rico de la aldea, ¿qué puede querer de una familia como la mía? ¿O de mí? ¿Más aceite de oliva?

Se quitó el anillo que le había regalado Tauh y lo dejó a un lado mientras cocinaba, junto al montón de ramas secas. Ya se había percatado de que el mercader no le quitaba a ese anillo el ojo de encima. ¿Creería acaso que era un regalo de Lorick? «Estás celoso, eso es todo», pensó.

Mientras ponía agua a hervir recogió hojas de llantén y algunos berros que crecían bajo las rocas.

Luego añadió ajos silvestres, mejorana y harina tostada de bellotas al pequeño caldero de peltre.

Arrodillada removió la mezcla con una cuchara de madera de olivo formando una espiral que crecía y decrecía evadiendo su atención, como si entrara lentamente en un trance.

Era la magia del fuego, una magia singular que había aprendido desde niña mientras cocinaba, una experiencia mística con los elementos.

Esos movimientos cíclicos a menudo le habían facilitado la mayor parte de sus premoniciones y augurios, y según en qué dirección giraban, los designios podían ser benéficos o nefastos.

La fogata se reflejaba en sus extrañas pupilas, en el iris grisáceo de sus misteriosos ojos, mientras el vello de sus brazos se erizaba y se levantaba una brisa ligera que hacía ondular su túnica de lino blanco dejando entrever sus bien torneadas piernas.

Tan absorta se encontraba en las espirales que no se había dado cuenta de que Halcón acababa de regresar con más leña.

Tampoco de que el mercader, apoyado en el tronco de una encina y en absoluto silencio, la contemplaba.

Perdido en la visión de sus manos anhelaba acariciarlas.

Eran cuidadosas, pero estaban curtidas por Madre Tierra y sus campos.

Puede que Atti no poseyera el arrojo de Creta para galopar sobre un caballo desbocado, pero era sobria como el invierno, lo bastante dura para soportar la sed y el cansancio sin protestar, y sus brazos tenían la fuerza de quien puede sostener a un niño que llora, incluso a uno endemoniado, como Anut, sembrando calma y consuelo en el más aciago de los corazones.

¿Quién era capaz de jurar que algo así no entrañaba valor?

Attaegina era un regalo que se había cruzado en su camino, un ángel capaz de poner luz en cada tarea, por modesta que pudiera parecer.

Capaz de embellecer cualquier rincón del mundo, incluso sus infiernos.

El fuego chisporroteó debajo del caldero y se giró sobresaltada descubriendo a Halcón con toda su atención posada sobre ella, dedicándole esa sonrisa brillante capaz de devolver la alegría a cualquiera que lo mirase, aunque fuera solo un instante.

Atti, arqueando una ceja poco convencida, terminó por sonrojarse, tanto que giró la cara para que él no se diera cuenta.

Tarde: esa rapaz la había vuelto a cazar.

─ ¿Eso qué es? ¿Un plato típico calizo? ─le preguntó Halcón acercándose a oler el guiso de bellotas─. ¿No lleva queso de cabra?

Atti resopló por su ironía, a medias enfadada a medias aguantándose las ganas de reír. Halcón sabía bien cómo sacarla de quicio. Era pícaro como nadie que hubiera conocido.

─ ¿Qué pasa? ¿Es que no te gusta así? ─le respondió intentando ponerse seria─. Ay, Halcón… ¿Y tú querías pasar tres días en mi aldea? Nos habrías vuelto locos a todos…

─ No, no. Vosotros me habríais vuelto loco a mí.

Halcón dejó la leña recién cogida junto con la otra cuando descubrió que el anillo de Atti estaba justo al lado. Lo levantó del suelo con cuidado y examinó la talla de cerca.

─ Si lo dejas por ahí lo vas a perder ─le advirtió─. Es bonito, ¿eh? A Lorick se le da bien la talla…

─ No lo talló Lorick ─le corrigió Atti sin apartar la vista del caldero, removiendo una y otra vez─. Fue mi hermano, me lo regaló antes de…

La cuchara de madera se partió dando un crujido y Attaegina observó la espiral girando sobre sí misma de derecha a izquierda, vertiginosa. Y eso no le pareció un buen augurio.