El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

─Digamos que… no tu vo más remedio. ─Se puso muy serio, como ya lo había visto Atti en alguna ocasión. No bromeaba─. Cuando tenía cinco años se me tragó un demonio de arena.

Attaegina ahogó un grito y se cubrió la boca con las manos. ¡Era horrible!

─¿Y qué pasó?

Halcón tardó un poco en responder:

─Pues que acabé con él. Salí ileso de su boca.

─¿Cómo? ¿Cómo lo hiciste?

─Ese demonio había atormentado a los torug durante meses.

Perseguía a los nómadas a través de las tormentas de arena, desplazándose por el suelo.

De vez en cuando se tragaba a algún dromedario o las tiendas de los campamentos con todos nuestros enseres hasta que, con cada vez más frecuencia, desarrolló un gusto perverso por tragarse a las doncellas y a los niños.

El día que me engulló a mí todo se volvió oscuro, muy oscuro.

La arena se me metía por la nariz, por la boca, por todas partes, no podía respirar…

Mi siguiente recuerdo viene tras haberlo vencido.

Mi madre llorando me cogía en brazos. Los adultos quemaban los despojos de esa cosa muerta en una gran hoguera y rezaban en voz baja.

Nadie daba crédito. Creo que poco después vino el nawal a visitarnos.

Pero todo se confunde en mi memoria, además yo tenía mucha fiebre.

Lo único que sé es lo que mi madre me contó.

De pronto Atti recordó ese sueño que tuvo cuando se quedó dormida sobre el granero, el mismo día que conoció a Halcón.

Ese niño con la tez del color del azúcar de caña era él, sin duda.

Su madre lo velaba cuando el nawal entró en la tienda.

Entonces el niño pidió perdón, muchas veces seguidas y con un acusado tono de culpa.

«¿Por qué te disculpabas, Halcón?», pensó.

No le contaría que había soñado con él. No, aún no.

─El caso es que el nawal me inició esa misma noche ─concluyó Halcón. Atti no se quedó satisfecha .

─Pero te inició y, ¿ya está? ¿Se fue? ¿No te enseñó nada, no pasaste años de tu vida aprendiendo con él por el desierto o algo así?

El mercader negó con la cabeza.

─Solo unos días, quizás un mes. Volvió un par de veces o tres para visitarnos, pero delegó en mi madre para que me supervisara y terminara de explicarme algunas cosas.

─¿Tu madre? ─se sorprendió Attaegina.

─Exacto. Mi madre, en su juventud, fue nawal .

Después, cuando se quedó embarazada, abandonó el camino para criarme y ejerció el oficio sagrado únicamente para la tribu.

Pero me enseñó algunos decretos muy útiles y me recordó algunas de las enseñanzas de mi maestro hasta que fui capaz de entenderlas.

Cuando cumplí los dieciséis años me marché de allí para consagrarme por entero a mi búsqueda.

─Pero, ¿qué búsqueda? ¿Qué buscas, Halcón? ¿Qué busca un nawal ?

Halcón suspiró con cierto desánimo.

─Un nawal no detiene su búsqueda hasta saber quién es.

Se quedó tan pensativo que Atti no quiso interrumpirle, aunque seguía sin entenderle. Halcón prosiguió:

─Puede que tu cuerpo sea el de una chica oráculo.

Pero tu cuerpo un día morirá y tu alma volverá a nacer en otro, y será otra persona.

Quizás un guerrero, un labrador, un sacerdote o una sacerdotisa, o una partera o una emperatriz…

Tu alma, en cambio, será la misma, siempre.

Porque la muerte del alma no existe. El alma es eterna, y cuando conozcas a tu alma, sabrás quién eres.

Podrás entonces dejar de buscar. Ese camino es el del nawal .

Ahora sus palabras ya no sonaron tan extrañas.

¿Se había expresado mejor o es que Attaegina comenzaba a comprender?

Nadie nunca habló en Caliza de esas enseñanzas tan complicadas.

¿O es que existía entre Halcón y ella una conexión profunda, algún tipo de vínculo ancestral que, poco a poco, empezaba a restaurarse tras mucho tiempo dormido?

─Y si dices que un nawal va solo, ¿por qué vas de aquí para allá buscando a ese hombre, al que te inició?

Las vetas doradas de los ojos de Halcón se iluminaron de repente con una luz que Atti también había conocido ya: cuando sucedía eso, al mercader se le ponía una extraña expresión de ave rapaz.

─Es por puro aprendizaje, Atti. Necesito saber más y preguntarle sobre algunos misterios que yo no llego a desentrañar. Al fin y al cabo fue mi maestro, me lo debe, ¿no crees?

«Mientes», se dijo ella. Sabía detectar perfectamente cuándo Halcón no le contaba toda la verdad.

Pero confiaba en él. Sí, sin reservas. Suponía que habría algún motivo, alguno importante o valioso por el que le ocultara información.

Tal vez solo se trataba de una cuestión personal, de algo íntimo que Halcón no quería compartir.

─¿Y dónde crees que está él ahora mismo? ─le preguntó Atti.

El desánimo acudió a la mente de Halcón, que clavó la mirada en el cielo del atardecer a través de uno de los agujeros del tejado.

─No tengo ni la menor idea ─concluyó─. Ni siquiera recuerdo su nombre. Nadie que se haya cruzado con él parece recordarlo. Es muy extraño. Llevo desde los cinco años sin verlo y lo he buscado durante los últimos seis.

─¿Y si está muerto?

Halcón parecía muy seguro de que no.

─No, no creo que esté muerto. Si lo estuviera, ya me lo habría hecho saber.

─¿Cómo? Si estuviera muerto, ¿cómo podría decírtelo?

Quizás era demasiado para Atti. En Caliza los muertos simplemente estaban muertos. ¡No hablaban con los vivos! Halcón esbozó media sonrisa insinuando que existían muchos secretos de los que no podía hablar con un no iniciado.

─Ese no es problema para un nawal , menos para uno como él. El Cosmos me habría enviado una señal de su parte. Así es como nos comunicamos entre nosotros. Pero, para eso, necesitamos conocer el nombre del otro nawal . Y yo no tengo manera de recordar el suyo...

Atti no puso en duda sus palabras. Después de todo, tampoco sus dones y su guía angélica eran cosas normales, solo que había crecido con ellos.

─Entonces, ¿qué vas a hacer? ─se limitó a preguntarle sin entrar en detalles.

─Por de pronto, ir contigo hasta Teff. Es una ciudad grande. Además, intuyo que allí encontraré por fin una respuesta.

─¿Por qué? Si ya has estado otras veces. ¿Por qué ahora será diferente?

Halcón le sonrió.

─Porque esta vez voy contigo. Y tú me das buena suerte.