CAPÍTULO 17
─Mi madre me preparaba esta sopa cuando yo era un niño ─contaba Halcón, un poco disperso, mientras le servía a Atti un plato de caldo con granos de trigo, liebre y hojas verdes─. Las borrajas se las he añadido yo, crecen mucho por aquí. Rey dice que son un buen alimento.
─¿Rey no va a venir a comer? ─preguntó Attaegina dándole las gracias por su ración. Halcón negó con la cabeza mientras se echaba a la boca la primera cucharada.
─Es muy tímido. Ha preferido marcharse a la montaña mientras tú estuvieses aquí.
─Oh, lo siento… Yo no quería molestar.
Halcón hacía esfuerzos por tragarse el caldo sin abrasarse. Siempre comía muy rápido, Atti ya se había dado cuenta la noche en que su padre lo invitó a cenar en Caliza. Se rio por lo bajo y probó su plato asegurándose primero de que no se iba a quemar la lengua.
─No le molestas, tranquila. De todos modos, él sale a menudo a las montañas. Encuentra cosas que le resultan valiosas, recolecta algunas plantas medicina y otras tantas comestibles para almacenar en su despensa. Esta época es la mejor del año, en invierno si nieva mucho no sale durante semanas.
Atti solo había visto la silueta de Rey, pero habría jurado que había algo muy extraño en él, como si fuera de otro mundo.
─Estás pensando qué clase de criatura es Rey, ¿verdad?
─le preguntó Halcón como si lo hubiera adivinado.
Attaegina lo reconoció con un poco de reparo, pues no le gustaba curiosear sobre la vida de nadie, especialmente después de todo lo que el hombrecillo había hecho por ella─.
Tranquila, es normal que lo pienses. Me crucé con Rey una noche en una aldea de por aquí.
Y fue toda una suerte para él, porque iban a matarlo .
─¿A matarlo? ─se sobresaltó Atti dejando de comer por un instante─. ¿Quién? ¿Por qué iban a matarlo?
─Sus propios vecinos. Lo lincharon durante toda su vida, especialmente cada vez que ocurría un hecho desgraciado en la aldea: si enfermaba el ganado, si los zorros atacaban un gallinero, si no llovía lo suficiente o moría alguien de manera prematura…
Le pegaban, le sacudían con hierro al rojo vivo, le escupían.
Por eso es cojo y por eso tiene quemaduras por todo el cuerpo.
También por eso no creció: sus padres lo mantuvieron encerrado, años, sin darle apenas de comer, sin permitirle correr o que recibiera luz del sol, avergonzados por haber engendrado a un ser que nadie sabía qué era.
Atti se quedó compungida al escucharle. Le superaba saber que tanta crueldad se había vertido sobre un ser que a ella le había parecido bueno, limpio de corazón. Por un momento, se imaginó al pobre Anut Arrayán corriendo la misma suerte en muchas ocasiones en que ella, y solo ella, intercedió.
─¿Estaba endemoniado? ─preguntó. Halcón asintió.
─Eso es. Desde pequeño. Lo trataron como a un monstruo.
En esa, su aldea, no había ninguna Attaegina capaz de ver en él algo más que a la alimaña que se revolvía al caer el sol.
No. Allí lo hicieron responsable de todos los males que acaecían sobre los vecinos.
Hasta que un día Rey se rebeló y mordió a uno de los que acostumbraban a pegarle más que nadie.
Perdió el control por completo, el demonio que habitaba en él lo poseyó completamente y se convirtió en una alimaña indomable.
Cuando yo llegué, lo tenían acorralado y estaban a punto de clavarle una estaca entre las costillas. Entonces, hice lo mismo que con Anut.
─Qué horror, Halcón…
─Aun así, y aunque vieron cómo sucumbía la alimaña bajo mi bastón de fuego, no perdonaron a Rey. Estaban sedientos de sangre. Por eso le ayudé a escapar. Lo traje aquí en medio de la noche tras horas huyendo de su aldea, cargándolo sobre mi espalda. El pobre pesa tan poco como un muñeco de trapo.
Halcón se enterneció al recordarlo. También en Atti inspiraba una amabilidad especial ese hombrecillo de la colina.
─Al principio no estaba seguro de que fuera a sobrevivir, pero me quedé a su lado durante días dándole de comer y curando las heridas y los golpes que recibió.
Cuando ya estuvo a salvo, le dije que no se moviera de estas montañas, que no regresara nunca más a su aldea y que evitara a toda costa los caminos.
Lo llamé Rey, sí, el Rey de la Montaña, para que solo yo conociera su nombre y de ese modo, cuando lo gritara en las proximidades, él supiera que venía. Sabe que en mí puede confiar.
«Confianza ciega», se dijo Atti, que ya conocía esa sensación: la de confiar en Halcón sin apenas conocerle.
─Pobre… ─añadió mientras observaba el refugio de Rey, cada esquina y cada rincón donde el hombrecillo había construido su casa a base de retales, de objetos abandonados, de tocones de árboles caídos─.
Es cierto que Anut ha tenido mejor suerte.
Ahora que su madre me ha contado la verdad…
Los ancianos lo sabían, ¿por qué no quisieron ayudarle?
Tuviste que llegar tú para poner fin a su calvario.
Y después, mira: te echaron de Caliza en cuanto vieron lo que hiciste.
Halcón se encogió de hombros, como si estuviera muy acostumbrado a que le sucediera.
─El camino de los nawales es difícil de comprender.
A menudo somos un espejo donde los demás ven lo que no desean conocer de sí mismos.
Por eso inspiramos mucho temor, mucha desconfianza.
No te preocupes, suele ser así en todas las aldeas por las que voy, por eso me disfrazo de mercader.
Compro, vendo, me saco unos cuartos y, de paso, viajo.
No me dirás que no se me da bien, ¿eh? Excepto tú, todos los demás se lo tragaron.
Los abuelos de tu tribu me dejaron casi sin mercancía, pero claro, como nadie maneja oro en Caliza …
─enfatizó eso último con ironía. Atti, dándose por aludida, se llevó la mano al saquito de cuero que colgaba de su cuello, en cuyo interior guardaba el doblón que le había dado su padre antes de marcharse─.
Pues eso, que todos me han pagado con queso de cabra, ni siquiera vino o aceite, ¿para qué?
Si el tal Oberón ya se encarga de llevárselo todo para venderlo por ahí, por el Norte…
Sí, sí, ya me lo hizo saber nada más me vio, el muy bandido.
.. Ahora Silencio huele a queso de cabra.
¡Yo huelo a queso de cabra! Jamás podré sacar ese olor de mis alforjas.
Así que cuando llegue al mercado de Teff tendré que montar una quesería.
Por suerte para mí, allí la gente paga con monedas.
Espero que a los del Sur les guste vuestro queso.
Si no, tendré que buscarme otro trabajo.
Atti soltó un par de carcajadas de esas que ensanchan el pecho y, por qué no, el alma. Cuando Halcón gastaba bromas el oro de sus ojos aún relucía más que de costumbre, y ella reconoció que no era inmune al encanto de su sonrisa. Lorick, en años, nunca la había hecho reírse así.
─¿Qué es un nawal ? ─le preguntó recobrando la compostura─. Nadie en Caliza lo sabe realmente.
Notó que Halcón habría preferido hablar de otra cosa, pero finalmente le respondió:
─ Nawal es el que camina despierto.
Atti no lo comprendió. ¿Se trataba de otro juego de palabras de Halcón?
─Nadie camina dormido, Halcón. Solo los sonámbulos.
─Te equivocas. Casi todos caminamos dormidos, somos como sonámbulos: nuestro cuerpo se mueve, pero nuestra alma sigue dormida.
─No entiendo mucho lo que dices… Yo pensaba… Mi padre me dijo que habláis con los espíritus. Los ancianos dijeron que hacéis milagros, que sois brujos.
Halcón se rio de las supersticiones de los ancianos. Por el hecho de que tardara en responder, Atti supuso que estaba midiendo muy bien qué información le daba.
─Cuando tu alma despierta, puedes obrar milagros ─se limitó a explicar.
Ella seguía sin comprender, pero no insistió más: quizás no estaba preparada para esa enseñanza.
Al fin y al cabo, Halcón llevaba años en el camino de los nawales .
En Caliza, en cambio, la gente nacía y moría sin plantearse nada más que ordeñar cabras, recoger oliva y podar vid.
─¿Te educaste en alguna especie de escuela o templo, con otros nawales ? ─le preguntó Atti.
─No existen escuelas ni templos para nawales .
El nawal va solo. La vida es la escuela.
El espíritu es el templo. El Cosmos nos va revelando cada una de las enseñanzas que estamos preparados para recibir, pero claro, para eso necesitamos permanecer bien atentos.
Nos envía mensajes y señales a través del sueño, del silencio, incluso a través de las palabras pronunciadas por un desconocido.
A través de nuestra propia respiración. De esa manera, aprendemos a escuchar a nuestra alma en nuestro corazón.
─Entonces, ¿cómo te hiciste nawal ? No lo entiendo, Halcón. Alguien tuvo que, no sé, iniciarte o algo parecido.
La memoria de Halcón se perdió mucho tiempo atrás, entre dunas y palmeras, bajo el azote de las tormentas de arena.
─Uno se hace nawal si en su camino se cruza otro nawal .
Si no, es imposible. Digamos que el Cosmos te envía al maestro si cree que estás preparado como discípulo.
De lo contrario, olvídate. Cientos de hombres se han perdido en la entraña del desierto buscando a un nawal que los iniciara en el aprendizaje sin encontrarlo jamás.
La arena, tarde o temprano, los devora a todos y cada uno.
Los ancianos del consejo jamás le habrían explicado todo eso a Atti. Probablemente ni siquiera lo sabían y tan solo se aferraban a viejas supersticiones fundamentadas en que por culpa de los nawales cayó la Antigua Pangea.
─El hombre al que busco, Attaegina, es el nawal que me inició.
─¿Cómo? Pero si me contaste que tú eras muy pequeño la última vez que lo viste.
Halcón sabía que era muy difícil de creer, pero ahí estaba él, con veintiún años vividos y más de la mitad dedicados al camino del espíritu.