El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Posiblemente tras varios días de tormenta el sol aprovechó para empoderarse en su brillo y su calor.

Así lo percibió Attaegina, picajoso y sin piedad sobre sus hombros, cuando llegó hasta el arroyo debajo de un cielo azul limpio y despejado, sin una sola nube.

Estaban tan sucias ella y toda su ropa que solo se quitó las sandalias de cuero antes dearrojarse de cabeza al agua, y cuando lo hizo se le escapó un grito de tan fría como estaba y tuvo que respirar profundopara no marearse mientras se acostumbraba al contraste de temperaturas, pero tan pronto como empezó a nadar se le pasó.

Por esas fechas solía llevar a sus hermanos al río.

Estaban más que hechos al cauce helado propio de la época de los deshielos, cuando la nieve comenzaba a licuarse en las cimas de las montañas bajo el sol de mediados de primavera.

El agua apenas le llegaba por el pecho, pero se sumergió en ella una y otra vez, frotando su cabello y su piel para limpiarse todo el barro seco.

Cuando salió con la túnica empapada se desnudó para secar su cuerpo al sol.

El agua fría había dado a sus piernas un ligero color morado que iba cambiando a rojo a medida que entraba en calor.

Como sabía que nadie la veía (y confiaba en que Halcón no sería capaz de dirigirse allí sin antes gritar su nombre o lo que fuera a modo de aviso), se arrodilló en la orilla y, sin vestirse aún, aprovechó para terminar de lavar su túnica en el arroyo, frotando fuertemente con sus manos las partes que tenían manchas más oscuras.

Cuando la tela de lino recuperó su color blanco original, extendió la túnica sobre una roca, a pleno sol.

Después se desenredó mechón por mechón la melena húmeda, y se acordó de Lorick y de que estuvo a punto de cortársela para él hacía tan solo unos días, como declaración de amor.

Ahora no sabía cuándo volvería a verle. No, no tenía la menor intuición de por dónde andaba él ni de cuándo se encontrarían de nuevo.

Lo que sí sabía era que, de momento, reservaría bien su trenza porque no se trataba de una simple ofrenda de compromiso, sino de un talismán que atraía protección y buena fortuna, eso sí, siempre y cuando pusiera esa intención al peinarse.

Y quién sabe, quizás cuando llegara el momento de entregársela lo vería claro, lo sentiría en las entrañas. ¿O no?

Cuando por fin estuvo limpia, miró con recelo su propio reflejo en la superficie de las aguas.

Suponía que no iba a gustarle, pero no esperaba decepcionarse tanto al comprobar en qué estado se encontraba la parte derecha de su rostro.

La cicatriz se había vuelto completamente negra.

Era un arañazo eterno que brotaba desde su ojo y se bifurcaba en tres caminos que bajaban en dirección a su mandíbula, como si tres amargas lágrimas se hubieran quedado atrapadas sobre su mejilla, eternas, oscuras como el resentimiento.

Fueron otras lágrimas, pero estas reales, las que manaron a continuación: muchas, muchas lágrimas que desfilaron por encima de esas otras, las negras, pero que no pudieron borrar su rastro ni tan siquiera un poco, ni pudieron calmar el dolor de su orgullo herido...

─¡Attaegina! ─se oyó la voz de Halcón desde lo alto de la colina─. ¡Attaegina! ¿Estás bien? Llevas horas en el arroyo.

«¿Horas?», se sorprendió ella de repente. Sí, horas. Horas durante las cuales no se había movido, ni siquiera había cambiado de postura. Continuaba sentada frente al agua, cabizbaja, contemplando su propio reflejo y sin dejar de llorar en silencio. Entonces se vistió lo más rápido que pudo.

─Suponía que estabas vestida ─escuchó la voz de Halcón aproximándose a ella─. Tranquila, que no quiero robarle más cosas a Lorick…

Atti alzó la mirada sin hablar. Solo entonces Halcón se dio cuenta de que había estado llorando y se sintió estúpido por gastar aquella broma en un momento así de delicado.

─¿He dicho algo que…? ─se excusó sin saber muy bien cómo─. Lo siento, lo siento… He vuelto a meter la pata, ¿verdad?

Ella devolvió su atención al agua del arroyo, a su propio reflejo, como si se hubiera quedado atrapada allí, embrujada por su tristeza.

─Sé que una candidata al Templo del Laurel no debería preocuparse tanto por su aspecto físico ─dijo con la voz quebrada─.

Sé que la vanidad y la presunción no son cualidades para una chica oráculo, y sé que la belleza no debería importarme.

Solo es algo superficial, banal y sin valor. ¿Verdad, Halcón?

Halcón no sabía qué responder.

─¿Verdad? ─insistió Atti rompiendo a llorar de nuevo.

El mercader se sentó a su lado, muy despacio.

─No se me curará nunca, ¿verdad? Dímelo, Halcón. ¡Dímelo!

Era muy difícil sostener los ojos de Attaegina en ese estado sin poder abrazarla. Más difícil era aún decirle la verdad. No hizo falta, ella ya lo sabía.

─Vas a pensar que soy una idiota, una presumida… Pero es que… ¡Mírame, Halcón! Marcada para siempre por esta mancha negra...

Halcón le sujetó las manos, muy suave. Le temblaban.

Atti se relajó un poco y se tragó un profundo sollozo cuando él se acercó todavía más y la miró directamente, apenas a dos palmos de su rostro.

Estaban tan cerca que ambos sentían perfectamente la respiración del otro.

El tiempo se detuvo. Solo existían ellos dos y el arroyo.

Halcón le acarició tímidamente la mitad herida de la cara comenzando por su frente, después muy lento por encima de su párpado y su mejilla para terminar deslizando la yema del dedo pulgar por sus labios.

Le latía muy fuerte el corazón. También a Atti.

Finalmente, Halcón se apartó y forzó una sonrisa.

─El día que Lorick te vea, te encontrará más bella que nunca.

Atti volvió a bajar la cabeza, encogida, rodeándose las rodillas con los brazos, como si quisiera meterse bajo tierra y no volver a salir.

Era incapaz de abrir la boca para responder.

Pero, ¿qué le habría dicho si hubiera podido?

Necesitaba que se quedara allí, junto a ella.

Sin embargo, Halcón se levantó de un salto, le dedicó un gesto de complicidad y se dio media vuelta para alejarse en dirección a la colina, a casa de Rey, donde tenía preparado algo caliente para comer ese día.

─Y si Lorick no es capaz de apreciar tu belleza ─murmuró cuando Atti ya no podía escucharle─, es que debe de estar ciego.