CAPÍTULO 15
Atti se despertó con el chirrido de los goznes del portón cuando Rey se marchaba, recién amanecido el día.
Apenas pudo ver la silueta del hombrecillo, que se alejaba cojeando pero con una agilidad sin igual brincando por encima de las rocas.
Trató de comprender qué clase de criatura era él y qué hacía ella en un refugio para pastores, tumbada sobre un lecho de paja y con un vellón echado por encima del cuerpo.
El caso es que por fin podía abrir el ojo derecho.
Se pasó los dedos por encima de la mejilla herida con miedo de hacerse daño, pero se sorprendió al notar la piel desinflamada y los arañazos cerrados.
Eso sí: una capa de costra los recubría produciéndole cierta sensación de tirantez.
«Por lo menos ya no están infectados», pensó aliviada.
A medida que pasaban los minutos recibía lentamente un recuerdo muy vago de la noche en que Trueno había salido huyendo y ella se había agazapado en un rincón, en medio de la absoluta oscuridad.
Imágenes inconexas confluían en su memoria, unas reales, otras fruto del delirio, aunque a decir verdad no se sentía en condiciones de distinguir unas de otras.
Se incorporó muy despacio porque la cabeza aún le daba vueltas yentonces se topó con Halcón, que dormitaba sentado a los pies de su improvisada cama con el cuello doblado de mala manera, vencido por el cansancio de una tercera noche en vela.
─Levántate con cuidado ─le advirtió el mercader arrastrando las palabras y sin abrir los ojos─. Estás muy débil.
Atti se quedó paralizada. Él tenía razón: estaba tan mareada que por poco no acabó clavada con la cabeza en el suelo.
─Tengo mucha sed ─le respondió─. Quiero agua.
Halcón le hizo un gesto con la mano para que no se moviera, se desperezó estirando los brazos hacia arriba y luego se puso en pie de un salto para ir a buscar un pocillo de agua fresca.
Atti se lo bebió entero, con ansia, y después otro, y otro más.
Y más. Cuando se sintió saciada le dio las gracias.
─Me había quedado seca...
─No me extraña, llevas tres días sin beber.
No era posible. ¿Halcón le tomaba el pelo?
─¿Cómo que tres días? ¿Dónde estoy?
─Estamos en casa de mi amigo, el Rey de la Montaña.
─¿Qué?
Todos los recuerdos seguían dando vueltas sin ningún orden dentro de su memoria. Entonces, ¿era cierto?
─Mi amigo, Rey ─explicó Halcón como si nada─. Se llama así. Pensabas que era broma, ¿verdad? «D eja de decir tonterías, Halcón... » , es lo último que dijiste.
─Espera, eso... ¿pasó de verdad?
Halcón asintió mientras tomaba asiento en el suelo, frente a ella. En ese momento Atti analizó cada rincón de la estancia buscando a alguien más.
─¿Y Lorick? ¿Dónde está Lorick?
─¿Lorick? No lo sé, aquí solo estamos Rey, tú y yo.
─¿Cómo? ¿Eso no pasó de verdad? Pero, si fue él quien vino a buscarme… Yo lo vi.
El mercader se limitó a negarlo. Atti creía que se iba a volver loca antes de poder distinguir lo real de lo imaginario hasta que de repente un recuerdo lúcido cruzó su mente, como una flecha, pero este, muy a pesar suyo, era real.
¡Tan real! Se cubrió la boca con las manos como si quisiera ahogar un grito y empezó a sonrojarse mientras observaba a Halcón rogando en su interior que aquel beso también hubiera sido un desvarío causado por la fiebre, que no hubiera sucedido nunca.
.. Y él, por más que se esforzó en ser discreto, no pudo evitar reírse por lo bajo.
─¿De qué te ríes ahora, bandido?
Halcón hacía lo posible por aguantarse la risa. Era todo tan ridículo que Atti se rindió y se volvió a tumbar sobre el lecho de paja, tapándose la cara con ambas manos en un intento estúpido de escapar de la vergüenza. Habría preferido que se la tragara la tierra.
─No se lo contaré a nadie ─le prometió Halcón intentando ponerse serio. Attaegina se resignó.
─No era para ti... ─murmuró.
─¿El qué?
─¡Oh, Cielo y Tierra! ¡Halcón! ¿Cómo que el qué? Pues, ¿qué va a ser? ¡El beso! ¡El beso que te di…! ¿Es que te lo tengo que repetir? Parece que te estés regodeando...
Halcón, ahora sin ningún tipo de decoro, estalló con una sonora carcajada.
«¡Maldito mercader!», pensó Atti furiosa e indignada.
Pero la risa del mercader era tan contagiosa y llenó el lugar con tanta frescura que, finalmente, también ella se sumó.
Se rieron juntos sin saber durante cuánto rato, pues el tiempo entre ellos dos de nuevo se detuvo.
Una vez más se quedaron solos en el mundo, como la noche en que sus cristales gemelos aprendieron a brillar al unísono, y momentos después, fatigados por ese ataque de risa repentino, necesario y que curaba más que la medicina de cualquier nawal , los envolvió un silencio mágico, tan profundo que cada uno creyó escuchar los latidos del corazón del otro resonando en la cavidad de su propio pecho.
Demasiada cercanía quizás, demasiada intensidad…
Atti desvió la mirada hacia otro lado y la atmósfera atemporal que se había levantado en torno a ellos se disipó como un reflejo en el agua que se desvanece cuando alguien arroja una piedra.
─Yo pensaba que Lorick estaba allí ─se excusó, ahora bastante más serena─. Yo lo vi, ¡te lo juro! Vi sus ojos, el azul de sus ojos, y el brillo de su pelo.
─No, Attaegina. No viste sus ojos, viste los colores de tu gema, blanco y azul, y la fiebre y las alucinaciones hicieron el resto.
─¿En serio?
Halcón asintió:
─Claro, gracias a su luz pude encontrarte más fácilmente en la oscuridad. Fue una suerte que la llevaras contigo… Eh, ¿ahora qué te pasa? ¿A qué viene esa cara de pena?
─Yo sentí que vendría él... Y por segunda vez, llegaste tú en su lugar.
─Igual que en el altozano, ¿verdad? Dime, ¿era a Lorick a quien esperabas la noche en que yo llegué a Caliza?
Atti tuvo ganas de responderle un contundente «no es asunto tuyo». Pero, dadas las circunstancias, parecía que Halcón empezaba a ganar bastante peso en lo que concernía a dichos asuntos.
─Sí, y en mis visiones era Lorick quien llegaba.
Yo no sé qué me está pasando últimamente…
─se lamentó Atti en voz baja. «Se supone que esperaba al amor de mi vida.
..», pensó. De repente sus pensamientos la condujeron a otras cuestiones.
«¡La gema!», se sobresaltó. Y buscó rápidamente con la mano en el bolsillo secreto, debajo de su cinturón. Estaba vacío.
─La recuperé, no te apures ─ la tranquilizó Halcón ─ . Y también regresé a por tu equipaje. Trueno lo había esparcido todo por el suelo.
─¡Trueno! ¡Oh, lo sabía! ¡Creta me matará cuando se entere de que he perdido a su caballo!
─Sí, me crucé con él, corría como alma que lleva el diablo.
¡Menudo caballote el de tu hermana! Aunque yo en tu lugar no me atormentaría más: probablemente ha encontrado él solito el camino hacia Caliza.
¿Qué te apuestas? A estas alturas Creta ya le habrá dado de comer y le habrá limpiado todo ese lodo que llevaba el pobre.
Hablando de lodo, Atti se dio cuenta de que su ropa de lino blanco se había teñido completamente de un marrón oscuro y cenagoso.
Y no solo la ropa: también sus brazos, sus piernas y su trenza iban recubiertas de barro reseco.
Incluso había barro incrustado en las filigranas del anillo de hueso de melocotón.
Con respecto al saquito con el doblón de oro que le había dado su padre, aunque sucio, seguía colgando de su cuello.
Estaba segura de que Halcón lo sabía, pero también de que, a pesar de eso, no habría tratado de robárselo ni siquiera aprovechando que se había pasado tres días inconsciente.
─Necesito lavarme un poco ─reconoció avergonzada por su suciedad─, parezco un jabalí.
─Corre un arroyo junto a la colina, solo has de bajar un poco. Además, este lugar no se ve desde ningún camino, lo tengo más que comprobado. Y Rey se ha marchado montaña arriba, quizás no regrese hasta pasado mañana.
─Vale, me vendrá bien un chapuzón.
─ Pero antes come un poco. A ver si te vas a desmayar…
Halcón le ofreció un humilde plato de pan frito con huevos.
Y Attaegina, esforzándose por no perder la compostura, lo devoró mientras él la observaba con una sonrisa.
Sus pupilas se veían relucientes en los días de sol como aquel, y Atti sintió que el Cosmos había escuchado sus plegarias: volvían a mirarla.
Con mucho mejor humor que hacía días, cogió su túnica limpia y el peine de hueso para aderezarse un poco y se decidió a marcharse en busca de una porción de intimidad.
Pero a punto de cruzar el umbral del portón se detuvo y observó a Halcón quien, de espaldas a ella, preparaba algo para comer.
Y entonces se dio cuenta de que ese forastero, un joven pícaro y astuto, atrevido y provocador en ocasiones, había ido a buscarla en medio de la nada y con la amenaza de las alimañas barruntando a su alrededor.
Y no solo eso: la había encontrado, la había salvado y había velado junto a ella cada noche hasta que la vio despertar sana y fuera de peligro.
Y no le había pedido nada a cambio. ¿Por qué, si apenas la conocía?
En ese momento Halcón se dio la vuelta y ella le dedicó un gesto amable.
─ Muchas gracias, Halcón. Gracias por todo.