El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

─¡Rey! ¡Abre la puerta! ─exclamaba Halcón bajo la lluvia cargando a Atti sobre su espalda. A juzgar por el lugar en donde se encontraba, un refugio de pastores con la mitad del techo hundido en la cima de una colina pedregosa, nadie habría esperado que de allí saliera un rey a recibirle.

Attaegina iba dormida desde hacía un buen rato, tanto que ya ni se esforzaba por agarrarse al cuello de Halcón.

Era como transportar un peso muerto, aunque esa no era la mayor preocupación del mercader en ese instante.

Necesitaba sujetarla muy fuerte para que no se cayera y, además, era urgente llevarla cuanto antes a un lugar seguro.

─¡Rey! ¡Por favor, abre ya!

De pronto se vio una luz titilante y muy débil en el interior del refugio aproximándose al portón de la entrada. Halcón escuchó el crujido del cerrojo de hierro al abrirse y, poco después, entró allí con Attaegina.

─Necesito dejarla en algún lado, está mal ─le dijo al único habitante de aquel enclave casi secreto.

Era un hombrecillo esmirriado, no más grande que un niño de once años, que caminaba medio cojo y despacio.

Con la mano que no sujetaba la luz señaló un lugar al fondo en una esquina donde había un lecho de paja cubierto por un largo pedazo de lona.

Halcón depositó a Atti sobre él con sumo cuidado, como si fuera la mercancía más delicada que había transportado jamás. Ella siguió dormida.

─Rey, ayúdame ─le pidió Halcón arropando a Atti con un vellón que encontró cerca. El hombrecillo apareció de inmediato a su lado y alumbró el rostro de la chica. Miró al mercader con preocupación y preguntó:

─¿Es como… ?

Se señaló a sí mismo con un dedo. Halcón negó con la cabeza para tranquilizarlo.

─No, Rey. No es como tú. Pero la han herido ellos. Fíjate, ese párpado lo tiene hinchado como una almendra, se le está yendo la infección al ojo.

El rostro de Atti, al menos en su parte derecha, tenía un aspecto desalentador y estaba lleno de grietas purulentas. Con el paso de las horas cada surco en su piel había pasado del rojo propio de la inflamación a un color azul negruzco que no prometía nada bueno.

─Mira que le dije que se curase bien… ─se lamentaba Halcón─. No me ha hecho ni caso.

Mientras tanto Rey, sin mediar palabra, no perdía el tiempo. Le tomó el pulso, la fiebre y le examinó las heridas tocándolas con mucha suavidad. En un momento de su examen debió de hacerle daño, pues Atti apretó los dientes y después murmuró algo que no entendieron. Seguía delirando.

Cuando Rey tuvo claro lo que tenía que hacer, recurrió a un hueco de su extraña guarida: allí tenía un arca de madera de olivo, viejísima, en la que guardaba prácticamente todas sus pertenencias. Rebuscó durante un rato mientras Halcón le iluminaba en la oscuridad hasta que encontró unos trapos.

─Agua ─se limitó a ordenarle. Halcón alcanzó un cubo de hojalata y salió al exterior para llenarlo con agua de lluvia.

Las gotas repiquetearon en su interior con un ruido ensordecedor hasta que ocuparon la mitad del cubo.

Cuando volvió dentro, Rey había seleccionado varios manojos de plantas secas que tenía colgadas de una viga.

Las troceó con sus nudosas manos, enormes para un hombre de su estatura, y las extendió sobre uno de los trapos, cerrándolo después sobre sí mismo hasta darle una forma rectangular y estrecha para fabricar una cataplasma.

No parecía tener prisa. Con mucho tiento, empapó el trapo en el agua a la que previamente había añadido unas gotas misteriosas que olían a alcanfor y a azafrán mezclados con la nota alcohólica del aguardiente.

Escurrió muy bien la cataplasma y cubrió con ella la frente de Atti, que quemaba como el fuego.

Ella mostró un ligero signo de resistencia al sentir el tacto del trapo frío y mojado, pero rápidamente su expresión se relajó, como de alivio, y su respiración se fue volviendo cada vez más profunda y serena.

Halcón la observaba con cierta inquietud.

Después se giró hacia Rey, como si esperase un veredicto.

─Trae miel.

No dio más explicaciones. Halcón caminó hacia el final de la estancia, donde hacía tiempo Rey improvisó una mesa con una tabla colocada sobre dos tocones.

Encima había una pequeña tinaja de arcilla y una cucharilla de madera.

Cuand Halcón se la acercó, Rey cogió media onza de miel y se la puso sobre la palma de la mano.

Como si fuera un ungüento, la extendió minuciosamente sobre cada una de las heridas de Atti, que se quejó en sueños.

─Le duele, Rey. Le duele mucho.

Rey asintió con la cabeza, pero no se detuvo hasta haber cubierto por completo la parte afectada del rostro de la chica.

Atti sacudió un brazo en un intento vano de detener a quien quiera que estuviera hurgándole en las heridas y Halcón, con una terrible sensación de impotencia, le cogió la mano y le acarició el dorso con su dedo corazón, con tanta naturalidad como si lo hubiera hecho millones de veces, aunque no sin dejar de preguntarse si tenía derecho.

Cuando se fijó en el anillo de hueso de melocotón supuso que se trataba de un regalo de compromiso.

Y también supuso que se lo habría regalado Lorick.

Y entonces se sintió como un intruso y, muy despacio, soltó la mano de Atti.

─Ya está ─anunció Rey. De pronto la respiración de Attaegina se entrecortó y abrió su ojo sano. Con él escrutó penetrantemente al hombrecillo, que se quedó rígido y no gesticuló. Mas no pasaron ni dos segundos cuando la chica volvió a dormirse. Ni siquiera había llegado a despertarse.

─Y ahora, ¿qué, Rey? ¿Ahora qué hay que hacer? ─insistió Halcón─. ¿Se va a poner bien?

Rey inclinó la cabeza hacia un lado con incertidumbre mientras seguía analizando el aspecto de la enferma.

─Sí, sí… Pero… Tú reza.

Halcón comprendió que era su turno. Así como Rey había usado los remedios de la tierra, la medicina de Madre Tierra, ahora sería preciso aplicar la de Padre Cielo, las energías del mundo del espíritu que solo los nawales conocían.

Siendo así, el mercader se sentó a los pies de Attaegina con la espalda apoyada en uno de los muros desnudos del viejo refugio de Rey.

Juntó las palmas de sus manos haciendo corresponder cada dedo con su parejo y, después de una inspiración profunda, comenzó a formar mudras que cambiaba lentamente a medida que pronunciaba decretos en voz baja, sin detenerse un solo instante.

Pasó toda la noche en vela. Cuando despuntó el alba y las primeras luces se filtraron por los huecos del tejado, Halcón estaba exhausto, con el cuerpo empapado en sudor.

─Gracias, porque ya ha sido concedido ─murmuró para terminar.

Tenía la espalda y las piernas entumecidas, y sed, muchísima sed.

Cuando se giró para mirar a Attaegina descubrió que tenía mucho mejor aspecto.

El tamaño del párpado se había reducido a la mitad y el color de su piel iba recuperando su tono trigueño, humano.

Las heridas habían formado costra y ya no supuraban.

─Mejor ─observó Rey apareciendo de repente─. Pero… Las cicatrices.

─¿Quieres decir que se le quedarán para siempre? ─preguntó Halcón. Rey se encogió de hombros, era un gesto que hacía a menudo porque, de hecho, hablaba muy poco─. Ya… Lo sé, lo sé. Las cicatrices no desaparecen.

El mercader de Sari se descubrió la pierna izquierda. Entre su rodilla y su gemelo se distinguía aún la marca de un mordisco antiguo, una cicatriz negra que se ocuparía de recordarle hasta el fin de sus días su primer encontronazo con un demonio. Rey hizo un gesto de resignación .

─¿Crees que se despertará hoy, Rey?

Rey negó varias veces con la cabeza, como si Halcón hubiera preguntado algo carente de sentido. Luego le mostró dos dedos.

─Ya… Tiene que seguir durmiendo, por lo menos dos noches más, ¿verdad?

Rey asintió.

─Hoy otra vez ─dijo. Halcón supo que se refería a que tendrían que volver a aplicarle a Atti las curas. Él, por su parte, estaba dispuesto a pasar otras dos noches en vela trabajando en sus decretos.

─Todo se podría haber evitado si yo no me hubiera dado tanta prisa en marcharme de Caliza ─se lamentó─. Qué idiota fui… Tendría que haberme quedado con ella. Nadie en su poblado sabe curar heridas de alimaña.

El hombrecillo se compadeció. A la luz del día, su tez lucía como un pedazo de cuero curtido por la dureza de la vida, y su cráneo, casi calvo, mostraba marcas antiguas de quemaduras.

─Come ─dijo. Había calentado leche y tostado pan en las brasas de un hornillo de arcilla que él mismo levantó con sus manos cuando se quedó a vivir en ese lugar.

─Gracias, Rey. Menudo banquete has preparado.

Halcón arropó de nuevo a Atti, que se había pasado la noche revolviéndose debajo del vellón, a ratos sudando, a ratos tiritando.

La contempló una vez más y se alejó de ella muy despacio, procurando no hacer ruido, para ir a desayunar con Rey.

Mientras tanto, el hombrecillo mordisqueaba un pedazo de queso curado con sus dientes rotos.

Cuando se lo tragó, miró muy serio a Halcón.

─Los ojos…

─Tú también te has dado cuenta, ¿verdad? ─le respondió el mercader─. No los tiene como la gente de Bérika, no. Hasta donde yo sé, ha habido muy poca gente en Nueva Pangea con los ojos como ella. Me entiendes, ¿verdad?

Rey asintió mientras seguía comiendo.

─Y sin embargo, tengo la sensación de haber conocido a alguien que tenía su misma mirada… Pero no me acuerdo dónde ni cuándo ni quién. ¿Lo habré soñado, Rey?

Rey inclinó la cabeza hacia un lado y arqueó una ceja.

─Recuerdos… Quizás…

Halcón sonrió.

─Sí, recuerdos… Pero, ¿de cuándo?