CAPÍTULO 13
La segunda jornada no fue muy diferente de la primera: el calabobos, el cielo encapotado, los constantes desafíos de Trueno y la soledad de la Gran Cañada.
A eso se añadió que Atti se despertó con mucho dolor.
Se le habían infectado los arañazos y casi ni podía abrir el ojo derecho.
Sentía calambres incluso cuando masticaba, así que apenas comió.
Rendida sobre el dorso de Trueno, daba cabezadas de tanto en tanto, y si en algún momento el caballo se había negado a avanzar, ni siquiera se dio cuenta.
─Me sorprende que no me hayas tirado ya al suelo y te hayas largado… ─susurró. ¿Puede que Trueno se apiadara de ella al notarla tan alicaída? A media tarde se topó con un viejo pastor acompañado por un mastín igual de viejo o más. Sus ovejas eran merinas.
─Esa lana la vendo en Teff por cuatro veces lo que aquí ─le explicó el buen hombre, que tenía el rostro tostado por una vida casi entera bajo el sol de las mesetas─. Ya sabes, la gente de Bérika no paga con oro, qué tonterías…
Era cierto. Existía toda una leyenda negra alrededor del oro en la región de las cordilleras.
En Bérika creían que el oro llevó a la ruina a la Antigua Pangea, por eso no lo manejaban…
Aunque al parecer todos los hogares guardaban en secreto algún doblón de sus antepasados, como Atti ya había comprobado en casa de los Arrayán y en la suya propia.
Attaegina recobró la compostura delante del pastor tratando por todos los medios de disimular su malestar y su agotamiento, y de esa manera compartieron un breve tramo del camino charlando de vez en cuando sobre cosas sin demasiada importancia.
─Tienes los ojos bonitos, niña. No he visto a nadie que los tenga como tú. ¿De dónde dices que vienes? ¿De Caliza ?
Ella asintió. En su aldea todos estaban acostumbrados al enigmático color de su mirada, aunque no era en absoluto habitual de aquellas gentes.
─Mi madre creía que los heredé de algún antepasado ─se justificó.
─Ah…
Sin embargo el buen hombre, que era perro viejo, no se quedó indiferente cuando la miró de cerca otra vez, justo antes de despedirse.
─Eso tiene mala pinta, niña ─le advirtió─. ¿Quién te ha arañado así? ¿Una alimaña?
Se acordó del pobre Anut en el momento en que estaba sometido por su propio demonio, así que por no dar demasiadas explicaciones ni convertirlo en culpable se limitó a asentir:
─Sí, una alimaña del bosque…
─Pues cúratelo cuanto antes.
Atti desvió su mirada hacia otro lado, pero el pastor, cuanto más la observaba, mejor sabía de qué hablaba.
─Llévate cuidado con el bosque cuando pases las mesetas, niña. Allí hay alimañas, sí, como la que te ha hecho eso. Viven en las gargantas y salen cuando cae el sol… Y son muy peligrosas. Aunque eso creo que tú ya lo sabes, ¿verdad?
Anut no era peligroso. No había sido culpa suya. No era él cuando la agredió, era otro ser dominando su cuerpo. Era un diablo. Attaegina, sin querer entrar en detalles, asintió de nuevo y le dio las gracias.
Cuando se hizo de noche el dolor era insoportable.
Buscó a tientas un rincón resguardado al abrigo de unas peñas y, como buenamente pudo, prendió una hoguera.
Para mayor desdicha se levantó aire, un aire molesto que removía la humedad del ambiente entre su ropa y su piel y que insistía en ahogar las llamas una y otra vez.
Al cabo de un rato se convirtió en un viento siniestro, un viento que, sin saber por qué, iba teñido del sonido susurrante del miedo .
Atti levantó la mirada con el único ojo que podía mantener abierto.
Bajo los últimos retazos de luz las mesetas cortaban cuanto abarcaba el horizonte.
Pero el viento venía de más allá, quizás desde las gargantas, y por eso arrastraba gemidos aciagos, aullidos engendrados en la oscuridad que cubrieron la noche con un velo de sordidez.
No puso en duda las advertencias del viejo pastor.
Era la voz de las alimañas, de los demonios, dejando su impronta en el aire, en las gotas de lluvia, con el deleite de la perversidad.
Inmediatamente, Trueno comenzó a piafar y a relinchar con desesperación, luchando por marcharse corriendo de allí. Attaegina trató de serenarlo. Quizás lo más inteligente habría sido montar y deshacer el camino, alejarse hacia el norte, volver a Caliza, donde estarían a salvo sin duda.
─¡Calma! ¡Calma!
Fue inútil. El nudo del ronzal estaba mal ajustado y Trueno, en cuanto se vio libre, echó a correr todo azorado por el miedo, cañada arriba, de vuelta a las cordilleras, abandonando a Atti a su suerte en medio de la nada.
─¡Maldición! ─exclamó perdiendo la paciencia─. ¡Caballo traidor! ¡Vete! ¡Vete a contárselo todo a Creta y reíros juntos de mis desgracias!
Y se sintió más estúpida que nunca porque ella, y solo ella, había tomado la decisión de llegar hasta allí.
─No pasa nada ─trataba de consolarse─. No pasa nada… Las alimañas no habitan hasta pasadas las mesetas. Así que dormiremos aquí y mañana, cuando salga el sol, ya decidiremos qué hacer.
De pronto se dio cuenta de que hablaba en plural, como si estuviera acompañada por algo o por alguien a quien no podía ver. Y es que la guía angélica, de alguna manera, viajaba con ella.
Se agazapó en un rincón vencida por la fatiga, la fiebre y los dolores.
El viento y la llovizna se ocuparon de extinguir por completo las llamas de la fogata y entonces Atti quedó a merced de la oscuridad a medida que la humedad y el frío la invadían.
Le castañeteaban los dientes y temblaba recostada entre dos rocas y la tierra fangosa mientras que los sonidos abominables de las alimañas viajaban hasta ella a través del aire y el silencio, amenazantes, horrísonos.
Su corazón estaba encogido de miedo, también su estómago, y tenía las piernas entumecidas.
De pronto buscó en un bolsillo pequeño cosido en su túnica a la altura de su cinturón y de él extrajo su gema. Al parecer se trataba de un objeto especial que no solo servía para hacer trucos a sus hermanos. Pero, ¿para qué más servía?
─Eso es… ─susurró arrastrando las palabras─. Solo necesito un poco de luz.
Sobre la palma de su mano la gema se prendió como un pequeño sol, o mejor dicho, como una pequeña luna por su brillo blanco iridiscente salpicado de matices azules.
La luz del cristal mitigó sus peores miedos y la sensación de desamparo.
Entonces Attaegina cerró los ojos y pidió ayuda en su interior, la ayuda de la guía angélica.
«Quédate donde estás», le llegó una voz que parecía la suya propia pero que no le pertenecía. «No te muevas de ahí».
Se tranquilizó un poco aunque no remitió su malestar.
La fiebre, los dolores y la tiritona iban a más.
Pensó en Lorick, en si sobreviviría esa noche para cruzarse con él cuando regresara por la Gran Cañada al día siguiente.
Lo vio llegar, como en un augurio, montado en un caballo sin crines y con un gran bulto en el lomo, vestido como la gente del desierto…
Atti abrió los ojos, ¿qué clase de premonición acababa de llegarle?
La luz del cuarzo continuaba encendida, subía y bajaba en intensidad, como si respirase por sí misma.
Cuando volvió a acurrucarse recibió más visiones extrañas: Lorick llegaba del desierto a lomos de un burro llamado Ruido, pero no se encontraba con ella a pesar de estar tirada en medio del camino, como si algo la tornara invisible a sus ojos.
En lugar de cruzarse con Atti, Lorick coincidía con Halcón, que cabalgaba un caballo enorme, más grande que Trueno.
Y ambos, Lorick y Halcón, se saludaban e intercambiaban mercancía en un lado del camino.
Y cada uno en su mano portaba una de esas gemas que se iluminaban a la par llenando la escena de luces de colores…
─Oh, Cielo y Tierra… Estoy empezando a delirar…
─se lamentó Attaegina en un brevísimo instante de lucidez.
La fiebre y el tedio la tumbaron definitivamente, tanto que se le aflojaron los músculos y la gema se escurrió de su mano, aunque continuó emitiendo luz.
Se confió a la guía angélica y a los hados cuando por fin llegó alguien en su auxilio.
Sí, sintió la vibración de sus pisadas abriéndose paso a través del barro.
Y era tan real, tan vívido, tan certero que no podía tratarse ya de ningún engaño de su abotargada cabeza.
─Lorick… ─lo llamó con un hilo de voz. Tenía que ser él, ¿cómo no? Vio el frío color azul de su mirada, su pelo brillando con destellos blancos. Era él y por fin había ido a su encuentro, justo cuando más lo necesitaba─. Lo sabía, Lorick, sabía que vendrías a buscarme…
Percibió la fortaleza de sus manos cuando la levantaban del suelo casi como a un saco incapaz de moverse solo, y sintió también el calor de su cuerpo varonil.
Atti lo necesitaba tanto y tenía tanto frío que se abrazó a él con todas sus fuerzas.
Se aferró a su cuello con los brazos y después, movida por un anhelo fraguado durante meses de espera, buscó sus labios.
Se había preguntado muchas veces si él la besaría el día que se reencontraran.
Ese momento era ahora, y por eso ella lo besó entre lágrimas de añoranza, de desesperación, de miedo y, por fin, de liberación, pues ya se sentía a salvo. Sin embargo, él apartó el rostro.
─Vamos, Attaegina. Vámonos de aquí. ¡Rápido!
Sin darle ninguna explicación, se la cargó a la espalda como si apenas pesara.
─Ahora agárrate bien o te caerás ─le pidió.
Su tono era precipitado, como si un peligro barruntara cerca.
Atti le obedeció y se dejó cargar sin más porque era incapaz de tenerse en pie o de dar un solo paso sin tambalearse.
Con los ojos cerrados y la cabeza apoyada sobre su hombro, muy cerca de su oreja preguntó a media voz:
─¿A dónde vamos ahora?
─Vamos a ver al Rey de la Montaña, es amigo mío.
─Ay, Halcón… Deja de decir tonterías.
«Espera, ¿Halcón? ¿Cómo que Halcón?».