CAPÍTULO 12
La Gran Cañada que conectaba las cordilleras con las mesetas en dirección al Sur no solo era un camino para los pastores y sus rebaños, sino también para cualquier nómada, mercader o artista itinerante.
Se trataba de un paso protegido por la Ley: asaltar o agredir a alguien a lo largo de ese camino se castigaba tarde o temprano.
Había sido así desde tiemposinmemoriales.
No se pagaban tributos por transitarla ni había vigilantes, no, pero era una ley ancestral, una que trascendía a las otras, las leyes humanas, y a la jurisdicción de cada frontera.
Era una ley universal que se escribía con mayúscula: si alguien la incumplía, sabía que el Cosmos le enviaría su correspondiente escarnio más tarde o más pronto, por tanto, no había nadie en Nueva Pangea que se atreviese a vulnerar la Ley.
Y Atti, que era buena conocedora de ella, suponía que obedecerla la mantendría a salvo, al menos hasta el final del sendero.
Una vez que rebasaralas mesetas, ya pensaría en cómo desenvolverse.
« La guía angélica me mostrará el camino » , se decía.
Su equipaje era ligero porque no tenía mucho para llevarse, sobre todo si quería ingresar en un templo donde la austeridad de las aprendizas era una de las máximas: una túnica de más, una manta de viaje y una faldriquera pequeña con objetos personales.
Su padre le regaló el peine de hueso que había pertenecido a su madre y Tauhle dio otra navaja.
Sabía que Atti había perdido la suya, pero no cómo ni por qué.
─ No te preocupes. Tengo más.
─Eres un buen chico, Tauh. Muchas gracias.
─¡Ah! Y toma…
Tauh le sostuvo una mano y le ensartó en el dedo corazón un anillo fabricado con hueso de melocotón. Al verlo tallado con tanto esmero, con filigranas y todo, sonrió muy orgullosa de su hermano.
─Lo he terminado esta mañana, Atti. Iba a ser para el cumpleaños de Ceres, pero cuando he sabido que te ibas he pensado dártelo a ti, así tendrás un recuerdo mío. Además, aún me da tiempo de hacerle otro a ella. ¿Te gusta?
Atti asintió con la cabeza. No se imaginaba que Tauh, tan joven aún, fuera capaz de labrar esas piezas de artesanía. Era un chico muy habilidoso, el único hijo varón, el niño de sus ojos.
Aleff le puso una hogaza entera de pan, un buen puñado de harina de bellotas, pasas, almendras e higos secos. Puede que su primogénita no fuera capaz de cazar o pescar, como Creta, pero conocía todas las plantas y frutos comestibles de los montes y sabía hacer fuego desde niña.
─El campo en primavera es una despensa, y también una botica ─le dijo─. Pero lleva cuidado, hija, sobre todo con las víboras.
─Padre, recuerda que soy más rústica que una ortiga, tú mismo me lo has dicho muchas veces. No me pasará nada.
Por último, añadió a su equipaje tres frascos de trementina, el curalotodo habitual de los hogares de Bérika. Aleff la conseguía cuando salía a los pinares. Atti podría venderlas si necesitaba asilo, incluso dinero, pues la trementina estaba muy bien valorada fuera de la región.
─Atti, ¿de verdad te tienes que ir? ─le preguntó Ceres con los ojos llorosos. Galatis miraba al suelo.
─Lo han ordenado los ancianos ─les explicó con parquedad.
Suponía que ninguno de sus hermanos, o mejor dicho, nadie en el poblado cuestionaría nada que se hubiera decidido en el consejo.
Era lo mejor para que sus hermanas pequeñas no insistiesen ni le suplicasen entre lágrimas que se quedara porque, si lo hacían, se le rompería el corazón.
La más pequeña se limitó a abrazarse a su pierna con todas sus fuerzas.
No lloró ni abrió la boca. Ceres, sin embargo, era más visceral: todo su mundo se caía en esos momentos al pensar que su hermana mayor iba a faltarle.
Attaegina se arrodilló y las abrazó a las dos, estrechándolas muy fuerte contra su pecho en un abrazo largo y macizo, como abrazarían, si pudieran, un roble o un chopo de las veredas.
Era absurdo, casi hipócrita, consolarlas con el paliativo de una palabra que no se iba a cumplir, como cuando los adultos decían a los niños cosas del estilo de «todo va a ir muy bien» o «volveré pronto».
En lugar de mentirles, Atti las besó en la frente y les pidió:
─Ayudad mucho en casa hasta que yo vuelva. Padre tiene mucho trabajo.
Las dos niñas asintieron, Galatis más serena que Ceres, que se deshacía en sollozos tras haber dejado sobre la túnica de Attaegina, a la altura del hombro, una mancha de lágrimas.
Solo quedaba Creta, que se encontraba en la cuadra preparando un caballo para su hermana. Cuando Atti llegó, le sorprendió ver al mejor de todos, el bériko tordo, ensillado y preparado.
─¿Trueno? ─dudó al verlo─. Pero Trueno es tuyo.
Creta, terminando de rematar la tarea, resopló con fastidio.
─Me lo ha pedido padre ─se limitó a responder arrastrando las palabras de mala manera.
Y Atti, que por un momento se había sentido infinitamente feliz creyendo que era un acto sincero de generosidad, se quedó muda, con los labios abiertos, como una estúpida.
Le habría gustado dar un abrazo a su hermana, despedirse de ella como era debido antes de un viaje tan largo, agradecerle por haber estado siempre ahí a pesar de sus diferencias y que ambas admitieran entre risas que, después de todo, no tenían una relación tan mala.
Sin embargo, no fue necesario: Creta, para bien o para mal, sí que había sido sincera.
Antes de abandonar la cuadra se giró hacia Attaegina, mas no para enmendar la situación.
El recelo no había abandonado su expresión:
─Cuídalo como si te fuera la vida en ello. Si le sucede algo a Trueno, no te lo perdonaré jamás.
Y su sentencia pesaba tanto y era tan dura que Atti la recibió como una carga más. Hiciera lo que hiciera, daba igual, Creta no la perdonaba. Pero, ¿cuál era el motivo de tanta aspereza?
El gallo cantaba por tercera vez cuando Attaegina salió de su aldea.
Dentro de un discreto saquito de cuero que pendía de su cuello, a la altura del pecho y cubierto por su ropa, notaba la silueta circular del doblón de oro que su padre, en el último momento y de modo furtivo, le había colocado en la mano cuando nadie los veía.
No hubo tiempo para explicaciones. Aleff se limitó a guiñarle un ojo y Atti se sintió más culpable que nunca por lo dura que había sido con él esa mañana.
Al parecer, existía en Caliza más oro del que se contaba, y seguramente y a pesar de las prohibiciones, en cada casa se guardaba un poco, por lo que pudiera suceder.
«Te prometo que intentaré no gastarlo», pensó Atti mirando por última vez a su padre.
No le gustaba demasiado cabalgar, además no conocía a Trueno, y el hecho de que fuera el caballo de Creta no resultaba demasiado alentador. Muy pronto se dio cuenta de que era un caballo más bravo que ninguno de los que ella hubiera montado, casi siempre viejos y mansos.
Aún no había casi luz cuando dejó atrás el altozano, el mismo lugar en que había conocido a Halcón hacía menos de un día. «Me da igual a dónde haya volado esa rapaz», pensó, «porque no se volverá a cruzar en mi camino».
Cuando Caliza en lontananza no fue más grande que un garbanzo, llegó a la Gran Cañada y encauzó por fin el que sería su rumbo al menos durante tres jornadas.
El camino estaba encharcado por la tormenta de la noche anterior, pero para Trueno sería mucho más sencillo transitar por él que no por sendas de montaña.
Además, se librarían del pantano y sus mosquitos.
─No como Halcón, qué tonto es el pobre, mira que ir por el pantano… ¿Por qué no se metería por la Gran Cañada? ¿No dice que tiene tan buena orientación?
Pero, ¿qué hacía aún hablando de él? Y además ella sola. Se sacudió el recuerdo del mercader de la cabeza dando bandazos con una mano, como si espantara a los insectos, cuando fue consciente de lo solitaria que se encontraba esa mañana la Gran Cañada .
Había nubes de tormenta agazapadas entre los picos más altos. Quizás por eso muchos pastores no habían salido. Por otro lado, el día había amanecido nublado y gris, la luz era anodina y durante toda la mañana no cesó de caer un molesto calabobos. A mediodía, Atti iba calada hasta los huesos.
Por si fuera poco todo lo demás, Trueno era tozudo, impredecible.
Tan pronto se detenía y no había manera de hacerlo avanzar como de repente trotaba a su voluntad y se salía del camino.
Antes de la primera noche ya había conseguido que su jinete se cayera una vez, por lo que Atti tuvo que darse trementina en las magulladuras.
Además, su túnica de lino blanco, que relucía a primera hora de la mañana, ahora estaba más sucia que los lodazales que se habían formado a los lados de la cañada.
Cuando la tarde se alargó y el cielo comenzó a oscurecerse, decidió poner fin a la marcha.
Entonces se retiró a un encinar cercano procurando no perder de vista el sendero.
Trueno iba a regañadientes. Aun así lo ató a un tronco y encendió un fuego para entrar un poco en calor o al menos intentarlo.
Preparó una sopa de ajedrea en una cazuela de peltre y se la tomó mojando en ella un trozo de pan de espelta.
En medio de la nada y de la oscuridad y rezando para que la tormenta no descargara sobre su cabeza, ese humilde bocado le supo a gloria.
─Nunca había estado tan lejos de Caliza ─pensó en voz alta─.
He sido una ingenua al creer que el viaje no me parecería tan duro.
Y aún me quedan por lo menos nueve días más…
Sé que si te pusiera al galope nos ahorraríamos un par de jornadas, ¿a que sí?
─Habló al caballo. El animal no pudo mostrar más indiferencia─.
Pero me da miedo, ya lo sé. Me da miedo galopar. No como a Creta.
Cuando por fin se relajó, sentada sobre una estera de cuero y con la espalda apoyada sobre una roca, se tocó la cara. Los arañazos de Anut le molestaban más que el día anterior. Los tenía tan inflamados que solo con deslizar por encima la yema de sus dedos le dolían a rabiar .
─Halcón me dijo que me los curase bien. Quizás tenía razón.
Guardaba un poco de trementina para su propio uso, pero no podía aplicársela porque las heridas estaban abiertas.
Entonces recurrió a un viejo remedio que tiempo atrás le enseñó su madre: sabía que aquella tierra era arcillosa, así que se levantó y se acercó a uno de los charcos más limpios y apartados del camino.
Comprobó que no hubiera huellas de vaca cerca ni heces de animal.
Luego cogió un puñado de barro con las manos y se lo extendió por encima de la mejilla derecha y parte de la frente para refrescarse la piel y bajar la hinchazón.
Se volvió a recostar junto a la roca y observó a Trueno, su poderío y su fortaleza.
─Cómo me recuerdas a ella, eres igualito a mi hermana ─le dijo─. Pero, ¿por qué me odia tanto? ¿Tú lo sabes?
El animal masticaba hojas de romaza completamente ajeno a sus palabras. Afortunadamente, había parado de llover y la tormenta, al parecer, se había marchado en otra dirección.
─Claro que lo sabes, pero no me lo dirías.
Minutos más tarde, el efecto balsámico del barro sobre las heridas perdió efecto. Le ardía la parte derecha de la cara y los arañazos seguían supurando un líquido ácido que le corroía desde dentro.
─No sé por dónde anda Lorick. Quizás esté regresando ya a la aldea.
Además, es más inteligente que Halcón, volverá por la Gran Cañada.
Tal vez hasta nos crucemos ─dijo con entusiasmo.
Al pensar en él se puso nerviosa─. ¿Tú me crees, Trueno?
Puede que el amor de mi vida esté de camino, que esté viniendo hacia mí, como vi en mis premoniciones.
¡Sí! Te aseguro que lo siento tan certero como ahora siento el calor del fuego. Sí, sí…
¿Lo sentía de veras? ¿O eran solo sus anhelos?
Pero, ¿qué sentía por Lorick después de casi un año sin verlo, sin saber de él absolutamente nada?
¿En que quedarían esos besos a medias robados y a medias regalados una tarde en la orilla del río?
Un escalofrío le recorrió por dentro la zona inflamada de la piel, y entonces se vino abajo .
─Si quieres que sea sincera, te diré que justo en estos momentos lo último que deseo es cruzarme con Lorick. Por nada del mundo quiero que después de un año me encuentre así, manchada de barro, deprimida y con la cara arañada. Me vería grotesca, sin duda.
Inmersa en esas reflexiones, y a medida que el sueño la embargaba, se preguntaba cuánto habría cambiado él, si también llegaría manchado y herido o, por el contrario, más curtido y fuerte.
Si seguiría queriéndola o preferiría hacer como si nunca la hubiera besado, como si nunca se hubieran quedado a solas…
Y es que un año era demasiado tiempo para un simple viaje iniciático, ¿a dónde demonios había ido?
Y, sobre todo, ¿qué era aquello que buscaba tan lejos de Caliza, donde quiera que estuviese?