El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Desde que volvió a casa, después de discutir con Halcón, Atti apenas pegó ojo, pero permanecer abrazada a su hermana pequeña, que dormía profundamente aunque el cielo le cayera sobre la cabeza, le había devuelto todo el calor que los disgustos de esa noche le habían robado.

No había amanecido aún cuando las piezas de pan, hinchadas por la fermentación, fueron entregadas al horno de piedra.

Dentro de su garganta, que ardía con las brasas de la leña de encina, se transformarían en hogazas del color del sol y del oro.

Para Attaegina siempre era un ritual: una ofrenda al fuego, a la chispa de la vida, que las hacía partícipes a ella y a sus rústicas manos de la alquimia del cereal, la alquimia que al trigo, tras su muerte, lo convertía en alimento sagrado.

En resumen, la alquimia de la vida y de la muerte.

Sola y en silencio, había hecho pan para su familia cada día de su vida desde que faltó su madre.

Sola y en silencio, abandonaría su aldea natal en cuanto el gallo cantara por vez tercera, pues antes de eso estaba prohibido.

No para alguien como Halcón, claro, que era un desarraigado, pero sí para Attaegina, que respetaba las tradiciones de Caliza aun no comprendiendo muy bien por qué ni recordando desde qué momento las aceptó.

Sencillamente habían dado forma a su mundo desde que tenía uso de razón.

Mientras el horno llevaba a cabo su parte del cometido y la villa de los Mentastro comenzaba a ungirse con el perfume del pan recién hecho, Atti terminó de armar un fardo donde cargaría su equipaje, a decir verdad ligero.

Después cruzó el patio interior y se dirigió flechada a la sala de los ancestros, a quienes debía mostrar sus respetos y pedir protección tanto para su hogar en su ausencia como para sí misma en su andadura hacia Teff .

Lejos de parecerse a un pequeño templo o de estar repleta de reliquias y fetiches familiares, la sala de los ancestros transmitía austeridad, pues ¿cómo podría uno hablar con sus muertos en un lugar atestado de objetos ceremoniales o de bienes materiales que pertenecieron a uno o a otro y que ninguno pudo arrastrar consigo al más allá?

En el fondo, un altar de madera de olivo, silencioso.

Y encima del altar, un cirio y un pequeño quemador de hierro con forma de caldero que Atti siempre mantenía lleno de carboncillos.

La chica oráculo prendió el cirio y el carbón y luego desmenuzó un par de ramas secas de mejorana y salvia por encima de las brasas.

En el acto se fraguó el humo blanco y aromático de las hierbas y, como siempre, Attaegina percibió el cambio en el aire, una atmósfera diferente, como si el velo que separaba el mundo de los vivos del de los muertos se dejara caer alegremente al igual que se vence, suave y por su propio peso, una cortina de seda.

Se le erizó el vello de la nuca y de la espalda, cerró los ojos y suspiró. Y luego buscó en la penumbra lo único que, aparte del altar, ocupaba la sala de los ancestros desde hacía tanto tiempo que nadie vivo lo recordaba.

─ Abuelo, estoy aquí. He venido a pedir tu bendición.

Bajo el tenue resplandor del cirio, la figura de un anciano enjuto sentado con las piernas cruzadas pareció trazarse de repente en la oscuridad.

Ocupaba una esquina del fondo, tenía las palmas de las manos pegadas una contra la otra y los codos apoyados sobre lo muslos, en posición de rezo.

Atti lo recordaba así desde siempre, con los ojos cerrados durmiendo eternamente.

Aunque ella y sus hermanos lo llamaban abuelo , ese hombre ya estaba allí cuando sus dos abuelos y sus dos abuelas legítimos eran solo criaturas de pecho.

Nadie recordaba su nombre ni el día en que se había quedado dormido.

Lo único que se sabía en toda Bérika era que aquel hombre había llegado a las cordilleras desde la Antigua Pangea a bordo de las naves que cruzaron los mares bajo el azote de la inclemente lluvia larga que marcó el fin de un mundo y el principio de otro .

─He de decir adiós a Bérika, al menos durante un tiempo, abuelo ─comenzó a hablarle Atti arrodillándose delante de él─.

No sé qué me está pasando, pero mi don me ha abandonado estos días.

El consejo ha decidido destituirme. Por eso, he pedido permiso a los ancianos y ellos han creído adecuado que me marche a Teff.

Un mercader nos ha contado que allí hay un templo, el Templo del Laurel, donde se adiestra a jóvenes como yo para que aprendan a usar sus habilidades.

Creo que si me aceptan y me enseñan el arte de la adivinación, podré recuperar mi puesto y la confianza de mi tribu.

Atti, cuando hablaba con su abuelo, tenía la sensación de estar hablando en el interior de una caverna, de un pozo ciego.

La presencia de ese hombre antiguo se parecía a la de las rocas y montañas que han presenciado el devenir de los tiempos mucho antes que el agua, que los árboles y que los humanos, casi tanto como los dioses del pasado.

─No sé… Desde que mi madre murió planifiqué mi vida para estar a la altura de lo que Caliza quería y necesitaba de mí.

Me convertí en la madre de mis hermanos, en la matriarca de la casa Mentastro, en el oráculo de la tribu.

Y hasta hace un día quería convertirme en la esposa de Lorick y darle hijos y seguir anudando la trenza de las tradiciones en el orden que merece, perpetuando su patrón durante una generación más.

Pero, abuelo, ¿sabes qué? Creo que ya no quiero.

Se enjugó una lágrima. Era como si se la hubiera enjugado el anciano. Lo sintió cerca, podía ver el color de su alma. Era azul. Azul índigo.

─Hoy he sufrido un fuerte desengaño ─murmuró con rabia─.

El consejo de ancianos me ha defraudado.

Hoy he sido juzgada, devaluada como una moneda con la que ya no se puede pagar.

Todos obedecemos sus leyes, sin rechistar, siempre, sin cuestionar nada.

Pero en Caliza hay cosas de las que está prohibido hablar, y si no sigues exactamente el orden impuesto, si por cien méritos cometes un solo error, se te castiga.

Y a mí… A mí solo me respetan por mi don y mi obediencia.

Reconozco que durante años me he creído superior por el puesto que ocupaba en el consejo.

No me siento orgullosa por mi vanidad. Pensaba que tenía mucho que ofrecer.

Sin embargo, no era yo: era mi guía angélica.

Sin la guía no soy nadie, y hoy la guía se ha marchado.

¿Será una prueba? ─Tras una pausa, s e respondió a sí misma ─ : Supongo que la humildad me ha dado hoy un golpe de los fuertes.

Ahora mismo no sé muy bien qué soy ni qué lugar ocupo, ni siquiera sé si fui yo quien decidió servir al consejo o si se me obligó sin preguntarme.

Yo era muy pequeña, ¿alguien me preguntó qué quería hacer con mi vida?

La silueta del abuelo seguía inmóvil. Todo él había ido pareciéndose cada vez más a una estatua de piedra cubierta de ropa. De pronto Atti sintió que su ancestro le preguntaba algo más. Le preguntaba por Halcón.

─Ese es el mercader del que te hablo. Bueno, eso es lo que contó al principio.

Pero mintió. Solo ha venido un día por aquí y lo ha revuelto todo, como un viento travieso del Sur, ¿sabes?

Es una rapaz que vuela muy rápido, que saca tajada y luego se marcha como si nada.

Es un mentiroso, un desarraigado y un… ─se le aflojó la garganta cuando se escuchó hablando así de Halcón─.

No sé quién es, pero siento como si ya lo conociera.

Sé que algo nos une, aunque no sepa el qué.

Y no entiendo por qué, pero confié en él.

Ciegamente. ¿Por qué le echo de menos, si no sé quién es?

Yo… Yo no quiero decir que no ame a Lorick.

Sí, lo amo. Por eso quería entregarle mi trenza para que me convirtiera en su prometida.

Pero no vino a por ella, no llegó la noche en que yo lo esperaba.

Él debe de seguir deambulando solo por ahí, prolongando su viaje iniciático.

Y yo… Siento que necesito ver Caliza desde fuera, al menos por un tiempo.

Se había vaciado como un saco roto de grano.

Ahora que le había contado a su abuelo todas esas preocupaciones, sentía que el orden había regresado un poco a su atolondrada cabeza, que parecía un avispero.

El rostro de su ancestro siguió imperturbable, con los ojos cerrados.

Sin embargo Atti en alguna parte de sí misma intuía que tiempo atrás ese anciano durmiente se había parecido a ella.

Se despidió de él besándole las manos y luego inclinó la cabeza con gesto reverencial.

─Gracias, abuelo. Volveré pronto, te lo prometo. Y espero que, si algún día decides abrir los ojos, que no sea hasta que yo haya regresado a casa.

El silencio, únicamente perturbado por el canto de las cigarras y el eco lejano del autillo, acompañó a Attaegina mientras apagaba el cirio.

El carboncillo había dejado de arder y las plantas secas se habían consumido en su totalidad.

De un modo muy sutil, casi imperceptible, la atmósfera de magia y luz que la había envuelto mientras charlaba con el abuelo se desvaneció tan pronto como se marchita una amapola del camino al ser arrancada, y el olor del cereal terminando de cocerse se erigió como un puente por donde retornar al mundo terrenal.

Cuando Atti entró de nuevo en la cocina, su padre ya había sacado las hogazas del horno y las había dejado cerca de la ventana para que se airearan. Aleff jamás se dedicaba a esos quehaceres. ¿Por qué se había levantado tan temprano? ¿Acaso él tampoco podía dormir?

─Me voy contigo, hija ─soltó sin dar más explicaciones. Attaegina se sorprendió más que si su abuelo hubiera despertado esa noche.

─No puedes.

Aleff enarcó una ceja. No más. Era tan inexpresivo…

─Anda, ¿cómo voy a dejar a mi hija sola en un viaje tan largo? Te acompañaré. Si no llueve mucho, estaré de vuelta en menos de quince días.

─Es mucho tiempo, padre. Tienes mucho trabajo en el campo. Y tienes que cuidar de mis hermanos.

─No padezcas, Atti. También está Creta, ella podría…

─¡No! ¡Ella no puede! ─lo interrumpió. Una vez más, quizás la última, ocupó su lugar de matriarca para decidir qué tenían que hacer los Mentastro ahora que ella no iba a estar.

Al ver que su padre no reaccionaba, suavizó su tono y añadió─: Tú eres nuestro padre.

Toma las riendas de una vez y no cargues a mi siguiente hermana con la responsabilidad del hogar.

Los niños sabrán estar a la altura, sé que no te darán demasiado trabajo, pero ejerce como patriarca, necesitan verte firme y seguro.

Ya va siendo hora de que asumas tu papel y de que defiendas a nuestra familia… incluso ante el consejo de ancianos.

Attaegina no pudo evitar arrojarle aquella indirecta con resentimiento.

Y es que Aleff se había quedado callado sin más cuando la abuela Leto decidió destituirla delante de todos.

Había tenido que ser Halcón, un forastero que no la conocía de nada, quien diera la cara por ella protestando en el consejo.

─Hija, ya sabes, son las leyes… No podemos…

─¿Qué? ─le espetó─. ¿No podemos qué?

Aleff miró al suelo sin saber qué responder porque sabía que su hija llevaba razón.

─¡No les tembló la mano cuando volvieron a recordarme la muerte de mamá!

─añadió con una ira repentina─. Yo era más pequeña que Tauh cuando mamá enfermó…

Yo sabía que no iba a recuperarse, ¡claro que lo sabía!

Lo había visto en mis premoniciones. Pero, ¿sabes qué?

Que solo era una niña, y ver la muerte de mi madre cada día en mis pesadillas ya era una carga lo bastante pesada como para pregonarla a los cuatro vientos.

Pensaba que si no se lo contaba a nadie podría evitar que se hiciera realidad.

Pero fallé, no funciona así. ¡Y fallé! Fallé…

Eso es lo único que al consejo le importa de mí, padre.

¡Soy un maldito instrumento para predecir cosas, eventos, alegrías o desgracias!

Pero lo que yo sienta o piense, si sufro o no…

Hoy me lo han demostrado, solo les interesa mi talento.

Aleff enmudeció. Si abría la boca para pronunciar cualquier palabra se hundiría en la miseria, pues nunca habló de la muerte de su esposa con nadie. El duelo continuaba consumiendo su carcomido corazón.

─¿Sabías lo de Anut Arrayán, padre? ─continuó un poco más serena aunque todavía indignada. Aleff negó con la cabeza─. Nació endemoniado. Sus padres pidieron ayuda. El consejo les dijo que no. No querían milagreros ni brujos por aquí. Por eso han echado a Halcón.

─Halcón es un nawal ─intervino Aleff tímidamente.

─Pero, ¿qué es un nawal ?

Atti necesitaba saberlo. Los ancianos nunca le habían hablado de los nawales . ¿Por qué era tan grave?

─Los nawales son como brujos, hija. Hablan con los espíritus. Dicen que por su culpa cayó la Antigua Pangea...

─¿Eso es lo que dicen los ancianos? ¿Le has preguntado directamente a un nawal ?

Aleff se encogió de hombros a sabiendas de que sus argumentos no sonaban muy contundentes, pues rara vez cuestionaba lo que decían los ancianos y era obvio que no siempre acertaban, por muy viejos que fuesen. Atti resopló con hastío y prosiguió:

─Un nawal , sea lo que sea, ha sanado esta noche a un muchacho que llevaba casi catorce años conviviendo con un demonio que lo atormentaba. Dime si crees que no es noble lo que hacen.

─¡Yo no sé nada sobre eso, hija! ¡Solo lo que dicen los abuelos!

Sus miradas confrontaron. No había más que hablar.

─Pues eso, padre. Que necesito conocer más caminos, más respuestas. El mundo no gira solo en torno a Caliza ni los ancianos tienen la verdad absoluta sobre él.