El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 10
19%

CAPÍTULO 10

Cuando Atti cerró el portón de la choza de los Arrayán, divisó la figura plateada de Silencio en la penumbra. El asno, cargado con sus dos alforjas, se alejaba en sentido contrario a la aldea con Halcón caminando a su lado.

─ ¡Halcón! ─lo llamó.

El extranjero detuvo sus pasos, pero no demostró mucho entusiasmo al verla. Se quedó allí en medio, parado, y la miró con indiferencia cuando ella se acercó.

─ Cúrate esas heridas, tienen mala pinta...

─ Halcón, ¿a dónde vas?

─ Antes del tercer canto del gallo, tú misma lo has oído. Me voy, Attaegina. Abandono tu aldea. Voy a aprovechar que ha dejado de llover. Bendiciones para ti y para toda tu familia, me habéis tratado muy bien.

¿Por qué esa frialdad repentina? El mercader le dio la espalda y continuó su camino como si nada.

─ Pero, Halcón… ¿Por qué no descansas en casa y mañana…?

─ Te lo acabo de decir. Me marcho ya. Los nawales no somos bienvenidos en lugares como este.

─ ¡Por lo que más quieras! ¿Puedes detenerte un instante y mirarme a la cara mientras te hablo?

Halcón la obedeció a regañadientes. Giró sobre sus talones y se cruzó de brazos. No parecía interesarle mucho aquella conversación. Tenía prisa.

─ Habla ─aceptó, parco como una roca. Attaegina no entendía nada, era como dialogar con un desconocido absoluto.

─ ¿Qué te pasa, Halcón? Empezábamos a llevarnos bien cuando ocurrió lo de Anut. ¿Es que no vas a contarme nada sobre ti? ¿Qué eres, o quién eres realmente? ¿Qué es un nawal ? Y, ¿por qué finges ser un mercader? Si vas por ahí cazando demonios y haciendo milagros…

─ Attaegina, te agradezco mucho el asilo que me has dado en tu hogar. Te agradezco también que mintieras a tu tribu por mí. Necesitaba entrar en tu poblado. Pero ya he terminado todo cuanto tenía que hacer aquí. Y no, no he hallado lo que busco. Así que, hasta más ver.

Se dio la vuelta por segunda vez, pero ella lo retuvo sujetándole un brazo. Halcón resopló de impaciencia.

─ Pero, ¿qué quieres de mí, chica?

─ ¿Qué pasa con las gemas? ¿Por qué razón poseemos tú y yo dos cristales gemelos? ¿Ya no te interesa eso tampoco?

Halcón no fue capaz de negarlo. Fue un instante muy breve, pero Atti lo percibió.

Sin duda, la visión de los dos cuarzos brillando juntos, en sincronía, era otro misterio.

Aunque no solo eso: ambos, a solas, cerca y compartiendo esa atmósfera mágica.

.. Esa noche había despertado algo entre ellos, algo que los unía más allá de sus recuerdos aunque ninguno comprendiese cómo ni por qué.

─ Olvídalo ya, Attaegina. Ese hombre del desierto tendría más gemas iguales… Las habrá ido repartiendo por ahí a los niños que le hacían gracia, ¿yo qué sé? ¿Le encuentras una explicación mejor?

Atti no se quedó satisfecha.

─ Creía que partiríamos juntos mañana, al amanecer ─reconoció con cierto tinte de vergüenza en la voz─. Supongo que es culpa mía y que me he precipitado. Dijiste que te dirigías a Teff, y yo… Pues pensé que podría viajar contigo.

─ ¿Es que no te has dado cuenta aún? Attaegina, dije lo del Templo del Laurel para defenderte, pensaba que serían menos duros contigo si se daban cuenta de que nadie te ha instruido debidamente.

Protesté para que te dieran una segunda oportunidad y para que tu vida siguiera igual, en tu pueblo y con tu gente.

Pero te tomaste muy a pecho lo de Teff. ¿Cómo podía yo imaginarme que le pedirías al consejo algo tan descabellado?

¿Marcharte a Teff, tú sola? ¡Eso ha sido idea tuya!

─ Pues resulta que mi vida no puede seguir igual después de todo lo que ha ocurrido hoy. ¿Qué pasa? ¿Que no me creías capaz de irme de aquí? ¿Pensabas que me conformaría con un destino impuesto que nunca escogí?

Halcón cerró los ojos y respiró hondo.

─ Yo… He decidido cambiar de rumbo, ya no voy al Sur. Tendrás que viajar sola.

─ Pero…

─ Oh, Attaegina… De verdad, no sabes lo que haces. No tienes ni idea de...

─ ¿Cómo te atreves? ─se ofendió ella─. Serás engreído… Tú no eres el único que sabe dónde está el Norte y que puede cabalgar. Además, no te necesito. Llegaré a Teff yo sola, no necesito tu ayuda ni la de nadie. La guía angélica me orientará.

Halcón se encogió de hombros.

─ Attaegina, ¿te has mirado en un espejo? Porque esos arañazos y lo de ese muchacho endemoniado es una broma comparado con lo que existe fuera de Caliza. Palabra de honor.

Eso ya sonaba más grave. Atti no respondió. Seguía enfadada, mucho, y para colmo le dolían cada vez más las heridas.

─ Te estoy hablando muy en serio ─prosiguió él.

Le apoyó una mano en el hombro y suavizó su tono─.

El mundo no es como Caliza, donde lo más inusual que ocurre es la llegada de un mercader que vende baratijas y para lo cual hasta se convoca un consejo.

No, no… Tú no has visto lo que hay afuera.

Lo mejor que podrías hacer es disculparte ante los ancianos y quedarte cuidando de tus hermanos.

Sí. ─Parecía que había terminado. Pero no─: Y sobre todo, deberías esperar a que regrese ese chico para prometerte con él…

¿Cómo? ¿Se reía de Lorick y de ella, o es que estaba celoso? Attaegina, ahora sí, estalló como un aguacero. No, ¡como una tormenta eléctrica!

─ ¡Eres un entrometido! ─Se apartó de él con brusquedad─. ¡No necesito tu condescendencia! ¡No me compadezcas ni me trates como a una pueblerina! Eso somos para ti en Caliza, ¿verdad, trotamundos? Como se nota que no tienes tribu… ¡Seguro que te echaron de la tuya!

Halcón no replicó. Él mismo se dio cuenta de lo idiota que había sido al lanzar ese último comentario afilado sobre Attaegina y Lorick.

Al fin y al cabo, ¿qué le importaba a él con quién quisiera prometerse la chica oráculo, si no la conocía?

Sintiéndose bastante culpable, se calmó y adoptó otra vez la frialdad del principio.

Entonces Atti se sacó del bolsillo el doblón de oro que le habían dado los Arrayán y se lo lanzó a los pies con todo el desprecio del que fue capaz.

El nawal se quedó boquiabierto al verlo relucir sobre el barro.

─ Es para ti, Halcón, de parte de los Arrayán, como pago por haber exorcizado a su hijo. Quédatelo o los deshonrarás. Aquí en Caliza damos importancia a los buenos modales.

Cuando Halcón se arrodilló para recoger la moneda, Attaegina se dio la vuelta y echó a correr a su casa.

¡No pensaba mirar atrás! Pero, ¿por qué?

¿Por qué Halcón despertaba en ella sentimientos tan intensos?

Por más vueltas que le daba, no encontraba explicación lógica al dolor que la invadía, y no era solo por los arañazos.

Venía de más adentro, de más lejos, de un tiempo remoto…

No era nuevo para ella, sino la resurrección de un dolor antiguo ya conocido.

¿Por qué, si Halcón era un extraño, un extranjero al que nunca antes había visto?

¿Y por qué no podía dejar de llorar solo de pensar que nunca más la volvería a mirar con aquellos ojos de rapaz, dorados como la arena del desierto?