El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

─ ¿Cómo se encuentra? ─preguntó Atti arrodillada junto a la maltrecha cama de Anut. Lo arropó un poco y observó su rostro pecoso a la luz de la tea que lo alumbraba, donde su madre tenía una vasija llena de agua y un trapo.

─ Tiene un poco de fiebre, pero yo creo que es porque se ha enfriado con la lluvia. Cuando lo trajeron iba empapado.

Attaegina le acarició la cara con suma dulzura.

Siempre supo que Anut era bueno. En esos momentos parecía un ser de otro mundo, por eso era indescifrable.

En el otro extremo de la habitación el padre de Anut, Arbis Arrayán, se balanceaba suavemente sentado en una vieja mecedora, mirando a ninguna parte.

Era hombre parco en el hablar, pero la compañía de la chica oráculo le agradaba. Le daba consuelo.

─ Se pondrá bien ─dijo Atti en susurros.

Luego se inclinó sobre Anut, le besó la frente y con la yema de un dedo trazó en su piel el símbolo de protección con que solía bendecir a sus hermanos antes de que se durmieran: el símbolo del Primer Ángel.

Entonces el chico suspiró, como de alivio.

Attaegina brillaba en ese instante, brillaba dentro de una burbuja de luz blanca que transmitía el frescor de la lluvia estival, el aroma del agua pura manando de las rocas.

De alguna manera los padres de Anut lo vieron también, aunque si alguien les preguntara, no encontrarían palabras con que definir aquella presencia angélica.

El crepitar de la leña en la boca de la chimenea era el único sonido que los acompañaba. Afuera la tormenta había amainado y Corina había colocado las espardeñas y la capa de Atti cerca de la lumbre para que se secaran.

─ Bébete el caldo, hija. Se te va a enfriar.

La blanca luz de Attaegina se redujo poco a poco, marchándose como una brisa sanadora, cuando se giró para recibir una taza caliente de las manos fornidas de Corina. Dio las gracias y luego un par de sorbos. El caldo de huesos cocido durante horas la reconfortó.

─ Ay, cómo te ha dejado la cara… ─se lamentó Corina─. Vaya lo que te ha hecho el niño, yo lo siento tanto… Tu bonita cara…

Atti notaba una quemazón creciente alrededor de los arañazos. Debería curárselos pronto o se le infectarían.

─ Ya ha pasado todo, mi cara es lo de menos ahora. Lo importante es que Anut por fin está a salvo. Y nunca, nunca más volverá a pasarle eso, Corina. No padezcas. Creo que Halcón sabe lo que hace.

─ Tengo algo para él. ¿Tú se lo puedes dar?

Arbis levantó la mirada por un momento y observó a su mujer mientras extraía un doblón dorado de uno de sus bolsillos. También él estaba de acuerdo con el pago.

─ ¿Es para Halcón? ─se sorprendió Attaegina. Y es que en Bérika, supuestamente, nadie tenía oro. Era la primera vez que veía un doblón.

─ Mi familia lo guardó durante generaciones por si algún día nos hacía falta.

Y hoy ese milagrero amigo tuyo ha librado por fin a mi hijo de una condena que no se merecía.

Mi hijo nació condenado, Atti. Yo lo supe desde siempre, ¿sabes?

Desde que lo cogí en brazos la primera vez lo supe.

Pero, ¿a quién podíamos contárselo? Si aquí en la aldea nadie nunca nos ha ayudado, ni se puede hacer nada sin que los ancianos te den permiso, como si les debiéramos algo, maldita sea su estampa. ..

Era evidente que Corina no guardaba ninguna lealtad al consejo ni a sus vecinos.

Simplemente sobrevivía con su esposo y con su malograda prole, un único hijo que nació vivo pero con el alma secuestrada por un diablo.

Se ocupaban del ganado y obtenían lo justo para cubrir sus necesidades sin llamar demasiado la atención.

Pero Anut, por desgracia, no pasaba desapercibido.

─ Mi hijo ha soportado lo que no está escrito, Atti. La gente dice que es malo, que es como una fiera, un monstruo. Eso es mentira. Por aquí cerca hay gente más mala que él.

─ Lo sé ─respondió Attaegina percibiendo la honda tristeza de aquella mujer como si fuera la suya.

─ Es que tú eres un ángel, hija mía. Eres la única, la única que ha cuidado a mi hijo, la única que le ha dado cariño. Pero los demás lo miran como si fuera una alimaña salvaje…

Corina se atropelló al hablar haciendo un esfuerzo sobrehumano para no llorar. En ese instante, Atti le estrechó las manos y le preguntó con delicadeza:

─ Si sabías lo que le sucedía a Anut, ¿por qué nunca buscasteis a alguien que pudiera curarle?

Una ráfaga de rencor cruzó la expresión de Corina.

─ Los ancianos nos lo prohibieron, no nos dieron su permiso.

Dijeron que no querían brujos por aquí y que nos conformásemos con que nuestro hijo estuviese vivo y pudiera respirar.

Tiempo después, cuando Anut creció un poco y dejó de ser un bebé, nos dimos cuenta de que no pronunciaba palabra, de que no se comportaba como el resto de niños.

A veces ni siquiera parecía entendernos, él vivía en su propio mundo, muy lejos del nuestro.

Entonces empezaron los ataques, sobre todo por la noche.

Esa maldita bestia lo tenía cautivo. Lo hacía gruñir y volverse agresivo cuando caía el sol.

Su padre le colocaba una rama de saúco en la boca y yo lo sujetaba hasta que caía rendido sobre sus propios vómitos.

Tal era nuestra desesperación que volvimos a pedir ayuda a los ancianos.

Y, ¿sabes cuál fue la respuesta? ─Atti suponía algo peor que antes.

Corina concluyó─: Nos amenazaron con el destierro.

Nos dijeron bien claro, y eso fue sobre todo la abuela Leto, que como se nos ocurriera llamar a un brujo o a un milagrero nos quitarían el ganado y nos echarían del poblado, a ganarnos la vida vagabundos, sin patrimonio, sin tribu, sin nada.

¿Qué habrías hecho tú, Attaegina? ¿Te vas con un niño a buscar un porvenir, con una mano delante y otra detrás ?

Qué engañada la habían tenido los ancianos… Atti comenzaba a verlos así porque esa misma noche había sufrido en sus carnes un juicio contra ella, un castigo por no ser infalible, por no estar a la altura ni al servicio. No supo qué responder.

─ Tú eres muy joven aún para saber esas cosas, hija, y además les has caído en gracia. Pero si continúas en el consejo tendrás que hacer todo lo que te pidan, Atti, todo lo que ellos quieran. Por encima de tu familia y de tu cadáver.

─ Ya no pertenezco al consejo ─la interrumpió Attaegina hablando muy rápido, como si así le afectara menos la decisión de los ancianos─.

Hoy me han destituido. Consideran inadmisible mi falta de previsión después de lo que ha sucedido hoy con Anut y…

─Corina rompió a llorar─. ¡No es culpa de Anut!

¡En serio! Tarde o temprano lo habrían hecho porque…

No sé qué me pasa. Hoy mis dones parecen haberme abandonado.

Así que mañana me marcho a Teff, al Templo del Laurel.

Quiero adiestrarme allí con los maestros del oráculo.

─ ¿Tú sola? ¿A Teff? ¿Y te han dado permiso esos viejos?

Atti asintió con la cabeza y resopló.

─ Quieren asegurarse una chica oráculo que no falle nunca, así que me han permitido ir con la condición de regresar para seguir sirviendo al consejo.

─ Pues Anut se pondrá muy triste cuando sepa que te has ido… Pero debes ir. Debes salir de esta aldea mugrienta y ver qué hay afuera. Y quién sabe, Atti, si al final encuentras tu destino en otra parte, puede que más de uno se anime a seguirte donde tú estés. Yo, la primera.

Corina le guiñó un ojo y le dio una palmada en el hombro.

Y es que, a falta de su propia madre, aquella era la única mujer del poblado que la había acompañado en el camino de hacerse adulta de un día para otro con tal de cuidar de su familia.

Corina era su confidente, su cómplice. Attaegina, el ángel guardián de Anut.

Dispuesta a marcharse, se sentó junto a la chimenea para calzarse y Corina le echó por encima de la espalda la capa de lana.

Cuando la chica oráculo se despidió de los Arrayán, al girarse para mirar a Anut por última vez el muchacho se revolvió entre las mantas.

Tal vez una pesadilla cruzaba el umbral de sus sueños en ese instante, pero Attaegina parecía conocer mejor que nadie el remedio para ese mal, así que regresó junto a él, le sostuvo la mano y cantó la misma canción de cuna con que había consolado a cada uno de sus hermanos pequeños tiempo atrás:

Duerme sin temor

que a tu lado yo estaré.

Velaré por ti,

hasta que llegue el amanecer.

El sol volverá,

nos alumbrará un día más,

Ahora duérmete,

hasta que llegue el amanecer.

La calma se devolvió a la respiración de Anut, que dormía de nuevo en paz. Ella lo acarició por vez última y le prometió que pronto, muy pronto, regresaría para seguir contándole viejas leyendas.