CAPÍTULO 8 #2
─ ¿Y qué sugieres, forastero? ─se decidió a preguntar el abuelo Lentisco tras encajar el golpe─. ¿Que la enviemos allí, tan lejos de la aldea? Eso sí que sería abandonarla a su suerte…
─ ¡Yo lo solicito! ─intervino Atti levantando su voz por encima de la del anciano. De nuevo la sala enmudeció─. Solicito permiso para marcharme a Teff, al Templo del Laurel.
─ ¿Qué? ─se sorprendió Halcón.
Attaegina evitaba encarar el rostro de su padre porque sabía que su decisión acababa de destrozarlo por dentro.
Ni siquiera estaba segura de cómo llegar hasta Teff, ¡si no sabía leer mapas!
Además, su familia no tenía mapas. Los Mentastro, como casi todos en Caliza, no habían salido de Bérika desde hacía varias generaciones.
Pero, ¿qué le ofrecía una vida en el poblado, ahora que incluso la iban a destituir de su cargo?
─ ¡Quiero protestar! ─rugió Oberón. Atti alzó la cabeza por respeto para ver qué tenía que decirle el hombretón nórdico que tanta autoridad inspiraba en todos, como si fuera el patriarca legítimo del poblado, cuando su fría mirada la fulminó como la hoja metálica de una espada recién afilada.
─ Di lo que tengas que decir, Oberón ─le dio el beneplácito la abuela Leto.
─ Attaegina, hija… ¿Qué tonterías dices? ¿Qué va a hacer una chica como tú en Teff?
El aire paternalista de Oberón molestaba a Atti desde siempre. Se comportaba así con todos los vecinos, era su particular manera de dominar la situación, pero ella solo lo respetaba por Lorick. «Tú no eres mi padre», pensó intentando que no se le notara incómoda.
─ Puede ser que Attaegina necesite unos días para descansar y pensárselo mejor.
Ahora está agotada y nerviosa por lo que ha sucedido con Anut.
─Atti odiaba que Oberón hablase de las personas como si estas no estuviesen presentes.
El nórdico prosiguió─: Además, Lorick está a punto de regresar de su viaje iniciático, y no querrás que después de tantos meses regrese y no te encuentre por aquí, ¿verdad, Attaegina?
«Pero, ¿por qué tienes que decir eso en público?», se indignó Atti, y sintió vergüenza. Todos sospechaban que Lorick y ella compartían algo más que amistad, pero de ahí a airearlo de aquel modo…
─ Solicito permiso del consejo para marcharme a Teff ─insistió por segunda vez sin responder a la estúpida pregunta de Oberón.
El hombretón detestaba que lo ignorasen, pero ante todo los ancianos tenían la última palabra.
Murmuraron entre ellos, la expectación creció entre los asistentes.
Atti evitaba los ojos suplicantes de su padre, tampoco quería mirar a Halcón, que parecía querer decirle algo, tal vez advertirle…
─ No es habitual que las doncellas de la aldea soliciten permiso para llevar a cabo un viaje iniciático ─determinó el abuelo Tiresias─.
Eso suele estar reservado para nuestros jóvenes varones.
Sin embargo, por tratarse de la que ha sido nuestra chica oráculo desde hace años y desde que apenas era una niña, el consejo decide que sí.
Attaegina, puedes ir a Teff, tienes nuestro permiso.
Atti creyó que el corazón le iba a explotar de tan rápido como le latía. De repente le dio vueltas la cabeza y la recorrió un sudor frío junto a un hormigueo en las manos y en los pies.
─ Pero tan pronto como acabe tu adiestramiento regresarás, y cuando vuelvas deberás ocupar el cargo de oráculo de Caliza con toda responsabilidad. Y a partir de ahí, ya no haremos más concesiones ni habrá segundas oportunidades. ¿Estás de acuerdo, Attaegina?
Tenía que dar una respuesta, ¡pero es que era todo muy precipitado! ¿Estaba segura de querer marcharse tan lejos? ¿O había sido todo fruto de su enfado?
─ Attaegina, ¿qué respondes?
─ Sí… ─musitó. Y luego se irguió, se puso firme y alzó la voz para que todo el mundo la escuchase bien, especialmente Oberón─. ¡Sí, estoy de acuerdo!
El abuelo Tiresias, recibiendo el beneplácito de sus camaradas, se encogió de hombros y dictó:
─ El consejo ha terminado.
La muchedumbre rompió el silencio casi en el acto con discusiones airadas y protestas de todo tipo, y Attaegina y Halcón, esos dos nombres, ocupaban todas las bocas.
─ ¿A Teff? ─le preguntó Halcón sin dar crédito a lo que acababa de suceder─. ¿Lo has pensado bien?
Aleff se acercó lo más rápido que pudo abriéndose paso entre la gente. Con los ojos enrojecidos prensaba los labios con fuerza cuando su hija lo tomó por las manos para disculparse.
─ Lo siento, padre. Pero es mi vida.
Quería salir corriendo afuera, a la tormenta. Entonces, dio media vuelta y se encaminó hacia la puerta de la choza. Allí, como un centinela infranqueable, la esperaba Oberón. Era obvio que Atti le había herido el orgullo con su atrevimiento.
─ Tarde o temprano te arrepentirás ─le advirtió el nórdico. Atti no se detuvo, cruzó el umbral de la choza y siguió caminando bajo la lluvia cuando Oberón le arrojó otra provocación─. ¿Qué tendré que explicarle a Lorick para que no se ofenda por tu loca decisión?
Attaegina aceleró sus pasos, enfurecida, pero no se le ocurrió qué responder. Ni ella misma sabía qué hacer ni qué decir. Solo deseaba un poco de silencio, un poco de paz. Así que se dirigió al hogar de los Arrayán, donde el pobre de Anut dormía profundo como nunca al amparo de su incansable madre.