El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Si de por sí un consejo con los ancianos era tedioso y duro, una segunda ronda el mismo día después de todo lo que había sucedido con Anut y a altas horas de la noche era demasiado para el cuerpo de Attaegina, que seguía empapada por la lluvia como si se hubiera bañado con ropa en el pantano.

Le pesaba la falda y las espardeñas mojadas se estrechaban en torno a sus pies ateridos, tenía frío y le escocían los arañazos que el infeliz de Anut, poseído por un demonio horrendo, le había abierto en la frente y en la mejilla derecha, todavía dando gracias de que no le hubiera sacado un ojo o los dos.

Halcón no se encontraba en mejores condiciones.

Iba manchado de barro más que los cerdos de Oberón cuando retozaban alegremente para refrescarse durante las tardes tórridas del estío.

Por segunda vez ocupaba el lugar central en el consejo, señal de un nuevo interrogatorio quizás, con la diferencia de que en esta ocasión Attaegina había sido colocada a su lado, como si ambos fuesen culpables del incidente.

Atti sentía la densidad en el aire que transportaba los temores y el pánico de muchos, la desconfianza y el recelo de tantos otros hacia el mercader de Sari y, por qué no admitirlo, también hacia ella, que había sido degradada en cuestión de horas de su honorable puesto de oráculo de la aldea.

Cuando todos los ancianos se sentaron, Oberón mandó callar a los asistentes. Entre ellos estaba Aleff observando a su hija con impotencia. Le habría gustado cogerla de un brazo y sacarla de allí, pero no podía, pues el consejo tenía la máxima potestad sobre cada miembro de Caliza.

─ Halcón, responde a nuestras preguntas ─comenzó el viejo Tiresias sin siquiera saludar ni hacer un preámbulo─. No eres un mercader. Todos hemos visto lo que has hecho con Anut. ¿Qué eres entonces? ¿Un milagrero? ¿Un brujo?

Halcón permanecía imperturbable, firme, hermético.

─ Soy un nawal ─ declaró. La abuela Níobe profirió una tímida exclamación de asombro.

Su sentimiento era compartido entre los de su generación.

Sin embargo, y a diferencia de los abuelos, el resto de los asistentes no parecía conocer mucho esa palabra.

Ni siquiera Attaegina. ¿Era malo ser un nawal ?

Se concentró en sus intuiciones, notó el aura de Halcón: decía la verdad.

─ Pensábamos que ya no quedaban nawales en la Nueva Pangea ─continuó el abuelo Lentisco─. ¿Es que lo traes de linaje?

─ No ─se limitó a decir el joven nómada. Attaegina, cabizbaja, le miró las manos de soslayo, esas manos broncíneas que podían tocar el fuego. «Pero, ¿qué pasa con los nawales ? ¿Por qué es tan grave para los ancianos?», se preguntó.

─ Es por culpa de los nawales que se inundó la Antigua Pangea, tenían demasiado poder ─relató la abuela Leto, como si hubiera escuchado los pensamientos de Attaegina.

Después habló directamente al mercader─.

No sé qué planes tienes, Halcón. Lo que has hecho esta noche por Anut es muy noble y Caliza te lo agradece indultándote tras habernos mentido en el consejo de la mañana.

Pero no podemos permitir que te quedes más tiempo en nuestra aldea, no podemos confiar en ti.

Mañana con el tercer canto del gallo, a más tardar, te marcharás de aquí y no regresarás más. ¿Lo prometes?

─ Sí.

Attaegina se esforzaba por comprender la trascendencia de aquellos hechos. ¿En verdad había hecho Halcón algo tan malo? De pronto escuchó su nombre. El abuelo Tiresias la llamaba a declarar.

─ Attaegina, estamos muy decepcionados contigo.

Esas palabras cayeron sobre ella como una lápida que no era capaz de levantar.

Le latía fuerte el corazón y las excusas se agolparon unas con otras a la altura de su lengua, anudándose como una maraña de hilos que no sabía cómo desenredar.

Una lágrima le cayó por encima de los arañazos todavía frescos, escociéndole a su paso por cada surco abierto.

─ En cuestión de unas horas has errado estrepitosamente en tus intuiciones y visiones ─continuó el anciano─.

Has sido incapaz de desenmascarar las mentiras de este, nuestro accidentado huésped.

Y creyendo sus palabras y esa historia falsa del mercader, no has podido alertar a Caliza del peligro que supone acoger a un nawal .

─ Tampoco te anticipaste a lo que acaba de acontecer con Anut ─continuó sin clemencia la abuela Níobe─.

Podría haberse perdido en la cordillera y que lo hubieran devorado los lobos.

O podría haber herido a alguien cuando esa extraña criatura lo enloqueció con sus malas artes.

Desde luego, hoy Caliza ha corrido serios peligros tras años de paz y tranquilidad.

¿Cómo podemos seguir llamándote nuestro oráculo después de esto? Es…

─ ...vergonzoso.

─ ...inadmisible.

─ ...imperdonable.

Atti soportó la dureza de los ancianos con estoicismo, haciendo acopio de toda su paciencia.

En algún lugar de la sala ella sabía que su padre la miraba compadecido: podía sentir su halo, percibir sus colores pardos, los de los osos, los de las cavernas en el útero de la tierra.

También percibió el aliento de Halcón, muy cerca.

En cualquier caso, ella sabía no solo que ese día no acertó en sus predicciones, sino también que había mentido deliberadamente al consejo, entre otras cosas para encubrir al mercader. ¿Por qué lo había hecho?

─ Pido perdón ─dijo con la voz quebrada─. Ni yo misma sé por qué hoy mis dones no han funcionado. No puedo más que disculparme y suplicar una segunda oportunidad.

Algunos corazones se ablandaron, y en general a los ancianos se les antojó justo. Al fin y al cabo, cualquiera tenía derecho a equivocarse alguna vez…

─ Quiero protestar ─indicó la abuela Leto, que no se había enternecido demasiado con las disculpas de Atti─.

Quiero recordar a todos los presentes que nuestra chica oráculo ya erró estrepitosamente en una ocasión, nada más ni nada menos que con la enfermedad y posterior muerte de su propia madre.

Tal vez, de no ser así, Attaegina madre seguiría viva hoy.

Esta vez no fue una lápida lo que se desplomó sobre Attaegina, sino un rayó fulminante que atravesó su alma de lado a lado, un rayo que acto seguido corrió disparado para partir en dos a su padre.

No contaba con que la anciana Leto removiera el pasado con tanta frivolidad, y eso la dejó sin argumentos.

Solo era capaz de llorar. Lloraba en silencio, a lágrima viva, pero en silencio, aunque aquello no bastó para despertar en la abuela Leto una sola pizca de compasión cuando sentenció:

─ Considero destituir temporalmente a Attaegina como oráculo de Caliza.

Después de un momento de silencio generalizado se levantó un gran revuelo entre la muchedumbre.

Todos murmuraban, unos estaban de acuerdo y otros no.

La polémica estaba servida y ni siquiera el imponente Oberón, con su papel de líder de la tribu más o menos aceptado por todos, lograba devolver el orden a la reunión.

Tuvo que ser la voz de otro extranjero la que los hiciera callar:

─ ¡Quiero protestar! ─exclamó Halcón para hacerse oír.

Solo por la indignación que causó muchos de los asistentes enmudecieron, pues todos querían escuchar qué tenía que decir ahora ese forastero mentiroso.

La compostura regresó al círculo de ancianos y el abuelo Tiresias le concedió la palabra mientras que Atti temblaba de nervios muy cerca de él.

«¿Qué se le habrá ocurrido ahora?», caviló.

─ He conocido durante mis viajes a personas con los dones de Attaegina ─comenzó sin flaquear─.

Conozco su naturaleza y sé que la clarividencia y la adivinación también requieren de un aprendizaje guiado por maestros, como cualquier destreza u oficio.

¿Puede responderme alguno de ustedes, ancianos, quién enseñó a Attaegina a utilizar su don?

¿Ha recibido alguna vez formación o aprendizaje?

¿Le ha supervisado alguien que ya hubiera desarrollado y utilizado ese don?

Nadie. Nadie pudo hacer frente a Halcón y a sus cuestiones mientras ponía a toda Caliza en evidencia. Sabía que no se cosecharía la amistad de nadie más en aquel poblado perdido del mundo, pero eso ya poco le importaba. Antes de que pudiesen interrumpirle, prosiguió:

─ Existen escuelas donde jóvenes como Attaegina reciben la guía de maestros en el uso del oráculo.

De hecho en Teff, a donde me dirijo ahora, a varios días de camino desde aquí, hay un templo, el Templo del Laurel.

Allí se transmite esta enseñanza hermética, de maestra a discípula, desde que nuestros ancestros llegaron a la Nueva Pangea.

Podría comprender que castiguen a Attaegina si, tras haber recibido las enseñanzas, se equivocara en sus adivinaciones.

Pero, ¿qué derecho tienen, si ella ha aprendido sola?

¿No les basta con tenerla siempre a disposición de la aldea mientras ella se ocupa de cuidar de su familia y de su hogar a pesar de su juventud?

Una imagen, la de veinte ancianos indignados, cabizbajos y sin nada que alegar, valió por respuesta.

Halcón llevaba razón mal que le pesara a la mayoría.

Atti, de pie junto a él y en el punto de mira de todos los asistentes, se secó las lágrimas de la cara con cuidado de no malograr sus inflamadas heridas.

De pronto se sentía exactamente como la había definido Halcón, utilizada a la par que ninguneada, incomprendida y presionada, ocupando un cargo que no tenía claro cuándo lo eligió y desempeñando una labor que iba aprendiendo por ciencia infusa, sin ningún tipo de guía ni de adiestramiento.

Le pesaba la ingratitud de los ancianos como nunca, ¿cómo se atrevían a castigarla así delante de todos?

Durante años se esforzó por servir a los suyos, por ganarse su respeto, por ocupar un puesto importante en el consejo de Caliza…