CAPÍTULO 7
Anut Arrayán siempre había sido un chico peculiar, extraño, distinto de los otros, pero esa noche ni siquiera parecía un ser humano.
Atti sintió una fuerte opresión en la boca del estómago en cuanto lo vio, como si le retorcieran las entrañas.
Intuía que algo maligno, muy oscuro, se había adueñado de él, algo desconocido para ella, una presencia que nunca antes había detectado dentro de las lindes de Bérika.
Jamás había percibido una amenaza real en su poblado más allá de los lobos que, a pesar de los temores de los vecinos, nunca se acercaban tanto como para ser un problema.
« ¿Y si le hablo? » , pensó. Se soltó con suavidad del brazo firme de Halcón y caminó hacia el chico, muy despacio, con la mano temblorosa sujetando el candil para verle bien.
Habría jurado que ese de allí no era Anut, que era una criatura desconocida, ni siquiera reconocía su halo vital.
Y es que uno de los dones de Atti consistía en distinguir el aura que envolvía a cada uno de sus seres queridos, incluso con los ojos cerrados o en mitad de la oscuridad.
« Ese de ahí no es Anut. ¿Quién es? » . Avanzó un paso más sobre la tierra encharcada y fría, mojándose los pies y arrastrando el bajo de su vestido por el lodazal que se había formado junto al abrevadero.
Un poco más cerca. Halcón permanecía firme como una roca detrás de ella, sin bajar la guardia por si tenía que intervenir.
« No va a ser necesario, la guía angélica me…
» . Un alarido infernal brotó de la garganta de Anut cuando , dominado por una rabia demoníaca, se abalanzó sobre Attaegina con todas sus fuerzas, gruñendo como una criatura del submundo.
─ ¡Anut, soy yo! ─ gritaba Atti en un intento vano por quitárselo de encima ─ . ¡Anut, para, soy Atti!
El candil rodaba sobre sí mismo por encima de la tierra, y su llama se extinguió bajo la lluvia torrencial mientras que el rostro de Anut, en medio de la penumbra, no reflejaba una sola chispa de entendimiento o consciencia, como si no hubiera alma dentro de aquel cuerpo, o como si se la hubieran arrebatado.
Con la audacia de un ave rapaz, Halcón apartó al chico de una envestida haciéndolo caer al suelo mientras ayudaba a Atti a enderezarse, levantándola de un tirón para alejarla del peligro lo más rápido posible.
─¿Estás bien? ─le preguntó sin dar la espalda a Anut, que aún no se había incorporado. En ese instante extrajo su gema y la utilizó para alumbrarse.
Atti se tocó las mejillas. Sobre ellas se mezclaban las gotas de la incesante lluvia con sangre fresca fruto de varios arañazos, algunos de ellos profundos como los de la garra de una alimaña.
No fue capaz de responder, solo respiraba con agitación intentado reponerse cuanto antes por si tenía que ayudar a Halcón o correr a la plaza del postigo a pedir auxilio.
La imagen endemoniada de Anut la había dejado sin habla, desconcertada.
Lo que quiera que fuera aquel ser dentro del cuerpo del chico no respondía ante su guía angélica.
Entonces Anut se enderezó torpemente para sostener su cuerpo flacucho y trémulo.
Su ropa se había rasgado al caer al suelo y no quedaba un solo palmo de superficie que no estuviera manchado de barro.
Pero el impacto que sufrió no lo debilitó apenas.
Con los ojos henchidos de ira y la mandíbula desencajada se disponía a atacar de nuevo, esta vez en un cuerpo a cuerpo con Halcón, que lo desafiaba con la expresión impenetrable, erguido y firme, con la confianza de quien ya se ha visto más veces en semejante tesitura.
Anut corrió en dirección al mercader rezumando fiereza cada vez que uno de sus pies descalzos se hundía en el lodo.
Halcón no se mostró nervioso, apenas se inmutó.
Cuando el chico se arrojó sobre él, lo sujetó por los hombros y lo inmovilizó durante un instante, apartando la cabeza hacia atrás para rehuir sus mordiscos rebosantes de barro y saliva.
Acto seguido, lo lanzó contra el suelo y lo bloqueó con sus rodillas.
Anut se revolvía rabioso debajo de Halcón, sin poder moverse, cuando el mercader se llevó una mano al cinturón y desenfundó lo que parecía un arma.
─¡No, no, no le hagas daño, Halcón! ─chilló Atti aterrorizada.
Un cruce de miradas fugaz, como una ráfaga de viento efímera, bastó para que confiara una vez más en él.
Confianza ciega. Lo que parecía un arma en manos del mercader era en realidad un bastón de madera, algo tan austero e inofensivo como una rama de árbol no demasiado pulida, con todos sus nudos, ni siquiera era recto.
Halcón apoyó el extremo del bastón sobre el pecho de Anut, ejerciendo algo de presión, pero no lo bastante como para herirle.
─Sal de ahí ─decretó sin vacilar─, sal de ahí, yo te lo ordeno.
Su voz se tiñó de una autoridad que Atti no habría imaginado en alguien como él.
En ese momento sonaba como la de un sabio, como la de alguien antiguo, más antiguo que el desierto.
Casi ancestral. Entonces, en el extremo del bastón se prendió un haz de luz dorada que crecía en intensidad a medida que se tornasolaba, emitiendo reflejos anaranjados como una puesta de sol incandescente.
Anut, mostrando su dentadura como último recurso para intimidar a su rival, hizo un intento vano por escapar de Halcón, pero el mercader era un candidato más fuerte y más experimentado.
─¡Jodido mercader! ¿Qué le haces?
Era Creta acompañada por su cuadrilla de jóvenes y dispuesta a agredir a Halcón sin pedir explicaciones.
Cuando Atti quiso darse cuenta, la mitad de los vecinos había llegado hasta allí y todos contemplaban la escena con horror.
Sabía que los amigos de Creta eran osados, los jóvenes más guerreros de Caliza.
Quizás uno solo de ellos no podría batirse con Halcón, vista su fortaleza al doblegar a Anut sin dificultad.
Pero eran muchos, y un linchamiento se les podría antojar épico a la vez que despertaba el apetito de guerra en un pueblo de campesinos y pastores en el que nunca, nunca, ocurría nada.
─ ¡Quita, cabrón! ─ lo increpó Creta de nuevo, ahora sí, avanzando hacia él empuñando un machete de cazador.
Attaegina no se lo permitió. Se interpuso en su camino, no más.
Ella no tenía armas con que defenderse ni era tan alta ni fuerte como Creta.
Ni siquiera abrió la boca. Simplemente la miró con el porte que la caracterizaba, el de la hermana mayor, la matriarca de los Mentastro, la chica oráculo de Caliza.
Su lenguaje corporal resultó más que suficiente para hacer flaquear a su hermana y a los chicos que la secundaban, y también le proporcionó a Halcón el tiempo que necesitaba para terminar su trabajo.
─¡Sal de su cuerpo, yo te lo ordeno! ─decretó una vez más el mercader.
Acto seguido, Anut se convulsionó emitiendo un aullido que desgarró el corazón de cuantos lo escucharon.
Halcón empezó a separar el bastón del pecho del muchacho, muy despacio, como quien pesca un lucio viejo y engordado por los años y lo saca lentamente de las aguas turbias y fangosas del fondo del río.
Cuando el extremo de su extraña arma quedó separado a dos palmos de Anut, se propagó un silencio sepulcral acompañado de escalofríos y horror entre todos los presentes, pues una masa negra e infame salía de la piel del chico a medida que Halcón tiraba de ella con su objeto mágico, una masa que iba tomando forma a medida que se materializaba fuera del que había sido su cuerpo, al que durante nadie sabe cuánto había parasitado sin piedad.
Halcón sudaba. Sus ojos emitían fogonazos al reflejar las llamas etéreas del bastón con una luz que no mermaba bajo la tormenta. Cuando terminó de sacar aquella cosa, sin cesar de vigilarla con una mirada intimidante, habló a Attaegina:
─Ocúpate de Anut.
Atti supo en seguida lo que tenía que hacer.
Corrió hacia el muchacho, que estaba tendido sobre el barro, inconsciente, y lo irguió.
Le limpió la cara con su falda de lino y después lo arropó con su capa.
La cabeza de Anut se desplomó sobre el pecho de Atti.
Respiraba con fragilidad, exhausto, dormiría quién sabe hasta cuándo…
La parte que concernía a Halcón prometía bastante más crudeza.
Delante de él, una criatura negruzca, de silueta humanoide y con la carne emponzoñada luchaba por escapar al abrigo de la oscuridad de los bosques, de donde Halcón suponía que regresaría tarde o temprano para volver a hacer fechorías si no acababa en ese instante con ella.
Todos los habitantes de la aldea que se habían congregado allí dieron un paso hacia atrás cuando esa cosa se movió, girándose para buscar el cuerpo de Anut como un refugio conocido.
Se arrastraba como una garrapata y por rostro tenía los ocho ojos jugosos y relucientes de los arácnidos.
A la altura de la garganta, en el centro de un intento de cuello gelatinoso y sin forma, se le abría una boca babeante coronada de colmillos que oscilaban de arriba abajo con un movimiento circular.
Attaegina, que no pensaba abandonar a Anut, sintió la cercanía de la bestia y palideció cuando se vio a sí misma reflejada en las ocho aterradoras esferas que salpicaban el cráneo de esa alimaña.
Entonces tensó todos sus músculos y apretó los puños respondiendo al monstruo con la expresión más dura que pudo mostrar.
Tenía miedo, sí, pero confiaba en Halcón. ..
─¡Atrás, demonio! ─ordenó el mercader. Y de un bandazo hizo retroceder a la criatura, como si la tuviera encadenada.
De su bastón salía un hilo de fuego que sujetaba a la bestia por una de sus maltrechas piernas.
Tiró una segunda vez hasta atraerla hacia sí, y cuando la tuvo delante, el bastón se prendió por completo, como una espada que en lugar de hoja tuviera una gran llama fluctuante.
La alimaña preveía su final y no cesó en un último intento por escapar de Halcón, pero era tarde.
El mercader, raudo como un rayo, clavó su espada flamígera en el vientre de la criatura mientras rezaba algo que los aullidos del monstruo no permitían escuchar.
Halcón seguía firme, sudando, sí, aunque firme.
Era obvio que no temía a ese demonio, por horrible que fuera.
Sus labios seguían pronunciando un decreto y otro que, huelga decir, conocían de memoria.
Y cuando el monstruo se rindió y su abominable cuerpo se cansó de dar sacudidas, el silencio regresó y, difuminadas por el eco de la lluvia, se escucharon tres últimas palabras:
─...a la luz ─concluyó.
Atti lo observaba todo con los ojos desorbitados cuando las llamas consumieron los restos de la criatura con voracidad, reduciéndola a cenizas que la tormenta arrastró en seguida, como una alquimia sanadora, mezclándolas con el barro para convertirlo todo en tierra fértil.
El fuego mágico de Halcón se extinguió y el mercader volvió a enfundarse el bastón en el cinturón, respirando profundamente y con la frente sudorosa.
─¡Anut! ¡Anut, hijo! ─llegó una desgarrada voz femenina.
De entre la muchedumbre se desdibujó una silueta.
Se trataba de Corina, su madre. Era una mujer entrada en edad con la melena alborotada y larga, un caos de canas y ásperos rizos, con el lamento incrustado en la calavera.
Era la cara marchita de quien ha visto de cerca a la muerte, la madre de catorce hijos de los que solo uno nació con vida.
Cuando se topó casi de bruces con Atti, se echó de rodillas sobre el fango y rompió a llorar.
─¡Está vivo! ─se anticipó Attaegina sin dejar de abrazar a Anut─. ¡Está vivo!
Corina se giró hacia Halcón y, al contrario de lo que cabría esperar, se serenó. Ella sabía… Ella sabía lo que Halcón había hecho con su hijo, pero no podía hablar con nadie sobre eso. Jamás en Caliza.
─¿Tú…? ─aludió al mercader señalándolo con un dedo tembloroso. La intensidad de las emociones no le permitió decir más.
─Llevadlo a casa para que se recupere ─pidió Halcón sacudiéndose la ropa─. Dormirá un par de días, pero se pondrá bien. No sufrirá más.
Creta tomó la iniciativa. A una orden suya todos los jóvenes se acercaron y cargaron con el cuerpo inerte de Anut para trasladarlo cuanto antes a su hogar.
Y Atti, ahora con los brazos vacíos, se levantó del suelo y buscó a su hermana, pero aquella ya le había dado la espalda.
Cuando Halcón se colocó a su lado, seguía con una mano posada a la altura del esternón.
─¿Estás herido? ─le preguntó Atti.
─¡Se convoca otro consejo! ─rugió de pronto la voz preponderante de Oberón desde la lejanía─. ¡Consejo de emergencia! ¡A la choza de los ancianos!
En ese momento y en medio del tumulto, Aleff llegó jadeando hasta Attaegina y la abrazó con tanta fuerza como pudo.
─Hija, he temido por ti… ─le confesó en voz baja, y después deslizó suavemente la áspera yema de sus dedos por el rostro cubierto de arañazos de Atti.
Ya no sangraba, aunque las heridas eran grotescas.
Después se dirigió a Halcón. El joven mercader esperaba algún veredicto por haber alterado el orden de la siempre tranquila y rutinaria Caliza.
En su lugar, Aleff inclinó la cabeza con gesto de gratitud.
Luego se limitó a apremiarles─: Venga, al consejo. Tú también, Halcón.