CAPÍTULO 6 #2
─Al menos, hoy el patrón ha cambiado ─se justificó sin mucha esperanza─.
Es decir, que en cada pueblo que transito nunca hay más…
Pero hoy me he encontrado con alguien que recibió un regalo suyo, un regalo especial.
Él no le habría regalado una gema como esta a cualquiera…
No sé, Attaegina. Sigo frustrado, como siempre, aunque hoy además me siento totalmente confundido .
Atti no supo qué decirle. Sentía lo de su búsqueda sin recompensa.
Ahora ya sabía que Halcón no era un mercader sin más, sino que tenía un objetivo, un objetivo al que no llegaba nunca.
Y es que buscar a aquel hombre del desierto viajando por toda la Nueva Pangea era, a su parecer, como buscar una aguja de hueso en el inmenso pajar de la familia de Lorick.
«¿Lorick?», reflexionó de pronto como si una idea hubiera iluminado su pensamiento.
─¿Por qué no preguntas a Oberón? ─le propuso─. Es el hombre rubio y grande que había en el consejo.
─Ya, ya sé quién es.
─El mercader del desierto curó a su hijo. Se alojó en el hogar de los Salmón durante su estancia en Caliza. Quizás hablaron algo más con él que el resto.
Halcón no parecía convencido. Así como él era reservado, hermético y prácticamente no había en todo el mundo alguien que lo conociese de verdad, no esperaba que aquel otro, su aparente predecesor, fuera por ahí contando mucho más sobre su vida. Negó con la cabeza.
─No importa, Attaegina. Ahora guarda tu gema y vayamos a descansar, se está haciendo tarde.
Halcón prensó entre sus dedos la gema de Atti para devolvérsela, pero los dos se sorprendieron cuando esta no apagó su luz en manos ajenas a las de su dueña legítima. Halcón la volvió a colocar sobre la mesa.
─Es la primera vez que mi gema brilla en otras manos… ─murmuró Atti. Suponiendo que tenía permiso por parte de Halcón, alcanzó la suya que, sin decepcionarla, también se iluminó en contacto con su piel─. Esto es insólito…
Halcón no sabía qué significaba aquello, pero evidentemente algo había cambiado en el rumbo de su búsqueda, como si después de seis años de viajes incontables por fin hubiera superado una etapa del camino .
─No entiendo por qué ocurre esto… ─dijo─ ¿Lo sabría él? ¿Sabría que tú y yo, y nuestros cristales, llegaríamos a encontrarnos?
Halcón sostuvo la gema de Atti. Cada una de ellas, aun intercambiadas, irradiaba con fuerza su nítida luz.
El tiempo se había detenido otra vez. La chica oráculo parecía haberse elevado por encima del suelo, como si volara con un par de alas de suaves plumas blancas.
Halcón la contemplaba con la respiración entrecortada cuando, sin poder evitarlo, se le hizo un nudo en la garganta al contemplar su imagen, tan pura…
─Perdón… ─titubeó.
─¿Qué?
Ni siquiera comprendía por qué salió esa palabra de sus labios, era como si la hubiese pronunciado alguien que no era él.
Entonces, una sacudida de dolor a la altura del pecho le hizo doblarse sobre sí mismo y la gema se le cayó de los dedos, rebotando por el suelo hasta detenerse contra la pata de una silla.
─¡Halcón! ¿Qué pasa?
Atti se arrodilló junto a él. Ya no volaba ni tenía alas. El tiempo una vez más recuperaba su ritmo normal.
─Creo que algo no va bien ─respondió Halcón sin dejar de frotarse el pecho con una mano─. Toma, guárdate la gema y…
Se oyeron voces en la aldea, muchas voces no necesariamente acompasadas pero que sí gritaban la misma palabra, el nombre de alguien.
─¡Anut! ¡Anut! ─se escuchaba con cada vez más frecuencia.
─¿Qué está pasando, Attaegina? ¿Por qué gritan?
Atti lo ayudó a incorporarse cuando, inesperadamente, Creta asomó por la puerta de la cocina con la respiración agitada y aspecto de haber corrido mucho. Al ver a su hermana tan próxima al mercader le arrojó una mirada de desprecio.
─Anut Arrayán no ha regresado a casa ─anunció con mordacidad─. Hay que salir a buscarlo.
Y se marchó tan rápido como había llegado dándoles la espalda sin más.
─¿Quién es Anut? ─preguntó Halcón ya recompuesto.
Atti corrió a echarse por encima alguna prenda de abrigo. Se cubrió la cabeza y los hombros con su capa y prendió un candil para salir a buscar en la oscuridad.
─Es un muchacho. Un muchacho un poco especial... Sabe sacar al ganado él solo, pero si a estas horas no ha regresado es que ha debido de sucederle algo. ¡Voy a buscarlo!
─Espera, te acompaño.
En ese momento, Aleff llegaba con los ojos soñolientos para sumarse a la búsqueda. Se calzó tan pronto como pudo sus botas de cuero y encendió otro candil para iluminarse bajo la tormenta. Con la voz enronquecida miró a los dos jóvenes.
─Halcón, tú ve con Attaegina ─dijo.
Y emprendieron la búsqueda entre el griterío de todos los vecinos. Atti localizó enseguida a Corina, la madre de Anut, desecha en lágrimas de desesperación.
─¡El ganado y los perros han vuelto solos! ─explicó con la voz entrecortada. Atti asintió y salió disparada haciendo un guiño de complicidad a Halcón para que la siguiera.
─Tengo una intuición… Creo que sé dónde está.
Attaegina atravesó la muchedumbre lo más rápido que pudo cuidando de no empujar a nadie.
Entre unos y otros hombres recogían a las cabras descarriadas y las conducían a los establos en un intento inútil por contarlas.
Entretanto, los perros de Anut, dos mastines hembra, ladraban y correteaban sin control alimentando aún más si cabía la sensación de caos en que Caliza se encontró sumida en apenas unos minutos.
A todo eso se añadía la lluvia incesante de la tormenta primaveral.
─¡Attaegina! ─la llamó Halcón, que la había perdido de vista. Miró a su alrededor, no la encontraba .
─¡Por aquí! ─lo llamó ella al cabo de un instante antes de doblar la esquina de la casa de los Arrayán. Halcón corrió a su lado y juntos atravesaron los trigales.
─Anut es un chico poco común. Tiene trece años, casi catorce, pero no habla nada.
No ha salido nunca una palabra de su boca, solo ruidos.
Nadie sabe realmente si entiende las cosas.
Yo creo que sí, a mí suele escucharme. A veces me sigue para que le cuente alguna historia, escucha las leyendas con los ojos muy abiertos, aunque bastante inexpresivos.
Es como si viviera en su propia realidad.
─Tal y como Atti hablaba de aquel muchacho, se podía intuir cuánta ternura inspiraba en ella─.
Su padre le enseñó a ayudar en la granja y eso sabe hacerlo bien.
Todos los días a las mismas horas, las mismas rutinas.
El resto del tiempo, siempre va solo. A veces los otros chicos lo increpan y se enzarza con ellos.
A Tauh le pegó una pedrada una vez. Tauh se lo merecía, te lo puedo asegurar.
Halcón no hacía comentarios. Con una mano sostenía el candil, a punto de apagarse bajo la lluvia. Con la otra no dejaba de frotarse el pecho. Le dolía, le quemaba.
─Attaegina, ve con cuidado ─le advirtió sin siquiera saber por qué.
─¡Ahí está! ─exclamó ella señalando con el dedo. Era obvio que no había escuchado a Halcón.
Apoyada en un abrevadero, la silueta de Anut les daba la espalda. Era un muchacho huesudo, no muy alto, e iba poco abrigado teniendo en cuenta la que estaba cayendo.
─Anut, ¿qué haces ahí? Todo el mundo te busca ─lo reprendió Atti con dulzura. Y se acercó a él con determinación.
─Attaegina, cuidado ─susurró Halcón sujetándola para detenerla sin desviar la mirada de la silueta del chico─. Despacio. Ve muy despacio.