El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

La gema de Halcón irradiaba una luz anaranjada en la palma curtida de sus manos.

Attaegina no era capaz de encontrar una explicación.

En ese instante descubrió que en el hueco del tiro de la chimenea, el lugar donde guardaba su pequeño estuche de rafia, se prendía la luz blanca y azul de la otra gema, y fue a por ella caminando sin hacer ruido con los pies descalzos.

Cuando estuvo de nuevo junto a Halcón, aproximó el misterioso cristal a su semejante.

Quien quiera que los hubiera tallado, si es que fue la misma mano, tuvo la clara intención de crearlos gemelos.

─ Ven conmigo o despertaremos a los niños ─ le indicó al mercader conduciéndolo a la cocina.

Sobre la bancada, cubiertas con trapos de lino, reposaban varias piezas de masa de trigo cruda creciendo lentamente.

A primera hora de la mañana el fuego las convertiría en pan, el alimento sagrado de Bérika.

Junto al horno de piedra, todavía tibio, descansaba una tinaja cerrada.

En su interior fermentaba la leche de cabra que al día siguiente se transformaría en cuajada.

Todo aquello despedía el olor de la alquimia, Halcón percibía sus notas alcohólicas en el aire.

Su perspicaz olfato captaba incluso el perfume de los taninos en la madera de roble de la barrica de Aleff, donde el vino de la última cosecha maduraba con paciencia hasta convertirse en bebida ritual.

Se sentía completamente evadido cuando Atti apareció de nuevo con una lamparilla en la mano para tener algo de luz.

─Fíjate, Halcón. Nuestras gemas reaccionan entre sí.

Las depositaron sobre una mesa y se limitaron a observarlas.

Ambos cristales desprendían su luz intermitentemente, aumentando y disminuyendo la intensidad con un ritmo acompasado.

Por sonido parecían emitir el más puro de los silencios, y tanto era así que la tormenta de fuera pareció amainar.

Atti escuchaba la respiración profunda de Halcón y él oía los latidos del corazón de la chica oráculo como si fueran los suyos.

Parecía que se hubiese detenido el tiempo.

Se miraron a los ojos como si de pronto se hubieran reconocido, sin recelo ni desconfianza. Sí, se había detenido el tiempo.

De pronto un resplandor se vislumbró a través de los postigos que cubrían las ventanas y, acto seguido, un trueno que hizo vibrar la tierra hasta sus entrañas rompió la quietud sonando muy cerca de la aldea. Atti y Halcón se sobresaltaron. El tiempo volvía a correr.

─Espero que Galatis no se haya despertado, le dan miedo las tormentas…

─Attaegina, ¿cómo conseguiste la gema?

Atti esperó unos segundos antes de responder y, al comprobar que Galatis seguía durmiendo, se frotó la barbilla con una mano y trató de hacer memoria mientras negaba con la cabeza, con la mirada perdida en algún recuerdo vago.

─Siempre estuvo aquí, en casa. La he usado miles de veces para contar cuentos a mis hermanos. Pero no sé más, Halcón. No lo recuerdo, ni siquiera sé para qué sirve.

Se sentó en una banqueta coja, cruzada de brazos y frustrada por no recordar más sobre esa gema que a la vista significaba tanto para Halcón. El mercader tomó asiento en el suelo, frente a ella, cruzado de piernas como los nómadas del desierto cuando acampaban sobre la arena.

─A mí me la dio un… Mi abuelo, me la dio mi abuelo.

Atti levantó la cabeza con un gesto escéptico.

─¿Tu abuelo? ¿El hombre por el que preguntaste en el consejo? ─dudó. Halcón asintió─. Yo sé que no es tu abuelo, Halcón. No sé por qué diablos buscas a ese hombre con tanto afán, pero no me mientas. No, no es tu abuelo, ¿verdad?

Halcón no le discutió.

─Vale, no. No es mi abuelo. Pero necesito encontrarlo.

No parecía dispuesto a contar más sobre su vida y sus verdaderos motivos.

Tampoco Atti era capaz de intuir más con ayuda de sus dones adivinatorios.

De hecho, Halcón era como un muro infranqueable para ella.

Solo podía confiar en sus intenciones, ciegamente y sin juzgarle.

Lo sentía dentro de su pecho y dentro de su vientre.

Pero la guía angélica nunca la había privado de conocer, ¿por qué esta vez sí?

¿Acaso no le correspondía saber más sobre el mercader de Sari? ¿Por qué?

─Ese hombre me regaló la gema cuando yo era muy pequeño ─comenzó a narrar Halcón algo más colaborativo─.

Apenas me la dio se iluminó en mi mano, como ahora.

Pero él no me explicó nada, o si lo hizo no lo recuerdo.

Yo tenía solo cinco años. Por tanto, no tengo ni idea de por qué la gema se ilumina en contacto con mi piel y la de nadie más.

No sé para qué sirve ni si alberga alguna utilidad curativa o mágica.

La llevo conmigo porque él me dijo que algún día sería importante, que la guardase bien, que no la vendiese a cambio de nada, ni por todo el oro del mundo, ni la utilizara para sorprender a los demás con su luz, ni siquiera si necesitaba ganarme un dinero en momentos de necesidad.

─Debes pensar que soy estúpida usando algo tan importante para contar cuentos a mis hermanos… ─De pronto recuperó un recuerdo que creía olvidado. Iluminó su memoria como una estrella fugaz─. Halcón, recuerdo a un hombre alto y delgado, vestido más o menos como tú, con un turbante en la cabeza…

─El mismo hombre que mencionaron en el consejo, ¿no?

Atti asintió. Sus ojos extraños adoptaron un brillo nacarado mientras recibía la información en sus pensamientos, como invadida por un trance que la desconectaba de la realidad.

─Pero… ¿su rostro? No recuerdo su rostro, ni sus ojos…

Sé que curó a Lorick y que hizo cosas buenas aquí.

Ya sé… Ya sé, Halcón. Me crucé en su camino cuando llegaba a Caliza.

Yo estaba jugando en el altozano, jugaba al escondite con Creta y los chicos de la aldea.

Nunca nadie lograba encontrarme. Me pregunto cómo pudo encontrarme él…

El caso, aquella mañana el hombre del desierto llegaba recién a nuestro pueblo con su montura.

Un burro, sí, igual que Silencio, ¿te lo puedes creer ?

Halcón no daba crédito. No se atrevía siquiera a murmurar por si rompía la atmósfera mágica gracias a la cual Atti había comenzado a recordar. Eran recuerdos de su alma, no de su memoria humana.

─Entonces le mostré un camino para que pudiera acceder a Caliza con su animal, es más: lo acompañé durante un rato.

Y cuando estuvimos a la altura de las dehesas me dijo que ya podía continuar solo, que era muy amable y podía irme de nuevo a jugar.

Y entonces me regaló la gema, que se iluminó en mi mano nada más la toqué.

Él no pareció sorprenderse, Halcón. Luego me aconsejó lo mismo que a ti: que no la vendiera, que no la utilizara en vano…

Pero no me explicó por qué. ─Alcanzó su gema y repasó la espiral con la yema del dedo.

La luz azul índigo resplandecía como un sol nocturno en contacto con su piel─. Parece que no sé mucho más que tú.

─¿Recuerdas su nombre, al menos?

─Recuerdo la sensación que tuve cuando me encontró. Transmitía paz y bienaventuranza… Intuí que tenía el corazón limpio…

«Como tú, Halcón», se dijo para sí misma.

Al descubrir al mercader observándola ensimismado Attaegina salió del ligero estado hipnótico en que sus recuerdos la habían sumido.

El color de su mirada perdió los matices extraños que la definían cuando experimentaba las visiones y volvió a colocar su gema junto a la de él.

─No le pregunté su nombre. Pero, respóndeme a una pregunta. Si no recuerdas su rostro ni conoces su nombre ni sabes nada de su paradero… ¿Cómo crees que lo encontrarás? Esa búsqueda es como un mapa en blanco.

Halcón se resignó.

─Llevo buscándolo durante seis años sin descanso.

Apenas volví a verle después de que me diera la gema.

Pero mi madre a veces sabe de él. Parece que fue su maestro cuando ella era joven.

No me habla mucho de ese tema, mi madre es una mujer discreta, austera y paciente como los dromedarios.

Ella solo me contó los lugares que él visitó, y yo los recorro sin descanso por si algún día tengo la suerte de coincidir con él.

Atti se moría de ganas de saber por qué, pero no insistió. Sabía que Halcón no quería revelar esa información.

─Jamás encuentro una sola pista valiosa, Attaegina.

A lo sumo, como ha ocurrido hoy en el consejo, alguien se acuerda de repente del hombre del desierto que pasó por aquí o por allá, de los milagros que obró curando a alguien, pero esa información se deshace en la memoria de cada lugar como un castillo de arena.

Ni siquiera nadie nunca recuerda su nombre…

Sin embargo, tengo la sensación de que hoy he dado un paso más.

─Se levantó y se inclinó sobre las gemas─.

Hoy he descubierto que dejó en Bérika un señuelo para mí.

Posiblemente, al darte el cristal él quiso traerme aquí.

Quizás supo que tarde o temprano nuestras gemas se reencontrarían…

─Ya, Halcón. Pero, ¿qué puede significar?

─lo interrumpió Atti añadiendo algo de escepticismo─.

¿Y si fue casualidad? Tal vez tenía la costumbre de regalarlas a los niños que le parecían bondadosos.

Tal vez haya más gemas como las nuestras en otras tribus y no has conocido a las personas que las poseen.

¿De que te sirve saber que yo tengo en mi poder ese cristal? ¿Cómo podría ayudarte a encontrarle?

Halcón se encogió de hombros. Attaegina lo había devuelto a la realidad, no cabía duda. Y es que el hecho de haber encontrado una gema gemela a la suya no le había ayudado a avanzar ni un poco en su búsqueda.