El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 5
11%

CAPÍTULO 5

Creta le asestó una mirada vengativa a Atti cuando cruzó el umbral de la cocina.

Por su culpa había tenido que cancelar su salida al río y ocuparse durante todo el día de sus hermanos pequeños.

Atti soportó el peso de su odio sin abrir la boca porque, al fin y al cabo, más o menos injusto, ella era la hermana mayor y le correspondía ocuparse de la familia desde que faltaba su madre.

De la familia y de ser el oráculo del consejo cuando se la necesitaba, claro.

Esas eran las costumbres de Caliza, inamovibles, incuestionables, por los siglos de los siglos.

A lo largo de cada jornada le sobraba poco tiempo para caminar tranquilamente por el bosque o para verse con Lorick a solas, y ahora que él llevaba meses lejos del poblado intentado cazar un toro salvaje, ni siquiera podía disfrutar de lo segundo.

Por tanto, tenía la tediosa sensación de pasarse los días dedicada a mil tareas fruto de la obligación.

Pero, ¿qué podía hacer si no? Ella quería ser una buena oráculo, una buena hija, una buena hermana…

Y una buena esposa en un futuro. ¿Le pediría Lorick dar un paso más en su relación cuando regresara?

Sin perder más tiempo y mientras se perdía en estas reflexiones, avivó el fuego de la chimenea y se puso a cocinar. Mientras tanto, su padre pelaba cardillos y los niños hacían preguntas y más preguntas a Halcón sobre sus viajes, su burro, sus cachibaches, su turbante, lo raro que olía…

─¡Atti! ¡Cuando sea mayor me haré mercader!

─exclamó Tauh muy a pesar de su hermana, que clamó al cielo más paciencia de la que solía tener.

Le consolaba la idea de que Halcón pasaría tan solo dos días más allí y después se marcharía para no volver a aparecer jamás por Caliza. Lo olvidarían con facilidad.

─¿Y Creta? ¿Dónde está? ─preguntó reclamando algo de ayuda entre pucheros .

─Ha ido a dar de comer a Silencio ─explicó Aleff. Después se giró hacia Halcón─. Mi segunda hija sabe bien cómo cuidar de un animal, tú no te preocupes.

Cenaron lo que tenían por costumbre y no permitieron que el mercader moviera un solo dedo, pues era el invitado y en Caliza eran fieles a los buenos modales.

Pan de espelta y bellota, sopa de ajo y tomillo, queso de cabra, dulce de membrillos y un poco de cecina como sorpresa.

La carne era para los días de fiesta, pero el aceite de oliva abundaba.

También el vino: Aleff llenó dos veces su copa de una barrica de roble que reposaba junto al horno de leña.

Le ofreció a Halcón, pero el mercader rehusó con la más delicada educación.

─Felicito a la cocinera ─sentenció cuando terminó de comerse una segunda ración.

Y es que Aleff le había insistido para que repitiese plato, pues en Caliza gustaban de hacer tragar a la gente, especialmente a los invitados.

Atti, que en ese instante masticaba un pedazo de pan, se tapó los labios con una mano y asintió con la cabeza, ruborizada.

De nuevo la mirada pertinaz del mercader la había atrapado en medio de una ensoñación.

Y también la de Creta. Apenas había durado un instante, pero la siguiente de sus hermanas no aprobó que Halcón la tratara con tanta simpatía.

Terminada la cena y recogida la mesa, Aleff aprovechó para hablar largo y tendido con Halcón mientras Creta desaparecía de nuevo y Attaegina se ocupaba de Galatis antes de enviarla a la cama.

Su padre no era un hombre especialmente culto, pero sabía muchísimo sobre carpintería y también sobre todo lo que sucedía en la entraña salvaje de las cordilleras.

─Atti, ¿hoy nos vas a hacer magia? ─preguntó Galatis. Antes de que su hermana mayor pudiera decir que no, Ceres se sumó a la petición.

─Nos lo prometiste ayer ─le recordó sin contemplaciones y con un gesto muy severo. Tauh también quería. Así que Attaegina cedió, al fin y al cabo no los había visto en todo el día.

─Está bien, esperadme aquí .

Entre tanto, Aleff y Halcón continuaban con su conversación completamente ajenos a los juegos de los niños.

Entonces Atti sacó un pequeño estuche de rafia guardado en uno de los huecos de la pared, junto al tiro de la chimenea.

Lo había cosido ella misma. De su interior extrajo una gema de cristal, ovalada y no mayor que una castaña.

─Hija, yo me voy a retirar ─anunció su padre─. Hoy he perdido casi toda una jornada de trabajo y mañana quiero recuperarla. Acuesta a tus hermanos y atiende a nuestro invitado, haz el favor.

─Sí, padre ─se limitó a obedecer ella. Y el rústico de Aleff se marchó en soledad a la que tiempo atrás había sido la estancia matrimonial para reposar su agotada espalda de labrador. Mientras tanto, Atti esperó a que sus hermanos bajaran el tono de voz para no molestar al cabeza de familia.

─Callaos o no hará magia ─les pidió Galatis a punto de llorar. Los otros le hicieron caso por la cuenta que les traía. Entonces Atti comprendió que Halcón no tenía la menor intención de irse aún a dormir.

─Niños, Halcón está muy cansado, creo que deberíamos dejar la magia para cuando se marche dentro de dos días.

Attaegina volvió a guardar la gema en el estuche. ¡No pensaba hacer más el ridículo delante de ese extranjero del desierto! Los niños quisieron protestar, todos al unísono, pero el mercader los apaciguó:

─No estoy cansado, no os preocupéis ─anunció con optimismo─. Además, me encanta la magia. Me quedaré a ver la magia de vuestra hermana.

Attaegina resopló. «¡Qué vergüenza!». De nuevo esa media sonrisa pícara que ya empezaba a conocer asomó en el rostro tostado de Halcón, que parecía frotarse las manos esperando el tonto truco de magia con que sorprendía algunas noches a los niños.

Pero no podía decepcionar a los pequeños. La adoraban, lo sabía .

─Bueno, vale. Pero todos callados, silencio absoluto o no habrá magia.

Los niños asintieron dispuestos a hacer lo que fuera necesario por tener su espectáculo.

Entonces Atti, esforzándose por ignorar a Halcón, sacó la gema por segunda vez.

En el centro, tallada finamente sobre la superficie lisa del cristal, se adivinaba una espiral.

Attaegina se puso la gema en la palma de la mano y la mostró a su público.

─Había una vez un mundo muy oscuro ─comenzó con la voz de cuando les contaba leyendas y cuentos─. Hasta que un día llegó un ángel azul. Y se hizo la luz.

De repente, la gema se iluminó como una luciérnaga y la espiral se tiñó de una brillante iridiscencia de color azul índigo. Galatis profirió un largo «¡Ohhh!» y Atti continuó con su historia.

─Algunos días el ángel batía sus alas y enviaba señales de luz a aquellos que aún vivían en la sombra. Era una señal para que pudieran encontrarle y salir para siempre de la oscuridad.

Ahora la luz azul se tornó intermitente. Ganaba y perdía intensidad.

─El ángel una noche se quedó dormido y su luz se apagó.

─La espiral perdió el color y solo se apreciaba su silueta como una sombra sobre la luz blanca de la gema─.

La gente se puso muy triste porque nadie sabía dónde encontrarlo.

Buscaron y buscaron, pero un día comprendieron que el ángel antes de marcharse les había dejado el camino iluminado.

─La luz blanca ganó en intensidad dando lugar a un aura luminosa que ocupaba casi la totalidad de la palma de su mano─.

El ángel siempre estuvo con ellos, acompañándolos en los momentos malos y en los buenos.

Y cuando aquellos hombres y mujeres aprendieron a brillar por sí mismos, el ángel apareció otra vez y les dio la bienvenida a su país, un país lleno de luz.

La espiral volvió a teñirse de un brillante azul índigo y este color se intensificó hasta fusionarse con el aura blanca de la gema, pareciendo que sobre la mano de Atti hubiera una esfera de luz de ambos tonos.

Dio por terminado su truco ante la fascinación de los niños y la luz de la gema se extinguió despacio hasta no quedar ni un ápice.

A Galatis ya se le cerraban los ojos y Halcón, para sorpresa de Attaegina, no reía ni hizo un solo comentario irónico o insidioso.

Perdido en algún pensamiento muy lejano observaba la gema confuso.

Solo cuando los niños aplaudieron (a pesar de la regañina de Atti, que no quería que hicieran ruido), Halcón salió de su profunda observación.

No volvió a abrir la boca hasta que Attaegina dio las buenas noches a sus hermanos y apagó el fuego del hogar.

─Sígueme ─susurró ella aprovechando la penumbra de las brasas para guiar a su huésped─, te mostraré dónde dormirás estos días.

─¿Cómo conseguiste esa gema? ¿Y desde cuándo la tienes?

Halcón se mostró muy serio. No jugaba ahora, no sonreía ni hacía bromas.

─En realidad, no me acuerdo muy bien ─respondió Atti─, es como si siempre hubiera estado en casa.

Ni siquiera sé por qué hace ese bonito juego de luces.

Pero soy la única persona que lo consigue.

Ninguno de mis hermanos logra que se ilumine aunque la lleven en la mano durante horas. Supongo que tiene que ver con mi don y…

─Intenta recordar, por favor. ¿Cómo llegó a ti?

La actitud del mercader no era de exigencia, sino más de súplica.

─¿Por qué te importa tanto, Halcón?

Y el joven nómada no necesitó dar explicaciones.

Buscó en un bolsillo interior de su túnica, a la altura del pecho, y extrajo algo que dejó a Attaegina sin palabras: otra gema idéntica a la suya, de cristal transparente, con la misma espiral tallada.

Halcón se la puso sobre la palma de la mano y la gema reaccionó con una emisión de hermosa luz blanca.

La única diferencia con la de Atti fue que la espiral se tiñó de un fogoso brillo cálido.