CAPÍTULO 4
La arena del desierto convertía en ásperas las que podrían haber sido caricias del viento.
Era seca, yerma, quemaba durante el día pero se enfriaba al anochecer haciendo tiritar a las gentes del Sari cuando llegaba la madrugada.
En el centro del campamento quedaba un resquicio de fuego encendido en el que se había asado cordero para la cena.
Los torug se habían calentado las manos sentados en círculo alrededor de la lumbre.
Sin embargo, no se habían contado historias esa noche ni se habían cantado las canciones de los nómadas.
Todos aún permanecían despiertos sentados en corro, silenciosos, perdidas sus miradas en el rojo de las brasas.
Un anciano encogido con la barba larguísima comenzó a murmurar oraciones en bucle, como si hubiese alcanzado un estado de trance.
El resto se limitaba a estar presente con la boca cerrada. Presencia, esa noche no requería más.
Ningún silencio es tan pesado como el de una tribu entera guardando luto, pero más funesto es todavía cuando aquel por quien se llora aún no ha recibido a la muerte y la siente acechando en el umbral de su casa.
Solo del interior de una de las tiendas la luz manaba de una lámpara de aceite.
Un niño con la piel oscura como azúcar de caña se revolvía en los trapos que le hacían de cama, atormentado por fiebres y pesadillas, llorando casi sin hacer ruido quizás porque ya no le quedaban fuerzas ni lágrimas.
Su joven madre, una mujer del desierto con el cabello ensortijado, permanecía en silencio junto a él con la mirada posada en la llama de la lamparilla, quieta, muy quieta, serena como quien no siente miedo de la incertidumbre.
El niño tumbado se encogía y se estiraba, una y otra vez.
Apretaba las sábanas entre los dedos de los pies y gemía con sollozos sordos.
Como un detalle imperceptible, los labios estrechos de su madre se movieron.
De hecho, no habían dejado de hacerlo. Rezaba en voz muy baja, repetitiva, sin perder la calma en una frecuencia apenas audible.
Rezaba, rezaba, y el niño seguía tenso y agitado, estirando y contrayendo brazos y piernas, con la piel caliente y la boca seca, la garganta irritada y una sensación azufrada subiendo desde su estómago.
De pronto una ventolera sacudió las paredes de la tienda. La gente de Sari conocía muy bien los mensajes del viento, y la joven madre supo en seguida que sus ruegos habían sido escuchados cuando la mano fibrosa y bronceada de un hombre con turbante retiró la lona de la entrada.
La mujer se levantó en señal de saludo, pero no dijo nada.
Había dejado derezar. Entonces, la figura alta y larga del recién llegado se dirigió hacia la cama del niño con la parsimonia del dromedario que lo había llevado hasta allí sobre sus giba, atravesando sin protestar páramos de interminable arena.
El niño, que no tendría más que seis años, de repente parecía haber salido de su estado febril.
Abrió los ojos por completo, dos grandes ojos profundos y amarillos como los de un ave rapaz, y se incorporó en actitud de súplica.
«¡Perdón!», rogaba con la boca seca y abierta, la voz enronquecida. «¡Perdón! ¡Perdón!».
─¡Attaegina! ─la llamó Halcón desde abajo─. Attaegina, tu familia te busca.
Atti se despertó sobresaltada en el techo del granero.
Se había quedado encogida y tenía frío porque ya no quedaban rayos de sol en el cielo.
La nube negra había avanzado hasta el poblado y pronto descargaría una buena tormenta.
Se incorporó dando un respingo y se retiró el cabello de la frente torpemente, molesta por la presencia del mercader y avergonzada por haberse quedado dormida de cualquier manera sobre el tejado del granero.
De todas las personas que había en Caliza esa tarde, habría deseado que cualquiera la despertara antes que Halcón.
─Pero... ¿Cuánto tiempo he dormido?
Apenas lo preguntó Halcón ya se había encaramado al tejado.
Atti tenía el vello de los brazos erizado por el frío, y el mercader, que todo parecía verlo con su ojo avizor, se quitó el turbante, lo desplegó y se lo ofreció para que se cubriera los hombros.
Era un enorme trozo de tela que olía a cosas del otro lado del mundo.
─ No lo necesito, gracias ─ rehusó ella con mordacidad.
─¡Eh, que no tengo piojos! ─ le respondió Halcón en tono jocoso doblando el turbante sobre sí mismo ─ . Solo quería ser amable contigo, chica.
─ ¿Amable? Ya has sido demasiado amable con todos los demás.
─Y me los he ganado, ¿eh?
Atti se indignó.
─Pues que sepas que a mí no me engañas, mercader, o lo que quiera que seas.
─Pero no me delataste ante el consejo.
La había vuelto a cazar. Las palabras de Halcón siempre volaban raudas, directas a su objetivo, con máxima precisión. Como una rapaz. Atti n o fue capaz de contestarle nada, pero le dio la espalda de mala manera con tal que supiera que estaba muy pero que muy enfadada.
Se sentía demasiado aturdida como para continuar esa tonta discusión.
Había tenido un sueño muy extraño. En él experimentó una rara lucidez parecida a la de sus premoniciones y reflexionó sobre siese sueño era o no una predicción de verdad.
Pero, ¿quién era esa gente? ¿Y quién ese niño enfermo que pedía piedad?
A simple vista habría jurado que se trataba de algún pariente de Halcón, sin duda, del desierto.
¿Y si lo más honesto era contárselo yadvertirle de algún peligro, a él o a alguien de su familia?
A esas alturas Halcón ya se había recostado sobre el tejado sin ningún pudor, con la cabeza apoyada en los brazos.
Oteaba las cordilleras donde terminaba el paisaje, los campos de trigo aún inmaduro y corto, verdes y rectilíneos en contraste con la desaforada maleza de los entornos.
Y Atti se fijó en su perfil, en su nariz ligeramente aguileña tan distinta de las de las gentes de Bérika.
Tan masculina al mismo tiempo… « Pero, ¿qué hago mirándolo?
» , se reprochó a sí misma al sentir que había vuelto a sonrojarse en presencia del extranjero.
─¿Siempre que llega un mercader a vuestro puebloos reunís en consejo para interrogarle como si fuera un criminal? Ah, Cielo y Tierra... Estoy agotado de tanta pregunta. Ni la clientela de Teff es tan exigente como vuestros abuelos.
Ella le respondió sin girarse.
─Viene un extranjero por aquí cada dos años. Compréndelos: en un poblado donde nunca sucede nada, los ancianos aprovechan la mínima para sentirse un poco importantes.
─Entonces, ¿cómo comerciáis?
─Nos autoabastecemos casi en todo y hacemos algúnintercambio con dos aldeas amigas que se asientan un poco más arriba.
En ocasiones viene un vendedor de Pedregal con su hijo, nos visitan cada dos o tres meses.
En invierno no vienen. Hacemos trueque y les damos asilo por un par de días.
Y de vez en cuando, aunque cada vez con más frecuencia, Oberón viaja a su tierra natal: allí vende nuestro vino y nuestro aceite y, a cambio, trae consigo algunos caprichos que aquí son imposibles de encontrar.
Supongo que entenderás ahora la emoción que has provocado.
¡Un poco más y pasarás a formar parte de nuestras leyendas y canciones!
Halcón se reía. Se había visto en peores, por supuesto, pero el consejo había agotado sus fuerzas, sobre todo porque, una vez se dio por finalizado, los ancianos y la mitad de los asistentes se abalanzaron sobre sus exóticos artículos.
Le hicieron más y más preguntas sobre lo uno y lo otro, aunque lo peor fueron las negociaciones.
Le ofrecieron ofertas de lo más pintoresco y el mercader tuvo que capear cada transacción para no salir a perder.
Eso con el añadido de ser amable y cordial hasta el final.
─Me gusta Bérika ─apuntó mientras suspiraba de gusto. Atti seguía seria, callada. Halcón añadió─: Hablo en serio, no me río. Ni de ti ni de nadie... Estas cordilleras son un lugar precioso, de los más bonitos que he conocido .
Atti percibió sinceridad en sus palabras. ¿De verdad que no era uno más de sustrucos para ganarse el favor de cada habitante de Caliza? Ese forastero confundía su instinto, su intuición.
─Se vive bien aquí, sí ─le respondió. Y aunque lo hizo a regañadientes, se dio la vuelta por fin con tal de no parecer maleducada─. La tierra nos da fruto para todo el año. Las cabras pastan a sus anchas. Hay caza y pesca. Y paz, hay paz. Todo está en equilibrio.
Ambos se quedaron embelesados con la imponente imagen de los picos sembrados de nubes de tormenta. El aire olía a lluvia, a abrótano, a tierra mojada.
─Así que eres el oráculo de tu comunidad... ─cavilóHalcón. Sonrió─. ¿Naciste con el don?
─Me contaron que sí. Tan pronto como aprendí a hablar comencé a predecir sucesos. No son de gran envergadura, pero algunas vidas se han salvado gracias a mis premoniciones.
─¿Cómo lo haces?
En el poblado todo el mundo lo sabía. ¿Qué más daría contárselo al mercader? La naturaleza de su don no comprometía a nadie.
─Lo llaman la guía angélica. Los ángeles caminan muy cerca de mí, puedo sentir su abrazo por las noches, casi noto la caricia de sus plumas blancas. Ellos me susurran en el corazón.
Esperaba algún gesto burlón por parte de Halcón, su media sonrisa insolente, ese arqueo de cejas con el que expresaba incredulidad sinnecesidad de hablar. Sin embargo, se puso serio, casi nostálgico.
─ Qué suerte tienes... Tú ves ángeles.
¿Qué significaba? ¿Acaso él veía otra cosa? Se quedaron callados un rato.
─Attaegina, si de verdad eres un oráculo, sabes que he mentido en el consejo... ¿Por qué no me has delatado ?
Una incómoda pregunta... Atti no esperaba hablar de eso con él, bastante tenía con el peso de la culpa por haber mentido a todos. Intentó eludir el tema:
─Bueno, tú también eres mi cómplice, ¿no? Sabes perfectamente que yo no salí a tu encuentro, que no había augurado tu llegada. Pero a mi padre y a los demás les dije que sí, que te había visto en mis premoniciones.
Atti esperaba otra pregunta aún más molesta, la de saber a quién esperaba de madrugada en medio del bosque. No quería hablarle de Lorick ni de su ridícula declaración de amor frustrada. Sin embargo Halcón no indagó sobre eso, se encogió de hombros y se limitó a responder:
─Eso me favoreció. Gracias a tu mentira me dejaron entrar en el poblado porque iba de parte del oráculo. Y ya veo que nadie duda de tu palabra en tu tribu, aunque al parecer hoy no estás muy lúcida...
─¿Cómo te atreves? ─ se ofendió Atti. Halcón sonreía cada vez que la hacía enfadar.
Era odioso, provocador. Los jóvenes de esa edad ya no se burlaban de las chicas.
Attaegina cogió el turbante de un puñado y se lo arrojó, luego le retiró la mirada.
Pero Halcón aún rio más. Su exótico acento daba un atractivo especial a su risa.
─Hablo en serio, chica, hoy has errado en tu augurio. Pero sí que sabes que no he contado toda la verdad sobre mí a los ancianos, solo quiero saber por qué no se lo has dicho.
Atti escuchaba cruzada de brazos, evitando sus ojos. Se dio la vuelta con indignación y le contestó:
─Mientes, sí, ¡mientes! Y no termino de descubrir el motivo por el que lo haces.
Me resulta muy difícil leer en ti como leo en los demás.
Sin embargo... No sé, siento en el fondo de mis entrañas que tus intenciones son buenas, que no hay maldad en tus razones, que mentiste a los del pueblo porque proteges algún secreto personal muy importante y que ni los ancianos del consejo ni yo tenemos derecho a conocerlo ya que ese secreto no nos pone en peligro.
Por eso no te delaté en el consejo, ¿para qué? Si solo vienes a vendernos baratijas…
Los ojos ambarinos de Halcón la observaban con atención, sin juzgarla. Las nubes de tormenta reflejadas en ellos parecían atenuar su fuego.
─Entonces gracias. Gracias, Attaegina.
«¿Y ya está? ¿Eso es lo único que me respondes?
¿ Gracias ?», rumió Atti todavía más desconcertada.
Desde luego no parecía tener malas intenciones, solo que era inoportuno, imprevisible y listo, más listo de lo que uno podía creer a simple vista.
Únicamente había algo en él que despertaba enormemente su curiosidad.
─¿Por qué es tan importante para ti encontrar a ese hombre por el que preguntaste a los ancianos?
─disparó Attaegina dejando a Halcón, esta vez sí, descolocado─.
Yo sé que no es tu abuelo y que esa historia del mapa ha sido una patraña para ganártelos.
¿Qué quieres de ese hombre? Has venido hasta Bérika buscándolo, ¿verdad?
Todos los mercaderes saben que mi pueblo no es precisamente una fuente de oportunidades, por eso no viene ninguno.
─¡Eh, Atti! ─la llamó de pronto Tauh desde el portón trasero de la casa─. ¡Te estamos esperando para cenar!
«Maldición...», pensó. Para una vez que era ella la que tenía a Halcón atrapado, justo llegaban sus hermanos y se le escapaba la presa. Por muy poco.
─Venga, ven a casa ─lo invitó sin mucho entusiasmo─. Deprisa, mis hermanos tienen hambre. Si quieres cenar algo, es ahora.
Attaegina se bajó con facilidad del tejado y Halcón la siguió. Los niños analizaban su figura ágil de arriba abajo con la boca abierta: su ropa, su pelo, el color de su tez.. .
─¿Viene de un circo? ─preguntó la pequeña Galatis soñando ya con alguna actuación acrobática después de la cena. Attaegina la cogió de la mano y, mirando a Halcón con recelo, le contestó:
─Creo que sí. Y también creo que él es el payaso.