CAPÍTULO 3 #2
─Halcón, en Caliza no manejamos oro ─declaró con firmeza el abuelo Tiresias─. Nunca ha pasado oro por este pueblo. Lo consideramos sucio, manchado por la sangre de nuestros ancestros, así que no lo queremos aquí. ¿Cómo esperas, pues, que podamos pagarte por tu mercancía?
Halcón ya venía avisado por Atti sobre el rechazo que en Caliza causaba el oro. Aunque dada cuenta de su astucia, ella supuso que el extranjero ya tendría preparada alguna contraoferta si eso sucedía.
─He visitado no pocos pueblos como el vuestro que no manejan oro, anciano ─contestó─.
La tarifa de mis artículos para gentes de vuestro talante será la siguiente: en primer lugar necesito víveres para continuar mi viaje.
Fruta seca, queso curado, pan y algo de aceite será suficiente.
─Los ancianos se miraron entre ellos asintiendo con la cabeza.
Halcón prosiguió─: En segundo lugar solicito tres días de asilo.
La segunda propuesta no gustó tanto, pues los nativos de Caliza no tenían por costumbre recibir visitas, y menos de tanta duración. Atti también le había advertido que no le dejarían ni pasar una noche en un corral.
─Tres días es mucho ─rebatió el abuelo Milo con el dedo levantado en señal de autoridad─. Que sean dos y da gracias.
─Solicito dos noches y el día que haga tres me marcharé al atardecer. Es la Ley.
Atti arqueó las cejas con incredulidad. ¿Tanta era la osadía de ese extranjero? Empezaba a arriesgar demasiado, podrían echarlo a patadas de la aldea en aquel mismo momento por su atrevimiento… Después de unos instantes de cruce de miradas entre los ancianos, la abuela Romaza resolvió:
─Está bien, tres días y dos noches.
Attaegina se quedó mirándola boquiabierta.
¿Es que no se habían dado cuenta del truco?
El mercader había logrado exactamente lo que se propuso tan solo jugando con las palabras día y noche .
En total, pasaría prácticamente allí todo el tiempo que planeaba desde el principio.
Los ojos de rapaz de Halcón la habían vuelto a sorprender.
Seguro que por dentro se estaba burlando de ella.
─Agradecido quedo por vuestra hospitalidad. ─Inclinó la cabeza con gesto reverencial y después, sin dejar espacio para que nadie pudiese replicar, añadió─: Por último necesito la respuesta a una pregunta.
Eso sí que nadie se lo esperaba. Ni siquiera el oráculo. «Y ahora, ¿qué quiere?», se inquietó Attaegina. Halcón desmadejaba todas sus suposiciones, era impredecible.
─Adelante, hijo, pregunta lo que quieras ─lo invitó el abuelo Milo. Halcón adoptó repentinamente un semblante más serio del que hasta entonces era habitual.
─¿Ha pasado alguna vez por este pueblo algún otro hombre del desierto?
Todos se quedaron pensativos, muy pensativos.
Attaegina no recordaba a ningún hombre antes que él vestido con turbante y con la piel del color del azúcar de caña.
Pero claro, ella solo tenía dieciocho años.
Tal vez alguno de los abuelos podría recordar.
Los ancianos hablaban entre sí llenos de dudas, sin aclararse demasiado, hasta que la abuela Retama alzó la voz por encima de los demás con la mirada perdida en algún vago retazo de sus memorias.
─Sí, sí, vino uno. Pero hace ya mucho tiempo, uy… ¡muchísimo! Como poco veinte años.
─¿Veinte? ─la interrumpió la abuela Níobe─. ¡Anda, qué exagerada! No hace tanto, que ya había nacido mi nieto el mayor.
─Lorick tenía diez años cuando vino el hombre del desierto ─intervino Oberón poniendo un poco de orden.
Aunque nadie podía interrumpir a los ancianos, Oberón, la única cabeza rubia de toda la choza, tenía una autoridad preponderante.
Así que, cuando consiguió que dejaran de discutir, habló directamente a Halcón─.
Hace nueve años vino un mercader muy parecido a ti.
Misma ropa o casi igual, con alforjas, acompañado por un asno…
Nos dejó valiosas medicinas del desierto.
Justo la tarde de antes Lorick se había roto un brazo cuando se cayó del caballo.
El hombre del desierto se lo curó. Se alojó en mi casa por cinco días hasta que el niño estuvo bien.
No le quedó secuela alguna. Luego se marchó y jamás regresó por aquí.
Y eso es todo lo que yo te puedo contar.
Atti acababa de desenterrar un recuerdo muy vago, casi borrado de su memoria. Sí, era cierto: se cruzó con un hombre del desierto en la dehesa cuando era muy pequeña, un hombre del que no recordaba ni rostro ni nombre, pero que guardaba un enigmático parecido con Halcón.
─Lo había olvidado por completo, es verdad ─afirmó el abuelo Tiresias─. ¿Cómo se llamaba?
Nadie parecía recordarlo. Si era un nombre foráneo y de tan lejos, quizás ni se habían llegado a aprender su nombre. «¿Oberón tampoco se acuerda?», se preguntó Attaegina. «Ese extraño curó a Lorick...».
─¿Por qué es tan importante para ti?
El semblante de Halcón se relajó de nuevo.
─Es por el mapa. El mapa que llevo de mi abuelo, se ha deteriorado con el tiempo y necesito saber qué camino siguió para rehacerlo. Es solo una reliquia familiar, pero quisiera conservarla. Seguro que era él, no muchos hombres del desierto vienen por aquí.
«Mientes», intuyó Atti. Al parecer, solo ella se daba cuenta.
Y como Halcón se había ganado la confianza del consejo y de toda la tribu, desde hacía rato ninguno de los ancianos había solicitado más la opinión del oráculo.
Attaegina se sentía ninguneada, eclipsada por el brillo melado de los ojos de ese mercader de Sari como eclipsa el sol a la luna en determinados días del calendario.
Pero la explicación de Halcón sobre sus tradiciones familiares no solo convencieron a todos, sino que terminaron de granjearle el respeto del pueblo de Caliza.
Los ancianos de nuevo hablaron entre ellos y finalmente el abuelo Tiresias deliberó:
─Ya sabemos suficiente sobre Halcón y el consejo no lo considera un peligro.
Por tanto, se alojará en nuestro poblado por tres días y dos noches, como ha sido nuestro acuerdo, incluyendo los de hoy, y la familia Mentastro le dará sustento y techo en su propia casa.
Al fin y al cabo, fue Attaegina quien se lo encontró.
─Un incomodísimo silencio puso foco sobre la voluminosa figura de Aleff, el padre de Atti, que ni siquiera gesticuló─.
Y ahora sí, doy por finalizado este consejo.
Atti tardó su tiempo en asimilar la determinación de los ancianos.
¿Cómo se atrevían? Había casas mucho más grandes que la suya, además ella tenía que cuidar de sus hermanos.
Halcón seguía siendo un desconocido, un mentiroso con ojos de rapaz que quizás había parado en Caliza para buscar a su próxima presa.
Porque Attaegina no se creía ni la mitad de las cosas que había contado, aunque lo que más la inquietaba era por qué Halcón ocultaba información sobre sí mismo.
Y sin embargo, la guía angélica no detectaba en él ninguna amenaza…
Cuando lo miró sin poder disimular su indignación, el mercader le sonrió, muy sutil, pero con aire triunfal.
Entonces se levantó de un impulso, muy malhumorada.
Luego ayudó a las abuelas Níobe y Retama a despegarse del suelo, pues llevaban horas cruzadas de piernas en la misma postura, y cuando ya las tuvo erguidas y en equilibrio, atravesando la estancia con la cabeza baja y sin hablar con nadie, se marchó de la choza de los ancianos hincando con ganas los talones en el suelo, caminando rápido y sin echar la vista atrás.
Ya era más de mediodía. Supuso que Creta se había ocupado de los niños.
Se la encontraría enfadada cuando llegara a casa.
De pronto pensó que no le apetecía verle la cara a su hermana, a esas alturas la tendría tan larga que le llegaría hasta el suelo, y lo cierto era que necesitaba algo de espacio para ella, unos minutos para pensar y para respirar aire fresco después de haberse pasado toda la mañana en el consejo.
Entonces rodeó con disimulo el hogar de su familia, evitando que los pequeños pudieran verla a través de las diminutas ventanas y la delataran, hasta que llegó al patio trasero, donde tres encinas centenarias proporcionaban bellotas para todo el año y una sombra más que reconfortante durante los días más áridos del verano, días que los niños pasaban jugando con el agua del pozo.
Luego trepó al techo plano del granero y, respirando muy hondo, se sentó y posó su mirada en la lejanía.
Los olivos abrazaban la luz sedosa y brillante del sol de primavera, aunque un viento fresco e incómodo había comenzado a levantarse prometiendo tal vez alguna tormenta por la tarde.
Nubes negras acechaban por detrás de las cordilleras augurando una noche pasada por agua.
Le llegaba el olor al estiércol de los caballos combinado con el del espliego y la mejorana de las cercanías, y también el del aceite frito y los ajos y la leña y la carne asada… ¿Qué estaría Creta cocinando?
Se venció al cansancio de aquel día lleno de entuertos, frustrada y pensativa porque sus premoniciones no funcionaban como de costumbre, echando de menos a Lorick, decepcionada porque no había llegado todavía de su viaje iniciático, más aún por la incómoda presencia de Halcón que parecía haber ocupado su lugar en un acto de burla del destino…
Su larga trenza, toda despeluchada, ya no estaba al nivel del digno regalo que una novia haría a su prometido, así que se la soltó y se peinó la melena con los dedos.
Luego se recostó y, apoyando la cabeza sobre su antebrazo, se relajó.
El viento acarició su frente hasta cerrarle los párpados.
Su respiración comenzó a acompasarse al ritmo ondulante del sueño.
Tuvo la sensación de escuchar los lloros de un niño, mas no reconoció la voz de Galatis.
No, no era ninguno de sus hermanos. Era un niño con los ojos amarillos, con mirada de rapaz. ..