El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

En la choza de los ancianos no cabía nadie más.

Las brasas de la chimenea fulguraban envolviendo la estancia con una penumbra azafranada.

El aire cargaba con el olor de muchas respiraciones juntas, y el humo del incienso ceremonial lo volvía más aromático pero no menos pesado.

El consejo aún no había comenzado y Atti ya estaba mareada.

Apenas había dormido ni comido nada desde la cena de la noche anterior, pero su asistencia a las reuniones siempre era imprescindible porque la aldea dependía en gran medida de su don para la clarividencia.

Se sentó en el suelo, a la derecha de la abuela Níobe y a la izquierda de la abuela Retama, de modo que dentro del círculo cerrado que formaban los ancianos ella parecía la joya de una corona por su juventud.

Fuera del círculo, agolpados como podían, casi todos los adultos murmuraban acerca del recién llegado.

Habían bastado diez minutos para que se especulara una multitud de teorías sobre él: unos decían que era un saltimbanqui, otros opinaban que más bien parecía un soldado de Virim por sus rasgos y color de piel.

Pero la opinión más popular aseguraba que se trataba del nieto bastardo de alguno de los ancianos que regresaba a Caliza a reclamar la herencia de su abuelo.

Atti se armó de paciencia y respiró hondo al escuchar todos los chismes.

Era obvio que Halcón no era nada de eso.

Pero, ¿qué era? «Miente, no es un mercader normal», rumió.

El día había amanecido torcido para ella.

Halcón era un imprevisto incómodo de explicar.

De Lorick, ni rastro. Aunque lo peor de todo, lo que consumía sus pensamientos rozando la obsesión era que por primera vez una premonición suya no se había cumplido.

Peor: se había dado una extraña encrucijada de caminos entre Halcón, Lorick y ella.

Y además, había mentido sobre eso a su padre y ahora mentiría a todo el consejo .

La figura ágil de Halcón interrumpió sus divagaciones.

Estaba en la puerta de la choza hablando con el veterano Oberón, el padre de Lorick.

Halcón se había descubierto la cabeza antes de entrar dejando a la vista su pelo, negro y áspero, ensortijado y muy corto.

Cuán diferente era de los hombres de las cordilleras, que dejaban crecer su cabellera tanto o más que sus barbas para soportar los extremos inviernos.

De pronto la mirada del mercader voló como un ave rapaz sobre Atti.

«Me ha cazado otra vez», pensó ella girando el rostro con disimulo.

─¡Silencio! ─rugió Oberón. Su acento nórdico retumbó como un trueno─. El mercader está aquí. El consejo puede comenzar.

Dejó la puerta de la choza abierta para consuelo de Atti, que luchaba por atrapar con sus pulmones al menos una pizca de aire limpio.

Mientras tanto, Halcón se dirigió a un puesto frente al círculo, donde debería permanecer en pie para responder las cuestiones de cada anciano.

En las manos sujetaba una de sus alforjas, cerrada.

Todos se habían callado. La expectación era de tal magnitud que únicamente se escuchó el ruido metálico de las hebillas cuando posó sus dedos encima.

Entonces, como si fuera a enfrentarse a un juicio, suspiró y aguardó hasta recibir la primera pregunta.

─¿Cómo te llamas? ─comenzó el abuelo Tiresias, ciego desde que Atti tenía uso de razón.

─Me llamo Halcón. Halcón del Sari.

─¿Del Sari? Entonces, ¿vienes del desierto?

─Sí. Nací allí, entre los torug .

─Entonces, perteneces a esa tribu…

Atti se incomodó. ¿Tendría Halcón las agallas de responder que no?

─No, yo no tengo tribu.

«Pero… ¿eres idiota?», pensó intentando establecer contacto visual con él. A los ancianos no les gustó y una oleada creciente de cuchicheos se prendió con fuerza entre el público amontonado a los lados del círculo .

─¡Silencio! ─ordenó de nuevo Oberón. El consejo continuó.

─¿Por qué no tienes tribu, Halcón? ¿Es que la despreciaste? ¿O te desterraron porque incumpliste alguna ley?

Halcón no parecía nervioso en absoluto.

─Me marché voluntario. Mi abuelo era mercader y yo de niño lo acompañaba en ocasiones. Recorríamos el desierto en dromedario. Me gustaba ese estilo de vida y se considera un oficio noble allí de donde yo vengo. Fui el único nieto que deseó perpetuar la tradición de la familia.

Su respuesta cayó como agua de mayo y apagó rápidamente todos los fuegos que habían comenzado a prenderse en los ánimos de los asistentes.

«Buena jugada», se dijo Atti. Halcón había estado rápido al mencionar a su familia, a su abuelo y a las tradiciones, era justo lo que los ancianos deseaban escuchar.

─Oráculo, ¿eso es verdad?

Attaegina estaba tan distraída que se sobresaltó al escuchar la palabra oráculo .

Halcón la observaba con avidez. Todos lo hacían.

Entonces recuperó su porte solemne enseguida y cerró los párpados para acceder a la guía angélica, para recibir la respuesta certera más allá de lo que se podía ver y tocar.

Se le erizó la piel y su respiración se tornó profunda.

La guía angélica la rodeaba con una luz blanca y pura que solo ella era capaz de ver desde dentro de su consciencia, una luz sedosa que corría por sus venas con su sangre.

Sin embargo, ese día no funcionaba como de costumbre.

¿Por qué no recibía las respuestas con la claridad de siempre?

Comenzó a ponerse nerviosa, le temblaban las manos y le caían chorros de sudor por la espalda debajo de su vestido de lino blanco.

En la oscuridad de los ojos cerrados percibía la vasta presencia de Halcón, casi lo podía ver, podía percibir su olor a especias, a cuero curtido y a mirra juntos en una amalgama de exotismo.

Una parte de Halcón era mentira, la otra era verdad.

Pero el oráculo de la tribu tenía que dar una respuesta, de eso dependía la suerte de su gente… y la del propio Halcón.

─Dice la verdad ─sentenció Atti por fin, abriendo los párpados .

La tensión que minutos antes podía palparse en el ambiente se disipó. En su lugar, una sensación compartida de calma se propagó entre los asistentes.

─¡Dice la verdad! ─repitió en voz muy alta la abuela Retama, que era dura de oído.

Halcón no gesticuló ni cambió de postura. No se le notaba preocupado. El consejo continuó:

─¿Cuántos años tienes, Halcón?

─Veintiuno.

Los ancianos, incansables por saciar su curiosidad, lo interrogaron sobre toda índole de asuntos.

Si sabía navegar o cazar, en cuántos lugares había vivido y con quién, cuánto dinero ganaba, si comía carne o era abstemio…

Atti no perdía detalle. Era una forma atípica de conocer a alguien, desde luego.

Y es que, a medida que los ancianos se cansaban y perdían la rigidez del principio, el tema de sus preguntas se iba volviendo cada vez más banal.

─¿Estás casado? ¿Tienes esposa e hijos?

─No.

─¿Y quieres tenerlos? ─preguntó la abuela Níobe, como si fuera un asunto de gran trascendencia.

─No… Por el momento.

─¿Por qué?

Muchos entre el público no pudieron disimular su impaciencia con sonoros resoplidos. Halcón, en cambio, tan fresco como al principio, capeaba las incisivas ocurrencias de los abuelos y abuelas con diplomacia y una pizca de desparpajo.

─Porque ninguna mujer quiere casarse conmigo.

Causó una risa generalizada entre las ancianas y Attaegina tuvo ganas de reprenderlas como si fueran niñas pequeñas.

─Entonces, ¿qué vendes, hijo?

«¡Por fin!», bufó Atti. «Es un mercader, ¿por qué no habéis empezado por ahí?

». Halcón pidió permiso para arrodillarse y abrir su alforja.

Sin mediar palabra colocó uno por uno todos los artículos que tenía a la venta encima de una esterilla de sarga cruzada, y cada cosa era más increíble que la anterior.

Attaegina reconoció plantas mágicas y objetos chamánicos.

Había diminutas botellas de cristal rellenas de pócimas desconocidas, semillas de distintos tamaños y colores relucientes como joyas, hongos secos, agujas de hueso, carboncillos y resinas granuladas contenidas en estuches de seda.

Después de todo puede que Halcón fuera un mercader de prestigio.

Los ancianos comenzaron esta vez a preguntarle por la utilidad de cada una de esas cosas asombrosas.

─Estas son semillas de kalanchoe, una planta que germina incluso en los desiertos y que sirve para curar infinidad de enfermedades.

Cuando crece se cortan sus hojas y se maceran en aguardiente de orujo por quince días.

También traigo semillas de cardamomo, fenogreco, schisandra .

Flor seca de helicriso, ungüentos de celidonia y de raíz del traidor.

Tengo puros de artemisa, para el dolor del reuma.

Vendo propóleo y cera de abeja. Especias diversas, aceite de sándalo, granos de benjuí y de mirra, canela cassia. Incluso agua de mar.

─Agua de mar… ─murmuró boquiabierta la abuela Romaza, la más vieja de todas.

Halcón agitó una botella tallada de cristal ahumado.

Había semanas de camino entre Bérika y la playa más cercana, así que el agua de mar allí podía considerarse un lujo.

Él lo sabía y lo tendría en cuenta a la hora de ajustar el precio.

Los ancianos también, pues conocían las propiedades terapéuticas de esa medicina que las gentes de la costa podían usar generosamente y sin pagar.

Atti se dio cuenta entonces de que Halcón había cosechado en solo veintiún años más conocimiento y erudición que la mayor parte de los adultos de su aldea, pues únicamente algunos ancianos que ejercían el oficio de curanderos de la tribu sabían de qué hablaba.

Había transcurrido ya una hora desde el comienzo del consejo y la gente iba ganando confianza en aquel visitante del desierto. Además, la mayoría quería acercarse a preguntar sobre sus maravillosos artículos, pero aún quedaban por establecer ciertos acuerdos con el recién llegado.