CAPÍTULO 2 #2
«Puede que mi premonición se cumpla a lo largo del día», rumiaba.
En alguna ocasión había errado con un margen de horas, tal vez Lorick llegaría antes de la puesta de sol.
«Sí, debe de ser eso. La luz del amanecer se parece a la del crepúsculo.
Me puse tan nerviosa por verle de nuevo que no debí de distinguir bien.
..». Su cabeza hervía entre millones de voces y pensamientos que solo sembraban en su mente más y más contrariedad.
─Así que esto es Bérika ─comenzó a hablar Halcón─. En el Sur la llamamos la tierra de los conejos.
Atti se detuvo en seco y se dio media vuelta, ofendida.
─¿Es que en el Sur no os educan?
Halcón se limitó a sonreír. Lo hacía con picardía. ¡Atti no había conocido en toda su vida a nadie tan insolente!
─Oye, tranquila… Claro que nos educan.
─Entonces, ¿por qué no te quedaste en tu poblado, en el desierto?
─Atti se interrumpió a sí misma al reconocerse tan severa con el que, le gustara más o menos, iba a ser su huésped.
Muy pocas veces había imprimado en su propia voz tanta dureza, así que luego, algo arrepentida, suavizó un poco su tono─. Eres del desierto, ¿no?
─Sí, no era difícil adivinarlo, ¿verdad? Nací en el desierto de Sari, en el seno de una comunidad torug . Son nómadas.
─Y, ¿por qué no estás con ellos, con tu tribu?
Atti no conocía a nadie de su región que se hubiera marchado en busca de otra tribu.
Al contrario, Bérika había recibido de vez en cuando a algún foráneo que había terminado por adaptarse a sus costumbres y asentarse allí, mismamente el padre de Lorick, que era oriundo de las Tierras Verdes del Norte.
─Yo no tengo tribu ─contestó Halcón. Y por primera vez desde que se había encontrado con él, Atti supo que no bromeaba. Se quedó tan sorprendida que no pudo fingir indiferencia.
─¿Un hombre sin tribu? No puede ser… Un hombre, o una mujer, qué más da, no puede no tener una tribu.
─¿Por qué ?
Atti se quedó sin palabras. Tal vez no era tan obvio como ella siempre había creído.
─Pues, no sé… Yo no podría…
─Un hombre camina más rápido si hace el camino solo. La tribu solo retrasa su avance.
Además de charlatán y cansino, para Atti, Halcón acababa de ganarse el título de frívolo, insensible, egoísta y desapegado. Casi lo compadeció, mas prefirió contraatacar:
─La tribu te da raíces, estructura, orden… La tribu es el fuego del hogar eternamente encendido. Es tu identidad, tu pasado… Yo no sería quien soy sin mi tribu, ni tú tampoco, Halcón.
Halcón caminaba mirando al frente, delante de Silencio. No reía ahora.
─Pero tú, Attaegina, ¿ya sabes quién eres?
Atti no supo responder. Por cada frase que salía de los labios de ese mercader ella lo comprendía aún menos.
─¿Cómo no voy a saber quién soy? Claro que lo sé.
«Hasta mi hermana Galatis sabe quién es», pensó. Pero se lo calló. No quería que Halcón supiera que tenía hermanos pequeños. No quería que supiera nada de su vida ni de su familia pues, ante todo, era un desconocido y aún no las tenía todas consigo de que no fuera peligroso.
─Pues te doy la enhorabuena ─pronunció Halcón en tono solemne─. He conocido a viejos maestros de la senda del espíritu que con casi noventa años todavía no han logrado saber quiénes son.
Atti resopló con impaciencia. Esos jueguecitos de palabras de Halcón la exasperaban. Sin embargo, habría jurado que en ese momento el mercader hablaba en serio. En cualquier caso, prefirió ignorarlo.
─Entonces, ¿has venido desde el Sari a vender baratijas a las cordilleras? ─le preguntó.
─No. Nací en Sari, pero no vengo de allí.
He pasado tres años conociendo otras tribus, también he acompañado a algunos pastores nómadas durante parte de sus largos trayectos.
Incluso he vivido largo tiempo entre Virim y Teff.
Aunque también he viajado por otros poblados en los que no he permanecido más de una semana.
─A los del consejo no les va a gustar ─lo cortó Atti─. Como mucho te dejarán quedarte esta noche. Te darán pan, agua y te permitirán dormir en un establo. Y no insistas o será peor.
Halcón de nuevo perfiló su astuta sonrisa, pero no opinó nada al respecto. «Irreverente», pensó Atti. «En Caliza vas a aprender lo que es respetar a una tribu».
Llegaron al final de las dehesas cuando escucharon el tercer canto del gallo. Ya se divisaban las construcciones de adobe del poblado al otro lado del olivar cuando Atti intuyó que se avecinaba una tormenta.
─¡Attaegina! ─bramó una voz ronca y profunda─. ¡Attaegina, hija! ¿Dónde has ido? ¡Todo el pueblo buscándote!
─Padre… ─respondió Atti sobresaltada. Y sintió que las piernas le iban a fallar de un momento a otro cuando la figura corpulenta y tosca de Aleff salió de entre los olivos disparada, como un toro a punto de embestirlos a ambos.
─¡Ya ha aparecido! ─gritó Aleff al aire─. ¡Dejad de buscar!
Se oyeron voces de respuesta. Los vecinos se comunicaban los unos a los otros que Attaegina había regresado en perfectas condiciones.
─¡Que dejéis de buscar, ha dicho! ─resonaba otra voz desde los establos.
Aleff, sin presentarse, observó a Silencio y después escrutó la silueta de Halcón.
─¿Un mercader? ─preguntó. Si se lo proponía, como en ese instante, podía ser el hombre más parco del poblado, aunque Halcón, sin dejarse intimidar, asintió con la cabeza. Entonces Aleff se dirigió a su hija para aclarar el entuerto.
─¿Y tú qué haces con él? Cuando me desperté ya no estabas en casa. ¡Nadie sabía nada! ¿Dónde has estado?
Atti se sintió mermada por la reprimenda de su padre, pero recordó que ya había alcanzado la mayoría de edad y, además, ocupaba un puesto importante en su tribu, por no mencionar que en casa ejercía desde muchos años atrás el papel de matriarca.
Por tanto, se irguió con dignidad, tranquila y firme.
De repente Aleff se avergonzó de su comportamiento con su hija mayor.
─Perdóname, hija… Estábamos muy preocupados.
─Lo vi en mis premoniciones, padre.
Halcón se sorprendió al escucharla, pero no dio ninguna señal de ello, no hizo ninguna mueca de incredulidad ni se inmutó.
Aleff continuó mirándolos muy confundido.
Era evidente que esa mañana se había embutido deprisa y corriendo en su ruda vestimenta de labrador para correr a buscar a su hija.
Observaba a Atti, luego a Halcón, después al burro, y volvía a empezar sin salir de ese triángulo mientras tomaba aire de forma muy intensa.
Le temblaban las manos. Aunque nunca lo reconocería, se había asustado mucho al no encontrarla prendiendo la lumbre del hogar mientras los demás todavía dormían.
─Vi que un mercader se acercaba al poblado. Yo ya estaba despierta, fue por mis dones, sabes que a veces no me puedo dormir. Así que me fui a su encuentro porque sabía que se había perdido.
Aleff asintió con la cabeza. Aún le costaba reaccionar.
─Tú sola, Attaegina… ─titubeó. Después tragó saliva y prosiguió con más entereza─: ¿Y si hubiera sido un bandolero? Tú no sabrías defenderte en caso de que…
─Padre ─se impuso Atti sin apenas levantar la voz, solo con su presencia─, soy adivina, recuerda. Sabía lo que me hacía porque...
Halcón esperaba su veredicto casi sin moverse ya que en ese momento su suerte en Caliza dependía completamente de lo que Attaegina opinara sobre él.
Si la chica de la larga trenza alegaba que Halcón se había tomado con ella más confianzas de las permitidas, estaba seguro de que ese oso pardo llamado Aleff lo despedazaría vivo, sin piedad.
Y luego toda la tribu vendría a rematar el trabajo.
─...porque la guía me ha revelado que Halcón, que así se llama nuestro huésped, tiene el corazón limpio ─concluyó Atti.
Y cruzó una mirada cómplice con el mercader.
Aunque Halcón supo darse cuenta en seguida de que no se trataba de una generosidad auténtica, ¿habría de por medio un intercambio de intereses?
Atti le había facilitado la entrada a su poblado.
A cambio, él tenía que colaborar con su mentira.
Porque Attaegina habría adivinado muchas cosas a lo largo de su vida, pero ni por asomo había previsto la llegada de Halcón.
Y ahora él empezaba a hacerse una idea de lo que esa mañana les había sucedido en el altozano.
Ella esperaba a otra persona… Lo sabía desde el principio.
Aleff se limitó a asentir con la cabeza cuando se escuchó una voz agorera desde el abrevadero.
─¡Consejo de emergencia! ¡Consejo de emergencia en la choza de los ancianos!
Aleff se giró al escuchar el aviso. Luego apoyó una de sus manazas sobre el hombro de Atti.
─Date prisa, hija. Vamos. ─Miró a Halcón con desconfianza, después a Silencio─. Venga, rápido, llévalos allí.
Y salió corriendo. Attaegina apremió a Halcón:
─¡Vamos! ¡No te quedes ahí parado! ¡Ya lo has oído! ¡Trae a Silencio, no le haremos nada!
─Pero… ¿Qué está pasando? ¿Tenéis problemas en la aldea?
Atti, viendo que Halcón no se movía, tiró ella misma del ronzal de Silencio y se dirigió a la plaza del postigo.
─Es un consejo de emergencia, Halcón, vamos.
─Pero, ¿qué emergencia?
─Tú, Halcón. Tú eres la emergencia.