CAPÍTULO 2
─¡Quédate quieto! ¡No te muevas! ─bramó Attaegina retrocediendo asustada ─ . ¡No des ni un paso más o te…! Te…
─¿Qué más quieres que haga? Mírame: rígido como una estatua ─respondió el desconocido con un marcado acento del Sur transmitiendo una calma fuera de lo común.
Acto seguido levantó los brazos en señal de inocencia.
Su lenguaje corporal no se asemejaba al de un bandolero violento ni su voz tampoco.
Pero Atti se sentía aterrada, sola con un extraño montaraz, a oscuras y lejos de la aldea donde, probablemente, aún todos dormían y nadie la escucharía si gritaba.
¡Maldita la hora en que había perdido la navaja!
Porque habría podido defenderse o, por lo menos, mostrar una imagen más agresiva de sí misma.
Aunque su arma no dejaba de ser un cuchillo para cortar setas y ella jamás había lastimado ni a un ratón.
Las luces del amanecer se fraguaban en el horizonte a medida que pasaban los minutos y su todavía escasa luz permitió a la joven distinguir un poco más el aspecto del extranjero: vestía una exótica camisa teñida de añil y pantalones bombachos de igual color.
Su cabeza iba cubierta por un turbante blanco que además ocultaba casi la totalidad de su rostro, de tal manera que Attaegina solamente pudo captar un brillo pertinaz en sus pupilas.
No eran frías como el hielo, como las de Lorick.
Tampoco parecía la mirada de un asesino de chicas descuidadas que anduvieran solas por los montes de madrugada…
No, unos ojos como aquellos no podían pertenecer a un maleante ni a un salteador de caminos, pero pesaban sobre Atti como un tronco de madera bien maciza.
La claridad del amanecer fue ganando fuerza mientras ambos se observaban en silencio sin atreverse a hacer un solo movimiento.
─¿Ocultas tu rostro porque te escondes de la autoridad? ─continuó Atti sin bajar la guardia─. No es de fiar nadie que lleve la cara cubierta. Como poco es descortés presentarse ante un desconocido sin identificarse ni rendir siquiera un saludo en condiciones. No tienes honor...
─Espera, espera… ¿Es que no sabes cómo está el pantano?
Tú eres de por aquí, ¿verdad? ─ Atti asintió sin mucho afán.
Él continuó ─ : Entonces sabrás que está plagado de mosquitos.
¡Sí! ¡Nubes y nubes de mosquitos! Peores que las tormentas de arena, no he tenido más remedio que protegerme la cara de esas criaturas infernales.
Atti no había vuelto por las orillas del pantano desde un poco antes del invierno, cuando comenzaba a congelarse. Sin embargo, sabía bien que en primavera se llenaba de insectos, la misma razón por la que no llevaba allí a sus hermanos hasta que terminaba la época de lluvias.
─Aun así, creo que me ha picado uno debajo del ojo ─prosiguió el nómada.
─Hay un camino alternativo ─lo interrumpió Atti con aspereza. De pronto se sintió estúpida conversando con él, había bajado la guardia casi por completo, ¿por qué le daba explicaciones?
─Sí, ya lo sé, aparece en mi mapa. Pero es un camino de montaña, lleno de riscos, y con todo lo que ha llovido se ha empedrado mucho.
A Silencio le costaría mucho subir por ahí.
Por suerte a él no le pican los mosquitos.
Le he puesto un bálsamo que los ahuyenta, lleva citronela, los insectos odian ese olor. ..
Atti volvió a sorprenderse, ¿ahora bromeaba? ¿O es que iba acompañado por alguien invisible?
─Silencio es mi burro ─aclaró el desconocido─. ¿Qué te pensabas?
Y señaló con un dedo la estrecha pradera que separaba el bosque del altozano.
No mintió: el animal, cargado con dos alforjas, masticaba tranquilo las hojas de las acederas que crecían por doquier, razón por la que Atti se sintió tan estúpida que tuvo ganas de insultar a alguien.
Pero, ¿a quién? ¿Al burro? ¿Al nómada? ¿O a sí misma?
De nuevo se giró hacia el recién llegado para terminar las aclaraciones cuando creyó captar en su rostro un gesto muy sutil de burla. «¡Idiota!», rabió para sus adentros.
─Solo soy un mercader ─le explicó aquel tomándose el derecho de bajar por fin los brazos─. ¿Sabes? Como he seguido el sendero del pantano me he despistado un poco y he pensado que si trepaba estos peñascos podría reconocer la zona. Estoy en Bérika, ¿verdad?
─ Sí, así es. Y acabas de llegar a mi aldea, Caliza.
─ Ah, sí… Esperaba no haberme equivocado de camino.
Aunque l o que de verdad no me esperaba era encontrarme contigo a estas horas, mis disculpas si te he asustado.
¿Las chicas de aquí tenéis por costumbre recibir así a los visitantes?
En serio, cuéntame, ¿qué estabas haciendo? Juraría que buscabas a alguien...
─¡Eso no es asunto tuyo! ─exclamó Atti irritada.
Aquel tonto mercader, si es que lo era en realidad, había conseguido enfurecerla de veras.
Ella, que esperaba a esas alturas haberse comprometido con Lorick e invitarlo a desayunar, ahora se veía enfrascada en una conversación estúpida con un extranjero que no le inspiraba ninguna credibilidad y que tenía por montura a un burro llamado Silencio.
¿Quién le ponía ese nombre a un asno? ¿Y por dónde demonios andaba Lorick?
Pero lo más grave de todo, y el motivo por el que más enfadada estaba, era su maldita premonición, su primera premonición errada.
¿Cómo había podido equivocarse con algo tan importante, ella, la adivina?
El hombre del turbante, lejos de ofenderse, se rio por lo bajo.
─Bueno, bueno, chica… Qué modales tenéis por aquí, ¿eh?
Asomaba el primero de los rayos del sol cuando el extranjero decidió al fin descubrirse el rostro.
Se retiró con la mano la porción de tela que lo había protegido hasta entonces y la tierna luz del amanecer resbaló sobre sus ojos del color de la miel.
Atti se quedó analizando su aspecto concentrada en él, deseando poner cara al insidioso mercader cuando, para su sorpresa, descubrió a un joven de piel oscura no mucho mayor que Lorick.
¡Ah, maldición! ¡El idiota era atractivo!
Ya era tarde para disimular que se había sonrojado, y el nómada, que no había pasado por alto aquel detalle, arqueó una ceja y esbozó una sonrisa despreocupada, por lo que Atti aún lo detestó más…
─¿Qué quieres o qué necesitas? ─le preguntó muy hosca─. Si vienes a vendernos algo ya puedes continuar hacia otro poblado. Nosotros no manejamos oro. Es impuro.
─Tranquila, solo quiero pedir asilo. Silencio y yo llevamos dos semanas cruzando páramos y mesetas. Y que yo sepa, el asilo es un derecho. Es la Ley, ¿no?
Su expresión de pronto se volvió astuta como la de un ave rapaz.
Y es que de primeras parecía menos listo de lo que era.
Sí, sí… Atti empezaba a darse cuenta. Pero esa imagen externa de mercader ingenuo y campechano no se correspondía con la realidad: se trataba de un joven que ya había visto mundo.
Lo más prudente sería no darle mucho juego.
─Te llevaré ante el consejo de ancianos y ellos decidirán ─sentenció ella, mordaz como la fruta verde. El extranjero volvió a sonreír. ¡De nuevo ese deje bromista! Atti no gesticuló. Nada. Fingió no inmutarse, aunque la sacara de quicio.
─¡Bien! Era justo lo que deseaba escuchar. Muchas gracias, chica… Eh… ¿Puedo saber tu nombre?
Atti apretó fuerte los labios, como cuando se enfadaba mucho con Tauh porque se había excedido en sus travesuras. Luego irguió la barbilla, toda orgullosa, y le espetó con desprecio:
─Attaegina, me llamo.
Supuso que él esperaba la misma pregunta. Formaba parte del protocolo. Pero Atti no abrió la boca. No le interesaba conocer el nombre de ese… lo que fuera.
─Encantado, Attaegina ─le respondió él dedicándole una ligera reverencia de cortesía─. Yo me llamó Halcón.
«¿Halcón? ¿Qué nombre es Halcón?», se dijo ella convencida de que también era mentira.
─Sígueme ─le ordenó sin más emprendiendo el camino de vuelta al poblado─. Iremos por las dehesas. Será más fácil para Silencio.
Atti llegó hasta donde descansaba el animal seguida de Halcón. Mientras tanto, Silencio comía pacíficamente sin molestar a nadie. Su pelaje era gris con vetas plateadas, realmente precioso. Attaegina le acarició el lomo y pudo percibir la paz interna de aquella noble criatura.
─Es bonito, ¿verdad? ─le preguntó Halcón, que no parecía querer callarse─. Hace meses tuve un dromedario, paso largas temporadas en el desierto. Lo cambié por Silencio en una feria cuando pensé en dirigir mi rumbo hacia las cordilleras.
Probablemente nadie en Caliza vería jamás a un dromedario. A juzgar por lo que decía el saber popular de la aldea, Atti se imaginaba una especie de caballo sin crines y con un gran bulto en el lomo. En cualquier caso, trató de disimular su ignorancia delante de Halcón.
─¿Y cómo se llamaba tu dromedario? ¿Ruido?
Halcón sujetó el ronzal de Silencio y tiró de él suavemente para guiarlo.
─No. Se llamaba Amable.
Atti no encontró palabras para replicarle. Amable y Silencio… Halcón no gozaba de lo uno ni de lo otro. Solo esperaba que, durante el paseo hacia el poblado, el mercader hiciera honor al nombre de su burro y no volviera a abrir la boca.
Apenas habían caminado tres o cuatro pasos cuando Atti, sin poder evitarlo, se giró a mirar atrás como si todavía fuera posible que Lorick apareciera de pronto para darle una sorpresa o para poner firme a ese tal Halcón.
Al fin y al cabo ella lo había visto en sus premoniciones, ¿por qué no se habían cumplido?
La incertidumbre la estaba torturando. ¿Realmente habían dictado eso sus augurios?
─Attaegina, ¿de verdad que no estás esperando a nadie? No tengo ninguna prisa, podemos hacer tiempo si lo deseas .
─Ya te he dicho que no. Rápido, sígueme.