CAPÍTULO 1 #3
Tan acertadas eran mis adivinaciones que pronto se me incluyó en el consejo de ancianos y ancianas a pesar de mi temprana edad.
Desde entonces siempre se tenía en consideración lo que yo opinaba y presentía, y asistía a todas las reuniones sin faltar.
Era un puesto de gran responsabilidad que me costaba coordinar con la crianza de mis hermanos.
Incluso llegué a desear, no pocas veces, que mi padre contrajera un segundo matrimonio.
Aunque Aleff, el cabeza de familia, nació huraño de por sí, y la viudez y el trabajo en el campo, a medida que pasaban los años, solo lo encerraban más en su soledad y en su silencio.
Volviendo a mis extrañas cualidades, nadie sabía por qué las tenía ni desde cuándo, pues al menos que se supiera, nadie en mi familia, o mejor dicho, nadie jamás en la tranquila Caliza había nacido con el don de la adivinación.
Cuando mis hermanos me preguntaban cómo lo hacía, cómo llegaban a mí las visiones y sensaciones, yo no acertaba a responder.
Era como si una presencia llena de pureza caminase siempre junto a mí.
Nadie la veía, ni siquiera yo. Pero la sentía como un viento fresco que al levantarse olía como el agua del río.
Esa presencia me susurraba secretos en el corazón. Yo la llamaba la guía angélica.
La noche en que comienza mi historia, horas antes de dirigirme al altozano, la guía angélica me había revelado que el amor de mi vida se encontraba muy cerca.
Quizás regresaba de su viaje, y aunque pocas veces he usado mi propio don en mi beneficio, deseaba ser la primera persona con quien se encontrara a su vuelta.
Y eso no tenía nada que ver con ningún oráculo.
Sencillamente estaba enamorada de él porque Lorick era diferente al resto de chicos de la aldea.
Era de origen nórdico y todo él, en esencia, me recordaba a los colores del hielo, fríos como el metal, en especial su cabello rubio plata, herencia de sus ancestros.
Aparte de eso, era una especie de lobo solitario, un líder silencioso que no necesitaba la ayuda de nadie para ir abriendo caminos.
No había nada que él no se atreviera a hacer antes que los demás sin vacilar ni temer.
Y otro detalle no menos importante es que me había robado un par de besos en la orilla del río la tarde antes de marcharse.
Bueno, robar no es una palabra que haga justicia.
Quizás el primero sí, aunque los siguientes se los entregué yo misma…
Los jóvenes varones tenían por costumbre emprender un viaje a partir de los dieciocho años.
Lo llamábamos el viaje iniciático. Lo normal era que regresaran a la tribu un par de meses después con algún trofeo que demostrara su madurez y que honrara a su familia.
Lorick prometió que iría a cazar un uro, un toro salvaje, y que volvería con carne para todos, con la piel curtida y con la cornamenta como estandarte.
Pero de eso hacía ya casi un año y los uros no vivían más allá de las mesetas.
Cualquiera podía llegar allí cabalgando en menos de una semana.
A decir verdad, yo no sabía dónde se encontraba exactamente Lorick.
Su padre me lo preguntaba a menudo, yo le respondía que eso era un secreto que solo su hijo podía revelar a su regreso en el caso de que quisiera compartirlo, claro, pues era su viaje iniciático, solo suyo y de nadie más.
En cambio, yo no temía por su vida porque sentía su presencia en la distancia, la guía angélica me hablaba de él, me contaba que estaba bien y fuera de peligro y que muy pronto volveríamos a reunirnos.
Y cuando eso ocurriese… No sé… ¿Me besaría nada más verme?
En el altozano corría más viento que abajo en el poblado.
Tras un invierno largo y gélido, la tierra y las rocas aún no estaban atemperadas.
Sin embargo, el jolgorio de los animales nocturnos procedente del bosque y el perfume de los ciruelos silvestres eran un regalo durante esa noche fría de primavera.
«Allí viene», intuí de pronto. Y no era una premonición. Su silueta se desprendió de las sombras del bosque. Era él, ¡sin duda! Cualquier mujer sabe inequívocamente reconocer al amor de su vida si anda cerca, incluso en la oscuridad.
Me puse de pie dando un respingo y busqué la navaja debajo de mi cinturón, pero estaba tan nerviosa que se me cayó al suelo porque me temblaban las manos.
Los brotes incipientes de los cantuesos amortiguaron el sonido metálico complicando mi tarea de encontrarla a tientas, y tras palpar la tierra un par de veces me sentí tan ridícula que desistí, pues ¿qué manera era esa de recibir al joven del que estaba enamorada?
«No tiene importancia», me consolé. Lorick llevaría una navaja, seguro, o un cuchillo o algo, cualquier objeto afilado con el que cortar mi trenza y entregársela.
Sí: tenía pensado entregarle mi talismán como una alianza mediante la cual me comprometía a ofrecerle mi mano y convertirme en su compañera.
Un momento con el que había fantaseado tantas noches sin dormir durante las últimas lunas. ..
Así que me levanté rápidamente, me sacudí la falda y deslicé no sé cuántas veces mis manos sudorosas y frías por encima de mi trenza.
«¡Es él», exclamé dentro de mí cuando apenas nos separaban una decena de pasos.
Y aquella noche, la noche en que viró por completo el rumbo de mi vida, por primera vez comprendí que mi don no era infalible, o eso creí yo cuando las penumbras de la luna pusieron ante mis narices a un desconocido que no era Lorick.
¿Se trataba de un nómada? ¿O quizás un mercader?
Si cualquiera puede reconocer al amor de su vida entre millones de almas y de voces, sentir su presencia en la distancia, más allá de mares y montañas, y reconocer los latidos de su corazón con los ojos cerrados, ¿cómo diablos pude equivocarme de persona yo, Attaegina, la chica oráculo de mi tribu?