CAPÍTULO 1 #2
─ Uno por uno, cada ángel extrajo de su corazón ese diamante que, como bien les había contado el diablo, brillaba más que el sol, que la luna y que las estrellas.
Y todos le fueron entregados al Ángel de la Codicia.
Pero las alas que les salieron no eran de plumas, sino unas alas membranosas, gangrenadas y retorcidas, cubiertas de pústulas. Alas de diablo.
─ ¡Qué asco! ─opinó Ceres.
─ Mientras tanto, los ángeles que no habían comido las frutas prohibidas se reunieron a pensar una solución para salvar a sus hermanos, los ángeles caídos.
Así que, un día, el Primer Ángel se presentó ante el Ángel de la Codicia que, por cierto, también se hacía llamar Rey de los Diablos, y le propuso algo.
«Sé que te encantan los diamantes, pues, ¿sabes qué?
Que el diamante de mi corazón brilla más que ninguno de los que ya tienes».
«Y eso, ¿por qué?», le preguntó el diablo, que no se lo creía mucho.
«Pues porque soy el ángel más antiguo de todos y mi diamante es el más grande y lleva más años brillando.
¿No te gustaría tenerlo?». El Ángel de la Codicia, que era muy pero que muy listo, se lo pensó bien porque suponía que había alguna artimaña en el trato.
«¿Tú me das el diamante de tu corazón así, sin más?
Es imposible que exista alguien tan generoso.
¿Qué pides a cambio?». El Primer Ángel no dijo nada.
Él mismo se sacó el corazón, que efectivamente irradiaba más luz que ningún otro diamante del mundo, y se lo puso amablemente en las manos.
«Te lo doy porque sé que lo necesitas más que yo», pudo decirle antes de morir, «y te perdono por tu maldad, a ti y a todos esos ángeles a los que convertiste en diablos con tu fruta envenenada».
─ Pero, ¿por qué hizo eso? ─preguntó Tauh─. Yo lo habría matado.
─ Porque el Primer Ángel era muy sabio y también muy bondadoso, y su corazón brillaba tanto que el Ángel de la Codicia no pudo soportarlo, así que se hizo pequeño, cada vez más pequeño, hasta desaparecer.
Y a cambio, todos los ángeles que se habían vuelto diablos dejaron de ser diablos.
Pero no recuperaron sus alas de plumas ni volvieron a ser ángeles.
─ ¿Por qué? ─preguntó Ceres─. Esa es la parte que no entiendo. Si ya se había solucionado todo, ¿es que los castigaron ?
Me encogí de hombros. ¿Qué habría hecho yo con Ceres y con Tauh si hubiesen comido la fruta prohibida?
─ No, no era un castigo. Era, en realidad, la consecuencia de sus propias decisiones, y necesitaban aprender algunas cosas antes de volver a tener alas.
Creta, de vez en cuando, nos miraba de soslayo como si fuésemos estúpidos.
─ Pero, ¿y la lluvia? ─me recordó Tauh. Ese capítulo siempre les interesaba mucho.
─ Vale. La lluvia empezó ese día y no paró hasta que pasaron tres lunas…
─ Esa es la parte que le da miedo a Galatis ─le susurró Ceres a Tauh.
─ Algunos, que ya lo sabían de antes, habían construido unos barcos bien grandes.
En total, tres. Los habían llenado con sus hermanos los animales y con semillas de todas las plantas que existían.
Entonces el mundo se dividió: los ángeles con alas se fueron a vivir a las nubes y los ángeles sin alas se montaron en esos barcos y buscaron un nuevo país.
Y cuando la lluvia cesó, divisaron unas islas a lo lejos.
─ Y llegaron a Caliza ─afirmó Ceres.
─ No, idiota ─la corrigió Tauh─. Todo el mundo sabe que llegaron primero a Teff.
─ Pues el abuelo Tiresias me contó que primero fue Caliza.
─ ¿Cómo va a ser Caliza, tonta? Si Caliza está en el centro.
─ Bueno, da igual ─los interrumpí antes de que entraran en un bucle interminable de insultos y reproches─, cuando llegaron a tierra la llamaron Nueva Pangea.
Entonces, decidieron quedarse. En cuanto a los diablos de verdad y a su rey, si es que sobrevivió alguno, se quedaron atrapados por el agua en la Antigua Pangea y nunca más, nunca, han vuelto a salir de allí.
─ ¿Y cómo es que el abuelo viajó en una de esas naves?
─preguntó Tauh. Me limité a encogerme de hombros.
Nadie conocía la explicación aunque todos nos lo preguntábamos.
Estaba agotada de hablar y aquella historia, sin entender por qué, me consumía cada vez que la narraba, como si yo misma hubiera estado allí, en la Antigua Pangea, con los ángeles y con los demonios, sorteando la terrible Lluvia Larga.
─ Bueno, eso nunca va a volver a pasar, ¿a que no? ─dudó Ceres esperando que fuera yo quien decidiera el destino de nuestro mundo.
─ Pues claro que no, boba ─le respondí. Siempre se quedaba más tranquila cuando yo decía eso. En cambio yo me sentía incómoda, como si le estuviera mintiendo.
Creta nos había escuchado con atención sin abrir la boca, sin mirarnos siquiera, enfrascada en algún pensamiento profundo. Y la lumbre, ahora sí, comenzaba a zozobrar. Supuse que el fuego también se cansaba al final de cada jornada.
Mis hermanos comprendieron que yo había cumplido con mi parte del trato, así que me dieron las buenas noches satisfechos y se fueron a dormir.
Pero antes, me acerqué a cada uno para darles la bendición.
Con la yema de mi dedo pulgar dibujé en sus frentes mi símbolo preferido de protección: una cruz dentro de un círculo trazado de este a oeste.
Para mí simbolizaba la figura del Primer Ángel, con sus alas abiertas y el aura del brillo de su corazón rodeando su cuerpo.
Primero Tauh, luego Ceres. Después cogí en brazos a Galatis para llevarla a su cama.
En ese momento abrió los ojos y me miró.
─ Oye ─murmuró adormecida─, ¿cuándo vas a hacernos magia?
La abracé con fuerza y sonreí, conmovida.
─ Mañana, cariño. Ahora es tarde y tienes mucho sueño.
Cerró los ojos de nuevo y se quedó dormida al instante.
A Creta no le hacía la bendición desde hacía ya varios años. A las dos nos habría avergonzado porque ambas éramos mujeres. Unas tímidas buenas noches escaparon de sus labios y yo le correspondí. Después me metí debajo de las mantas con Galatis y esperé a que todos se durmieran. Yo no pegué ojo .
El canto del autillo sonaba en el olivar.
Era la melodía aflautada de las noches de primavera.
Su ritmo monótono acompañó los interminables pensamientos, reflexiones y preocupaciones que no me permitieron ni siquiera media hora de descanso.
Pensaba en mi familia, en mis muchas responsabilidades, en mi cometido con la tribu y con el consejo.
Pero sobre todo, esa noche no podía parar de pensar en Lorick.
Hacía casi un año que se había marchado de Caliza.
¿A dónde lo habían conducido sus pasos en solitario?
Mientras tanto, y ajena a los ruidos del campo y a los cuentos que daban miedo, la pequeña Galatis dormía plácida junto a mi cuerpo.
Entonces me incorporé despacio, sin hacer nada de ruido, y abandoné la cama.
Yo tenía dieciocho años. Los había cumplido el día más frío del invierno, el que más nevó.
Llevaba el cabello muy largo, casi por las caderas, y esa noche me lo recogí en una trenza apretando bien los mechones con los dedos, cuidando hasta el mínimo detalle para que fuera simétrica y perfecta, sin espigas, y la sujeté por ambos extremos con cintas de cuero.
Mi trenza siempre fue como un talismán para mí.
Sobre la repisa de la chimenea reposaba la navaja de Tauh. Me la guardé debajo del cinturón, me calcé y, echándome una capa de lana por encima de los hombros, me dispuse a salir de casa.
Aún faltaba un par de horas para que saliera el sol de un nuevo día, pero mi corazón había latido desbocado desde el atardecer.
La luz de la luna creciente, casi llena, acariciaba las dehesas, y el rocío de la madrugada enfatizaba el olor dulce que las jaras prestaban a la brisa.
Mis pasos, sin embargo, se dirigían más lejos, hacia el altozano, porque yo sabía, y lo sentía en mis entrañas, que antes del amanecer me iba a encontrar allí con el amor de mi vida.
Mi auténtico nombre es Attaegina. Me lo pusieron por mi madre, que en paz descanse.
Es cierto que me parezco mucho a ella, según cuenta mi padre.
Sin embargo no tengo su mirada. Dicen que nunca ha habido nadie en Bérika con estos, mis ojos, extraños, iridiscentes, de un color gris claro que recuerda al claro de luna reflejado en las aguas del pantano.
«Rarezas», lo justificaban los ancianos, como cuando crecen violetas blancas, unos años sí y otros, no, o cuando las flores de las capuchinas, procediendo de una misma planta, salen de cinco colores diferentes sin que nadie conozca la explicación.
Mis habilidades sobrenaturales tampoco tenían explicación, pues era desde niña el oráculo de mi tribu.
Apenas tenía seis años, como mi hermana Galatis, cuando comencé a recibir mis primeras premoniciones.
Supe prevenir tormentas devastadoras, una plaga que nos habría dejado sin cosecha y no pocos accidentes.
Anunciaba a las embarazadas si traían varones o hembras y cuántos iban tan solo poniendo una mano sobre sus barrigas.
Si yo me acercaba a alguien y le decía «hoy no salgas del poblado», nadie ponía en duda mi palabra.
Era frecuente enterarse al día siguiente de que mi advertencia les había salvado de una jauría de lobos, de una panda de bandoleros o de que un rayo los partiese en dos.