El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1)
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CAPÍTULO 1
─ Atti, ¿por qué nunca nos cuentas la historia del Ángel de la Codicia?
─protestó Ceres colocándose un chal sobre los hombros.
Detestaba que el nombre de esa bestia fuera pronunciado, pero aún más que lo hicieran mis hermanos pequeños.
Era como si, en sus labios, se volviera todavía más peligroso, más real.
Aunque, en teoría, no era más que una leyenda, un cuento de viejos, según algunos.
A Ceres no le bastó mi silencio por respuesta.
Ella solo tenía once años, pero de todos nosotros era a la que menos miedo le daban las leyendas del pasado.
Evité cruzarme con su mirada porque sabía que, si encaraba de frente sus ojos de aceituna, tendría que justificarme con esa niña como si estuviera ante los ancianos del consejo.
Era más terca que la peor de nuestras cabras, aunque no más que yo.
─ De ninguna manera ─negué con la cabeza. Ante todo, yo era la hermana mayor de cinco hijos en una familia sin madre. No podía ceder.
─ Pero es que… Yo quiero que la cuentes ─insistió. A pesar de lo tarde que era, esos ojos relucientes, abiertos como dos soles desafiando a la noche, me atravesaban la espalda como dos molestas picaduras de avispa. No le respondí. Ella insistía, insistía─. Pero es que…
─ A Galatis le da miedo, imbécil ─le respondió Tauh con aspereza. Era el único varón, dos años mayor que Ceres. Ambos se parecían tanto que, en otra circunstancia, podrían haber sido mellizos.
─ Galatis está dormida ─refunfuñó ella─. ¿No ves que es pequeña? Nunca se entera de nada…
─ Os da miedo a todos ─resolví─, por muy mayores que os creáis. Así que ya podéis ir pensando en otra historia .
Desde el lugar de honor que corresponde a todo cuentacuentos, nada más ni nada menos que una banqueta coja junto a la lumbre, observé a Galatis.
Efectivamente, la menor de los Mentastro había caído presa de un sueño pesado y profundo.
A menudo, después de la cena, se quedaba dormida en un rincón arrebujada en una manta mientras jugaba con su muñeca de esparto.
Era tan menuda todavía, y tan vulnerable, que hacía brotar en mí un extraño instinto maternal.
Al fin y al cabo, la pobre Galatis apenas se acordaba ya de nuestra madre.
Me acerqué a ella tratando de no hacer ruido, aunque ni siquiera las discusiones de Ceres y Tauh eran capaces de despertarla.
Eso ya lo sabíamos. Su tez poseía el color del trigo maduro, como la mía, solo que en su tierna piel de niña, a diferencia de mí, el sol no había tenido tiempo de sembrar una sola peca. Le besé la frente y la arropé mejor.
─ ¡Que os calléis ya! ─ordenó Creta con un susurro seco─. Si seguís así se despertará hasta el abuelo…
Al escucharla, Ceres y Tauh rompieron a reír.
A menudo se ponían de acuerdo en sus travesuras como si uno leyera la mente del otro sin siquiera haber mediado palabra.
Pero claro, se reían porque nuestro abuelo llevaba dormido más de cien años, más de doscientos, ¿existía algo que pudiera despertarlo?
─ ¡Padre necesita descansar! ─replicó Creta, ahora sí, alzando la voz─. Es época de siembra, padre tiene mucho trabajo.
Todos enmudecimos de golpe, hasta los grillos del patio.
Y es que Creta, incluso sin abrir la boca, desprendía una energía belicosa, como de guerrera o amazona.
Yo le sacaba un año, un mes y un día, bromas de la vida, sí, pero a ella le daba rabia, pues lo interpretaba como si yo siempre quisiera quedar por encima.
El caso es que ambas aparentábamos la misma edad, de hecho Creta era un poco más alta que yo.
A menudo pensé que ella ejercería como una excelente hermana mayor en el caso de que yo tuviera que ausentarme.
En realidad no congeniábamos mucho porque, a excepción de nuestro apellido, no teníamos nada más en común.
Mi hermana había heredado el cabello negro y fosco de nuestro padre, yo la melena lacia de nuestra madre, tostada como la miel de encina.
Ella montaba a los caballos más díscolos, se iba con los muchachos a cazar liebres y a pescar truchas.
A mí, sin embargo, la tribu me había asignado otras funciones y me tenía reservados ciertos planes: y es que yo era la chica oráculo, la adivina, y mi papel era de vital importancia en la pequeña aldea de Caliza, un poblado de campesinos y pastores en el corazón de Bérika, región conocida por sus tórridas mesetas al sur y sus abruptas cordilleras al norte.
─ Está bien, os la contaré ─me decidí con resignación con tal de no escucharlos replicar más.
Ceres y Tauh intercambiaron una sonrisa de triunfo y yo me enternecí por dentro al notar su fascinación: se hacían mayores, pero todavía eran niños.
Además, conocía el efecto que ese cuento provocaba en todos los muchachos de Bérika.
Por si acaso busqué la aprobación de Creta, aunque mi siguiente hermana se encogió de hombros con un punto de resignación mientras recargaba su carcaj con flechas que fabricaba ella misma─. Solo una historia y a dormir.
Trato hecho. Ceres se sirvió otra taza de achicoria y Tauh se puso a afilar su navaja.
En cuanto a mí, tomé aire y empecé a tener aquella sensación vívida que me invadía cuando narraba las viejas leyendas, el extraño sentimiento de cuando escarbaba en las memorias del mundo antiguo, como si dejara de ser yo para comenzar a pensar con la mente de otra persona, alguien a quien ni siquiera había conocido.
─ Hace mucho, mucho tiempo, nuestros antepasados vivían en un país muy grande y hermoso al que llamamos la Antigua Pangea ─comencé─.
Había ríos, lagos, cascadas, mares, todos llenos de peces.
Y grandes bosques, con grandes encinas llenas de bellotas, inmensas zarzamoras, y tierra llena de frutas…
Pero la gente no comía peces ni bellotas ni frutas porque no lo necesitaba.
La gente comía luz del Abuelo Sol, luz de la Abuela Luna, agua de manantial y también viento fresco cuando este soplaba desde el norte.
Y eso es porque los habitantes de la Antigua Pangea eran ángeles.
Me detuve un momento porque sentía frío y calor a la vez.
Ceres y Tauh me escuchaban muy pensativos, creo que se imaginaban a sí mismos con un par de alas emplumadas en la espalda.
Un leño calcinado por el fuego de toda la tarde se partió en dos y crujió, dejando caer un trozo junto a mis pies descalzos.
Me agaché, lo recogí con la pala de hierro y lo eché de nuevo a las llamas para tener un rato más de calor, al menos hasta que acabara la narración.
─ La gente no necesitaba cargar leña ni prender fuego ─continué mientras me sacudía una pizca de ceniza de la falda─.
En su lugar, poseían cristales mágicos que emitían luz, calor, incluso melodías.
Era un mundo de paz, las personas sabían hablar con los árboles y aprendían medicina de las flores.
Padre Cielo y Madre Tierra les daban todo cuanto necesitaban.
Pero un día llegó un ángel distinto, de mirada perversa, y les preguntó a los demás: «¿Queréis ser como Ellos?
¿Queréis saber todo lo que saben Padre y Madre?
Pues venid conmigo y os enseñaré la manera. ..».
─ Y los engañó a todos, ¿a que sí? ─preguntó Ceres.
─ Pues claro ─le respondí─, porque en realidad era un diablo, aunque pareciera un ángel.
Algunos se dieron cuenta enseguida, pero solo unos pocos.
Los demás creyeron sus palabras. Entonces el Ángel de la Codicia, que así es como se llamaba, los llevó hasta un árbol cargado de todas las frutas que podáis imaginar, en sus ramas crecía la preferida de todo aquel que se acercara, y les dijo: «Si coméis cualquiera de estas frutas, seréis como Padre Cielo y Madre Tierra.
No, ¿qué digo? ¡Seréis mejores!» Y, ¿sabéis qué hicieron?
─ Se comieron todas las frutas, todas ─añadió Tauh sin levantar los ojos de la hoja de su navaja.
─ Bueno, no todas, pero sí una fruta cada uno.
Y esas frutas estaban envenenadas con todos los males del mundo, así que los ángeles, después de comérselas, comenzaron a sentir envidia, egoísmo, rabia, avaricia…
Y se les cayeron las alas. Aunque eso no fue lo peor: también empezaron a enfermar, a tener hambre y sed, y por más que comían y bebían, no se saciaban jamás.
Tenían sueño pero no podían dormir, tenían frío pero la luz del Abuelo Sol no les calentaba.
Querían hablar con sus hermanos, los árboles, pero ya no eran capaces de entenderlos.
Y entonces se dieron cuenta de que se habían convertido ellos también en diablos.
Ceres y Tauh nunca habrían reconocido la inquietud que les producía esa parte. Yo sabía que removía algo en su interior. Incluso a mí me daban escalofríos solo de pensar en ese horrible Ángel de la Codicia. Pero, al fin y al cabo, solo era una leyenda…
─ Se enfadaron mucho, imaginaos, pero el Ángel de la Codicia, que era aún más listo, les dijo: «Traedme cada uno un diamante y os devolveré las alas, entonces seréis ángeles de nuevo».
«Pero, ¿de dónde vamos a sacar un diamante», protestaban ellos.
El Ángel de la Codicia sonrió con crueldad.
«¿Es que Ellos nunca os lo han contado?» les preguntó señalándose el pecho con un dedo.
«Ellos os pusieron a cada uno de vosotros un diamante aquí dentro, en el corazón, un diamante que brilla como el sol y como la luna juntos y más que todas las estrellas del firmamento.
A todo el que me entregue su diamante, yo le devolveré las alas».
─ Y les mintió de nuevo ─dijo Ceres. Asentí con la cabeza.
─ Pues claro que era mentira, el Ángel de la Codicia quería todos esos diamantes solo para él.
─ Y los rajaba en canal, con un cuchillo, para sacarles el corazón ─comentó Tauh, a quien últimamente le encantaba hablar de cosas escabrosas.
─ ¡Tauh! ─lo reprendí.
─ Que sí, perdón ─se disculpó. Y proseguí: