El Mensaje de las Tres Liebres Capítulo 10 — Heidelberg #9
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Capítulo 10 — Heidelberg #9

Liang rápidamente revisó los pasos lógicos que había programado: básicamente, le había dicho al algoritmo que probara interpretar los datos astronómicos en busca de eventos notables.

El planisferio de Samarcanda, al ser comparado con efemérides, arrojó un par de posibilidades: uno correspondía a unos mil quinientos años atrás (¿515?

Curiosamente el año de la carta del monje Iacobus, notó Liang con un escalofrío), y otro correspondía a 2027.

El algoritmo había optado por el futuro cercano porque encajaba mejor al introducir los demás parámetros.

Liang escribió la suma en el margen: 515 + 1512 = 2027 .

Vanesa pareció leerle el pensamiento.

—515… fue la última vez que casi logran completarlo, según Dvořák —dijo ella, su voz apenas un susurro. Y ahora 2027 aparecía como la próxima ventana.

—Quizá haya ventanas temporales cíclicas en que este “portal” puede abrirse —reflexionó Liang en voz alta—. Y por eso los intentos pasados coincidieron con fechas específicas críticas.

La idea de ciclos cósmicos que definían cuándo el Mensaje podía o debía completarse los hizo sentir por un momento partícipes de algo mucho más grande que ellos mismos.

—¿Y qué hay del instrumento? —preguntó Vanesa, con impaciencia. Sabían ahora un cuándo posible, pero ¿el qué?—. ¿Dijo algo más el resultado?

Liang revisó la salida de la consola. Había otra sugerencia encriptada en vectores conceptuales, no tan clara en lenguaje llano.

Mostraba una serie de términos relacionados con “comunicación”, “óptica”, “código”, “clave”.

Era como si el sistema estuviera indicando que el instrumento podría ser una especie de dispositivo comunicativo.

Mezclaba referencias: mencionaba “lingua franca”, “clave Políglota”, “mechanism decode”.

—Parece señalar que el instrumento es algo para decodificar o comunicar entre diferentes lenguajes —interpretó Liang—. Una especie de piedra de Rosetta universal, o un artefacto que traduce entre el cielo y la tierra… No lo sé.

Vanesa se pasó la mano por la barbilla, pensando.

“Puerta del cielo” y “mecanismo” juntos le traían a la mente leyendas antiguas, pero también algo más moderno: el radiotelescopio de Arecibo, el mensaje enviado al espacio en código binario en los años 70...

Eran intentos humanos de comunicarse con lo celestial.

¿Y si el mensaje era en realidad un método para comunicarse con una inteligencia superior o extraterrestre?

Inmediatamente se reprimió: no quería deslizarse hacia teorías extravagantes sin evidencias claras.

Además, había prometido que no se dejarían llevar por interpretaciones pseudocientíficas.

Mejor ceñirse a lo que tenían: símbolos concretos.

—Quizá un lenguaje matemático universal —dijo en cambio, traduciendo su idea a términos más aceptables—. Un protocolo para... descifrar algo.

—¿Y si el instrumento no es un objeto sino un conjunto de instrucciones? —planteó Liang—. Un algoritmo, propiamente dicho, que cuando se ejecuta produce esa verdad completa.

Al decirlo, se dieron cuenta de la coincidencia: precisamente ellos estaban usando un algoritmo para recombinar el mensaje. ¿Era posible que lo que estuvieran montando fuera ya en sí ese instrumento? Un modelo conceptual que, al alimentarlo con las piezas, devolvía la respuesta.

Vanesa sintió un escalofrío. ¿Serían ellos, sin saberlo, los constructores del mecanismo final?

Dvořák había dicho “no completen el signo”.

Pero ellos ya habían avanzado más que nadie.

Quizá “el signo” no era simplemente pegar piezas, sino crear un aparato intelectual (algorítmico) que permitiera que el signo “hablara”.

—Wei… —dijo despacio—, creo que nos estamos convirtiendo en lo que la orden temía: en los ensambladores efectivos del mensaje.

Liang giró la silla para enfrentarse a ella. La vio bajo la luz blanca de la pizarra, con esos garabatos de idiomas detrás, y a pesar de su expresión seria, percibió en Vanesa un fulgor indudable de emoción. Quizá de temor también, pero no paralizante.

—Sí —admitió—. Y al mismo tiempo, soy consciente de que estamos haciendo lo correcto.

Vanesa esbozó una sonrisa cansada.

—Lo sé. Yo también.

Bajó la mirada hacia la pantalla. El algoritmo les devolvía pistas, sugerencias. No respuestas empaquetadas, pero sí los indicios de que la ruta era la acertada. Habían conseguido coherencia donde antes solo había fragmentos aislados. Como mínimo, eso validaba años de trabajo e intuiciones.

—Mira —dijo suavemente, tocando la pantalla con la uña para no dejar huella—: “lingua franca”, “clave políglota”… Me recuerda al símbolo en sí. Tres especies distintas encontrando un paso común.

Liang contempló las palabras resaltadas por Vanesa.

—El instrumento podría ser el propio acto de unificación —dijo en un hilo de voz—. Es decir, el mensaje quizá se “activa” al unir colaboradores de diferentes culturas.

Era una interpretación un tanto abstracta, pero seductora: el mensaje solo emergía cuando existía cooperación transcultural, símbolo viviente de unidad.

Vanesa sintió un leve nudo en la garganta. Si eso era cierto, ellos dos, una historiadora española y un científico chino, colaborando en Alemania con retazos de medio mundo, eran justo la antítesis de Babel; estaban practicando la unión de lenguas. Y el Mensaje respondía.

Hubo un momento de silencio absoluto en el laboratorio.

Ambos absorbían el peso de lo que habían logrado en esas horas febriles.

Afuera, el viento gélido golpeó la ventana, produciendo un crujido.

Liang y Vanesa intercambiaron una mirada alerta, casi esperando que alguna figura emergiera en la oscuridad tras el cristal, atraída por su hallazgo.

Pero no había nadie, solo sus propios reflejos vagamente delineados.

Vanesa consultó su reloj: las 3:30 de la madrugada. Sentía el agotamiento en cada músculo, pero su mente chispeaba despierta.

—Tal vez deberíamos terminar por hoy —propuso con cautela—. Tenemos mucha tela que cortar con todo esto, pero conviene descansar y revisarlo con cabeza fresca mañana.

Liang dudó, tentado de seguir, pero reconoció la sabiduría de esa pausa. Además, quedarse allí toda la noche incrementaba la posibilidad de ser descubiertos por cualquiera a primera hora.

—Tienes razón —aceptó al final. Guardó los archivos cuidadosamente en un par de memorias externas cifradas—. No quiero dejar nada en el disco local, por seguridad.

Vanesa se dispuso a recoger las impresiones.

Mientras lo hacía, su mirada volvió a la pizarra.

Allí, rodeado de palabras en varios idiomas, quedaba dibujado con sencillez el motivo de las tres liebres, el mismo esquema que había hecho para centrar las ideas.

Le llamó la atención que Liang, al marcarlo con flechas como fases, prácticamente lo había convertido en un diagrama de un mecanismo giratorio, como un engranaje de tres puntas.

¿Y si ese símbolo era en sí una representación gráfica del instrumento?

Un mecanismo cíclico, colaborativo, tres partes moviéndose al unísono para propiciar algo en el centro.