Capítulo 10 — Heidelberg #10
—El símbolo mismo podría ser un esquema del funcionamiento del mensaje —dijo ella pensando en voz alta, apuntando con el dedo las liebres dibujadas.
—¿Por la rotación? ¿El movimiento cooperativo? —Liang apagó el ordenador y se acercó con su mochila al hombro.
—Sí… Como un instructivo oculto a simple vista. Tres elementos distintos, avanzando juntos, generando algo en su convergencia. Quizás nos esté diciendo: solo la colaboración de al menos tres fracciones de la humanidad puede “hacer girar la rueda” y decodificar la verdad.
Liang sonrió admirado.
—Si es así, nosotros hemos sido fieles al guion —dijo—. Y quizás por eso estamos teniendo éxito donde otros fallaron.
No lo expresó, pero ambos recordaron que intentos previos tal vez sucumbieron porque ocurrieron en contextos más cerrados (un monasterio, un círculo europeo colonial, un solo sabio persa). En cambio, ellos venían de distintos horizontes y sumaban voces de varias culturas.
Con sumo cuidado, borraron la pizarra. No querían dejar rastro visible de sus deducciones en caso de que alguien entrase al laboratorio por la mañana.
Reunieron los papeles, apagaron la lámpara y salieron, asegurándose de no olvidar nada.
Liang revisó dos veces que llevaba encima las memorias con todos los datos.
Cerraron la puerta con llave tras de sí, internándose en el pasillo en penumbras. Dejaron que la pesada tranquilidad de la noche universitaria los envuelva mientras salían del edificio.
Afuera, el aire era fresco y limpio tras la lluvia. Las nubes comenzaban a desgajarse, dejando ver pedazos de cielo nocturno. Ironías del destino, pensó Vanesa: ahora cada vez que mirara las estrellas no podría evitar preguntarse si ahí arriba aguardaba la culminación de este mensaje milenario.
Caminaron juntos por el patio adoquinado, con sus pasos resonando ligeros. Pasaron frente a una estatua de la Sapientia (la Sabiduría) que adornaba la entrada principal, sus ojos de piedra vigilando silenciosos. Ninguno habló hasta llegar a la calle, donde unas farolas tiritaban luz ámbar.
—Ha sido una buena noche —murmuró Liang al fin, con una sonrisa cansada dibujada en el rostro.
—Lo ha sido —asintió Vanesa, devolviéndole la sonrisa.
Mientras se alejaban del campus rumbo a su pensión, un sentimiento mixto les acompañaba: satisfacción inmensa por los avances logrados y, a la par, una anticipación temerosa por lo que vendría.
Habían encendido el motor del algoritmo que ensamblaba el mensaje.
Las primeras señales coherentes estaban ahí, destellando como luciérnagas en la oscuridad.
Ahora tendrían que interpretarlas plenamente y, llegado el momento, decidir qué hacer con esa verdad reconstruida.
La advertencia de la orden secreta pendía sobre ellos, sí, pero cada vez pesaba menos comparada con la emoción del descubrimiento.
Aun así, ambos sabían que debían moverse con prudencia.
Ahora que el sistema empezaba a revelar la estructura del Mensaje, posiblemente atraerían más atención indeseada, tanto de la orden como de otros que Dvořák insinuó podrían existir.
Sin decirlo explícitamente, acordaron en silencio reforzar su discreción: días por venir trabajando en horarios atípicos, fraccionando tareas entre lugares, comunicándose en clave si era necesario. Todo con tal de proteger el alumbramiento de esa verdad oculta.
Al doblar la esquina, Vanesa miró atrás una última vez hacia la silueta de la universidad.
En el firmamento, casi oculto tras jirones de nubes, brillaba el faro constante de la Estrella Polar.
Pensó en aquella sugerencia: 21 de diciembre de 2027.
¿Sería esa la cita señalada? Faltaban poco menos de dos años, apenas nada en comparación con los siglos que llevaba gestándose este enigma.
¿Lograrían descifrarlo todo para entonces? ¿Y qué debería pasar en esa fecha?
—Una cosa es segura —comentó quedamente, retomando la marcha junto a Liang—: con cada paso que damos, entiendo mejor por qué los anteriores se asustaron y por qué nos quisieron detener.
Liang metió las manos en los bolsillos, protegiéndolas del frío.
—Pero también entiendes mejor por qué nosotros seguimos, ¿no?
Vanesa pensó en ello unos instantes, viendo mentalmente las liebres corriendo en círculo sobrepuestas con caracteres, estrellas y números.
—Sí —afirmó—. Seguimos porque, al fin y al cabo, esto va de conectar todo lo que amamos: conocimiento, culturas, historia, ciencia. Es... hermoso.
Liang sonrió en la penumbra. Era la primera vez en días que escuchaba a Vanesa hablar sin rastro de miedo en la voz, solo con reverencia y entusiasmo.
—Lo es —coincidió.
Y juntos se internaron en la calle húmeda y silenciosa, sabiendo que el algoritmo ya estaba en marcha, y que con cada nueva iteración los acercaría más a la revelación completa.
Con cada paso, el eco de sus pisadas parecía marcar el compás de un mecanismo invisible —tal vez aquel que el símbolo ancestral representaba—, un engranaje que ahora giraba un poco más rápido en dirección al misterio final de las Tres Liebres.