Capítulo 10 — Heidelberg #8
—Tal vez deberíamos traducir todo a una representación común, como dijiste.
Podríamos intentar codificar cada cosa semánticamente.
Por ejemplo: cielo/Polar - algo con astros; puerta - acceso, llave; mecanismo/máquina - instrumentación; verdad/plenitud - realización final; números 1-5-10 - quizá un patrón decimal o escalonado…
Hizo una pausa y concluyó casi en broma:
—Suena a que estamos armando un acertijo digno de Indiana Jones.
Vanesa soltó una risa breve, más por liberar tensión que por humor efectivo.
—Y sin nazis, al menos por ahora —dijo, siguiendo la broma—. Solo monjes medievales y sociedades secretas.
Liang se levantó estirando los brazos. Notaba sus cervicales rígidas por encorvarse ante la pantalla. Miró el reloj: las 2:47 a.m. Se acercó a la ventana y apartó un resquicio de la persiana. Afuera, la lluvia se había detenido. El adoquinado brillaba bajo la luz de un farol. No se veía un alma.
—¿Café? —preguntó.
—Por favor —asintió Vanesa, que apenas había bebido agua en las últimas horas y empezaba a notarlo.
Liang fue hasta la pequeña cocina contigua al laboratorio, donde afortunadamente había una cafetera de filtro.
Mientras esperaba a que el negro elixir gotease, se encontró mirando su reflejo cansado en la ventana de la kitchenette.
Pensó fugazmente en Dvořák, en la advertencia: “Tómense unos días. Decidan con la cabeza fría.” Ironías del destino, ellos habían decidido con la cabeza ardiendo de determinación.
Y ahora, al ver cómo las piezas encajaban, Liang sintió que tenían razón al seguir adelante.
Nada de lo que estaban descubriendo le parecía malicioso en sí; es más, tenía la cualidad de un conocimiento hermoso, sinónimo de unidad en la diversidad.
Regresó con dos tazas humeantes. Vanesa había aprovechado para volcar las ideas de la libreta en la pizarra blanca, en un intento de ver conexiones de forma más visual.
Había escrito palabras clave en distintos colores: “CIELO/ESTRELLAS”, “PUERTA/LLAVE”, “VERDAD/COMPLETO”, “INSTRUMENTO/MÁQUINA”, “1-5-10”, “NO ALTERAR SEÑALES”, y las rodeaba con círculos.
Algunas conectaba con flechas señalando a un centro, donde simplemente había dibujado tres liebres en rotulador negro.
—Todo esto… —dijo ella, dándose vuelta al oírle llegar— ¿qué te sugiere?
Liang contempló el mural improvisado mientras sorbía con cuidado el café (estaba demasiado caliente y fuerte, pero era justo lo necesario). Dejó su taza en la mesa y tomó un marcador él también.
—Me sugiere fases —dijo. Y dibujó tres flechas sobre las liebres del centro, separándolas a 120 grados unas de otras, como si fueran segmentos de un reloj o etapas de un ciclo—. Tres partes, quizá tres fases de algo. No sé por qué, pero “1, 5, 10” me hace pensar en escalones. Como niveles.
—¿Niveles de conocimiento? —propuso Vanesa, interesada.
—O niveles de preparación —añadió él, recordando los argumentos de la orden secreta—. Ellos decían que la humanidad debía estar preparada, madura, etcétera.
Vanesa frunció el ceño, resistiéndose a pensar que los guardianes tuvieran la única visión correcta.
—¿Y si es al revés? ¿Y si el mensaje sirve para preparar a la humanidad? —reflexionó—. Es decir, no que la humanidad deba estar lista para él, sino que el mensaje la haría estarlo.
Esa idea se quedó flotando. Liang admiró la perspectiva de Vanesa: era darle la vuelta al dilema casi filosófico que los atormentaba.
¿Podría ser que la entrega del mensaje fuera precisamente el catalizador para que la humanidad alcanzase esa anhelada madurez, en lugar de la guinda de un proceso previo?
—Posible —concedió—. Aunque no sabremos hasta interpretarlo completo.
Se sentó de nuevo frente al ordenador, con energía renovada por la cafeína. Empezó a teclear código para crear un “espacio común” donde traducir todos esos fragmentos. Decidió codificar conceptos clave:
“Cielo/Estrella/Polar” lo agrupó como concepto ASTRONOMÍA/TIEMPO (porque las estrellas permiten medir el tiempo y calendarios).
“Puerta/Llave/Mecanismo” lo agrupó como concepto INSTRUMENTO/ACCESO (una máquina que abre una puerta, suena a herramienta crucial).
“Verdad/Completo/No alterar señales” lo agrupó como concepto MENSAJE/INFORMACIÓN PURA (la idea de verdad íntegra, sin distorsión).
“1-5-10” lo dejó como PATRON NUMÉRICO (posiblemente escalas u orden de magnitud, tal vez indicando secuencia temporal o cantidad de elementos).
También añadió, por intuición, “Unidad” como concepto, viendo que diferentes culturas decían partes pero repetían la idea de conexión: la orden secreta misma empleaba “Unidad” (Unitas) en su medallón.
Vanesa observaba en silencio cómo Liang transformaba palabras en variables abstractas en su pantalla. Era un proceso curioso: traducir lo traducido, volverlo fórmula.
Cuando Liang terminó, había construido una especie de matriz conceptual.
Cada cultura aportaba valores a diferentes ejes: la china y la islámica claramente se alineaban con el eje astronómico (cielo y estrellas); la europea con el eje instrumental (mecanismo, números, puerta); la hebrea e islámica con el eje de verdad/mensaje (verdad, no alterar señales).
Todas tocaban de alguna forma la idea de completitud o unidad , implícita o explícitamente (la triada de liebres misma, la repetición triple de “emet”, el triángulo con tres números, etc.).
—Si esto fuera un rompecabezas —dijo Liang—, yo diría que apunta a: un instrumento (o mecanismo) que abre una puerta o posibilita algo, relacionado con el cielo/tiempo , que debe usarse cuando las señales estén alineadas o sin alterar , para revelar la verdad completa .
Vanesa se acercó despacio. Al oírlo en voz alta, casi sonaba a sentencia profética, pero compuesta de términos académicos.
—Un instrumento… que cambia el curso —murmuró ella, completando mentalmente con las palabras de la medalla de Dvořák: “Instrumentum quod mutat cursum” .
Liang la miró, reconociendo la referencia. Claro: la orden de las Liebres sabía que era un instrumento. Instrumentum decían.
—Entonces tal vez nuestro algoritmo tiene que figurarse qué es ese instrumento y cuándo usarlo —dijo él con renovada excitación.
Comenzó a repasar las piezas con un nuevo enfoque:
Astronomía/tiempo: esto sonaba al cuándo . Quizá una fecha o alineación estelar crítica. El planisferio de Samarcanda seguramente encerraba una fecha en particular, un evento celeste concreto.
Instrumento/mecanismo: esto era el qué . Algún tipo de dispositivo físico o conceptual que permitiría “abrir la puerta del cielo”, metafóricamente hablando. ¿Un telescopio? ¿Un tipo de cálculo astrológico? ¿Una máquina?
Verdad completa/no alterar señales: esto sonaba al método o la condición: había que enviar o recibir algo sin distorsión.
Quizá describía la necesidad de mantener la pureza del mensaje al transmitirlo, o que la señal del cielo debía recibirse tal cual.
Podría aludir a un protocolo de comunicación … ¿Comunicación con quién o qué?
Vanesa se sentó en la mesa, no en la silla, y cruzó los brazos.
—¿Te das cuenta? —dijo, entre maravillada y preocupada—. Estamos hablando de la posibilidad de que alguna cultura antigua concibiera un mecanismo para… ¿contactar con el cielo? ¿Liberar conocimiento de las estrellas?
—O de “arriba” en sentido amplio —apostilló Liang—. Puede ser metafórico. Quizá “cielo” signifique lo divino, o lo cósmico. Pienso en algo como recibir un mensaje o poder interpretar algo que antes era indescifrable.
—Como un lenguaje universal —sugirió Vanesa—. La antítesis de Babel: en Babel se confunden las lenguas, aquí parece que convergen en una sola voz.
Ambos quedaron callados tras esa frase. Era poética, y quizás más literal de lo que creían: estaban, de hecho, uniendo trozos de lenguas diferentes en un entendimiento único.
Liang sintió de pronto un hormigueo en la nuca. A veces, cuando resolvía problemas matemáticos difíciles, justo antes de llegar a la solución experimentaba una sensación semejante: como si cada pieza hiciera clic encajando en una maquinaria mental.
—Creo que estamos muy cerca de que el sistema empiece a hablar —dijo en voz baja, como si alzándola pudiera romper la magia—. Un empujón más.
Escribió unas líneas finales de código, implementando una heurística basada en análisis de correlación y búsqueda de patrones en los datos. El objetivo era identificar si alguna disposición de valores generaba una coincidencia significativa, como una fecha concreta o un concepto reconocible.
Al ejecutar el algoritmo, la computadora zumbó trabajando. Los ventiladores se aceleraron, indicando que los cálculos requerían potencia. En la consola comenzó a desfilar texto: índices, probabilidades, correlaciones entre fragmentos.
Vanesa se levantó de la mesa y se acercó otra vez, de pie tras Liang con las manos apoyadas en el respaldo de la silla de él. Ambos contenían la respiración sin darse cuenta.
Una línea de resultado apareció al cabo de unos segundos en la consola:
Suggestion: Possibly a date around 21st December 2027 – check alignment Polaris & Vega.
Liang arrugó la frente. El algoritmo, en su tentativa de correlacionar todo, había “decidido” que la combinación más coherente de astrónomía+instrumento+mensaje desembocaba en una fecha específica, relacionada con el alineamiento de Polaris (la Estrella Polar) y Vega (otra estrella brillante, que en la antigüedad fue estrella polar en épocas remotas y lo será de nuevo en el futuro debido a la precesión de la Tierra). 21 de diciembre de 2027.
—¿Una fecha? —exclamó Vanesa, sorprendida, leyendo por encima del hombro de Liang—. ¿Por qué escogería eso?