El Mensaje de las Tres Liebres Capítulo 10 — Heidelberg #5
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Capítulo 10 — Heidelberg #5

—Ser guardián tiene su propio orgullo, doctora. Uno aprende a contener la curiosidad por un bien mayor. —Hizo una pausa—. Pero sí, confieso que una parte de mí ansía que llegue el día en que abramos ese regalo sin temor.

No dijo más. Con una leve inclinación, se despidió:

—Que tengan ustedes una buena noche. Y mucha sabiduría en su deliberación.

El ruido de la puerta cerrándose y los cerrojos encajando resonó a espaldas de ambos al salir a la calle.

Había anochecido del todo. Praga brillaba en un silencio frío, con las farolas reflejándose en los adoquines mojados por una llovizna reciente.

Liang y Vanesa empezaron a caminar sin rumbo fijo, alejándose del archivo, sin hablar.

Necesitaban aire, movimiento, cualquier cosa para procesar lo que acababa de ocurrir.

Tras unas manzanas, en un pequeño puente sobre un canal, Vanesa se detuvo y soltó un suspiro que parecía contenido desde la biblioteca.

—No puedo creerlo —dijo en español, su voz quebrada entre rabia y susto—. Tantos años sospechando que había algo… ¡y resultó ser cierto! Existe una maldita sociedad de guardianes, Wei. Y nos han amenazado.

Liang asintió lentamente, apoyado en la barandilla del puente. En español también, como recuperando un refugio, musitó:

—Lo sé. Es mucho que asimilar.

Contempló un momento el agua negra bajo sus pies, donde flotaban hojas caídas. Notó sus propios brazos temblorosos. La adrenalina empezaba a bajar, dejando paso a un ligero mareo.

—¿Tú qué piensas? —preguntó, casi temiendo la respuesta.

Vanesa se pasó una mano por el cabello húmedo, intentando ordenar sus ideas.

—Parte de mí entiende su lógica. En serio.

Si hay una mínima posibilidad de que nuestro trabajo cause una catástrofe…

—hizo una mueca, incapaz de completar la frase—.

Pero otra parte de mí se rebela. No puedo simplemente dejarlo.

Sería traicionar todo lo que somos como científicos, como historiadores.

Liang compartía ese dilema. Vio en los ojos de Vanesa el mismo fuego combatiendo la cautela.

—¿Vale la pena arriesgarse? —planteó él, con un hilo de voz.

—¿A que nos hagan algo? —respondió ella con otra pregunta—. Quemar una abadía es una cosa, asesinar en el siglo XXI a dos investigadores suena más complicado… pero podrían arruinarnos la carrera, desacreditarnos, o peor, puede que sí recurran a la violencia.

Liang recordó la convicción en la voz de Dvořák: “no dudaremos si es necesario” . Era escalofriante. Sin embargo, se descubrió a sí mismo más indignado que amedrentado.

—No lo sé, Vanesa —afirmó despacio—. Siento que si paramos ahora, toda esta búsqueda habrá sido en vano. Que nos robarán algo esencial.

Vanesa esbozó una sonrisa tensa.

—Estoy de acuerdo. Además… —bajó la voz aunque no hubiera nadie cerca— creo que exageran los peligros. ¿Y si resulta que ese mensaje puede usarse para bien? Quizá sea su secretismo lo que lo volvió peligroso, más que el conocimiento en sí.

Liang la miró, sorprendido y contento de que, en medio de todo, aún pensara con claridad crítica. Ese era un punto válido: ocultar algo poderoso a menudo lo deforma en las sombras. Llevarlo a la luz podría, incluso, neutralizarlo al hacerlo de dominio público.

—Podría ser —concedió—. En cualquier caso, no tendremos paz si no llegamos al fondo.

Ambos sabían ya la respuesta en sus corazones, pero pronunciarla tenía un peso especial.

Vanesa tomó aire, lo soltó haciendo vaho en la noche fría.

—No nos rendiremos —dijo, y en sus labios la frase sonó sólida, definitiva.

Liang afirmó con la cabeza, sintiendo una mezcla de alivio y aprensión.

—Seguiremos adelante.

Se quedaron un rato más en aquel puente, observando la ciudad. Esta vez, sin embargo, sus ojos no veían las hermosas fachadas ni los reflejos del gas de las farolas. Veían posibilidades, caminos ocultos, planes a trazar. Sabían que a partir de ese momento tendrían que moverse con cautela total.

—Tendremos que fingir que lo dejamos —dijo Vanesa de pronto.

—Lo mismo estaba pensando —respondió Liang—. Darles la impresión de que nos convencieron, al menos por ahora.

—Sí. Bajar el perfil unas semanas. Cancelar algunas consultas, hacer como que regresamos a temas anteriores… —Vanesa movía las manos despacio, delineando la estrategia—. Y trabajar en secreto, sin comunicaciones electrónicas que puedan interceptar.

Liang agregó:

—Nada de correos sobre esto. Cifrar lo que sea imprescindible. Y quizás trabajar más desde copias locales, fuera de la red.

Vanesa sonrió de lado:

—Volver al lápiz y papel, como si fuéramos monjes medievales.

—Un poco irónico, ¿no? —Liang también encontró un atisbo de humor en ello—. Para vencer a los monjes guardianes, toca convertirse en uno.

El viento arreció ligeramente, obligándolos a retomar la marcha para no quedarse fríos.

Apuraron el paso hacia el hotel donde se hospedaban, sin dejar de intercambiar planes en susurros.

Quedaron en que al día siguiente buscarían alojamiento en otro sitio más anónimo.

También en que mandarían a Dvořák un mensaje vago de acuse de recibo, tal vez diciendo que necesitan reflexionar y que suspenderán temporalmente la investigación como gesto de buena fe.

—Les quitaremos los ojos de encima —dijo Vanesa—. Al menos un poco. Y cuando se confíen…

—Remataremos el rompecabezas —concluyó Liang, apretando el puño en el bolsillo.

Al llegar al hotel, antes de entrar, Vanesa se detuvo un instante y miró al vacío, como recordando algo que hubiera pasado desapercibido en el fragor del encuentro.

—¿Qué ocurre? —preguntó Liang.

—¿Viste el medallón que tenía Dvořák? —dijo ella—. Uno con el símbolo de las liebres, de plata.

Liang asintió; recordaba un destello plateado en la mano del hombre.

—No lo pude ver de cerca, pero sí.

Vanesa frunció el ceño:

—Tenía algo grabado además de las liebres. Tres palabras, creo. En latín.

—¿Alcanzaste a leerlas?

Ella hizo memoria, cerrando los ojos un segundo.

—Parecía decir “Unitas, Tempus, Instrumentum”. Unidad, Tiempo, Instrumento.

Liang repitió en un murmullo: Unidad. Tiempo. Instrumento. Se miraron, sabiendo que ahí había una pista condensada, tal vez la propia definición del Mensaje: unir algo en un momento dado para obtener una herramienta.

—No vamos a olvidar esas palabras, ¿verdad? —dijo Vanesa con determinación.

—Ni por un segundo —afirmó Liang.

Con ese último intercambio, entraron finalmente al vestíbulo cálido. Mientras esperaban el ascensor, Liang cayó en la cuenta de algo casi paradójico: a pesar del miedo latente, se sentía emocionado. Como si la amenaza recibida confirmara sin duda que estaban tras algo real y trascendente.

—Vanesa… —dijo en voz baja.

—¿Sí?

—Pase lo que pase, gracias por seguir en esto conmigo. —No era propio de él mostrarse tan directo, pero aquella noche había roto muchas barreras.

Vanesa le sostuvo la mirada, sus ojos oscuros brillaban con la misma mezcla de terror y entusiasmo que Liang sentía.

—A tu lado me siento más fuerte en esto —repuso ella, dejando ver una leve sonrisa—. Así que el agradecimiento es mutuo.

El ascensor llegó con un sonido metálico.

Entraron. El espejo interior les devolvió la imagen de dos investigadores empapados por la niebla nocturna, con rostros cansados pero decididos.

Apenas reconocieron en ese reflejo a los mismos que, pocos meses atrás, empezaban esta aventura llenos de teoría, pero sin imaginar los riesgos reales.

Cuando la puerta del ascensor se cerró, Liang apretó el botón de su piso. De pronto, susurró casi sin pensarlo:

—Unidad, Tiempo, Instrumento…

Vanesa completó en susurro lo que ambos sintieron:

—Suena a que tenemos un desafío más grande de lo que pensamos.

Asintieron en silencio, mientras la cabina subía.

Afuera, la noche de Praga avanzaba con normalidad.

Nadie más sabía que en un rincón de esa ciudad se había librado una discreta batalla intelectual y moral.

Nadie más supo que dos personas comunes habían recibido la advertencia de un conocimiento prohibido.

En esa quietud, Vanesa apoyó suavemente su cabeza en la pared forrada de madera del ascensor y cerró los ojos un instante, permitiéndose sentir miedo.

Liang tragó saliva, respiró hondo y la imitó, dejando que la tensión se disipara un poco.

Solo un poco, porque sabían que a partir de mañana cada paso tendría que calibrarse finamente.

Las puertas se abrieron. Antes de salir, Liang musitó:

—No dejemos que nos amedrenten.

—No lo haremos —respondió Vanesa, y su voz recuperó firmeza.

Cruzaron el pasillo hasta su habitación.

Mientras Liang introducía la tarjeta llave, Vanesa miró hacia la ventana al fondo del corredor.

A lo lejos, en la colina, brillaban las luces del Castillo de Praga.

Pensó fugazmente en Kafka, en lo laberíntico que se había vuelto todo, en la sensación de luchar contra una fuerza difusa pero poderosa.

Al entrar, la calefacción les envolvió. Cansados, decidieron no hablar más por esa noche. Había demasiado que procesar interiormente. Acordaron, no obstante, anotarlo todo al día siguiente en sus cuadernos por separado, para conservar cada detalle de la reunión con Dvořák.

Antes de acostarse, Vanesa escribió apresurada unas líneas en una página suelta, como desahogo personal:

"La advertencia ha llegado y pesa sobre nosotros.

Pero el conocimiento nos llama con voz más fuerte que el miedo.

Si generaciones pasadas se detuvieron, nosotros intentaremos ir más allá, con la cautela aprendida de sus fracasos.

No sé si somos héroes o necios, quizá ambos a la vez.

Mañana seguiremos buscando, en silencio y con cuidado.

Las liebres corren en círculo, pero nosotros intentaremos trazar una línea recta hacia la verdad. "

La guardó en su cuaderno. Apagaron las luces. En la oscuridad, Vanesa escuchó la respiración lenta de Liang en la otra cama e imaginó que él tampoco dormía del todo.