Capítulo 10 — Heidelberg #6
Ansiaban seguir adelante, aterrados por las sombras que ahora sabían reales, pero impulsados por una convicción que resultaba ya imposible de apagar.
En algún lugar de la ciudad, tal vez, Arnošt Dvořák depositaba de nuevo su medallón en un cofre, esperando que sus visitantes eligieran la prudencia. Sin saber que aquella misma prudencia sería la tapadera bajo la cual la búsqueda continuaría.
Aquella noche, dos bandos descansaron intranquilos pensando en el mismo enigma centenario.
Y el símbolo de las Tres Liebres, silencioso e impasible, siguió girando en la mente de Liang y Vanesa, empujándolos hacia un destino incierto que, tras “La advertencia”, se había vuelto más peligroso que nunca.
Capítulo 10 — Heidelberg
La fría llovizna de finales de otoño acariciaba las piedras centenarias de Heidelberg mientras Liang Wei y Vanesa Serrano atravesaban el patio empedrado de la vieja universidad.
Habían llegado a la ciudad alemana con discreción, viajando en trenes regionales y pagando en efectivo, como parte de su plan para permanecer bajo el radar.
Un profesor amigo del Centro de Humanidades Digitales les había facilitado acceso nocturno a un pequeño laboratorio de análisis de patrones simbólicos.
Oficialmente, Vanesa había alegado que necesitaba procesar unos datos para un estudio transcultural, sin entrar en detalles.
Extraoficialmente, tanto ella como Liang sabían que ese laboratorio sería el corazón secreto donde intentarían armar el puzzle que tantos siglos llevaba esperando.
Esa noche, la universidad dormía. Apenas unas luces de pasillo estaban encendidas en el edificio neoclásico que albergaba el laboratorio.
Vanesa deslizó su tarjeta de acceso —un rectángulo impersonal con el logotipo de la Universität Heidelberg— por el lector de la puerta.
La cerradura emitió un clic conformista. Entraron.
El laboratorio era más modesto de lo que su nombre sugería: una sala alargada con dos filas de escritorios blancos, diez ordenadores de torre con sus monitores, y una pizarra blanca en la pared del fondo cubierta de anotaciones de proyectos pasados.
A un lado, un par de escáneres de alta resolución yacían como animales dormidos.
En las estanterías se alineaban cajas de discos duros y manuales de software de análisis de imagen, junto a algunos volúmenes de antropología visual y teoría de la información.
Había una ventana alta, ahora negra como un espejo, que daba al patio; Vanesa corrió las persianas por precaución.
Liang encendió una lámpara de escritorio, prefiriendo esa luz cálida y acotada a los fluorescentes del techo.
El haz iluminó las motas de polvo en el aire, recordándoles que hacía días que nadie ocupaba aquel espacio.
Se quitaron los abrigos húmedos por la llovizna y los dejaron sobre una silla.
Durante un segundo, ninguno habló; acababan de traspasar un umbral, y ambos eran conscientes de ello.
—Bueno —murmuró Liang al fin, con una sonrisa nerviosa mientras depositaba su mochila junto a un ordenador—, aquí estamos.
Vanesa asintió, abrazando contra su pecho el cilindro de cartón que contenía copias de documentos e imágenes claves.
Habían optado por traer los datos de forma física, sin transmitírselos a nadie: pendrives cifrados, copias impresas, fotografías en papel.
Minimizar las huellas digitales era parte de su plan desde que decidieron engañar a la orden de Las Tres Liebres haciéndoles creer que abandonaban la búsqueda.
De hecho, ayer mismo Vanesa envió un lacónico correo a Arnošt Dvořák —desde una cuenta recién creada y en una red pública— agradeciendo el tiempo dedicado y comunicando que se tomarían “un prolongado descanso” en su investigación.
Era una maniobra para apaciguar a los guardianes.
No tenían forma de saber si funcionaría, pero la ausencia de cualquier reacción hasta ahora la hacían pensar que los habían convencido, al menos de momento.
—Sí —respondió Vanesa, exhalando su tensión en ese suspiro corto—. Aquí estamos, en la guarida del análisis.
La leve broma disipó algo de la tensión.
Liang se sentó ante el que sería su puesto y encendió el ordenador.
Mientras, Vanesa vaciaba con cuidado el contenido del cilindro sobre la mesa contigua.
Desenrolló varios papeles grandes y planos: impresiones de alta calidad de fragmentos de frescos, calcos de relieves y esquemas dibujados a mano.
En primer lugar, colocó una reproducción del motivo de las Tres Liebres tal como aparecía en un fresco de Dunhuang: los tres conejos pintados en ocres y negros, girando en círculo, compartiendo orejas.
A su lado, otro papel mostraba el mismo motivo esculpido en piedra en la bóveda de una iglesia en Devon, Inglaterra, con las liebres algo más estilizadas, pero claramente emparentadas con las de la cueva china.
Otro desplegable mostraba un detalle arquitectónico de Samarcanda: unos azulejos turquesa formaban tres siluetas de liebres entrelazadas, rodeadas de intrincados motivos geométricos.
Había más láminas: Vanesa contaba con representaciones de distintos puntos del mundo y épocas, recopiladas en meses de trabajo.
No en vano, armar esa colección había sido su obsesión profesional desde que comprendieron que todas estaban conectadas.
Liang echó un vistazo por encima del hombro de Vanesa a los papeles ahora extendidos.
—Es la primera vez que tenemos juntas todas las versiones principales —observó con un deje de admiración contenida.
Hasta ahora, muchas de esas imágenes solo existían en sus ordenadores o en bibliotecas dispersas.
Verlas físicamente una al lado de otra producía un extraño efecto: semejanzas y diferencias saltaban a la vista.
Vanesa pasó los dedos por una de las impresiones, acariciando la textura del papel couché.
—La misma base, múltiples variaciones —dijo pensativa—. Justo lo que habíamos supuesto. Cada cultura heredó el símbolo y lo adaptó a su estilo... Pero hay detalles que no encajan con la mera decoración local.
Señaló, por ejemplo, la imagen de Dunhuang: alrededor de las liebres se apreciaban unos motivos nubosos y, semiocultos entre ellos, trazos que parecían fragmentos de caracteres chinos antiguos, aunque incompletos, casi disimulados en el fondo.
En la versión europea, en cambio, lo que rodeaba a las liebres era un círculo sencillo, sin adornos, pero en el centro del círculo, entre las tres cabezas, había un pequeño símbolo parecido a un nudo triangular.
En la de Samarcanda, Liang notó algo que no había reparado al ver el original in situ: entre los azulejos, la geometría creaba unas pequeñas estrellas de seis puntas dispersas por el medallón, como confeti celeste.
—Estos detalles divergentes… —Liang acercó más la lámpara a los papeles para destacar esas particularidades—. Sospecho que ahí está la clave. Son elementos que no se repiten en todas las versiones, solo en una o dos.
—Sí. Habíamos teorizado que cada lugar aporta “un pedazo” del mensaje completo —corroboró Vanesa—. Lo común a todas es el portador, el recipiente simbólico: las tres liebres corriendo en círculo. Pero lo único, lo que difiere, podría ser cada fragmento de la información real.
Liang giró la silla hacia el ordenador que había iniciado.
La pantalla ya mostraba el escritorio del sistema.
En ese equipo habían instalado algunas herramientas analíticas: software de reconocimiento de patrones y un entorno de programación en Python con librerías para procesamiento de imágenes y datos.
Era hora de convertir esa intuición en un método sistemático.
—Propongo que construyamos un modelo que nos permita separar esas dos capas: la constante y la variable —dijo Liang, flexionando los dedos antes de teclear—. Es decir, aislar la base común y resaltar las diferencias.
Vanesa, aún de pie junto a la mesa, lo miró con una media sonrisa.
—Te escucho. ¿Cómo lo hacemos?
Liang empezó a enumerar, al tiempo que abría un editor de texto en la pantalla:
—Lo primero es digitalizar con precisión cada una de estas versiones. Las de Dunhuang, Samarcanda y Devon las tenemos ya en alta resolución. También tenemos imágenes de archivo de las liebres en la sinagoga de Stuttgart y en la mezquita de Yazd.
Con ayuda del escáner, pasaron unos minutos convirtiendo las impresiones en archivos de imagen de gran calidad.
El zumbido del escáner era el único sonido aparte de sus respiraciones concentradas.
Cada imagen aparecía en pantalla: colores vívidos, contrastes – los muros pintados, la piedra tallada, la cerámica vidriada.
Era curioso cómo el mismo motivo podía habitar materiales tan dispares.
Vanesa sintió, no por primera vez, una punzada de maravilla: la tenacidad de esa imagen a través de lugares y siglos.
Con los archivos listos, Liang cargó cada imagen en el programa de análisis.
Vanesa se sentó en la silla junto a él, arrimándola para poder ver bien el monitor.
Juntos fueron definiendo puntos de referencia en cada imagen para alinearlas de la mejor manera posible: el centro del círculo, la posición relativa de las cabezas de las liebres, la orientación de una de las orejas compartidas...
Era un trabajo delicado; aunque el motivo era el mismo, cada representación tenía proporciones ligeramente distintas.
Liang escribía pequeños scripts para rotar y escalar las imágenes hasta conseguir un ajuste aproximado.
Tras varios ajustes finos, lograron una suerte de superposición digital: cinco capas (correspondientes a cinco culturas diferentes) donde las tres liebres casi coincidían en posición. En la pantalla, Liang alternaba la superposición de capas mediante máscaras de opacidad para comparar los patrones.