Capítulo 10 — Heidelberg #4
Liang sintió un escalofrío. Así que la sociedad secreta había llegado a incendiar un monasterio entero para evitar que la investigación prosperara. Era una demostración escalofriante de lo que estaban dispuestos a hacer.
Dvořák continuó:
—No fue la única vez. En 1885, un grupo de orientalistas europeos se reunió en El Cairo; entre los temas discutidos, salió a relucir la coincidencia del símbolo en distintas culturas.
Algunos estaban empezando a entender la universalidad del patrón.
Nuestra orden envió emisarios, pero antes de que pudiéramos frenarlos diplomáticamente, tres de los científicos más entusiastas aparecieron muertos en el transcurso de una semana.
—¿Muertos cómo? —preguntó Liang con cautela.
—Oficialmente, la versión fue cólera. Epidemia repentina.
Pero off the record se supo que las dosis de láudano en sus bebidas habían sido excesivas —relató Dvořák con voz neutra—.
Nunca se identificó al perpetrador. Tal vez fue obra de algún agente nuestro demasiado fervoroso, o tal vez de otros interesados en que ese grupo no revelara nada.
En cualquier caso, su incipiente colaboración se disolvió por el pánico.
Vanesa sintió las manos heladas sobre su regazo. Se obligó a hablar, aunque cada ejemplo le erizaba la piel:
—¿Otros interesados? ¿Se refiere a otra sociedad?
Dvořák alzó un dedo.
—Es posible. Existen facciones fuera de nuestra orden que también ansían el mensaje, pero con fines menos prudentes. Imaginad imperios o sectas que, a lo largo de la historia, hayan soñado con poseer el conocimiento último para dominar. No siempre hemos sido los únicos jugadores.
Liang se mojó los labios antes de formular la siguiente pregunta:
—Ustedes, como Las Tres Liebres, ¿qué creen que pasaría si el mensaje se revela por completo? ¿Por qué consideran que su divulgación sería tan peligrosa?
El curador respiró hondo, como si llevara décadas preparando la respuesta.
—Por dos razones: por su contenido intrínseco y por el contexto humano.
El contenido, por lo que hemos descifrado, es un compendio de saber avanzado, un salto en conocimiento que, de conseguirse en el momento oportuno, podría impulsar a la humanidad hacia una nueva era.
Pero de obtenerse en el momento inoportuno —movió lentamente la cabeza—, podría convertirse en un arma terrible.
Vanesa frunció el ceño, intentando imaginar qué podía ser eso tan revolucionario.
—¿Se refiere a conocimiento científico? —aventuró—. ¿Tecnológico? ¿O algo filosófico que cambie las estructuras sociales?
—Quizás todo a la vez —dijo Dvořák—. Imaginad revelar la energía nuclear en plena Edad Media, o la teoría microbiana de las enfermedades antes de tiempo.
Quienes no lo entendieran lo rechazarían violentamente; quienes lo entendieran a medias podrían aprovecharlo para subyugar a otros.
El mensaje es, creemos, un mapa para una herramienta de poder.
No divina, no mística, sino muy real. Una clave para desencadenar un conocimiento capaz de alterar el curso histórico.
Liang sintió que esa justificación sí tenía una lógica fría: si el mensaje era un atajo para un gran avance, liberarlo sin preparación podía causar caos.
Vanesa consideró las implicaciones históricas:
—¿Y tienen evidencia de ello? —preguntó con cautela científica—. Es decir, más allá de las muertes y tragedias que nos ha contado… ¿Alguna vez el mensaje estuvo cerca de completarse y eso provocó un evento histórico concreto?
Dvořák se quitó lentamente los lentes, frotándolos con un pañuelo, meditando la respuesta.
—Tenemos indicios. Narraciones antiguas que vinculan colapsos repentinos de civilizaciones con la soberbia de ciertos líderes en perseguir “el conocimiento de los dioses”.
La leyenda de la Torre de Babel es la alegoría que más se repite: demasiada ambición cognitiva castigada con confusión.
En la Historia más tangible, podemos citar el caso del astrónomo persa Qadir Al-Farsi: hacia 1425, bajo el mecenazgo de Ulugh Beg en Samarcanda, compiló textos de distintas culturas buscando verdades universales.
Se dice que halló algo —un patrón, una fórmula— y poco después, sus patrocinadores políticos hicieron purgar sus escritos y desaparecieron a Al-Farsi.
Ese mismo clima de intriga precedió a la caída violenta de Ulugh Beg años después.
Los ojos de Vanesa se abrieron en reconocimiento: Ulugh Beg, el sabio gobernante de Samarcanda, fue asesinado por disputas de poder. Ella nunca había ligado ese hecho con el símbolo, pero Dvořák sugería que no fue casual.
—Por supuesto, no puedo probarte aquí y ahora la causalidad —admitió Dvořák—.
Nuestro campo es difuso, mezcla de historia y previsión.
Pero digamos que no queremos comprobar por experimento qué pasa si esta vez se completa el mensaje.
—Esta conversación me recuerda a "Los Físicos" de Dürrenmatt —susurró Vanesa a Liang—.
El peso del saber, la amenaza de que el conocimiento caiga en manos equivocadas.
Liang asintió, comprendiendo la referencia.
—Aquí también nos piden que renunciemos a la verdad por miedo a sus consecuencias.
Se instaló un silencio, roto solo por el leve tintineo de la cucharilla con la que el anciano guardián removía algo en la distancia.
Vanesa sentía un peso sobre el pecho: la conciencia de estar, quizás, en una encrucijada moral.
Liang, con la mirada fija en la tapa labrada de uno de los libros, sopesaba todas aquellas advertencias a la luz de su propia lógica.
Tenían sentido, en parte; pero otra parte de él se rebelaba ante la idea de renunciar al conocimiento por temor.
Vanesa volvió a tomar la palabra, despacio:
—Entiendo sus argumentos, señor Dvořák. Ustedes creen que hacen lo correcto manteniendo esto oculto hasta que la humanidad esté lista… si es que ese momento llega. Pero desde nuestro punto de vista, detener ahora la investigación es… —buscó la palabra adecuada—, impensable.
—Queremos saber la verdad —remató Liang con franqueza—. Creemos que conocer el mensaje también puede servir para preparar a la humanidad, no solo para precipitarla al caos.
Dvořák les dedicó una mirada comprensiva pero firme.
—No los juzgo por pensar así. Yo mismo, de joven, sentía esa tentación de abrir la caja de Pandora y ver qué contenía. Pero con los años y el estudio comprendí el precio potencial.
Bebió un sorbo de té por primera vez y dejó la taza con cuidado.
—De modo que —continuó en tono grave—, como interlocutor de Las Tres Liebres, debo ser explícito: les pedimos que detengan su investigación aquí. Ésta es la advertencia formal que nuestra hermandad les extiende.
La frase quedó suspendida en el aire, como una sombra que se alarga sobre la mesa. El silencio se volvió denso, cargado de amenaza. No era una súplica ni una sugerencia: era una orden disfrazada de cortesía.
Liang sintió que la sangre le subía a las sienes. Notó la mandíbula apretada. Por mucha comprensión que mostrara Dvořák, aquello era un intento de censura impuesto.
Vanesa sintió un temblor involuntario en las manos. Se obligó a respirar hondo antes de responder, consciente de que el miedo, por primera vez, le ganaba terreno a la lógica. Habló intentando sonar diplomática:
—Y si decidimos… no acatar esa petición, ¿qué sucederá?
Dvořák bajó la mirada por un instante, como apenado. Cuando volvió a alzarla, sus ojos grises estaban helados de determinación.
—Entonces tendremos que detenerlos nosotros. —Lo dijo sin énfasis, como enunciando un hecho inevitable—. No entraré en detalles, pero ya han visto de lo que hemos sido capaces en el pasado. Sería trágico llegar a medidas similares en pleno siglo XXI, pero no dudaremos si lo consideramos necesario.
Ninguno podía dudar de sus palabras. La dulzura del anciano erudito había dado paso, siquiera por un destello, a la dureza de un guardián fanático. Quizá no fanático por sí mismo, reflexionó Liang, sino por convicción de proteger a otros, pero al fin y al cabo dispuesto a anularlos.
Vanesa sintió un calor de indignación subir por su cuello, mezclado con temor helado. Era una combinación extraña: querían gritar que no se dejarían intimidar, pero a la vez la evidencia la aterraba.
Habló con ánimo conciliador:
—Comprendemos su posición. Créame que la última intención nuestra sería causar algún daño. Nuestro propósito es puramente académico y humano.
—Lo sé —asintió Dvořák—. Y confío en ello. Precisamente por eso preferí invitarles a conversar, en lugar de… otras acciones más agresivas. Les tengo respeto, sinceramente.
Se ponía de pie mientras decía esto. Liang y Vanesa, quizás instintivamente, lo imitaron, aunque la conversación no había concluido amablemente. Dvořák apoyó su peso en el bastón, dando a entender que iba siendo hora de retirarse.
—¿Pueden darnos tiempo para pensarlo? —preguntó Liang. Sentía que necesitaban salir de allí cuanto antes, procesar en privado, pero no quería marcharse echando portazos.
—Por supuesto —concedió Dvořák—. De hecho, confío en que son personas prudentes y sabrán calibrar lo que está en juego.
Hizo un ademán leve con la mano, casi paternal.
—Tómense unos días de descanso de su proyecto. Disfruten Praga, si lo desean, como turistas. Hablen entre ustedes. Y cuando estén listos, me comunican su decisión.
El anciano guardián, alertado por alguna señal discreta, se acercó desde la oscuridad para escoltarlos de vuelta a la entrada. Dvořák les acompañó unos pasos.
Ya en el umbral del pasillo, Vanesa se volvió por última vez hacia él:
—Señor Dvořák... —Quiso expresar gratitud por la “hospitalidad” pero las palabras no salieron; en su lugar preguntó—: Usted, personalmente, ¿no siente curiosidad por ese mensaje? ¿No le tienta querer verlo completo algún día?
El hombre permitió una sonrisa triste mientras escogía la respuesta.