Capítulo 23
— Este café está frío — dice mi madre.
— Está recién hecho.
— Pues está frío igual.
Es el veintinueve de mayo, un viernes, y en esta casa han pasado doce días desde lo de la Plaza y mi madre ha encontrado la manera de decirlo todo hablando del café. Que está frío. Que está cargado. Que está flojo. Cualquiera diría que esta mujer bebe café por gusto y no por darme conversación.
Lo que hay debajo es que ella tampoco duerme.
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Voy a contar cómo se recompone un pueblo, que es lo que nadie cuenta nunca porque no tiene ninguna emoción y porque se hace en juntas, en despachos y en las colas del Mercadona.
Se recompone despacio. Y se recompone a trozos. Y algunos trozos no vuelven a pegar del todo, y todo el mundo hace como que sí, y eso también es una manera de quererse.
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Lo de la marca lo arregló Loreto Vadillo desde Madrid y sin cobrarnos un duro, que hay que decirlo.
Nos mandó un correo el veintiuno, tres días después de lo de la Plaza.
Yaiza me lo leyó en alto en la cocina. Decía que la sociedad Dehesa Corbacho, S.L.
renunciaba a la marca la torta del Berrocal, que ella firmaba la renuncia como administradora solidaria, que ya estaba presentada, y que a continuación había que hacer lo que teníamos que haber hecho hace veinte años, que era registrarla nosotros.
Colectiva. De la Asociación de Queseros de la Villa.
Para que la pueda usar cualquiera que haga queso en esta comarca como se lleva haciendo aquí de toda la vida, y para que no la pueda usar nadie más.
Nos hizo los papeles ella. Nos los mandó rellenos. Solo había que firmar y pagar los ciento y pico euros, que los pagó la asociación de la caja del año pasado, y sobraron cuarenta.
Ciento y pico euros. Doscientos años.
— La abogada de Madrid — dijo mi madre cuando se lo conté —. Ésa nos ha salido peor persona que ninguno y mejor que casi todos.
En la junta hubo quien dijo que de ésa no había que fiarse. Cipri no dijo nada, porque Cipri ya no dice nada en las juntas.
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Álvaro Pinilla certificó el ferial.
Bueno. Lo que hizo fue certificar el ferial del año que viene, porque el de este año ya está desmontado y en el almacén municipal.
Se sacó los papeles que le faltaban, se pagó de su bolsillo el boletín, y se plantó en el Ayuntamiento con una memoria técnica de treinta y una páginas que le hizo un ingeniero de Cáceres y que le costó lo que le costó.
Marga le dio el contrato. De frente, en el pleno, con su expediente y su publicidad, que es como hay que dar las cosas.
Y le cayó lo suyo, ¿eh? Que no se crea nadie que aquí no ha pasado nada. Le cayó una sanción de Industria por lo del boletín, y la de Hacienda ya llegará, y su padre estuvo tres semanas sin dirigirle la palabra, que eso le ha dolido más que las dos multas juntas.
Vino a la quesería el jueves pasado a traerme el presupuesto de la cámara. Mi cámara. La vieja, la del diferencial saltarín, la que llevo desde el dos mil once diciendo que hay que cambiar.
— Herminia, esto no hay por dónde cogerlo.
— Ya lo sé.
— Es que se lo digo en serio. Esto no es que salte el diferencial. Es que esto tiene que saltar, porque si no salta, un día...
Y se calló. Y se puso colorado. Y se quedó mirando el suelo del obrador con el presupuesto en la mano.
— Álvaro.
— Perdone.
— Hazme la instalación entera. Y no me hagas presupuesto, que me lo vas a hacer barato y luego yo no voy a poder mirarte a la cara.
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Miriam Cerrillo rompió la venta, y podía no haberlo hecho.
El contrato estaba firmado, y muerto Nino aquello se lo quedaba la herencia, y Ovidio le habría comprado la quesería igual, que dinero para eso ahora tiene y ganas de quitarse papeles de encima también.
Pero se plantó en la junta del veintiséis de mayo, la primera desde lo de la Plaza, con treinta y cinco años y la voz temblándole y un papel en la mano que no leyó, y dijo que rompía, y que si le costaba dinero pues le costaría, y que quería seguir en la asociación si la asociación la quería.
Hubo un silencio de esos. Y lo rompió mi madre, que había venido a la junta porque le dio la gana y porque a Basilisa Nevado no se le puede prohibir entrar en un sitio en el que lleva sesenta años entrando.
— Que se quede, hombre — dijo, desde la última fila, sin levantarse —.
Que es la única que sabe hacer un queso nuevo.
Aquí llevamos doscientos años haciendo el mismo, y muy bien, y muy ricos, y el día que se muera el último de nosotros el nombre ese que tanto os gusta no lo va a decir ni el cura.
Los nombres no se guardan en un cajón, hijos.
Los nombres se dicen. Y para decirlos hacen falta bocas jóvenes.
Y se quedó.
Con guasa para tres años, eso sí. A Miriam le van a decir lo de la vendida en cada junta hasta el dos mil treinta, y se lo van a decir riéndose y con la mano en el hombro, que es como se dicen aquí las cosas serias. Y ella se lo va a tragar. Y eso también es que la han perdonado.
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Cipri lo contó en esa misma junta.
Se levantó el último, cuando ya se estaban poniendo los abrigos, y dijo: sentaos, que falta una cosa. Y lo contó entero. Dos años. La leche de la Mancha. Las etiquetas.
No se defendió. No dijo lo de la sequía, ni lo de las cuarenta cabras que tuvo que vender en agosto, ni lo de su hija en Badajoz. Nada. Se lo dejó todo dentro y contó los hechos pelados, que es la manera más difícil de contar una cosa.
Le cayó la sanción de la asociación: dos años fuera de los concursos y la retirada del sello, y el expediente de la Junta, que ése va por otro lado y que va a durar lo que duran esas cosas.
Lo votamos a mano alzada. Yo levanté la mano.
Y él me estaba mirando cuando la levanté, y yo se la sostuve, porque lo contrario habría sido peor.
Al salir se me puso al lado en el zaguán y estuvimos un rato sin decir nada.
— Lo de Onésimo — dijo.
— Déjalo.
— Es que no...
— Cipri, que lo dejes.
— Vale. — Se subió la cremallera —. Oye. La semana que viene se me acaba el cuajo.
— Pues vienes.
— Pues voy.
Y se fue. Y eso, en cuarenta años, es lo más parecido a un abrazo que nos hemos dado nunca.
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Ovidio Corbacho no fue a la junta porque Ovidio Corbacho no ha ido a una junta en su vida.
Se quedó la finca, las cabras y las casas, que ahora son todas suyas menos la parte que le toque a Hacienda, y lo primero que hizo, a los cuatro días, fue ir casa por casa, las ocho, a decirle a la gente que se quedaba donde estaba.
Andando. Con la gorra en la mano. Y en tres de ellas le sacaron un vaso de vino y en una le sacaron un anís y le tuvieron dos horas.
Lo de las cuarenta y tres cabras se lo contó él a la teniente Mansilla antes de que se lo contara nadie, y la teniente le dijo que eso, mientras la finca fuera de los dos, era un asunto entre hermanos, y que ahora la finca era de uno solo, y que no le hiciera perder el tiempo.
Nicasio dice que ha engordado cuatro kilos.
— Duerme — me dijo el otro día, en la puerta de la cooperativa —. Ese hombre lleva cuarenta años sin dormir y ahora duerme. Da un poco de rabia, ¿verdad?
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La Feria del año que viene la monta el pueblo.
Lo aprobó Marga en el pleno del veintiocho, con los votos de todos, que eso aquí no pasa nunca.
Que se monta como se ha montado siempre: con la gente de aquí, con el chaval del Ayuntamiento, con quien haga falta.
Y con papeles, y con seguro, y certificado, que en eso Nino tenía razón, y da rabia decirlo pero la tenía.
Lo de la empresa de Cáceres no lo ha vuelto a nombrar nadie.
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Y doña Emérita Rufo está en casa de Fabiola.
Se la llevó el martes siguiente. Subió con el hijo de la vecina y bajaron a la mujer entre los dos por esa escalera de la calle de las Cambroneras que tiene los escalones de tres palmos y la barandilla de hierro, y la sentaron en el coche con una manta encima de las rodillas aunque estábamos a veinticuatro grados, y la llevaron al mesón, y le pusieron una cama en el cuarto de arriba, en la ventana que da a la calle que sube a la Villa.
Y ahí está: en la ventana, viendo pasar a la gente.
Fabiola le ha dicho que Genaro está trabajando fuera.
Y doña Emérita dice que muy bien, que su hijo siempre ha sido muy trabajador, y luego pregunta a qué hora viene a cenar, y Fabiola le dice que tarde, y ella dice que le guarde la cena.
Y eso pasa todos los días, y va a pasar todos los días que le queden, y Fabiola lo contesta todas las veces con la misma voz que la primera.
A Fabiola no le ha retirado el saludo nadie. Ni uno. Casa Zafrilla está lleno todos los mediodías, más lleno que antes, y eso no es casualidad y no lo ha organizado nadie, y este pueblo tendrá los defectos que tenga, pero eso lo hace.
Genaro está en Cáceres, en preventiva, esperando juicio. El abogado se lo ha buscado su hermana y dice que se va a pelear lo de la alevosía, que por lo visto es lo que marca la diferencia entre una cosa y la otra. Yo de eso no entiendo.
Fabiola va los jueves. Y le lleva un táper.
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Se me olvidaba: a mí hay dos personas en este pueblo que no me hablan.
Una es un primo de los Bejarano que vive en la carretera de Plasencia y que ha dicho por ahí que yo he vendido a un hombre bueno por hacerme la lista. La otra es una señora del estanco de arriba a la que yo no le he hecho nada en mi vida y que se cambia de acera.
Dos, de nueve mil. La Puri dice que es un buen porcentaje. La Puri lo tiene apuntado.
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Son las nueve y media de la noche del veintinueve de mayo y estoy sola en el obrador.
Yaiza se ha ido a las siete. Mi madre está viendo la televisión con el volumen de una obra pública. Cuajo está donde está siempre a esta hora, en el rincón del pienso, trabajando, sin enterarse de nada.
He fregado el suelo. Y he saltado el diferencial, claro, porque siempre salta, y he ido al cuadro a levantarlo con las manos mojadas y refunfuñando, como todas las semanas de mi vida.
Y me he quedado ahí, delante del cuadro abierto, con el dedo en la palanquita.
Yo tenía razón.
Es verdad. Tenía razón desde el primer día, desde que el cabo Quiles me dijo lo del diferencial comiéndose un trozo de queso en mi mostrador y a mí se me quedó la frase como una china en la bota.
Tenía razón en lo del membrillo, en lo de los cortes, en lo del puente, en lo de las siete de la mañana. Tenía razón en todo.
Y ahora hay un hombre en Cáceres que no va a volver a montar esta Plaza, y una mujer de ochenta y ocho años en una ventana esperando una cena, y una hermana que va los jueves con un táper.
¿Compensa?
Yo qué sé.
Llevo cuarenta años abriendo esa cámara todas las semanas y tirando lo que hay que tirar, porque si no lo tiras se te estropea el resto, y eso es así y no hay vuelta de hoja, y a mí nunca me ha temblado la mano.
Miro la cámara. La cámara no dice nada. Zumba.
Bajo la palanquita, se enciende la luz del techo y se enciende con ella el zumbido de siempre, y yo me quedo un rato mirando el suelo mojado y brillando.