El membrillo del jurado Capítulo 22
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Capítulo 22

Cuarenta y una mesas. Doscientas sesenta sillas. Nueve manteles de cuadros y el resto blancos, porque no había blancos para todos y a nadie le importó.

Eso es lo que hay en la Plaza Mayor de Trujillo el domingo diecisiete de mayo a las doce del mediodía, y lo sé porque lo apuntó la Puri en su cuaderno de hule y luego lo dijo en voz alta sin que se lo preguntara nadie, que es lo que hace ella.

———

El viernes por la tarde entré en el cuartel con la bolsa de churros y con Nicasio detrás, y estuve dos horas y cuarto.

La teniente Mansilla me escuchó entera, sin interrumpirme una sola vez, tomando notas con una letra pequeñísima, y cuando acabé me hizo veintiséis preguntas seguidas y ninguna era tonta.

Al final se quedó mirando la bolsa encima de la mesa un rato largo.

— ¿Por qué no la limpió? — me preguntó.

— ¿Yo?

— Usted. La cogió con un papel de churros y la trajo aquí. Mucha gente de este pueblo la habría metido en el pilón.

— Ya lo pensé.

— Ya lo pensó. — Y apuntó eso también, la muy elemento.

El sábado me llamó a las nueve y estuve otras tres horas, y a mediodía me dijo dos cosas.

La primera, que las huellas de Genaro Bejarano estaban por toda esa caseta desde antes del crimen, porque la había hecho él con sus manos, y que por eso no habían servido de nada.

La segunda me la dijo de pie, cuando ya me iba:

— Señora Chamorro, esto no es un teatro.

Yo no monto teatros. El domingo a las doce estaré en la Plaza con el cabo.

Si ese hombre habla, hablará, y si no habla, hablo yo con él en el coche y nos vamos a Cáceres.

— Se ajustó la gorra —. Llevo veintiséis años en esto y no he visto a nadie escaparse andando por una calle de un pueblo de nueve mil habitantes con la madre en la cama de arriba.

Aquí no se escapa nadie. Aquí se quedan todos.

———

Han puesto las mesas en el lateral de los soportales, en tres filas largas, y en la del fondo, encima de un paño verde, los quesos premiados con sus escarapelas.

Hay vermú y hay gaseosa y hay una cesta de pan por cada seis.

Hay niños corriendo entre las sillas a los que no regaña nadie, porque en este pueblo a los niños no se les regaña en la Plaza.

Y hay tres cámaras: la de la tele de Extremadura, la del periódico de Cáceres y la de Yaiza con el móvil, que se ha subido de pie en una silla y a la que mi madre le ha dicho que se baje inmediatamente.

Y en el centro de la mesa larga, en una fuente de barro, cortado en tacos, hay un membrillo de mi madre.

Se lo pidió Fabiola el jueves: Basi, tráigame usted un membrillo, que la Feria acabó como acabó y por lo menos que la gente se lleve algo dulce a la boca.

Y ella, que llevaba desde octubre guardando el último para sí misma, lo sacó de la despensa y lo cortó con sus manos, con el bastón apoyado en la mesa, y no me dejó ayudarla.

La alcaldesa habla cuatro minutos y habla bien, que Marga Cañamero será muchas cosas pero delante de un micrófono no se le va la lengua.

Dice que la Feria del Queso es lo que este pueblo hace mejor.

Dice que este año ha sido el peor de los doce y que aun así no se ha suspendido, porque Trujillo no suspende.

Y dice que los premios los ha decidido el resto del jurado, y que se entregan hoy porque los quesos no tienen la culpa de nada.

El oro se lo lleva Miriam Cerrillo. Se levanta la chavala, con la cara colorada, sube los tres escalones y coge su placa, y hay aplausos.

No muchos. Los justos: los aplausos que se le dan en un pueblo a alguien al que se le va a perdonar dentro de dos o tres años, cuando toque.

Yo aplaudo fuerte. Y Cipri, que está tres sillas más allá con la cabeza gacha desde hace una semana, también aplaude, y ése es el aplauso que cuenta.

———

Y entonces Marga coge otra vez el micrófono, para cerrar, y dice:

— Y solo me queda pedirles un minuto de silencio por Bernardino Corbacho, que era de aquí y era de los nuestros, y que se nos fue en un accidente que...

Un accidente.

Y en cuanto lo dice, doscientas sesenta personas hacen a la vez, sin querer, lo que llevan quince días haciendo cada vez que alguien dice esa palabra: mirar al fondo de la Plaza.

Al último soportal. Donde está Álvaro Pinilla de pie, con la camisa buena metida por dentro y con su padre al lado, mirándose los zapatos.

Y a mí me sube por dentro algo que no es valentía, que conste, porque yo no soy valiente. Es lo de siempre. Es que soy incapaz de dejar una cosa a medias.

Me levanto.

— Marga. Perdona. ¿Me dejas eso un momento?

———

No hay ningún ruido en la Plaza Mayor. Ni uno. Ni siquiera las cigüeñas, que a las doce del mediodía están calladas.

Yo no me subo a los escalones. Me quedo donde estoy, entre las mesas, con el vaso de vermú todavía en la mano y sin darme cuenta de que lo llevo.

— No fue un accidente — digo —. Y ya está bien de que la gente mire a ese muchacho.

»Yo llevo cuarenta años metiendo la mano en leche a treinta y dos grados con el suelo mojado y una cámara vieja detrás.

Y en mi obrador, cuando yo friego, el diferencial salta.

Salta siempre. Salta si estornudas. Y llevo desde el dos mil once diciendo que hay que cambiar esa cámara y no la he cambiado porque soy tacaña, y me lo dice mi madre todos los sábados.

Alguien se ríe, uno solo, y se calla enseguida.

— Nino Corbacho se murió en un charco, agarrado con la mano derecha al asa de una cámara de metal.

Y el diferencial de aquella caseta no saltó.

— Dejo el vaso encima de la mesa de al lado —.

Eso no es mala suerte. Eso es que aquel diferencial no estaba haciendo su trabajo, y no lo estaba haciendo porque alguien le había metido un puente de cable por detrás.

Y dentro de la caja de la cámara, el hilo de tierra estaba cortado de un tajo, de alicate, sin una pizca de verdín, limpio y brillante como el día que lo fabricaron, y de eso hace doce años.

»Álvaro Pinilla montó eso el jueves treinta y lo fotografió todo, caja por caja, porque el muchacho tiene miedo desde los quince años a que le carguen las cosas.

Y en sus fotos, con su fecha, la tierra está puesta y el cuadro está limpio.

— Me giro hacia el fondo —. Lo tocaron después, Álvaro. Después de irte tú.

El chaval se lleva las manos a la cara y su padre le pone la mano en la nuca y se la deja ahí.

— Y lo tocó alguien de aquí — digo —. Porque aquella trampa era para un hombre solo.

Nino abría a las siete, con su llave, él solo, y catábamos después.

Doce años haciendo lo mismo. Las muestras no las toca nadie más que yo, decía.

Eso no lo sabe un fondo de Madrid. Eso no lo sabe una abogada.

Eso lo sabíamos nosotros, y lo sabíamos tan bien que ni nos acordábamos de que lo sabíamos.

»Y luego está el membrillo.

Y toda la Plaza mira a la vez, sin querer, la fuente de barro del centro de la mesa.

— Había un membrillo empezado encima de aquella mesa.

Con dos cortes. Y Nino Corbacho no probó un membrillo casero en su vida, que lo dijo aquí mismo, el miércoles, delante de cuarenta personas: el queso se toma solo y lo demás es de catetos.

Alguien se sentó en aquella trastienda a comer membrillo con una navaja. Y no fue el muerto.

»Lo hizo mi madre en octubre. Con clavo, en el molde de barro de mi abuela. Y lo repartió a siete personas.

———

Y entonces Genaro Bejarano se levanta.

Está en la tercera mesa, donde ha estado siempre, al lado de su hermana. Se levanta despacio, apoyando las dos manos en el mantel, y se queda de pie con la gorra en el puño, y se aclara la garganta.

— Deja, Herminia — dice —. Que esto lo cuento yo.

Y Fabiola le agarra de la manga.

— Genaro, siéntate.

— Fabi, suelta.

— Genaro, que te sientes.

— Fabi. — Y le pone la mano encima de la mano, y se la quita de la manga con muchísimo cuidado, y se la deja en el mantel —. Suelta, hija.

———

— Yo puse el puente — dice.

No lo dice fuerte, y no hace falta, porque en una plaza callada un hombre que habla desde una mesa se oye hasta en la torre.

— Volví el sábado a las seis y media con la caja. La caseta la había hecho yo, y el candado lo puse yo, y la lona la coso yo todos los años, así que por detrás se suelta con la mano si sabes por dónde. Y yo sé por dónde.

»Le corté la tierra a la cámara y dejé un hilo de fase mordido tocando la carcasa, con una brida y un tornillo.

Y en el cuadro le puse el puente. Y luego cogí la manguera y bañé el suelo, y dejé el grifo goteando, que con el hielo de las muestras derritiéndose aquello no se secaba ni a las doce.

Y me fui a las siete menos dos. Y me fui andando a mi casa, y le hice el desayuno a mi madre, y me acosté un rato.

Se para. Mira la gorra que tiene en la mano.

— Y me quedé dormido. Eso es lo que yo no me perdono. Que me quedé dormido.

Fabiola Bejarano se tapa la boca con la servilleta y no la baja en un cuarto de hora.

— Ustedes no lo vieron — dice Genaro, y ahora mira al cabo Quiles, y es lo único que se parece a una acusación en toda la mañana —.

No lo vieron porque aquello parecía una chapuza más.

Ochenta metros de ferial hecho con lo que había, un puente aquí y un cable ahí, y este pueblo llevaba tres años diciendo que la instalación era una chapuza.

Yo no tuve ni que esconderlo: lo escondió lo que la gente ya pensaba.

Y eso me lo he estado comiendo quince días, porque el lunes vinieron a por el muchacho.

A por el muchacho. Y yo a ese muchacho le enseñé a hacer un empalme en mi banco cuando tenía quince años.

Y yo estaba en mi taller, cepillando, dejando que fueran a por él.

Y entonces hace la única cosa de toda la mañana que no llevaba pensada. Levanta la cabeza y busca el fondo de la Plaza, el último soportal, y lo encuentra a la primera, porque lleva quince días sabiendo exactamente dónde está.

— Álvaro.

El chaval no contesta. Su padre le aprieta la nuca.

— Álvaro, hijo, mírame. — Y espera. Espera hasta que el muchacho levanta la cara, que tarda lo suyo —. Que lo hiciste bien. ¿Me oyes? Que estaba bien hecho. Que lo rompí yo.

———

— Nino me quitó tres cosas en una semana — dice.

Se ha quedado muy quieto. La gorra ya no se mueve.

— El nombre. Yo no hago queso, ya lo sabéis. Pero el Berrocal es mi casa desde que nací, y a mí me criaron ahí, entre las piedras, y no está bien que un papel de Madrid diga que eso es de una sociedad. Eso no está bien y no hay más que hablar.

»El oficio. Treinta años montando esta Plaza.

Y me lo dijo ahí — y señala el lateral, con el brazo, y todos miramos el hueco donde estuvo la caseta y donde ahora hay dos niños jugando —, ahí mismo, el viernes, delante de vosotros, con una palmadita en la espalda.

Que el año que viene lo hace una empresa de Cáceres.

A mí me dan igual las empresas de Cáceres. Lo que no me da igual es la palmadita.

»Y la casa.

Y se le va la voz. Y espera. Y nadie tose, y nadie se mueve, y doscientas sesenta personas le dejan esperar todo el tiempo que necesita, que es lo más bonito que ha hecho este pueblo en mi vida.

— La casa la vendía. Con las otras siete. A un fondo de hoteles. Y me llegó una carta de dos folios, con mi nombre bien escrito, dándome un plazo. — Traga —. Y arriba está mi madre. Ochenta y ocho años. En la ventana.

»Y el viernes por la noche cogí un membrillo de la Basi y bajé a la Plaza y se lo pedí. Le pedí dos años. Dos. Y le dije que su madre y la mía lavaban juntas en el pilón.

»Y él no se giró. Y me dijo: Genarito, esto ya no va de membrillos.

Levanta la cabeza. Y mira a todo el mundo, uno por uno, o eso parece.

— Yo no fui a matarlo — dice Genaro Bejarano —. Fui a pedírselo.

———

Nadie grita. Ésa es la cosa, y es lo que yo me voy a llevar a la tumba de este pueblo: que nadie grita, nadie se levanta, nadie dice asesino, y nadie aplaude, que también habría sido horrible y en otro sitio habría pasado.

Doscientas sesenta personas en una plaza con las mesas puestas, los quesos con sus escarapelas y un membrillo cortado en tacos, y lo único que se oye en todo el rato es una silla que se arrastra al fondo, una mujer que dice ay, mi madre, muy bajito, y el crotoreo de dos cigüeñas que han elegido justo ese momento para ponerse de acuerdo.

El cabo Quiles se separa del arco y viene andando entre las mesas, sin prisa, con la gorra en la mano él también.

— Genaro.

— Voy, Damián.

Y Genaro se limpia las manos en el pantalón, que es lo que ha hecho toda su vida antes de empezar cualquier cosa, se agacha, le da un beso en el pelo a su hermana, que no se ha quitado la servilleta de la boca, y sale de la mesa.

Y se van los dos andando por el lateral de la Plaza, hacia el arco, entre las sillas. Sin esposas. Sin correr. Un guardia civil de treinta y seis años y un carpintero de sesenta y uno, andando despacio por el empedrado que él ha barrido treinta mayos seguidos.

Y a mitad de camino, Genaro se para. Se agacha. Levanta del suelo una caja de vino vacía que se había caído y que estaba estorbando el paso, y la pone de pie contra el poste.

Y sigue andando.

———

La teniente Isabel Mansilla se para delante de mí antes de subirse al coche.

Se coloca la gorra. Se mira los guantes. Y por la cara que trae, lleva un rato preparando lo que va a decir, y no le sale, y a mí eso me la hace más simpática que todo lo de estas tres semanas.

— Tenía usted razón, señora Chamorro — dice.

— Teniente...

— No me acostumbro.

Y se sube al coche.