El membrillo del jurado Capítulo 21
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Capítulo 21

Huele a madera recién cepillada, que es un olor limpio, tonto, de niño, un olor que no le ha hecho daño a nadie en la historia del mundo. Es lo primero que hay al otro lado del portón verde del número once de la calle de las Cambroneras a las once y diez de la mañana del viernes quince de mayo.

Genaro Bejarano está cepillando una tabla. La mía. La de la cámara, la que me dijo que tendría el lunes, y ahí está, un metro veinte de pino en el banco, con el cepillo yendo y viniendo y las virutas cayendo al suelo enroscadas.

Fuera, en la calle, se ha quedado Nicasio, apoyado en la aleta del coche, con Cuajo atado a la muñeca y con cara de no saber qué hacer con las manos.

Me ha dicho que entra conmigo. Le he dicho que no.

Y ha dicho: pues me quedo aquí, en la puerta, con el portón abierto.

Y ahí está, y lleva veinte minutos ahí, y ahí va a seguir.

Yo no vengo a nada peligroso. Vengo a lo más peligroso que he hecho en mi vida, que es hablar con un amigo.

— Buenos días.

— Buenos. — No levanta la vista —. Te la iba a llevar el lunes.

— Ya.

— Es que me sobra tiempo, mira tú.

Sopla la tabla. Le pasa la mano por encima, a contrapelo, buscando lo que buscan ellos y que yo no sé lo que es. Y sigue cepillando.

Arriba, en el techo, los pasos. Ida y vuelta. La ventana.

Yo saco la bolsa del bolsillo del delantal.

Es una bolsa de churros de la de la calle Tiendas, arrugada, con la grasa transparentando por abajo y las letras impresas en rojo y ya medio borradas de tanto doblarla y desdoblarla, que llevo desde ayer por la mañana doblándola y desdoblándola encima de la mesa de mi cocina como quien le da vueltas a un hueso.

La pongo en el banco, al lado de la garlopa, entre los serruchos y el bote de la cola, y la abro con dos dedos y la dejo abierta.

Y ya está. Ya no hago nada más. Ni digo nada. Cincuenta y seis años en este pueblo para acabar poniéndole a un amigo una bolsa de churros encima de un banco de carpintero.

———

El cepillo se para. Genaro no mira la bolsa enseguida: primero se queda con las dos manos en la garlopa y los brazos estirados, quieto, mirando la veta de mi tabla, y le da tiempo a respirar tres o cuatro veces, que a mí se me hacen larguísimas. Luego levanta la cabeza. Luego mira.

Y ve el mango de encina de la navaja de su padre asomando de una bolsa de churros.

— La ha sacado Cuajo — le digo —. Ayer por la mañana.

Entre dos tablas de la tarima del jurado.

— Y como él no dice nada, sigo, porque yo no sé callarme y menos ahora —.

Iba al olor del dulce, Genaro. El perro no sabe nada.

Iba al azúcar. Lleva doce días oliéndolo por debajo de la lona y ayer le quitasteis la lona.

Genaro Bejarano deja la garlopa en el banco. La deja bien, de costado, con la boca hacia arriba, que es como se dejan, porque un hombre puede estar acabándosele el mundo y aun así no va a dejar una garlopa apoyada en el filo.

Se limpia las manos en el pantalón.

Y se sienta en el escalón del fondo, el de la puerta del patio. El mismo escalón en el que él estaba sentado con seis años cuando su padre le quemó las iniciales al mango con un alambre al rojo.

— El perro — dice.

— El perro.

— Ese perro. — Y hace un ruido con la garganta, muy corto, que es lo más parecido a una risa que le he oído en dos semanas —.

Doce días he estado. Doce días esperando a levantar ese tablón.

Doce días con esto aquí — y se da un golpecito con el nudillo en el pecho, dos veces —, diciéndome: aparecerá, y la coges, y se acabó.

Y va y el jueves me manda el chaval a por el furgón. Y va tu perro.

— Genaro, que le has estado dando queso por debajo de la mesa toda la vida — digo yo, y me sale la voz mal.

— Le he estado dando queso toda la vida — dice él —. Pues mira lo que me ha hecho.

Y ahí es donde yo tengo que agarrarme al banco, porque este hombre lo ha dicho sin una gota de rencor. Lo ha dicho como se dice una desgracia del tiempo.

———

Yo traigo cuarenta cosas preparadas y traídas de casa, ordenadas, cada una en su sitio, que me he pasado la noche del jueves y la mañana del viernes colocándolas: el puente del diferencial, la tierra cortada sin verdín, el charco y el grifo goteando, las siete de la mañana y la llave y las muestras que no toca nadie, la foto de don Casimiro con su hora al segundo, los tres golpes de la misma semana y la lista de siete nombres que tiene mi madre en la cabeza desde octubre.

No hace falta ninguna. Ni una sola. Y eso, que tendría que ser un alivio, es lo que me deja sin suelo.

— Siéntate, mujer — dice —. Ahí, en la banqueta. Que estás de pie desde que has entrado.

Me siento. Y ahí estamos los dos entre virutas, a un metro y medio uno de otro, dos personas que se conocen de toda la vida, en un taller de la calle de las Cambroneras un viernes por la mañana, con el sol entrando por el portón y haciendo un cuadrado amarillo en el suelo lleno de serrín.

Él en el escalón, con los codos en las rodillas y la espalda hundida.

Yo en esa banqueta coja que tiene ahí desde el año de la nieve y que no ha arreglado nunca, porque el zapatero va descalzo y el carpintero se sienta torcido.

— ¿Tú sabes lo que me dijo? — pregunta.

— No.

— Claro que no lo sabes. — Se mira las manos —. No se lo he contado a nadie. Ni a mi hermana. ¿A quién se lo voy a contar?

Y me lo cuenta.

— El viernes por la noche. El de la Feria.

A las once y media, que ya se había ido la gente de la Plaza y quedaban cuatro.

Yo llevaba desde la una de la tarde dándole vueltas, desde que me lo dijo delante de todos, con la palmadita.

Y a las once de la noche me levanté de la mesa, subí a casa, y le dije a mi madre que iba un momento a la Plaza. Y ella me dijo que le trajera pan.

Coge una viruta del suelo. La va enrollando en el dedo mientras habla, y la desenrolla, y la vuelve a enrollar.

— Y bajé a la despensa y cogí el membrillo de tu madre. El que me dio en octubre, en mano, en la puerta de esta casa, que me lo trajiste tú.

— Me acuerdo.

— Lo tenía sin abrir. Lo tenía guardado para el invierno, que es cuando yo me lo como, con un poco de queso, por la noche, cuando ya está mi madre acostada.

— Aprieta la viruta hasta partirla —. Y lo cogí y me lo puse debajo del brazo y me fui a la Plaza.

Porque yo no voy a pedirle un favor a un hombre con las manos vacías.

Eso no se hace. Eso no lo he hecho yo en mi vida y no lo iba a empezar a hacer a los sesenta y uno.

— ¿Y estaba allí?

— Estaba allí. En la caseta, con la lona subida y la luz puesta, ordenando las muestras del día siguiente. Solo. Con su carpeta.

Se queda callado un momento.

— Y entré, y le dije: Nino, buenas noches. Y le puse el membrillo encima de la mesa.

———

— Yo no le fui a hablar de la Feria — dice —. Que conste. Lo de la Feria me lo tragué. Le dije que muy bien, que la empresa de Cáceres, que estupendo, que ya iba siendo hora de que esto lo hiciera gente con papeles. Y era mentira, y él lo sabía, y le dio igual.

»Yo le fui a hablar de la casa.

Levanta la cabeza y mira al techo. Arriba, los pasos.

— Le dije: Nino, yo la carta la he recibido.

Le dije que yo me iba. Que a mí me buscaba la vida en cualquier sitio, que un hombre con oficio no se muere de hambre en ninguna parte.

Que me diera dos años. Dos. Le dije: mi madre tiene ochenta y ocho y el médico dice lo que dice.

Dame dos años, y en cuanto ella falte yo me voy y te dejo la casa barrida y con la puerta abierta, y no te pido un duro, y te firmo lo que quieras delante de un notario.

Se aclara la garganta.

— Y le dije: Nino, tu madre y la mía lavaban juntas en el pilón.

El taller está callado. Se oye el reloj de Santa María dando la media, que llega hasta aquí abajo, floja.

— Y él estaba de espaldas, poniendo los quesos en fila. Y no se giró.

»Y me dijo: Genarito, esto ya no va de membrillos.

———

No sé cuánto rato estamos sin hablar. Bastante. Fuera pasa una moto, y luego un coche, y luego unas mujeres discutiendo lo que van a poner de comer, y todo eso suena aquí dentro muy lejos, en otro país, en una calle donde la gente sigue teniendo problemas normales.

— Y yo me senté — dice Genaro —. Ahí, en la banqueta de la trastienda. Y él siguió con lo suyo. Y yo saqué la navaja y le corté dos trozos al membrillo, dos trozos gordos, y me los comí despacio, delante de él, uno y luego el otro. Sin decir nada.

— ¿Y él?

— Él no me dijo nada más. Yo creo que hasta se le olvidó que yo estaba allí.

— Tira lo que queda de la viruta —. Y me levanté y me fui, y me dejé el membrillo encima de la mesa, porque no me lo iba a llevar de vuelta a mi casa.

Eso no. Y me volví andando por la calle de la Sillería.

Y no le llevé el pan a mi madre. Y ella no se acordó.

Se pasa la mano por la cara. Una vez, de arriba abajo, y se queda con la mano en la boca.

— Yo no fui a matarlo, Herminia — dice —. Eso lo tienes que saber tú, aunque no me lo crea nadie más. Yo fui a pedírselo.

———

Y ya está. No hay más. Aquí no hay nadie gritando entre las virutas de su propio taller, ni un forcejeo, ni una negación, ni nada de lo que yo me había pasado dos noches temiendo mientras miraba el techo de mi cuarto.

Hay un carpintero de sesenta y un años sentado en el escalón de su patio, con las manos manchadas de cola y una viruta rota entre los dedos, contándole a una vecina de toda la vida lo que le pasó un viernes por la noche en la Plaza de su pueblo.

— ¿Y lo de después? — le pregunto, y me cuesta.

— Lo de después lo cuento yo.

— Genaro...

— Lo cuento yo, Herminia. — Y por primera vez levanta la voz un poco, y no es una amenaza; es un hombre pidiendo una cosa y con miedo de que no se la den —.

Escúchame. Que te voy a pedir dos cosas y luego hago lo que tú digas, y si quieres llamas ahora mismo desde aquí, con mi teléfono, y yo me siento en ese escalón a esperar y no me muevo.

— Dime.

— El domingo hay entrega de premios. En la Plaza. La aplazaron y la han puesto el domingo, a las doce, con las mesas y los manteles y todo el pueblo, que ya lo ha dicho la alcaldesa en el bando.

— Ya lo sé.

— Déjame hablar a mí. — Se le va la voz un poco y se agarra a las rodillas —.

Delante de todos. En la Plaza. Que no se lo cuente la Guardia Civil a la gente, ni el periódico de Cáceres, ni la Puri.

Yo. Con mi boca. Que la gente de este pueblo me ha visto montar esa Plaza treinta años y tiene derecho a oírmelo a mí.

Y mi hermana también. Sobre todo mi hermana.

Yo tengo las manos juntas encima del delantal y las tengo frías, como siempre, y esta vez no es del cuajo.

— ¿Y la otra?

Genaro Bejarano se levanta del escalón. Le cruje algo. Va hasta el banco, coge la bolsa de churros con las dos manos, sin sacar la navaja, y me la devuelve. Me la pone en el regazo.

— Que al chaval no le carguéis esto — dice —.

A Álvaro. Que yo a ese muchacho le enseñé a hacer un empalme en este banco cuando tenía quince años y venía aquí a esconderse de su padre.

— Se le pone la voz de una manera que yo no le he oído nunca a este hombre —.

Eso es lo único que no me deja dormir. Lo demás lo llevo bien. Pero eso no.