Capítulo 20
Cuajo se pasó el miércoles entero oliendo la Plaza Mayor y no encontró nada más que un envoltorio de bocadillo y una paloma que le ganó por dos cuerpos.
Dimos tres vueltas. Tres. Con un sol que ya avisaba de lo que va a ser julio, y con los turistas haciéndoles fotos a las cigüeñas y a la estatua, y con la caseta del jurado ahí, en el lateral, cerrada a cal y canto, con la lona corrida y atada por abajo y todavía con dos tiras del precinto de la Guardia Civil colgando de la esquina, medio despegadas, dándole al viento.
Un perro no atraviesa una lona, y yo tampoco, y ahí se acabó la tarde del miércoles.
Así que dimos las tres vueltas y luego me senté en la terraza a tomarme un café de dos euros con diez, que es lo que cuesta en la Plaza, y me sentí bastante tonta.
Cincuenta y seis años, una quesera con el delantal puesto, sentada en una terraza de la Plaza Mayor de Trujillo vigilando una caseta vacía con un perro debajo de la silla y sin saber muy bien qué estaba esperando. Si me llega a ver mi madre.
Me vio la Puri, que es peor. Salió del estanco a las siete, echó la llave, tiró de la persiana, y al pasar por delante de mí ni se paró ni giró la cabeza ni cambió el paso. Solo dijo:
— Mañana a las ocho.
Y siguió andando calle arriba con la bolsa del pan.
———
El jueves llego a las ocho menos cuarto con una bolsa de churros de la churrería de la calle Tiendas, y no es una excusa, que a los que trabajan a las ocho de la mañana en la Plaza se les llevan churros, eso lo ha hecho mi madre toda su vida y lo hago yo.
Y de paso recojo las cajas de la asociación, que llevan doce días en la trastienda de nuestra caseta: dos tablas de cortar, el cartel de las tarifas, cuatro cajas de cartón y el mantel de cuadros que compró Cipri en el noventa y ocho y que huele a lo que huele.
La Plaza a esa hora es otra cosa. Los soportales todavía en sombra, el suelo mojado de la manguera del Ayuntamiento, las cigüeñas dándole a las tablillas desde las cuatro torres a la vez y ni un turista.
Esta Plaza es nuestra hasta las diez de la mañana y de las diez en adelante es de todos, y a mí eso me parece un trato justo.
El furgón está ahí. Genaro y el chaval del Ayuntamiento, un muchacho de veintipocos con un chaleco reflectante, están desatando la lona de la caseta del jurado.
— Churros — digo.
— Ay, Herminia.
Los comen de pie, con las manos negras de la cuerda, y el chaval se come seis, y Genaro se come uno y medio y me dice que están buenos y no se come más, y yo me acuerdo de lo que dijo Fabiola de que come lo que un pájaro.
Y luego se ponen a lo suyo. Sueltan las tiras de abajo, aflojan los tensores, y entre los dos van sacando la lona del armazón, doblándola sobre sí misma con esos dobleces que solo saben hacer los que llevan treinta años doblando lonas.
Y la caseta del jurado se queda desnuda.
No queda nada: cuatro postes, el armazón de arriba con los tirantes, el mostrador de tablero y el suelo, que es lo único que importa.
La tarima. Ochenta centímetros por encima del empedrado, de tablón de pino sin tratar, con las juntas abiertas de un dedo por el sol de doce días, que la madera trabaja aunque no la mires.
Ahí se murió un hombre hace doce días y no queda absolutamente nada.
Ni una marca en el suelo, ni un papel pegado, ni un mal ramo de flores de esos que pone la gente en las curvas de la carretera.
Un cuadrado de madera con la lona quitada, polvo encima y una bolsa de patatas fritas que se le ha volado a alguien y que se ha quedado enganchada en un poste.
— Vamos a por el furgón — le dice Genaro al chaval —. Que estas dos lonas no las bajamos a mano.
— Voy yo.
— Vamos los dos, hombre, que pesan.
Y se van los dos, hacia la esquina donde han dejado el furgón, y luego el furgón arranca y sale de la Plaza en dirección al almacén municipal, que está saliendo por la carretera de Guadalupe, y son diez minutos de ida y diez de vuelta y cinco de descargar.
Yo me quedo sola en la Plaza con cuatro cajas de cartón, un mantel que huele a queso y un perro de seis kilos.
———
Cuajo entra en la tarima antes de que yo pueda decir nada, porque los ratoneros bodegueros no piden permiso, y ésa es la gracia y ése es el problema.
Este perro lleva seis años en mi obrador y en mi nave del pienso y no ha pedido permiso jamás, y por eso no hay una rata en el camino de los Berrocales desde el dos mil veinte, y por eso también he perdido tres pares de zapatillas y la funda del sillón.
Sube de un salto. Y en cuanto pone las cuatro patas en el tablón, cambia.
Yo conozco a este perro mejor que a mucha gente de este pueblo, y sé perfectamente cómo caza: se pone rígido, baja la cabeza, no hace ruido y espera.
Los ratoneros trabajan callados. Ésa es la primera cosa que te dice cualquiera que haya tenido uno.
Ahora no está callado. Está haciendo un ruido tonto por la nariz, un ruido de perro que se ha vuelto imbécil, y va y viene por la tarima con el rabo dándole vueltas como el limpiaparabrisas de un camión, y de repente se planta en el rincón del fondo, el de la izquierda, justo debajo de donde estaba clavado en el poste el cuadro eléctrico de obra, y clava el hocico entre dos tablones. Y escarba.
— Cuajo, quieto.
Escarba con las dos manos, con esa desesperación que le entra cuando huele algo por debajo de un sitio donde no cabe, y gruñe, pero no es el gruñido de la rata. Es el otro. El de cuando mi madre está pelando manzanas en la cocina y él se pone debajo de la silla.
Me subo a la tarima. Le agarro del collar y tiro, y él se retuerce como un demonio y se me escurre y vuelve al mismo sitio, y vuelve a escarbar, y ya se está dejando una uña en el borde del tablón.
— Cuajo, que no hay nada.
Y entonces me agacho yo. Con las rodillas de una mujer de cincuenta y seis años sobre un tablón de pino, que ya te digo yo que eso no es gratis.
Y meto la nariz.
———
Huele a dulce.
Entre dos tablones de la tarima de la caseta del jurado, a las ocho y veinte de la mañana del catorce de mayo, en un rincón donde no ha dado el sol en doce días, huele a azúcar cocido y a clavo.
Doce días lleva ese olor ahí abajo, en la oscuridad, muriéndose despacio, tan poquito ya que un cristiano no lo coge ni pegando la cara al suelo.
Yo lo cojo porque llevo cuarenta años metiendo la nariz donde no me llaman, en cámaras y en cubas y en cuartos cerrados, y porque mi madre lleva ochenta y tres años haciendo membrillo con clavo en octubre y ese olor es el olor de mi casa en otoño y lo reconocería en Australia.
El perro lo huele desde el primer día. Lo que pasa es que el primer día había una lona, y anoche también, y esta mañana no.
Cuajo mete el hocico otra vez, y esta vez no lo aparto.
La junta tiene un dedo escaso, y el hocico de este perro tiene menos, y estos animales están hechos exactamente para esto, para meterse por donde no hay hueco, que los criaron en las bodegas de Jerez para eso y no para dormir en un sofá con un lacito.
Se mete hasta los ojos. Gruñe. Tira. Se le queda la cabeza atrancada un segundo y ya me estoy viendo llamar a los bomberos de Cáceres y salir en el periódico por tonta. Y sale. Y sale con algo en la boca.
———
Lo suelta en el tablón, a dos palmos de mis rodillas, y se aparta un paso y se pone a mirarme.
Es una navaja.
Mango de encina, oscuro de sesenta años de mano encima, con las cachas gastadas por el lado del pulgar y un pasador de latón que ya no es amarillo.
Cerrada. Y en el canto del mango, quemadas con un alambre al rojo por un hombre que se murió en el ochenta y cuatro, dos letras torcidas: la primera pequeña y apretada, y la segunda una be grande y torpe a la que se le fue el trazo de abajo y que lleva sesenta años yéndosele.
La hoja no se ve, porque está cerrada. Pero por la ranura, pegada al filo y metida en el hueco del muelle, hay una costra seca, marrón oscura, casi negra, agrietada como el barro de un charco en agosto.
En cualquier otro sitio del mundo yo estaría pensando otra cosa.
Aquí no, porque llevo viendo ese mismo pegote en el cuchillo de mi madre todos los octubres de mi vida.
Es membrillo. Membrillo seco de doce días.
No la toco, y eso lo tengo claro desde el primer segundo, y no porque yo sea lista, sino porque he visto la tele igual que todo el mundo.
Saco del bolsillo del delantal la bolsa de papel de los churros, que todavía tiene la mancha de grasa de aceite del desayuno, la vuelvo del revés, y con el papel por medio la meto dentro sin apretarla y la doblo dos veces.
Cuajo se sienta. Me mira. Y le da con el rabo al tablón, tres golpes, contentísimo, y está esperando su premio, claro que lo está esperando, porque él ha hecho su trabajo y lo ha hecho bien: había una cosa dulce debajo de un suelo llamándole desde hacía doce días, y ha metido el hocico donde no cabía, y la ha sacado, y me la ha traído a los pies, que es exactamente lo que hace un perro decente. Y ahora le toca a él. Y no tengo queso.
Le pongo la mano en la cabeza y se la revuelvo, y él aguanta dos segundos, porque a Cuajo las caricias le sobran y siempre le han sobrado, y luego se levanta y se va a oler una esquina. Y yo me quedo de rodillas en la tarima de la caseta del jurado con una bolsa de churros en la mano.
———
Bajo de la tarima con más trabajo del que me gustaría reconocer y me siento en el bordillo de la escalinata, debajo de la estatua, con la bolsa en el regazo y las dos manos encima.
La Plaza Mayor de Trujillo a las ocho y media de la mañana de un jueves de mayo, con la luz entrando por el arco de la esquina y poniéndose de color miel en las piedras de enfrente, con las cigüeñas dándole a las tablillas desde las cuatro torres y con el primer camarero sacando las sillas de la terraza y arrastrándolas por el empedrado, que es un ruido que aquí lleva sonando doscientos años y que va a seguir sonando cuando no quede ni el recuerdo de ninguno de nosotros.
Y yo aquí sentada, con esto en el regazo.
Podría tirarla al pilón. Está a doce metros.
Y sería un momento, y nadie me vería, y esta navaja llevaría dentro del agua hasta el día del Juicio, y a Genaro Bejarano no le pasaría nada, y el pueblo diría lo que va a decir de todas formas, que la instalación era una chapuza, y el chaval de los Pinilla pagaría una multa que ya está pagando de todas formas, y aquí no ha pasado nada.
Y en el número once de la calle de las Cambroneras hay una mujer de ochenta y ocho años sentada en una ventana viendo pasar a gente que lleva veinte años muerta.
Yo no sé si echarme a llorar o tirarla al pilón.
Y al final no hago ninguna de las dos cosas, porque son las ocho y media de la mañana de un jueves y a las ocho y media de la mañana de un jueves en este pueblo no se hace ninguna de esas dos cosas: a esa hora se abre, se friega, se carga y se descarga.
Lo que hago es quedarme quieta en el bordillo con el perro entre los pies.
Y a los cinco minutos, el furgón del Ayuntamiento entra otra vez en la Plaza por el arco de la esquina, despacio, dando saltos en el empedrado, y aparca en el lateral con dos ruedas encima de la acera, y se bajan los dos, y Genaro se pone los guantes de un manotazo y coge la barra de uñas del asiento de atrás y se va derecho a la tarima de la caseta del jurado, y le dice algo al chaval por encima del hombro, y el chaval se ríe.
Y yo estoy sentada en el bordillo, a veinte metros, con su navaja en una bolsa de churros y con su perro a mis pies.
Y le digo buenos días.
Y él levanta la barra a modo de saludo y me dice:
— Herminia, la tabla te la tengo para el lunes.