El membrillo del jurado Capítulo 19
79%

Capítulo 19

La carpintería de Genaro Bejarano abre a las ocho y cierra cuando él se acuerda.

No tiene rótulo. No ha tenido rótulo nunca.

Tiene un portón verde en la calle de las Cambroneras, con el verde comido por el sol de sesenta veranos, y encima del portón un balcón con dos macetas de geranios que riega la vecina desde que doña Emérita ya no baja.

El taller es el bajo. La casa es lo de arriba. Y las dos cosas son el número once, y eso yo lo he sabido toda la vida y hasta el domingo no lo había sabido nunca, que son dos cosas distintas.

Llego a las diez de la mañana del miércoles con un metro en el bolsillo del delantal y una excusa que es verdad, que son las mejores: se me ha rajado la tabla de oreo grande de la cámara, la de arriba, y llevo desde marzo diciendo que hay que cambiarla y poniendo debajo una cuña de cartón, que es la solución más provisional del mundo y que lleva dos meses.

— Buenos días.

— Buenos.

Genaro está en el banco, de espaldas, con la gorra puesta dentro de su propia casa, porque este hombre no se quita la gorra más que en las mesas ajenas y en misa. Está encolando una silla. No se gira.

El taller huele a lo que huelen los talleres de madera, que es un olor que no se parece a ningún otro y que a mí me lleva directa a mis ocho años, cuando su padre le hacía a mi padre las cinchas de los quesos aquí mismo, en este banco, con las mismas gubias colgadas de la misma tabla.

— Vengo a que me hagas una tabla.

— ¿De qué medida?

— Un metro veinte por cuarenta. Pino. La de la cámara, que se me ha rajado por la veta.

— Ya te dije yo que ese pino no.

— Ya me lo dijiste.

— Pues eso.

Aprieta el sargento de la silla media vuelta más, comprueba con el dedo, y por fin se limpia las manos en el pantalón y se gira.

Está más delgado. Más delgado que en marzo, quiero decir, y yo no me había fijado, y ahora me fijo, y me fijo porque llevo tres días buscándole cosas y ésa es la mala manera de mirar a un amigo.

— Herminia, esa tabla te la hago yo en veinte minutos — dice —. Lo que pasa es que hasta el lunes no la tienes. Que mañana empiezo con la Plaza.

———

Se pone a buscar el tablero en el rimero del fondo. Y yo me quedo ahí, con las manos en los bolsillos del delantal, oyendo el techo.

Porque el techo hace ruido. Se oyen unos pasos arriba, lentos, arrastrados, de un lado a otro de la habitación, y luego una tos, y luego los pasos otra vez.

— ¿Su madre?

— Está buena. — Saca un tablero, lo mira al trasluz, no le gusta y lo devuelve —. Está buena y está en la ventana. Se pasa el día en la ventana viendo pasar a la gente, y luego me cuenta quién ha pasado y yo le digo que sí. Ayer me dijo que había pasado mi padre.

— Genaro.

— Ochenta y ocho años. — Saca otro tablero —. Éste. Éste es bueno. Toca.

Y me lo pone delante para que lo toque, y yo lo toco, porque cuando un carpintero te dice que toques una madera hay que tocarla, igual que cuando yo le digo a alguien que huela un queso.

— Está bueno.

— Está bueno. — Lo apoya en el caballete —. La vecina de arriba está pendiente. Y Fabiola sube por la tarde. Yo por la noche estoy.

Nadie le ha preguntado eso. Nadie le ha preguntado nada de eso. Y él lo ha dicho seguido, como quien recita una cuenta que lleva mucho tiempo echando, y a mí se me queda dentro y me pesa.

———

Necesita atar el tablero para que no me baile en el maletero. Coge un cordel del rollo que tiene colgado del techo, de ese cáñamo grueso de toda la vida, tira un metro y medio y luego se mete la mano en el bolsillo del pantalón.

Y saca un cúter.

Un cúter de esos amarillos de ferretería, con la cuchilla que se parte a trocitos, que valen dos euros y que compra todo el mundo y que sirven para todo y para nada.

Corta el cordel con él. Y le cuesta, porque el cáñamo grueso ese de toda la vida no se corta con un cúter de dos euros, y él tiene que dar dos pasadas y al final tirar del cordel con el puño para que ceda, y en la segunda pasada la cuchilla resbala y por poco se lleva un dedo.

— Menuda porquería — dice.

Y sigue atando, y lo ata bien, con un nudo de esos que hacen los que han trabajado con cuerda, un nudo que se aprieta solo cuando tiras y que se suelta de un capirotazo cuando le das por donde hay que darle. Yo no digo nada. Yo estoy en otro sitio.

Yo estoy en el viernes de la Feria, a la hora de comer, con Genaro delante de la caseta de la asociación y el rollo de cuerda colgado del hombro, midiendo con el brazo y cortando y volviendo a medir, y esa hoja negra y mate saliendo del mango de encina con un chasquido, y el corte de una sola vez, limpio, sin serrar, sin dos pasadas y sin tener que tirar con el puño.

Y estoy también en el lunes de la semana pasada, en Casa Zafrilla, con este mismo hombre subido en una silla arreglándole a su hermana la estantería que llevaba tres años torcida, sacándose del bolsillo del pantalón ese cúter amarillo de ferretería para cortar un triste trozo de fieltro.

Y yo lo vi. Lo vi con estos ojos y no le di la menor importancia, y sin embargo lo apunté, porque la cabeza apunta cosas sin pedirte permiso cuando lleva cuarenta años catando y comparando y diciendo esto no es de aquí.

Hace once días que no le veo la navaja a este hombre.

Y en cuarenta años no ha habido un solo día en que yo entrara en este taller, o me lo cruzara en la Plaza, o me sentara con él en el mesón de su hermana, y no le viera la navaja en la mano o el bulto de la navaja en el bolsillo derecho del pantalón, que se lo ha desgastado y le ha sacado un brillo en la tela que se ve desde la otra acera.

———

Y entonces lo dice él. Solo. Sin que yo abra la boca.

— La navaja la perdí.

Está de espaldas, colgando el rollo de cordel otra vez en el gancho del techo. Lo dice de la manera más tranquila del mundo, con las dos manos arriba.

— ¿Cuál navaja?

— La mía, mujer. La de mi padre. — Se gira —. La perdí en la Plaza, montando. El sábado. Yo creo que se me cayó por las tablas de alguna tarima, porque me pasé la mañana agachado y el pantalón ese que tengo ya no sujeta nada.

— ¿Y no has mirado?

— ¿Dónde voy a mirar? Hay ochenta metros de tarima.

— Se encoge de hombros —. Ya aparecerá cuando levantemos.

O no. Sesenta años tenía esa navaja, Herminia.

Las iniciales se las quemó mi padre con un alambre al rojo, en la lumbre, el día que le dieron el taller.

Se lo vi hacer yo, con seis años, sentado en ese escalón de ahí.

Y no dice más. Y se pone a barrer.

Ay, madre de mi vida.

Porque yo venía preparada para una mentira.

Yo he venido a este taller con el metro en el bolsillo y con la mentira ya elegida, esperando oírle decir que la navaja la tenía en casa, en el cajón de la mesilla, o que se la había prestado a un sobrino, o que ya no se acordaba, cualquier cosa de esas que dice un hombre cuando le preguntas por una herramienta que no quiere que le veas.

Y ni siquiera le he tenido que preguntar.

Me lo ha dicho él, colgando un rollo de cordel de un gancho, sin girarse, y lo que me ha dicho es la verdad.

La verdad pelada y entera, con el día y con el sitio y con el motivo: que se pasó la mañana agachado y que ese pantalón ya no sujeta nada.

Se le cayó por las tablas de una tarima el sábado, agachado, trabajando.

Es que es verdad. Eso es lo peor de todo. Que un hombre te puede contar exactamente lo que ha pasado, sin quitar una coma, y con eso taparlo todo.

———

Le pago la tabla y no me la deja pagar, claro, que a Genaro Bejarano no le ha pagado nadie una tabla en su vida, y estamos discutiendo los quince euros de siempre en el portón cuando pasa por la calle el furgón del Ayuntamiento y toca el claxon dos veces.

— Mañana a las ocho — grita el que va de copiloto, sacando el brazo por la ventanilla.

— A las ocho.

— ¡Y trae la barra buena, que la del año pasado se dobló!

— Que sí, hombre.

El furgón se va calle abajo. Genaro se queda mirándolo.

— Mañana empezamos a desmontar — me dice —. Han tardado, ¿eh? Doce días. Yo lo tenía que haber quitado el lunes pasado, pero con lo que ha pasado, la alcaldesa dijo que se esperaba, no fuera que la Guardia Civil quisiera mirar algo. Ya lo han mirado todo. Ya me lo dijo el cabo el viernes.

— ¿Y por dónde empezáis?

— Por las lonas. Y luego las tarimas, que son lo que más cuesta. — Se pasa la mano por la nuca —. Ochenta metros de tablón. Con el chaval del Ayuntamiento y conmigo, dos días. Jueves y viernes.

— ¿La del jurado también?

Me sale así. No lo pienso. Me sale, como me sale todo, y en cuanto lo he dicho ya me estoy odiando.

Genaro no se inmuta. Se agacha, coge una viruta larga que se le ha escapado a la escoba y la echa al cajón.

— Ésa la primera — dice —. La alcaldesa quiere que ésa no esté ahí ni un día más. Y tiene razón.

———

Me voy con la tabla atada en el maletero, que no me hacía falta hasta el lunes y que él me ha hecho en veinte minutos porque le he dicho que la necesitaba.

Aparco en el camino de los Berrocales, delante de mi casa, y no entro.

Me quedo dentro del coche, con las manos en el volante y la radio apagada y el sol dándome en el brazo izquierdo por la ventanilla, quince minutos, o veinte, o los que sean, mientras por el retrovisor veo a Yaiza cruzar el patio con dos cajas y volver a cruzarlo sin ellas.

Ochenta metros de tarima. Jueves y viernes. Y la del jurado la primera, porque la alcaldesa quiere que eso no esté ahí ni un día más, y tiene razón, y él ha dicho que tiene razón.

Mañana a las ocho de la mañana, Genaro Bejarano va a coger una barra de uñas y va a levantar, él, con estas manos suyas de raíz, los tablones de la caseta del jurado.

Y debajo de esos tablones lleva doce días tirada una navaja de carpintero de sesenta años con dos iniciales quemadas al rojo por un hombre que se murió en el ochenta y cuatro y que se las quemó sentado en un escalón con su hijo de seis años mirándole.

Y si aparece, la coge él. Y se la limpia en el pantalón y se la mete en el bolsillo, y no pasa absolutamente nada de nada, y nadie lo sabrá nunca, y este pueblo se pasará quince años diciendo en las mesas de Casa Zafrilla que a Nino Corbacho lo mató la chapuza del chaval de los Pinilla, y el chaval se hará viejo aquí oyéndolo.

Y si no aparece, pues no aparece: la barren con el serrín y las colillas y los tornillos sueltos, y se va al contenedor de escombros, y de ahí a la escombrera de la carretera de Guadalupe, y ahí se acaba todo.

Miro el reloj del salpicadero. Las once y veinte de la mañana del miércoles.

Salgo del coche. Entro en el zaguán, cojo la correa del gancho de la puerta y silbo una vez, y Cuajo sale del obrador disparado como un cohete, dando saltos, con esa cara de imbécil feliz que ponen los perros cuando ven una correa y creen que se les ha arreglado la vida.

— Herminia, ¿a dónde vas ahora? — dice mi madre desde la cocina.

— A la Plaza.

— ¿A qué?

Y le contesto la verdad, que es que no lo sé.