Capítulo 18
...y lo peor de todo es que la cuajada no espera.
Eso es lo que estoy pensando a las seis y veinte de la mañana del martes, con los brazos metidos hasta el codo en cuarenta litros de leche a treinta y dos grados y la cabeza en otro sitio.
La leche no sabe lo que pasó el sábado en la Plaza.
La leche va a lo suyo. Se pone, cuaja, se corta y se moldea, y si tú te distraes doce minutos porque llevas toda la noche viendo a un hombre salir de una caseta con una caja de herramientas, la cuajada se te pasa y sale un queso que no vale nada y que encima huele a soberbia.
Se me pasó. La corté tarde y la corté grande. Yaiza me miró y no dijo nada, que la chavala aprende deprisa.
— Está sosa — dice mi madre a las ocho, probando la de ayer con el dedo.
— Está bien.
— Está sosa, Herminia. Y la de mañana estará salada, porque eso es lo que hace la gente cuando le dicen que le ha salido sosa una cosa.
Y tiene razón, claro. La tiene siempre. Ochenta y tres años y sigue metiendo el dedo en mi cuajada, y a mí eso me pone de los nervios y el día que no lo haga se me acaba el mundo.
———
Don Casimiro llevó las fotos al cuartel ayer por la tarde, a las siete, con la máquina y con el ordenador de la parroquia debajo del brazo, todo el paseo desde Santa María, y no quiso que lo llevara yo en el coche. Me llamó a las nueve.
— Muy amables — dijo —. Me han dado café. La teniente se ha quedado la tarjeta y me ha dicho que se lo mandan a Madrid.
— ¿Y qué más?
— ¿Qué más de qué?
— ¿Le han preguntado algo?
— Me han preguntado si en la torre había alguien más conmigo. Y les he dicho que en la torre de Santa María a las seis y media de la mañana no hay nadie más que yo y Dios, y el cabo se ha reído y la teniente no.
Eso es lo que hay: la teniente Mansilla tiene una foto movida de un hombre sin cara a cincuenta metros y con mala luz, y la va a mandar a un laboratorio de Madrid, y en Madrid le van a decir dentro de tres semanas lo que ya se sabe, que es un hombre, que lleva una caja y que no se le ve la cara.
Y eso, en un pueblo de nueve mil habitantes en el que la mitad de los hombres tienen una caja de herramientas en el maletero y la otra mitad la tiene en el corral, no es nada.
Para ellos no es nada, y hacen bien, que ellos trabajan con lo que se puede escribir en un papel.
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Nicasio aparece a las diez con la excusa de las vacunas de las veinte cabras que tengo detrás por gusto, porque la leche buena se la compro a los de la Cumbre y todo el mundo lo sabe. Las vacunas eran para la semana que viene. Tampoco eso lo dice ninguno de los dos.
Cuando acabamos nos vamos andando por el camino de los Berrocales, que sube entre las piedras y no lleva a ninguna parte, y eso es exactamente lo que tiene de bueno.
Cuajo va delante, metiendo el hocico debajo de las jaras, buscando lo que busca siempre, que es una guerra que no le ha declarado nadie.
Andamos un rato sin decir nada. Con Nicasio se puede.
— Lo vas a dejar — dice él, al cabo.
— No he dicho eso.
— No hace falta que lo digas. Llevas tres días con la cara de mi padre cuando tenía que sacrificar una vaca.
Me paro. Hay una piedra ahí, un berrueco de esos enormes, redondo, con líquenes amarillos, que lleva en ese sitio desde antes de que existiera Trujillo y que seguirá cuando no quede ninguno de nosotros. Me siento en el escalón que le hicieron los pastores hace ciento y pico años.
— Nicasio, yo he empezado esto porque iban a por el chaval.
— Ya.
— Y el chaval ya está limpio. Tiene sus fotos, tiene su fecha, la Guardia Civil las tiene. A Álvaro Pinilla le caerá una multa y una reprimenda y su padre le va a hacer la vida imposible seis meses, y eso es lo que le tiene que caer, ni más ni menos. Yo he hecho lo que tenía que hacer. Ya está.
— Ya está.
— Ya está.
Nicasio se agacha, coge una piedra pequeña, la mira y la tira. Da igual dónde. Tiene cincuenta y nueve años y sigue tirando piedras.
— Herminia, tú no sabes callarte.
— Vaya, gracias.
— No, escúchame, que no lo digo de malas.
— Se apoya en el berrueco, a mi lado, de pie —.
Yo llevo cuarenta años viéndote no saberte callar.
En el instituto de Cáceres, cuando te levantaste a decirle al de Latín que estaba equivocado, ¿te acuerdas?
Y estaba equivocado. Y te puso un cuatro en junio y estaba equivocado igual.
En la junta del noventa y seis, cuando dijiste lo del contable delante de todos y te quedaste sola tres años.
Con Onésimo. Con tu padre, hasta con tu padre, que en paz descanse, y que te llevó dos meses sin hablar por lo de la marca del molde.
— Menudo currículum me estás haciendo.
— Es que ése es tu currículum. — Se calla un momento —. Y este pueblo te quiere por eso. Tú te has metido en la cabeza que te aguantan, y llevas cuarenta años equivocada, y encima con lo lista que eres.
Yo miro para el suelo, porque no sé mirar a un hombre a la cara cuando dice esas cosas, y porque en el suelo hay una hormiga y las hormigas son muy interesantes.
— Si sigo — le digo —, se rompe algo.
— Ya está roto.
— Se rompe más.
— Herminia. — Y me lo dice tranquilo, mirando al berrocal, sin mirarme, que es como me lo tiene que decir —.
Lo que está roto no se arregla haciendo como que no.
Eso lo sabes tú mejor que yo, que abres una cámara todas las semanas y tiras lo que hay que tirar.
Sigue. Y cuando llegues a donde tengas que llegar, me llamas y voy contigo. Y ya está.
Y luego, porque es Nicasio Tovar y porque ha dicho más de lo que dice en un mes, se pone a hablarme de una vaca que tiene mastitis.
———
La mesa de la cocina de mi casa es de pino, la compró mi abuela y le sobresale una veta en la esquina que llevo cincuenta y seis años recorriendo con el dedo cuando pienso.
Encima de la mesa, esta tarde de martes, hay tres cosas.
Un membrillo de mi madre: el último de la hornada de octubre, el que guardaba en la despensa envuelto en papel de horno, moreno, denso, con su clavo dentro y la marca del molde de barro por los cuatro costados, ese dibujo de rombos que le hizo alguien a mano hace ochenta años y del que ya no queda otro igual en Extremadura ni en ningún sitio.
Mi móvil, con la foto que tiré el lunes en la caseta cuando fui a recoger mis quesos del concurso y me quedé plantada mirando aquella mesa como una boba mientras Yaiza cargaba las cajas.
Y una libreta de las de llevar la cuenta de la leche, abierta por una hoja limpia.
Yaiza está en el obrador. Cuajo está debajo de la mesa. Mi madre está en su butaca, con la labor, a dos metros, dándome la espalda.
Y yo escribo tres cosas en la hoja limpia.
El nombre.
El oficio.
La casa.
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El nombre. La torta del Berrocal, doscientos años en la boca de este pueblo, registrada el nueve de abril a nombre de una sociedad de Madrid, con una lista de once queseros ordenados por lo débiles que estaban.
Eso no se lo quitaba Nino a los queseros.
Eso se lo quitaba a Trujillo entero. Genaro no hace queso.
Pero Genaro es de aquí, y en el papel del registro no pone Herminia Chamorro: pone el Berrocal, que es donde este hombre lleva sesenta y un años criándose.
El oficio. El viernes de la Feria, a la una de la tarde, delante de la caseta del jurado, con treinta vecinos oyéndolo y un fotógrafo de Cáceres tirando fotos: la Feria se hace mayor, el año que viene el montaje lo lleva una empresa de Cáceres, con sus certificados y sus seguros, ya está bien de andar con apaños.
Y la palmada en la espalda. Y el Genarito.
Treinta años montando casetas por cuatro perras y arreglando de paso todo lo que se rompía en la Plaza. A los sesenta y uno.
La casa. Calle de las Cambroneras, número once. Cuarenta años. Renta antigua. Y una fecha de desocupación prevista, escrita a máquina en un papel con membrete, en la carpeta de gomas de un armario metálico de una nave de cabras.
Tres cosas. En la misma semana. Al mismo hombre.
Escribo debajo, con la letra torcida que se me pone cuando escribo deprisa: quién sabía lo de las siete.
Y me contesto sola: todo el pueblo. Doce años abriendo él solo, con su llave, y las muestras no las toca nadie más que yo. Todo el pueblo lo sabía sin tener que acordarse de que lo sabía, que es la manera más peligrosa de saber una cosa.
Eso no lo sabía el fondo hotelero. Eso no lo sabía la abogada de Madrid, que estaba en el parador a doscientos metros.
Eso no lo sabe un forastero por muchas vueltas que le dé y por muchos papeles que traiga en la carpeta.
Eso lo sabe alguien de aquí, y encima alguien que sabía que el diferencial de esa caseta estaba en la pared de la izquierda, detrás de la lona, y que el cuadro se abría sin llave porque la cerradura lleva rota desde el año de la nieve.
Alguien que había montado esa caseta con sus manos y que sabía dónde estaba cada cable porque los había pasado él.
Dejo el bolígrafo encima de la libreta y me quedo mirando la veta de la mesa, y me acuerdo de Cipri agachado en la ventanilla del coche, con la cara colorada y la mala baba de un hombre al que acaban de destripar en su propia nave, diciéndome: el que más perdía no era yo, Herminia.
Pregúntale a Genarito qué le dijo Nino el viernes.
Yo lo oí como una crueldad.
Y no era una crueldad. Era Cipriano Cañamero, que lleva sesenta y cuatro años en este pueblo y que estaba en la Plaza el viernes a la una de la tarde, contándome una pena.
———
Mi madre no se ha girado. Sigue con la labor, en su butaca, con la luz de la ventana dándole por la izquierda, y lleva cuarenta minutos sin decir una palabra, cosa que en Basilisa Nevado no ha pasado nunca sin motivo.
— Madre.
— Qué.
— ¿A quién le dio usted membrillo en octubre?
— Ya te lo dije el lunes pasado. Siete. Y no me hagas repetirlo, que ya lo apuntaste.
— Ya.
— Pues eso.
Yo cojo el membrillo de la mesa. Lo pongo al lado del móvil, con la foto abierta, y miro las dos cosas juntas: el dulce entero de mi despensa y el dulce empezado de la trastienda de un muerto.
El mismo tono. La misma marca de rombos.
Los mismos cuatro clavos hincados en las esquinas, que eso lo hace mi madre y no lo hace nadie más, porque dice que así el clavo se saca luego y no te lo comes.
Y en la foto, los dos cortes. Gruesos. Limpios. De un tajo, y sin tocar la mesa por debajo, porque quien los dio no apoyó la pieza: la levantó y cortó en el aire, hacia el pulgar, con la pieza en la mano.
Eso no lo hace nadie con un cuchillo de cocina.
Mi madre deja la labor en el regazo. No se gira. Habla hacia la ventana, con esa voz suya de las cinco de la tarde, sin ninguna prisa, como quien comenta lo que ha dicho el hombre del tiempo.
— Ese membrillo se lo di yo en octubre, hija — dice —. En mano. Y Genaro no se come el membrillo solo, que se lo he visto mil veces. Lo corta con la navaja y se lo come con queso.