Capítulo 17
Las cigüeñas de Santa María empiezan a las siete menos veinte y no paran hasta las nueve.
Ese ruido de tablillas, el crotoreo, que aquí no lo oye nadie porque llevamos toda la vida oyéndolo y ya es como el ruido de la nevera de tu propia casa.
Los de fuera se paran en mitad de la calle con la boca abierta y nos preguntan qué es eso.
Y una les contesta que son las cigüeñas, y ellos dicen qué maravilla, y una piensa: maravilla la que te van a hacer en la teja si te descuidas.
Don Casimiro Rosco lleva veinte años quejándose de las tejas y haciéndoles fotos a las cigüeñas.
Las dos cosas a la vez, sin ver contradicción ninguna, que ésa es la manera de estar en el mundo de este hombre.
En agosto reúne a la cofradía para hablar de lo que cuesta arreglar el tejado de Santa María, y enseña las facturas, y se pone serio, y dice que esos bichos se lo están comiendo todo.
Y luego, en octubre, cuando se van a África, se pasa dos meses mirando los nidos vacíos con una cara que da pena verlo.
Me llamó el domingo por la noche para pedirme dos tortas para su hermana, la de Cáceres, que viene el jueves.
Y a mí me faltó tiempo para decirle que se las llevaba yo el lunes a primera hora, que ya podía habérselas mandado con Yaiza y me habría ahorrado el viaje, y él me dijo que no hacía falta, que él bajaba, y yo le dije que ni hablar, que bajar la cuesta de la Villa a los sesenta y nueve es una cosa y subirla es otra.
En cuarenta y ocho horas, ese hombre me ha dicho tres veces que no hacía falta que fuera. Y las tres veces yo he dicho que sí. Que ya son ganas.
———
La casa parroquial huele a bizcocho de yogur, porque la mujer que le lleva la casa a don Casimiro hace bizcocho de yogur los lunes desde hace once años y a nadie se le ha ocurrido nunca proponer otra cosa.
Estamos en la mesa camilla del despacho, con las tortas encima de un periódico y el café puesto.
— Herminia, mira, mira. Espera. — Se levanta antes de que me haya dado tiempo a sentarme del todo —. Que tengo que enseñarte una cosa.
— Don Casimiro, que he venido a traerle el queso.
— Que sí, mujer, que sí, pero mira.
Y saca la máquina. La saca de la funda con las dos manos, como se saca a un niño de la cuna, y me la pone en la mesa camilla al lado del bizcocho.
— Cuatrocientos milímetros — dice —. Cuatrocientos. Me la regaló mi hermano en agosto. El pequeño, el de Badajoz, el que estuvo toda la vida en la eléctrica. Y le dije que era mucho, que era muchísimo. Y él me dijo: Casimiro, tú te callas.
Yo no entiendo de máquinas de fotos ni quiero entender, pero llevo cincuenta y seis años sabiendo que a la gente hay que dejarla que te enseñe lo suyo.
Es lo mínimo. A mí también me ha aguantado medio pueblo explicándoles la diferencia entre un cuajo animal y uno vegetal, y ninguno me lo ha preguntado.
— Y esto — dice, dándole a un botón — es del jueves. La hembra del nido de San Martín. Mira cómo levanta el ala. Mira. ¿Ves? Está diciéndole al macho que se aparte, y el macho se aparta. Igual que en las casas.
— Igual que en las casas.
— Y esto es del viernes al amanecer. Mira ese naranja. Ese naranja no te lo da ningún sitio del mundo, Herminia. Yo he estado en Roma, ¿eh? Dos veces. Y ese naranja no está en Roma.
— Don Casimiro, ¿usted sube todos los días?
— Todos. — Se sienta y se sirve café —. Menos cuando llueve, que la escalera de la torre se pone que da miedo.
Subo a las seis y media, con la linterna, y me pongo en el hueco del reloj, que es donde hay que ponerse, y espero.
Porque el momento no es cuando sale el sol, que eso lo hace cualquiera.
El momento es antes. Cuando todavía está oscuro y de repente empiezan ellas a moverse en los nidos, y la ciudad está callada, y una se queda ahí sola con la máquina y con Dios y con dos mil bichos que llevan mil años haciendo lo mismo. Eso.
— Ya.
— Tú no lo has visto nunca.
— Yo a esa hora estoy calentando cuarenta litros de leche.
— Pues es una lástima, hija.
Y luego, sin venir a cuento, se pone a hablarme de la Feria.
De lo mal que lo ha pasado el pueblo. De que él ha enterrado a mucha gente en veinte años y nunca había enterrado a nadie con la Plaza puesta de casetas, y de que eso tiene una crueldad especial que no viene en ningún sitio.
Y de que el sábado, al bajar de la torre, se encontró la Plaza llena de guardias civiles y de gente en bata, y no sabía qué había pasado, y estuvo un cuarto de hora preguntando de corrillo en corrillo, y nadie le contaba nada porque nadie sabía nada.
— Y ese hombre — dice, y remueve el café — se ha ido sin confesarse y sin que le perdonara nadie, ni él a nosotros ni nosotros a él, que eso también hay que decirlo.
Que aquí llevamos quince días hablando de Nino como si el pobre no tuviera derecho a que le rezaran.
Yo le he rezado, ¿eh? Que conste. Y me ha costado.
———
Se lo pregunto mojando el bizcocho, para que no parezca lo que es.
— Don Casimiro. El sábado de la Feria, ¿usted subió?
— Claro que subí.
— ¿A las seis y media?
— A las seis y veinticinco, que estaba el cielo bueno. — Y entonces se para. Con la cucharilla en la mano. Y me mira, y no es tonto, don Casimiro no ha sido tonto en su vida, lo que pasa es que lo parece porque es bueno —. Herminia.
— Sí.
— ¿Tú qué quieres?
— Quiero ver las fotos de ese día.
Se queda callado un momento largo. Fuera, el crotoreo. Deja la cucharilla en el plato, sin ruido.
— La Guardia Civil no me ha preguntado nada.
— Ya lo sé.
— Ya. — Se pasa la mano por la nuca —. Es que no se les habrá ocurrido, claro. ¿A quién se le va a ocurrir que el cura de Santa María está a las siete de la mañana en el hueco del reloj con un teleobjetivo?
— A mí.
— A ti. — Se levanta —. Trae la silla.
———
El ordenador de don Casimiro es de la parroquia y tiene el fondo de pantalla de una montaña que no es de aquí. Las carpetas están puestas por años y por meses, y dentro de cada mes, por días. Ni un desorden. Este hombre lleva el archivo de la parroquia desde el ochenta y dos.
— Dos de mayo — dice, y va bajando —. Aquí. Ciento cuarenta y una.
— ¿Ciento cuarenta y una fotos de un día?
— Herminia, es que la mayoría salen mal. Eso no lo dice nadie, pero es así. Tú tiras ciento cuarenta y salvas cuatro.
Las va pasando. Y son bonitas, hay que decirlo.
El nido de San Martín contra el cielo todavía oscuro, luego más claro, luego con esa raya naranja que él dice que no está en Roma.
La torre. La cigüeña con el pico abierto.
La cigüeña volando y saliéndose del cuadro, que es la que él dice que es la buena.
Y detrás, abajo, siempre, la Plaza Mayor.
Porque desde el hueco del reloj de Santa María, si apuntas al nido de San Martín, lo que te queda debajo es la Plaza entera: los soportales, la escalinata, la estatua a caballo y, en el lateral, las casetas de la Feria del Queso con sus lonas y sus tarimas.
— Don Casimiro, pare.
— ¿Cuál?
— Ésa. La de la izquierda del todo.
Es una foto mala, de las que él tiraría sin mirarla dos veces: está desenfocada por delante y la cigüeña ha salido movida y hay una rama en medio.
Pero abajo, en el fondo, entre los tejados, se ve el lateral de la Plaza, y en el lateral de la Plaza hay una caseta, y la caseta tiene la lona corrida, y detrás de la lona hay luz.
Luz amarilla, sucia, temblona, de esas que dan las bombillas de obra colgadas de un cable, y yo esa luz la conozco porque la tengo en mi propia nave del pienso desde hace veinte años y porque la he visto encendida en la trastienda de la caseta del jurado todas las mañanas de todas las ferias desde que la gente tiene memoria.
— ¿Esto qué hora es?
— Espera. — Le da a un botón y sale una lista de letras y números que yo no entiendo —. Aquí. Las seis, cuarenta y uno, y veintitrés segundos. La máquina lo apunta todo, ¿eh? Hasta el segundo. Se lo pones en la hora buena una vez y ya no falla.
Las seis y cuarenta y uno.
Nino Corbacho llegó a las siete y diez, y eso no lo dice Herminia Chamorro: está en el atestado, lo dijo el hombre de la limpieza, lo dijo el del puesto de los ibéricos, que lo vio cruzar la Plaza con la carpeta debajo del brazo y le dio los buenos días y no le contestó.
A las siete y diez. Con su llave en la mano, con la mano en el bolsillo, camino de hacer lo que llevaba doce años haciendo el primer sábado de mayo antes que nadie y él solo.
Y a las seis y cuarenta y uno había alguien dentro de aquella caseta con la luz encendida y la lona echada.
— Siga — le digo, y me sale la voz más seca de lo que quería —. Perdone. Siga usted, don Casimiro.
Sigue. Foto, foto, foto. La cigüeña. El naranja. Un avión que le ha estropeado el cielo y por el que se enfada un poco. Y luego, minuto ocho, minuto once, la Plaza cada vez más clara y la lona de la caseta cada vez más definida.
Y entonces.
— Ésa.
— Ésa está movida.
— Ésa. Grande, por favor.
La agranda. Le da dos veces a la ruedecita del ratón, con ese cuidado de hombre mayor que tiene miedo de romper una cosa que no entiende, y la Plaza crece y se pone borrosa y se llena de cuadraditos, y ahí está.
La lona de la caseta del jurado, abierta por el lado de la trastienda.
Y saliendo de ella, una figura de espaldas, en el fondo, pequeña, del tamaño de una uña, con la Plaza vacía delante y un charco de luz de farola por el que va a pasar dentro de dos segundos.
Un hombre. Un hombre con algo colgando de la mano derecha que le pesa y le tira del hombro para abajo, una caja rectangular, alargada, con un asa por arriba.
Una caja de herramientas de las de toda la vida.
— Las seis, cincuenta y ocho — lee don Casimiro, y le tiembla un poco la voz de leerlo —. Y catorce.
———
Estamos los dos callados delante de la pantalla, y de fondo, el bizcocho y las cigüeñas y la mañana del lunes.
— Herminia — dice él, muy bajito, y ya no queda nada del hombre que presumía del teleobjetivo —. Esto hay que llevárselo a la teniente.
— Sí.
— Esta misma tarde.
— Sí.
— ¿Se le ve la cara?
— No.
Y no se le ve. Ni se le va a ver. Aunque agrandes eso hasta que se rompa, ahí no hay más que una mancha oscura y una caja. La Guardia Civil tendrá sus máquinas y sus laboratorios y hará lo que haga, y a lo mejor sacan la marca de la ropa o el color del pantalón, y a lo mejor no.
Don Casimiro se levanta a poner más café, y se le cae la cucharilla, y dice ay, Señor, y la recoge, y se pone a hablar solo en la cocina de que ya no se hacen las cucharillas como antes.
Yo me quedo sola delante de la pantalla, con la silla arrimada y las gafas puestas y las manos en el regazo, y la miro mucho rato.
Más del que hace falta. Más del que haría falta si yo fuera una mujer sensata que ha venido a traerle dos tortas al cura de Santa María y que tiene el obrador sin fregar y ochenta litros esperando.
La miro hasta que me escuecen los ojos y hasta que esa mancha se me deshace en cuadraditos de colores y deja de ser un hombre y ya no es nada.
Porque a un hombre no lo conoces por la cara.
Eso es lo que se cree la gente. A un hombre lo conoces por otras cosas.
Por cómo deja una herramienta en el suelo.
Por cómo se sienta en una mesa. Por cómo pone el hombro cuando lleva peso a la derecha y baja el otro para compensar, con esa cojera pequeña que no es cojera, que es cansancio de cuarenta años, y que yo llevo viendo cruzar esta Plaza desde que era una cría y él ya salía de la escuela de la calle Tiendas con el serrín de su padre en las rodillas.
Don Casimiro vuelve con la cafetera.
— ¿Le has sacado algo?
— No — le digo —. No se le ve la cara.
Y ésa es la primera mentira que le he dicho a un cura en mi vida.