Capítulo 16
Nicasio Tovar está desayunando de pie, en la cocina, con la puerta de la calle abierta porque los domingos por la mañana en su casa entra el sol hasta el fregadero y él dice que eso vale más que la calefacción.
Yo llego a las nueve, con la torta debajo del brazo, y me lo encuentro mojando una magdalena y leyendo el envase de un antibiótico.
— Buenos días.
— Buenos días. — Ni se sorprende. Ése es el problema de conocer a alguien desde el instituto: que ya no puedes darle una sorpresa ni queriendo —. ¿Café?
— Un momento nada más.
— Ya. — Se sirve otro él —. Siéntate.
Su cocina lleva nueve años exactamente igual.
La misma cortina que puso su mujer, el mismo hule de cuadros, el mismo calendario de la cooperativa que ya nadie cambia.
Hay hombres que cuando enviudan lo cambian todo y hay hombres que no cambian nada, y yo nunca he sabido cuál de las dos cosas es peor.
— Nicasio, tengo que preguntarte una cosa y no te va a gustar.
— Pregunta.
— El sábado de la Feria. El parto de la finca de los Corbacho.
Deja la magdalena. Se limpia los dedos con un trozo de papel de cocina, despacio, y luego se apoya con las dos manos en el respaldo de la silla, y cuando este hombre se apoya así es que va a decir la verdad entera aunque le cueste el ojo derecho.
— Me llamó Ovidio a las cuatro y veinte de la mañana. Una primeriza con el cabrito atravesado. Llegué a las cinco menos diez y me fui a las seis y veinte, y no me fui antes porque hubo que sacarlo a mano y luego había que ver si la madre se levantaba.
— ¿Y Ovidio estuvo contigo todo el rato?
— Ovidio estuvo conmigo con la cabra sujeta entre las rodillas hora y media.
Y luego me acompañó al coche y me dio las gracias, que él siempre me da las gracias.
— Coge el café —. Herminia, un hombre no le sujeta a una cabra la cabeza durante hora y media a las cinco de la mañana y después se planta en la Plaza a las siete menos cuarto a manipular un cuadro eléctrico.
No le da tiempo, no le dan las manos y no le da el cuerpo.
Yo estaba temblando cuando salí de esa nave, y eso que yo solo puse los brazos.
— Vale.
— ¿Vale?
— Vale. Te creo. — Me levanto —. Es que tenía que oírtelo decir a ti, y no a la teniente.
Nicasio me acompaña a la puerta y se queda en el escalón con la taza en la mano. Tiene cincuenta y nueve años, el pelo blanco de mala manera y una camisa de cuadros que le he visto puesta desde que gobernaba Felipe González.
— ¿A dónde vas ahora?
— A darle el pésame a Ovidio. Que llevo nueve días sin dárselo en condiciones.
— Ya. — Sopla el café —. Y de paso.
— Y de paso.
— Herminia.
— Que voy a dar el pésame, Nicasio.
— Si yo no he dicho nada. — Se mete para dentro —. Llévale la torta por la parte de la corteza, que se te va a caer.
———
La finca de los Corbacho está saliendo hacia Santa Marta, donde el berrocal se pone serio y las piedras son del tamaño de una furgoneta y llevan ahí desde antes de que existiera nadie.
En mayo, aquello está verde todavía, con las jaras en flor por todas partes y ese blanco sucio que dura tres semanas y luego se acaba.
La cancela está abierta, como siempre. Ovidio nunca ha cerrado la cancela.
Está en la nave, con la manguera, baldeando el pasillo de las cabras. Cuando me oye llegar, cierra el grifo y se queda con la manguera colgando.
— Ovidio, vengo a darte el pésame.
— Ya me lo diste el sábado.
— Te lo di en la Plaza, con doscientas personas delante, y eso no es dar el pésame. Eso es hacer cola.
Se queda quieto. Ovidio Corbacho tiene cincuenta y siete años y la cara de un hombre de setenta, porque le ha dado el sol todos los días de su vida y porque no ha dormido una noche entera desde que su padre empezó a perder la cabeza.
Deja la manguera en el suelo, se limpia las manos en el pantalón y coge la torta que le doy sin decir nada.
— Pasa a la casilla. Hay una silla.
La casilla de la nave es un cuartito con una mesa, un calendario del año pasado, una estufa de butano apagada y un olor a pienso que se te mete en la ropa y no se va con dos lavados.
Nos sentamos. Él en el taburete, yo en la silla, y de fondo, las cabras dándole a la rejilla del comedero, que es un ruido bonito, aunque no lo parezca.
— Toda esta semana — dice — me ha preguntado la gente que cómo estoy. Y yo no sé qué decir. Porque la verdad es que no lo sé.
— Pues eso es lo que hay que decir.
— Ya. Pero es que la gente no quiere eso.
La gente quiere que llore, y entonces dicen: mira el pobre.
O quiere que no llore, y entonces dicen: mira, si es que ya se sabía que se odiaban.
— Se pasa la mano por la cara —. Yo no odiaba a mi hermano, Herminia.
Yo a mi hermano no lo conocía. Que es distinto y es peor.
Y me lo cuenta. Yo no le pregunto nada. Se lo cuenta él, a la mesa, con las manos abiertas encima del hule.
Que Nino se fue en el setenta y nueve, con veinte años, a Madrid.
Que al principio venía en Navidad. Que luego venía en Navidad un día.
Que luego dejó de venir y mandaba dinero, y que el dinero venía puntual, eso lo dice y lo repite, el dinero venía puntual, que conste.
Que a la madre le dio el alzhéimer en el noventa y ocho y estuvo siete años, siete, y que Ovidio la levantaba, la lavaba, le daba de comer y la volvía a acostar, y que Nino llamaba los domingos y hablaba tres minutos y colgaba diciendo que se le hacía muy duro.
— Se le hacía muy duro — dice Ovidio —. A él.
— Ovidio, eso no...
— Espera, que no he acabado. Que llevo quince días sin acabar.
»Yo no le pedí que viniera. Eso que quede claro.
Yo nunca le pedí a mi hermano que viniera a limpiarle el culo a nuestra madre, porque yo sabía que no iba a venir y porque un hombre no tiene por qué hacer una cosa para la que no vale.
Cada uno vale para lo suyo. Él valía para hablar y para caerle bien a la gente y yo valgo para esto.
— Y señala la nave con la barbilla, el pasillo, las cabras, la manguera tirada en el suelo —.
Lo único que yo le pedí en veinticinco años fue que se sentara una tarde con ella.
Una tarde. Que se sentara y le cogiera la mano, aunque ella ya no supiera quién era. Y me dijo que sí. Y no vino.
— Ovidio...
— Y luego, cuando murió, vino al entierro con una gabardina que valía lo que mis cabras y todo el mundo le daba el pésame a él.
A él. Yo estaba al lado, con el traje de mi padre, y la gente pasaba por delante de mí y le daba la mano a él, porque él era el de la tele.
Y yo le llevaba once meses lavados y siete años de noches sin dormir.
— Coge aire —. Y esto no lo he dicho nunca en voz alta, y ahora que lo he dicho ya no sé para qué lo he dicho.
Fuera, una cabra le pega un topetazo al comedero. Yo no digo nada, porque no hay nada que decir, y porque llevo cincuenta y seis años en este pueblo y todavía no he aprendido a decir nada en un momento así, y las que dicen algo suelen decir una tontería.
———
Al rato saco el tema, porque yo soy incapaz de no sacarlo, y luego me odio y luego lo saco igual.
— Ovidio, ¿tú sabías lo de las casas?
Levanta la cabeza muy despacio.
— ¿Quién te lo ha dicho?
— La mujer de Madrid.
— La abogada. — Se ríe por la nariz —. Menuda pieza.
— Ovidio, ¿lo sabías?
Se levanta. Va a un armario metálico del rincón, de esos de taller, lo abre con una llave que lleva colgada del cinturón y saca una carpeta de gomas. La echa encima de la mesa y la abre él mismo y me la empuja.
— Lo supe el viernes. El viernes de la Feria, a media mañana, en los corrales.
Por eso discutimos, y por eso me oyó medio pueblo, y por eso llevo nueve días viendo cómo me miran.
— Se sienta otra vez —. Me lo enseñó él.
Con el móvil. Tan tranquilo. Y me dijo: Ovidio, esto está hecho, solo falta la firma de la escritura, y a ti te va tu parte. Como si me estuviera haciendo un favor.
En la carpeta hay una hoja impresa igual que la que me enseñó Loreto en el parador. Ocho fincas. Ocho direcciones. La misma palabra arriba.
— Y yo le dije que no. — Ovidio golpea la mesa una vez, con el nudillo, sin fuerza —.
Y él me dijo que la finca sí era mía, que la finca me la dejaba, faltaría más, que él para qué quería cabras.
Las casas eran otra cosa. Las casas eran del patrimonio, dijo.
Patrimonio. Mi hermano llamándole patrimonio a la casa de la calle de las Cambroneras.
— ¿Y tú qué hiciste?
— ¿Yo? Yo me fui a echarle de comer a las cabras.
— Me mira —. ¿Qué querías que hiciera, Herminia?
Él tenía el sesenta por ciento de todo desde que murió mi padre, porque mi padre firmó lo que le pusieron delante y a mí me dijo que ya me lo compensaría el chico.
Yo no tenía nada que hacer. Yo llevo cuarenta años sin tener nada que hacer.
———
Le pregunto por las cabras.
Porque hay veinte metros de comedero, y en veinte metros de comedero caben las cabras que caben, y yo llevo toda la vida contando animales de reojo cuando entro en una nave.
Es un vicio de cincuenta años y ya no hay quien me lo quite, y me pasa hasta viendo la televisión.
Y cuando yo venía a esta finca a por leche, hace cinco o seis años, en este pasillo no se cabía.
Había que meterse de lado. Y ahora hay hueco entre bicho y bicho, y las de la punta de allá están comiendo con toda la comodidad del mundo, cosa que una cabra no hace nunca si tiene a otra al lado.
Ahí faltan cabras.
Ovidio no me lo niega. Se pone colorado, que es una cosa terrible en un hombre de esa edad, y dice:
— Cuarenta y tres. Desde hace tres años.
— ¿A quién?
— A un tratante de Talavera. En efectivo.
— Traga —. La finca era de los dos, Herminia, y las cabras eran de la finca.
Ya lo sé. Ya sé lo que es. Y me da igual lo que sea, porque con eso he pagado el gasóleo, el pienso y la residencia donde estuvo mi padre los últimos catorce meses, que son mil ochocientos euros al mes y mi hermano no me dio un duro para eso, ni uno, porque decía que para eso estaba la pensión.
— Se le rompe un poco la voz y se aclara la garganta con rabia —.
Cuéntaselo a la teniente si quieres. Me da igual.
Que me metan lo que me tengan que meter.
Yo lo único que quería era que mi padre se muriera limpio y en una cama.
Yo miro la carpeta. Miro la hoja. Ocho direcciones.
Y ahí está, la tercera desde arriba: calle de las Cambroneras, número once.
— Ovidio.
— Qué.
— Este número once.
Y él mira, y sabe perfectamente lo que está mirando, porque lleva nueve días mirándolo solo en esta casilla con la carpeta abierta y la estufa apagada.
Y baja los ojos al suelo de cemento y lo dice sin ninguna intención, sin saber lo que me está poniendo en la mano, que es la única manera en que en este pueblo se dicen las cosas importantes.
— Ésa es la peor de todas — dice Ovidio Corbacho —. Y en esa casa lleva cuarenta años Genaro, con la Emérita metida en la cama.