El membrillo del jurado Capítulo 15
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Capítulo 15

Un café en el parador cuesta dos euros con veinte. En Casa Zafrilla cuesta uno con treinta y te lo ponen con una pasta. Lo digo porque llevo desde el noventa y cuatro entrando en el parador dos veces al año, y las dos veces me acuerdo de lo mismo.

Pero he entrado hoy, sábado, a las once menos cuarto, porque Loreto Vadillo se va mañana en un taxi al aeropuerto y porque esta mañana, antes de las siete, Yaiza me ha puesto el móvil delante de las narices con la cuajada todavía sin cortar.

— Herminia, mira esto.

— Estoy liada.

— Que mires. Dehesa Corbacho, Sociedad Limitada. Constituida en dos mil once. Dos socios: Bernardino Corbacho Gallardo, sesenta por ciento; Loreto Vadillo Ochoa, cuarenta.

— Eso ya lo sabíamos.

— Ya. Pero mira el objeto social. — Y me acerca la pantalla, que yo sin gafas no veo un burro a dos pasos —. Explotación agropecuaria. Servicios de asesoramiento. Y luego, al final: compraventa, arrendamiento y promoción de bienes inmuebles.

— Yaiza, corta la cuajada.

— ¡Que eso significa que compran y venden casas!

— Significa que un abogado de Madrid le puso a la sociedad todo lo que se le ocurrió, para no tener que volver al notario. Eso lo tiene hasta la cooperativa. Corta la cuajada.

Lo cortó. Y yo estuve toda la mañana con el pecho raro, porque en este oficio uno aprende que las cosas no huelen mal de golpe: primero huelen distinto, y tú te dices que no es nada, y a los dos días abres la cámara y ya no hay queso que salvar.

———

Loreto Vadillo está desayunando sola en la terraza de los naranjos, con el ordenador abierto y tres carpetas al lado, y a las once menos cuarto de un sábado de mayo ya lleva puesto un traje de chaqueta.

— Señora Chamorro.

— ¿Me conoce usted?

— Conozco a todos los queseros de este pueblo. Es mi trabajo. — Cierra el ordenador. Aparta una silla con el pie —. La estaba esperando desde el martes, la verdad. Tarda usted.

Me siento. Pido un café con leche y no digo nada de los dos euros con veinte.

— Va a decirme que no debería estar hablando con usted — dice ella —. Y va a tener razón. Me lo ha dicho mi abogado esta mañana. Es la primera vez en diecinueve años que tengo abogado en vez de serlo, y le aseguro que la sensación es desagradable.

— Yo no venía a que me contara nada.

— ¿Ah, no? ¿A qué venía?

Y aquí es donde tenía que haber dicho algo con gracia, y donde no digo nada con gracia, porque llevo una semana sin dormir bien y porque el café está bueno, con perdón.

— Venía a preguntarle por qué lo hizo.

— ¿El qué?

— El nombre. La torta del Berrocal. Usted es abogada de marcas.

Usted sabe perfectamente lo que hay que hacer para que un nombre que lleva doscientos años en boca de todo el mundo aparezca de repente en un papel a nombre de una sociedad de Madrid.

Y sabe también que no lo hizo su socio, porque su socio no sabía rellenar el impreso ese ni con instrucciones. Lo hizo usted.

Loreto Vadillo se queda mirando el hueso de un melocotón que tiene en el plato. Tiene cuarenta y cuatro años, una manera de estar sentada muy recta que no se aprende en un pueblo, y las uñas comidas, cosa que no le pega nada.

— Sí — dice —. Lo hice yo.

———

— Se lo voy a contar de la manera más corta que sé — dice, y se sirve más café —, porque llevo nueve días contándomelo a mí misma y ya estoy harta de mi propia voz.

»En noviembre, Nino me dijo que quería blindar el nombre.

Me dijo que era para protegerlo. Que si no lo registraba él, lo registraría un fondo francés o un tío de Barcelona, y que entonces sí que estaríais listos.

Eso me lo dijo en un restaurante de la calle Alcalá y yo me lo creí, y quiero que entienda una cosa, señora Chamorro: me lo creí porque me convenía creérmelo. No porque fuera tonta.

— ¿Y luego?

— Luego lo registré. Es sencillo, ¿sabe?

Ése es el problema. Es de una sencillez que da vergüenza.

Doscientos años de gente diciendo un nombre en voz alta valen menos, jurídicamente, que ciento cincuenta euros y un formulario bien puesto.

Y yo lo puse bien, porque en eso soy buena.

Lo presenté el doce de febrero y el nueve de abril estaba concedido, y no se opuso nadie, porque nadie de aquí lee el boletín. ¿Usted lee el boletín?

— Yo leo el parte de la leche.

— Ya.

Se calla. Pasa una cigüeña por encima, baja, de esas que van a la torre de Santa María y hacen ese ruido de tablillas que aquí ya no oye nadie porque lo llevamos oyendo toda la vida.

— En cuanto salió concedido le pedí las cartas — dice Loreto —. Los modelos de las cartas de requerimiento. Quería revisarlas antes de que salieran. Y él me mandó una lista.

— ¿Qué lista?

— Una lista de once queseros de la comarca, ordenada. Y al lado de cada nombre había un número. Y los números eran lo que él calculaba que se podía pagar por cada quesería. — Me mira por fin —. Usted era la número dos.

— ¿Y quién era la uno?

— Cañamero. Porque estaba débil. Nino sabía que estaba débil, no me pregunte cómo, ese hombre sabía cosas de este pueblo que no sabe ni el cura.

— ¿Y Miriam Cerrillo? — digo —. Porque aquí ya se ha dicho que era la vendida.

— Miriam Cerrillo era la número once. — Loreto no levanta la vista de la carpeta —. Y a ésa no hubo que mandarle ninguna carta, porque firmó ella sola. El viernes, aquí, a las cuatro de la tarde. Usted la vio subir.

— La vi subir.

— Pues eso es todo lo que hizo esa chica: vender lo suyo, que es lo único que puede uno vender sin quitarle nada a nadie, aunque en este pueblo eso no lo entienda ni el apuntador.

— Aparta el plato del melocotón —. Y le firmó a un hombre vivo.

El sábado a las siete y media perdió el contrato, perdió el dinero y perdió el gremio de una sentada, y estaba cenando en Cáceres con su hermana y con quien usted quiera preguntar.

Es la única de esta feria que no tenía ni un motivo. Y es a la que ustedes miran.

Yo tengo las manos alrededor de la taza y la taza está caliente y a mí las manos siempre me están frías, así que las dejo ahí.

— Entonces — digo — aquello de protegerlo era mentira.

— Aquello era una lista de la compra con lazo.

Y yo, que llevo diecinueve años haciendo esto y he registrado marcas para gente peor que él, me quedé con esa lista en la pantalla un rato largo, y por primera vez en mi vida me dio por pensar en la señora que hay debajo de cada número.

Que es lo que uno nunca hace, porque si lo hicieras no podrías facturar.

— ¿Y por eso fue la bronca?

— Por eso fue la bronca. — Se ríe sin ninguna gana —.

Llevo desde entonces pidiéndole que renunciara.

Que lo cediera a la asociación, que quedaría de maravilla, que saldría en todos los sitios como el hijo de Trujillo que le devolvió el nombre a su pueblo.

Se lo vendí como una operación de imagen porque era el único idioma que él hablaba.

Y él me daba largas. Y el viernes de la Feria, cenando en el mesón, se lo puse por delante en dos folios y le dije que si no firmaba me iba de la sociedad y devolvía la marca por mi cuenta, aunque me costara el despacho.

— ¿Y él?

— Se rió. Con la boca llena. Y me dijo que el papel ya estaba firmado y que el lunes empezaba.

— ¿Empezaba el qué?

Loreto Vadillo mete la mano en la carpeta de arriba, saca un folio, lo mira un segundo y lo deja boca abajo encima de la mesa, con la mano puesta.

———

— Su Guardia Civil ya tiene todo esto — dice —.

Que conste. El sábado estuve en esta terraza hasta las dos de la madrugada con el ordenador, y el camarero de noche lo ha declarado, y a las seis y media de la mañana estaba hablando por teléfono con un socio mío de Madrid, veintiséis minutos, y eso está en la factura.

La teniente Mansilla lo comprobó el martes.

Yo no le puse la mano encima a Nino Corbacho, señora Chamorro, y le digo más: con Nino Corbacho vivo, yo tenía una posibilidad de arreglar esto.

Muerto, la marca es de la sociedad, la sociedad se disuelve, entra la herencia y el nombre de su queso se pasa dos años en un juzgado de Cáceres.

Yo perdí el sábado. Perdí todo lo que se podía perder.

— La creo.

— ¿Así, sin más?

— Señora, yo llevo cuarenta años catando. Cuando una cosa está buena, está buena, y no hace falta que me traiga usted el certificado.

Y entonces hace una cosa rara. Se le arruga la cara un momento, un momento nada más, y se pone a recoger las carpetas muy deprisa, y habla mientras recoge, sin mirarme, que es como habla la gente cuando dice lo que de verdad venía a decir.

— Ustedes creen que Nino venía a por el nombre. — Mete el ordenador en la funda —. Y el nombre era lo pequeño, se lo digo yo, que soy quien lo registró. El nombre era la propina. Aquí lo que había era otra cosa.

— ¿Qué cosa?

— Las casas. — Cierra la cremallera —. Venía a vender las casas. Todas.

Levanta el folio que tenía boca abajo y me lo pone delante. Yo saco las gafas del bolsillo del delantal, porque he venido al parador con el delantal puesto, que ya me he dado cuenta y ya me da igual.

Es un listado. Ocho fincas urbanas en Trujillo, con su calle y su número de catastro, y arriba, en negrita, un membrete que no es de aquí, y una palabra que yo no había leído nunca en un papel referida a mi pueblo: activos.

Al lado de cada dirección, una fecha de desocupación prevista.

— Los padres de Nino y de Ovidio compraron casas cuando las casas no valían nada — dice Loreto, de pie, con el bolso al hombro —.

En los sesenta, en los setenta. Y las alquilaron a gente de aquí, con contratos de entonces, de esos que no se acaban nunca.

Renta antigua. Cuarenta euros al mes, señora Chamorro.

Hay una que paga treinta y uno. Para un fondo hotelero, eso es un estorbo con gente dentro. Y Nino tenía la solución.

— ¿Cuál era la solución?

— La solución era él. El hijo del pueblo.

El que sabe cómo hablarle a la gente de aquí.

— Se pone las gafas de sol y ya no le veo los ojos —.

El lunes empezaba con las cartas. Las de la marca y las otras.

Todas juntas, la misma semana, para que a nadie le diera tiempo a organizarse.

Eso me lo explicó él como quien explica una jugada de mus.

———

La acompaño hasta el arco de la entrada. En el patio del parador hay un naranjo y un pozo y un silencio que no se parece a ningún silencio de este pueblo, y por eso viene aquí la gente de fuera, digo yo.

— Señora Chamorro — dice, ya con el pie fuera —. Yo mañana me voy y no creo que vuelva. Pero le voy a decir una cosa y luego usted haga lo que quiera con ella.

— Diga.

— Todos los que están hablando del nombre, del queso y del jurado están mirando donde Nino quería que mirasen.

Él era muy bueno en eso. Llevaba doce años viniendo a esta feria a que le aplaudieran mientras hacía cuentas.

— Se ajusta la correa del bolso —. Y hay ocho casas en ese papel con gente dentro. Yo no las he visto. Usted sí.

Y se va.

Yo me quedo en el arco, con el delantal puesto y las gafas todavía en la mano, viendo cómo un coche de alquiler sale del patio y sube hacia la carretera de Cáceres.

Ocho casas. Con gente dentro.

Bajo a pie hasta la Plaza Mayor, que a esa hora está llena de turistas haciéndoles fotos a las cigüeñas, y me siento un rato en el bordillo de la escalinata, cosa que no hago nunca, y me quedo mirando los soportales.

Casas. La palabra no se me va. Se me queda ahí, dando vueltas, con ese ruido tonto que hace una piedra pequeña dentro de la bota cuando llevas media hora andando y te has empeñado en no pararte a sacarla.