Capítulo 14
En Casa Zafrilla, a las dos y media de un viernes, no se oye a la persona que tienes al lado.
Se oye la campana de la cocina, se oye a Fabiola pidiendo la marcha de la cuatro, se oyen doce conversaciones montadas unas encima de otras y la máquina del café escupiendo vapor cada minuto y medio.
Yo he intentado explicarle esto a la hija de la vecina, que estudia en Salamanca y dice que el ruido le da ansiedad.
No hay manera. Hay gente que ha nacido para el silencio y a mí el silencio me pone nerviosa, será porque llevo cuarenta años trabajando sola con una cuba.
Han juntado tres mesas en el fondo, debajo de la cabeza de venado que lleva ahí desde antes de que naciera Fabiola y que a mí siempre me ha parecido que mira mal.
Estamos mi madre, que ha venido porque ha querido y que ha bajado del coche apoyada en el bastón y con una dignidad de reina destronada; don Casimiro, con la sotana de diario y el pan ya cortado; la Puri, que ha cerrado el estanco a las dos en punto como lleva haciendo desde que murió Franco; Nicasio, que ha llegado el último y oliendo a nave de vacas; y luego los de siempre, que entran y salen y se sientan un rato y se levantan.
Cuajo está debajo de la mesa. Yo lo traigo porque en Casa Zafrilla los perros entran, y porque a Fabiola le hace gracia que le limpie el almacén de ratones dos veces al año a cambio de nada.
— ¡La de las croquetas y la de las migas, que se enfrían! — grita Fabiola desde la puerta de la cocina, y se planta en la mesa con las dos fuentes en un solo brazo, que eso lo hace ella y no lo hace nadie —. Y no me digáis que es mucho, que luego no queda nada y me lo dice mi cuñada.
— Es mucho — dice mi madre.
— Basi, come.
— Ya como. Pero es mucho.
Fabiola Bejarano tiene cincuenta y un años y la energía de una lavadora centrifugando.
Lleva este mesón desde que se lo dejó su padre, y lo lleva a base de poner delante de la gente más comida de la que la gente puede pagar.
Es de esas personas a las que quieres antes de haber decidido si te caen bien.
———
Se come. Y mientras se come se habla de lo que se habla en Trujillo esta semana, que no es de otra cosa.
— A mí lo que me parece — dice uno de la mesa de al lado, que se ha girado sin que nadie le llame — es que a ese hombre lo mató la mala uva. Con perdón. Que se pasó la vida repartiendo, y algo se le vino de vuelta.
— Le dio la corriente — dice don Casimiro —. La corriente no es la mala uva. La corriente es física.
— Ya, pero digo yo que...
— Digas lo que digas, hijo, un hombre se ha muerto, y la mitad de este pueblo lleva una semana hablando de él con la boca llena.
Don Casimiro Rosco es un párroco de los de merendar mucho más que de los de dar sermones. Pero cuando saca esa voz, la mesa de al lado se da la vuelta y se calla, y el hombre se mete una croqueta y no dice más.
La Puri no ha abierto la boca todavía. Come poco, mastica despacio y tiene el cuaderno de hule al lado del plato, porque ese cuaderno no se separa de ella ni para comer. Yo llevo la comida entera esperando, porque a la Puri no se le pregunta: se le espera.
— El de la limpieza — dice de pronto, sin levantar la vista de las migas.
— ¿Qué pasa con el de la limpieza? — pregunta Fabiola.
— Que entra a las siete y media todos los días de Feria. Todos. Doce años. Y esa mañana entró a las siete y media.
— ¿Y?
— Nada.
Y se calla. Y sigue comiendo. Y esto es la Puri, que te suelta un dato como quien deja un ladrillo en la mesa y luego se pone a hablar del tiempo, y tú tienes que decidir tú sola qué haces con el ladrillo.
Yo sé lo que hago con éste. Lo guardo. Si el de la limpieza entra a las siete y media desde hace doce años, y Nino abría a las siete desde hace doce años, entonces esa media hora era de Nino y de nadie más, y todo el pueblo lo sabía.
Todo el pueblo lo sabía sin tener que pensarlo, que es la peor manera de saber una cosa, porque es la manera en la que no te acuerdas de que la sabes.
———
Genaro llega cuando ya están retirando las fuentes. Trae la gorra en la mano, que se la quita siempre al entrar en un sitio con techo, y esas cosas ya no las hace nadie.
— Traigo la moldura — le dice a su hermana —. Y he mirado lo de la estantería.
— Genaro, siéntate y come.
— Es un momento.
— ¡Que te sientes!
Se sienta. Fabiola le pone un plato delante sin preguntarle y él lo mira un segundo antes de coger el tenedor, que es lo que hace la gente que ha comido poco de niño.
Genaro Bejarano tiene sesenta y un años, las manos como raíces y una manera de estar en las mesas que consiste en ocupar el sitio justo y ni un dedo más.
Debajo de la mesa hay movimiento. Cuajo, que se ha pasado hora y media tumbado en un rincón haciéndose el muerto, ha levantado la cabeza y se ha ido derecho a la silla de Genaro.
Se sienta pegado a su bota. No pide, no llora, no hace nada de lo que hacen los perros pesados.
Se queda ahí, mirando hacia arriba, con la seguridad absoluta de un funcionario que sabe que le van a pagar.
Y le pagan. Genaro corta un trozo del queso de la tabla, lo baja por debajo del mantel y desaparece. Ni mira. Lo hace mientras está escuchando a don Casimiro hablar de las cigüeñas de San Martín.
— Ese perro es un sinvergüenza — dice mi madre.
— Ese perro sabe dónde se come — dice Fabiola.
— Igual que su ama.
— ¡Basi!
— ¿Qué? Si es verdad. Ésta se casó con Onésimo por lo mismo, porque el hombre tenía un bar. Lo que pasa es que el bar era de la madre.
Se ríe la mesa entera. Se ríe don Casimiro con la servilleta en la boca, se ríe Nicasio mirando al plato, se ríe hasta la Puri, que se ríe una vez al año. Mi madre no se ríe: se toma un sorbo de vino con toda la calma del mundo y luego dice, y esto también lo dice sin mirar a nadie:
— Yo por lo menos me quedé con el mío.
Cuarenta y ocho años lleva mi padre muerto y ahí sigue, Basilisa Nevado, quedándose con el suyo.
———
Genaro se levanta a media comida. No dice a dónde va. Coge la moldura que ha traído, se va al rincón del arco, y cuando quiero darme cuenta está subido en una silla desmontando la estantería que Fabiola lleva tres años diciendo que está torcida.
Nadie le mira. Ése es el detalle. En este pueblo, cuando Genaro se pone a arreglar algo, la gente sigue hablando, porque es lo que hace Genaro desde hace cuarenta años y ya forma parte del ruido de fondo, igual que la campana de la cocina.
Yo sí le miro. Le miro porque ayer Cipri me tiró una frase por la ventanilla del coche y llevo desde ayer con ella dentro y no me gusta tenerla.
Trabaja bien. Trabaja rápido, sin herramientas de más, sacando los tacos viejos y midiendo con el dedo, que es una cosa que hacen los carpinteros de antes y que a mí me da una envidia terrible, porque yo también mido el cuajo con el dedo y también me dicen que eso ya no se hace así.
Saca un cúter del bolsillo del pantalón para cortar el trozo de fieltro que va debajo de la balda.
Un cúter.
No le doy importancia. Se la doy después.
— Fabiola — le digo cuando pasa con la bandeja —, ¿tu hermano está bien?
— ¿Genaro? Genaro está como siempre.
— Es que le veo delgado.
— Está delgado desde el ochenta. Come lo que un pájaro y trabaja lo que un mulo, y luego se queja de que le duele la espalda.
Y con la madre, que ya no se entera de nada, hija, ya no se entera de nada.
La semana pasada me llamó a las once de la noche porque la Emérita se había levantado a poner la lavadora.
Once de la noche. Y él ahí, dándole conversación hasta las dos.
Se para. Deja la bandeja en la mesa de al lado, que es la primera vez en la vida que veo a Fabiola Bejarano parar.
— Yo se lo digo. Que la traiga aquí, que yo tengo el cuarto de arriba y a mí me sobra sitio. Y él dice que no, que en su casa. Que la madre se muere en su casa. Y cuando dice eso ya no hay quien le hable.
———
Del café salen las historias, que es lo que pasa siempre.
— Yo lo que oí, y esto lo oí yo, ¿eh? — dice Fabiola, sentándose por fin y con la copa de anís que se toma los viernes —, fue la bronca de esa mujer.
La de Madrid, la abogada. El viernes de la Feria, a la hora de la cena, aquí mismo, en la mesa de la ventana.
Y yo estaba en la cocina, con la campana puesta, así que fijaos cómo estarían gritando.
— ¿Qué se decían? — pregunta don Casimiro, que de místico tiene poco pero de curioso tiene mucho.
— Ella le decía: retíralo. Así, tres veces. Retíralo, Nino, retíralo. Y él se reía. Y luego ella dijo una cosa que a mí se me quedó, y fue: yo no me meto en esto por dinero.
— ¿Y él?
— Él le dijo... — Fabiola mira la copa —. Le dijo: pues tú verás lo que haces, porque el papel ya está firmado y yo el lunes empiezo.
— ¿El lunes empiezo con qué?
— Yo qué sé. Salí a llevar unos postres y cuando volví ella ya no estaba y él estaba pidiendo la cuenta tan tranquilo.
Nicasio, a mi lado, se está hurgando en el bolsillo buscando las llaves, y no dice nada, porque Nicasio Tovar lleva cuarenta años no diciendo nada en el momento oportuno.
— Herminia — me dice bajito, cuando ya nos estamos levantando —. Esa mujer se va el domingo.
— ¿Cómo lo sabes?
— Porque me lo ha dicho el del parador, que le ha pedido el taxi para el aeropuerto de Madrid. Digo yo que si tienes que preguntarle algo, será mañana.
Y coge su chaqueta, y me abre la puerta, y no me mira, y me abre la puerta.
———
Vuelvo a casa andando por la calle que baja de la Villa, con mi madre agarrada del brazo y Cuajo tres metros por delante, parándose en cada esquina a comprobar si el mundo sigue oliendo igual que esta mañana.
Y me llevo una idea de la mesa que no me gusta nada.
Cipri perdía el apellido. Ovidio perdía la finca. Miriam perdía el gremio y Álvaro perdía la licencia y Loreto perdía lo que sea que estuviera perdiendo cuando gritaba en la mesa de la ventana. Este pueblo entero tenía motivos, uno detrás de otro, y todos son gente con la que me tomo el café.
Y eso no lo arregla el tiempo. Eso es lo malo. Cuando esto acabe, si es que acaba, aquí nos vamos a quedar todos, sabiendo lo que ahora sabemos unos de otros, y la Feria del año que viene se va a montar igual, y nos vamos a sentar en la misma mesa.
— Estás muy callada — dice mi madre.
— Estoy pensando.
— Pues piensa más alto, hija, que a mí me gusta enterarme.