El membrillo del jurado Capítulo 13
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Capítulo 13

— ¡Que no, que ya se lo he dicho por teléfono y no pienso repetírselo! ¡Ese bidón salió de aquí lleno y precintado, y si ha llegado ahí como usted dice, el problema lo tienen ustedes en la furgoneta y no yo en mi nave!

Cipriano Cañamero está plantado en mitad de su patio con el móvil pegado a la oreja y el otro brazo dándole vueltas al aire, y no me ha visto entrar.

Lleva el gorro del obrador subido hasta media cabeza, las botas de agua sin remangar y la cara de un hombre que lleva una semana durmiendo mal.

Detrás de él, por la puerta abierta de la nave, sale el zumbido del tanque de frío, que es un ruido que llevo oyendo cuarenta años y que reconocería a doscientos metros y con los ojos cerrados.

Cuelga sin despedirse. Se guarda el teléfono en el peto y entonces me ve.

— Vengo a por el bidón del suero — le digo —. El que te llevaste el jueves de la Feria y que llevas una semana paseando por Trujillo.

— Está ahí detrás.

— Ya lo veo.

Pero no me muevo, y él tampoco, y los dos sabemos que no he venido por el bidón.

Nos conocemos desde la escuela, cuando él ya era un mozo y yo una cría a la que no le hacía ninguna gracia serlo.

Cuarenta años de juntas, de mesas de concurso, de prestarnos el cuajo cuando a uno se le acababa un sábado por la tarde con veinte litros ya calentando.

Nos hemos gritado en público más veces de las que le he gritado a nadie en mi vida, y sin embargo, cuando a mi padre le dio el ictus, el primero que apareció en el hospital de Cáceres con un termo de café fue Cipri.

— Anda, pasa — dice, y se da la vuelta sin esperarme —. Pero como vengas a preguntarme dónde estaba yo el sábado a las siete de la mañana, te vas por donde has venido, que ya me lo ha preguntado la teniente y me lo ha preguntado mi prima y me lo ha preguntado hasta el del butano.

La nave de Cipri huele a lo que huelen todas las naves de queseros del mundo, que es a suero tibio y a lejía, y a mí me tranquiliza como a otras les tranquiliza el mar.

Tiene el obrador impecable. Eso hay que decirlo.

Los moldes en fila, el suelo baldeado, las cubas relucientes.

Cipri será muchas cosas, pero guarro no ha sido nunca.

— Estabas en la caseta de la asociación — le digo —. Con los dos de la Serena y el chaval de la cooperativa. Hasta las tres.

— Hasta las tres y cuarto. Y a las siete estaba abriendo el puesto con el chaval, que tenía una resaca de las que hacen época. Eso también se lo he dicho a la teniente. Y llamó al chaval, y el chaval se lo confirmó. Así que ya me dirás.

— Ya lo sé, Cipri.

— ¿Entonces?

Me acerco al tanque. Es el mismo tanque de siempre, el de mil doscientos litros que le compró a su padre la cooperativa cuando cerró la de Zorita. Pongo la mano encima. Está frío, claro. Y el zumbido es el correcto.

— ¿Me dejas catarla?

Cipriano Cañamero se para en seco. Yo he visto a este hombre gritar en una junta hasta quedarse ronco, subirse a una mesa para que le hicieran caso y llamar sinvergüenza al presidente de una denominación de origen delante de cuatrocientas personas.

Y ahora está quieto en mitad de su propia nave, con un trapo en la mano, sin decir nada.

— ¿Que si te dejo qué?

— Catarla. Un dedo. Llevo cuarenta años catando leche todas las mañanas y ninguna de las dos tiene toda la mañana.

— Herminia, vete a tu casa.

Y ahí es donde ya no puedo parar, que es mi problema de toda la vida y por eso me llaman lo que me llaman.

Cojo el vaso de plástico que tiene colgado al lado del tanque, el mismo que tengo yo en el mío y que tiene todo el mundo, abro la tapa y saco un dedo de leche.

Cipri no me lo impide. Podría. Es más grande que yo y está más enfadado.

Pero se queda donde está, con el trapo, y me mira hacerlo.

La huelo primero. La caliento un poco en la boca. La paso.

En mayo, la leche de las cabras de aquí sabe a monte.

Sabe a jara en flor, a cantueso, a hierba que se está poniendo seca en el berrocal, y tiene un fondo amargo detrás que se te queda pegado al paladar dos minutos y que a mí, con perdón, me parece la cosa más bonita del mundo.

Es lo que hace que la torta del Berrocal sea la torta del Berrocal y no un queso cualquiera.

Las cabras se comen el monte y el monte se sube al queso.

Eso no lo pone en ningún papel y lo sabe cualquiera que haya nacido a este lado de la carretera.

Esta leche no sabe a monte.

Esta leche es grasa, correcta, alta de proteína y plana como una mesa.

Sabe a silo de maíz y a pienso compuesto.

Sabe a nave, a cabras que no han visto una jara en su vida y que están estupendamente, bien alimentadas y bien cuidadas, y en algún sitio que no es éste.

Y en el fondo, muy atrás, tiene ese punto dulzón que dejan los conservantes del transporte largo.

Dejo el vaso en el poyo. Me seco los dedos en el delantal.

— Cipri, esta leche no es de aquí.

———

No dice nada. Se sienta encima de una garrafa vuelta del revés, que es una cosa que a un hombre de sesenta y cuatro años no se le debería dejar hacer, y se queda mirando el desagüe del suelo.

— ¿Se nota tanto? — pregunta al rato.

— Se nota si la buscas.

— Nadie la busca.

— Yo la he buscado.

— Tú es que eres muy mala persona, Herminia.

Lo dice sin fuerza ninguna, y por eso duele. Me apoyo en la cuba, porque de repente me pesan las piernas, y espero. Cuarenta años dan para saber cuándo un hombre va a hablar solo si le dejas el silencio quieto.

— Dos años — dice —. Desde el verano de la sequía.

Se me quedó el corte en la mitad, tuve que vender cuarenta cabras en agosto para no verlas morirse de hambre delante de mí, y luego llegaron los pedidos de la Feria y de la tienda de Cáceres y de la de Mérida, y a mí me pedían mil piezas y yo tenía leche para cuatrocientas.

Y mi hija está en Badajoz y no quiere esto ni regalado, que me lo dijo en Nochebuena con toda la familia delante, y hace bien, que esto es levantarse a las cinco toda la vida para que venga un señor de Madrid y te lo hunda en media línea.

— ¿De dónde la traes?

— De una explotación de la Mancha. Gente seria, ojo. Leche buena, con sus análisis y sus papeles en regla. Todo legal hasta que llega a mi puerta.

— Y a partir de tu puerta.

— A partir de mi puerta le pego una etiqueta que dice lo que no es — dice, y por fin levanta la cabeza —. Ya está. ¿Contenta? Ya lo has dicho tú, que era lo que querías.

— No, Cipri. No quería.

— Anda que no.

Y entonces caigo. Caigo del todo, ahí de pie, apoyada en su cuba, con el sabor de esa leche todavía en la boca.

Llevo desde el sábado dándole vueltas al nerviosismo de este hombre, a las manos que le temblaban en la Plaza, a que cuando la teniente Mansilla le preguntó por Nino Corbacho él se puso a hablar de otra cosa.

Yo lo estaba leyendo como lo lee cualquiera: éste tenía ganas al muerto y ahora está muerto y mira cómo está.

Pero no estaba nervioso por el muerto.

— Lo de la marca — le digo despacio —. No era por el nombre.

Cipri se ríe. Es una risa fea, de las que salen sin ganas.

— Claro que no era por el nombre, mujer.

El nombre me lo iba a quitar igual, y me habría fastidiado como nos fastidiaba a todos.

Pero si ese hombre registra la torta del Berrocal, ¿qué es lo siguiente?

Pliego. Consejo. Trazabilidad. Un señor con una carpeta metiéndose en mi tanque y pidiéndome los albaranes de dos años.

Y aquí se acabó Cipriano Cañamero, sesenta y cuatro años, tercera generación.

Y arruinado me daría igual, mira lo que te digo.

Lo que no me da igual es acabar de tramposo, con mi apellido en el periódico de Cáceres y mi hija leyéndolo en Badajoz.

Se levanta de la garrafa. Le cruje la rodilla.

— Eso es lo que yo perdía. Y por eso no dormía. No por el pobre desgraciado de Nino, que me da igual, que me da igual y lo digo delante de quien haga falta.

— Tienes que decirlo en junta.

— Y una porra.

— Cipri.

— ¡Que no! — y ahora sí grita, y el grito rebota en las paredes de azulejo y se me mete en el oído —.

¡Que no, Herminia, que llevo dos años metido en esto y me lo voy a comer yo, y tú te vas a ir a tu casa a hacer tu queso perfecto con tu leche perfecta y tu conciencia perfecta, que es lo que llevas haciendo toda la vida!

— Yo no...

— ¡Tú sí! ¡Tú siempre! ¿Sabes lo que pasa contigo?

Que no eres mejor que nadie, lo que pasa es que a ti te salió bien.

Te salió la nave, te salió el crédito, te salió la madre que a los ochenta y tres todavía te ayuda a desmoldar.

Y como te salió bien, ahora vienes a mi casa a catarme la leche y a mirarme desde ahí arriba.

— No estoy mirándote desde ningún sitio.

— ¡Estás mirándome desde ahí arriba desde mil novecientos ochenta y cuatro! — Y entonces se para, coge aire, y lo dice —. Y así te fue con Onésimo, hija. Que también le cataste la leche.

———

El patio está igual que hace media hora. El bidón del suero sigue donde estaba, apoyado en la pared, con mi nombre escrito en el costado con rotulador y la letra de mi padre. Lo cojo. Pesa lo que pesa un bidón vacío, que no es nada, y sin embargo hay que ir cambiándoselo de mano.

Cipri sale detrás de mí. No me pide perdón, porque este hombre no ha pedido perdón nunca, ni cuando volcó el remolque de mi padre en el ochenta y nueve. Pero se queda en la puerta y se pasa el trapo por la cara, y en la manera de quedarse ahí hay algo que en otro sería una disculpa.

Yo tampoco le digo nada. Meto el bidón en la parte de atrás del coche, cierro, y me quedo un momento con la mano en la puerta, porque lo de Onésimo me ha llegado donde tenía que llegar y él lo sabe y por eso lo ha dicho.

Catorce años lleva este pueblo opinando sobre mi divorcio. Catorce años llevo yo dejándoles. Pero una cosa es que lo diga la Puri con la boca pequeña y otra que te lo tire a la cara el que te prestó el cuajo en el noventa y siete.

Arranco. Y cuando estoy dando la vuelta en el patio, Cipri se separa de la puerta, viene hasta la ventanilla y se agacha. Trae la cara colorada y los ojos pequeños, y trae mala baba, porque a este hombre la vergüenza siempre se le ha convertido en mala baba, es lo que tiene.

— Herminia.

— Qué.

— Ya que andas preguntando — dice —. El que más perdía no era yo.

— Cipri, déjalo.

— Pregúntale a Genarito qué le dijo Nino el viernes. Anda. Pregúntaselo.

Y se aparta de la ventanilla y se mete en la nave, y yo me voy por el camino de tierra hasta la carretera pensando lo que pensaría cualquiera: que es una crueldad de las suyas, de las que se le ocurren cuando le has hecho daño y necesita repartirlo.

Meter a Genaro Bejarano en esto. A Genaro, que le montó a Cipri la caseta gratis el año pasado y le puso un estante que no le había pedido nadie.

Que ya son ganas, digo yo.