El membrillo del jurado Capítulo 12
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Capítulo 12

Cuajo se levanta del rincón del pienso a las nueve y cuarto y se va derecho al zaguán, sin ladrar, y se planta en la puerta con las orejas puestas y la pata levantada, esa cosa que hace cuando hay algo que no le cuadra. Me da tiempo a secarme las manos en el delantal antes de que se oiga el coche.

Es la furgoneta blanca de Álvaro Pinilla, con la escalera en la baca, subiendo el camino de los Berrocales a treinta por hora, y eso ya es raro, porque ese chaval sube este camino a setenta y me lo tiene levantado el firme.

Para, se baja, y se queda al lado de la puerta, sin cerrarla, mirando al suelo. Yo salgo con el gorro puesto.

— Álvaro.

— Herminia.

Y no dice más.

Este chico tiene treinta y tres años. Tiene la barba de cuatro días, la camiseta de ayer y unas ojeras que no se las he visto yo a nadie desde que velé a mi padre.

Está de pie en mi era, a las nueve y cuarto de la mañana de un miércoles, un electricista con la furgoneta cargada, sin ir a ningún sitio.

— Pasa.

— No, si yo...

— Que pases, hombre.

———

Le puse un café en el mostrador de la tienda, que es donde recibo yo a la gente, porque en la tienda hay un mostrador de mármol entre uno y otro y eso ayuda mucho a hablar. Yo no sé por qué. Llevo cuarenta años detrás de ese mármol y he oído cosas que no ha oído el cura.

La tienda es pequeña: la vitrina, la balanza, los estantes con los tarros de la miel de un primo mío, el cartel de mi padre y una silla que puse para las viejas.

Álvaro no se sentó en la silla; se quedó de pie, con las dos manos alrededor de la taza, sin bebérselo.

Y Cuajo se metió debajo del mostrador y se acostó, que es lo que hace cuando hay alguien que no le va a dar queso.

— Yaiza me ha dicho que ha ido usted al cuartel — dijo.

— He ido.

— ¿Y qué les ha dicho?

— Lo que he visto.

Se quedó callado un rato largo, y entonces lo soltó, mirando el café.

— Yo no lo certifiqué, Herminia.

— Ya.

— No. Escúcheme. — Levantó la cabeza y ahí sí que me dio pena de verdad —.

Que no es solo eso. Yo hice el montaje entero y el proyecto lo firma un ingeniero de Cáceres que cobra ciento cincuenta euros por firmar sin venir.

Sin venir, Herminia. Ni ha pisado la Plaza.

Y el Ayuntamiento lo sabe, y el Ayuntamiento lo lleva haciendo así doce años porque lo otro cuesta cuatro mil euros y la partida son mil ochocientos.

Y de esos mil ochocientos, seiscientos me los dieron en un sobre.

— Álvaro.

— Seiscientos euros en un sobre. Y yo lo cogí. — Le temblaba la taza —. Y lo he cogido tres años seguidos.

Se calló.

— Y ahora hay un hombre muerto — dijo.

———

Nos quedamos así, con el mármol de por medio, tres o cuatro minutos.

Yo he visto llorar a hombres de este pueblo poquísimas veces, y siempre en un cementerio. Álvaro no lloró en ese momento; lo que hizo fue peor: se puso a hablar muy deprisa y muy bajito, como el que lleva cinco días recitándolo por dentro y por fin encuentra a alguien a quien decírselo en voz alta.

— Es que yo he repasado el montaje mil veces en la cabeza.

Mil. Desde el sábado no he dormido, y no es una manera de hablar, es que no he dormido.

Y me levanto a las cuatro y me voy a la Plaza y me quedo mirando la caseta desde el soportal.

Y voy por el cable. Otra vez. Desde el cuadro general hasta el enchufe.

Y no lo encuentro, Herminia. No encuentro dónde me equivoqué.

Y no encontrarlo es lo peor de todo, porque entonces es que me equivoqué en algo que ni sé, y eso quiere decir que soy peor de lo que me pensaba.

— Álvaro...

— Sesenta y un años tenía. — Y ahí sí se le rompió —. Y a mí me da igual que fuera un sinvergüenza. Todo el mundo me viene ahora con eso, que si menudo elemento, que si se lo tenía ganado. Y a mí qué me importa. Yo lo maté con un cable.

Cuajo levantó la cabeza debajo del mostrador, y yo dejé el paño encima del mármol y me apoyé con las dos manos.

— Álvaro. ¿Tú tienes las fotos?

Se quedó parado con la taza a medio camino.

— ¿Qué fotos?

— Las de las cajas. Las cuatrocientas once del año pasado y las de este año. Las que hiciste el jueves.

— Sí. Claro que las tengo.

— Sácalas.

———

Y ahí, encima de un mostrador de mármol de una quesería del camino de los Berrocales, un miércoles a las diez menos veinte de la mañana, se acabó una cosa y empezó otra.

Sacó el móvil, y le temblaban las manos, y no acertaba, y tuvo que meter el número tres veces.

— Es que son muchas.

— Ve para atrás.

Fue para atrás y empezaron a salir: cajas grises, cajas grises, un enchufe, una regleta, una brida, más cajas grises. Cuatrocientas y pico fotos de la cosa más aburrida del mundo, hechas una por una por un chaval que sabía que este pueblo se lo iba a comer si algo salía mal.

— Ahí — dije.

— ¿Cuál?

— Ésa. La caseta entera. La que hiciste desde tres metros el jueves por la noche, cuando yo estaba delante.

La abrió, y el móvil, debajo, ponía la fecha: jueves 30 de abril, 21:14.

— Ahora la de antes.

La de antes era el cuadro con la puertecilla cerrada, gris, con el precinto de plástico puesto, a las 21:13.

— La de antes.

Y ahí estaba, el cuadro abierto y con flash. Con el flash le sale a uno una foto fea y blanca y plana, pero se ve todo, y se ve nítido, porque este chaval había hecho esa foto para salvarse el pellejo y las fotos que uno hace para salvarse el pellejo salen bien.

Cinco palanquitas en fila: la gorda y las cuatro pequeñas, y la segunda, la del botoncito de prueba, con sus dos cables y ni uno más. Ni un cable azul dando la vuelta por fuera.

— Álvaro.

— Sí.

— ¿Aquí falta algo?

Se acercó. Se acercó mucho, con la nariz a un palmo de la pantalla, y estuvo mirando cinco segundos, diez, quince. Y luego hizo un ruido con la garganta que no era una palabra.

— ¿Qué? — dije.

— Ahí no hay ningún puente.

— ¿Estás seguro?

— Herminia, esa foto la hice yo el jueves a las nueve y trece de la noche y ahí no hay ningún puente. Ahí no hay nada. Ese cuadro está limpio. Eso lo dejé yo así. — Le empezó a temblar el móvil —. Y el martes había un cable azul, ¿no? ¿No me acaba usted de decir que había un cable azul?

— Había un cable azul.

— Busque la de la cámara. Busque, busque, la de la caja de conexión de la cámara, que la hice antes, que la hice a las nueve y cuarto porque la enchufaron a las nueve...

Buscó él. Pasó doce fotos con el dedo temblando y la encontró: la caja gris de la pared, la manguera, y saliendo de la brida, entero, sin cortar, atornillado a su borne, amarillo y verde.

21:07 del jueves 30 de abril.

———

Álvaro Pinilla se apoyó con las dos manos en el mármol de mi mostrador y se puso a llorar.

Y no era de pena, que yo he oído llorar de pena y no suena así. Aquello era un hombre de treinta y tres años al que le acaban de quitar de encima cinco días con un muerto en la espalda, y le sale por donde puede, que es por los ojos y con unos hipos que se oían en la era.

Yo no supe qué hacer, y ésa es la verdad y la digo. Salí de detrás del mostrador y me quedé al lado de aquel chaval con las manos colgando y no fui capaz de abrazarlo, porque en este pueblo no nos abrazamos y a mí eso me lo han estropeado a los cuatro años.

Así que hice lo único que sé hacer: volví a mi sitio, cogí la torta de tres meses, la que no vendo, corté un trozo con el cuchillo de la vitrina y se lo puse delante encima de un papel.

— Come.

— Herminia...

— Que comas, Álvaro. Que llevas cinco días sin comer, que se te ve.

Y comió. Llorando y todo, de pie, apoyado en el mármol, se comió el trozo entero, y luego se comió otro, y a la mitad del segundo se paró y me miró con la boca llena y dijo una cosa que a mí me acompaña desde entonces.

— Es que yo lo quería, Herminia.

— ¿A quién?

— A Nino. — Se limpió con el dorso de la mano —.

Que yo tengo un recorte suyo en el taller.

De cuando salió en el periódico con lo del premio ese.

Lo tengo pinchado en el corcho, al lado de la licencia.

Con lo mal que se ha portado ese hombre con este pueblo, ¿eh?

Que yo lo sé. Pero es que era de aquí y salía en la tele.

Y volvió a comer. Y ahí lo tienen ustedes: Trujillo entero en dos frases dichas por un electricista de treinta y tres años con la boca llena de queso.

———

Se fue a las once, y se fue derecho al cuartel con el móvil, que es lo que yo le dije que hiciera y lo que hizo, y esa tarde estuvo dos horas con la teniente Mansilla y con el perito enseñando cuatrocientas y pico fotos una por una.

Yo me quedé en la era viéndolo bajar el camino a setenta, levantando el firme, y me alegré hasta de eso.

Después me fui andando a casa, que son cuatro pasos, con Cuajo delante parándose en cada mata, y por el camino me lo dije en voz alta, que es una manía que tengo y por la que en este pueblo llevan riéndose de mí veinte años.

El jueves a las nueve de la noche ese cuadro estaba limpio. El sábado a las ocho de la mañana estaba puenteado y la tierra cortada.

Ahí en medio hay treinta y cinco horas.

Treinta y cinco horas en las que en esa Plaza hubo, primero, doscientos operarios y expositores montando hasta la madrugada del jueves al viernes.

Después, dieciséis mil personas el viernes de diez a once de la noche.

Y después, de las once de la noche del viernes a las siete y diez de la mañana del sábado, una plaza vacía, con la caseta cerrada con un candado, y una llave en el bolsillo del pantalón de un hombre que dormía en el parador.

Ocho horas de madrugada, con la Plaza vacía y la caseta cerrada con su candado.

Y aquí es donde yo, que soy de pueblo y llevo toda la vida entrando y saliendo de casetas de feria, me reí un poco de mí misma, porque una caseta de feria no es más que un armazón de tablón sobre una tarima, con las juntas a tope y los tornillos por fuera.

El candado de la puerta del mostrador está ahí para que no te robe las muestras un gracioso a las tres de la mañana.

No está ahí para parar a nadie que traiga un destornillador y sepa por dónde se abre lo que él mismo ha cerrado.

Aquello lo levantaron en tres días entre cuatro personas.

Cualquiera que hubiera montado una caseta en su vida entraba en aquélla en cuatro minutos y volvía a dejarla como estaba.

Eso lo pensé el miércoles a las once y media de la mañana, andando por un camino de tierra detrás de un perro que se paraba en cada mata, y no me llevó a ninguna parte, porque en Trujillo casetas de feria hemos montado todos alguna vez.

Así que lo apunté en el cuaderno de anillas, por detrás, debajo de los siete nombres.

Y en esas treinta y cinco horas alguien entró en una caseta que estaba cerrada con una llave que solo tenía un hombre, abrió una tapa gris, puenteó una palanquita, cortó un cable de un tajo y regó el suelo con una manguera.

Si no fue el montaje, fue una mano.

Y esa mano sabía dónde tocar.