Capítulo 11
— No.
— Nicasio.
— Que no, Herminia.
— Que no te he pedido nada todavía.
— Ya. Pero me lo vas a pedir, y es que no.
Nicasio Tovar tiene cincuenta y nueve años, la cabeza gris, un todoterreno que huele a desinfectante y a paja, y una manera de decir que no que consiste en decir que no dos veces y luego hacerlo.
Fuimos juntos al instituto en Cáceres, en un autobús que salía a las siete menos veinte, y me ha visto llorar dos veces en la vida y las dos se calló, que es lo mejor que ha hecho por mí nadie.
— Es que van a llevarse la cámara del concurso — le dije —. Y quedan dieciséis quesos dentro que no ha recogido nadie, y alguien de la junta tiene que ir a firmar que se sacan. Cipri no va. Me ha llamado Marga.
— Ya.
— Y tú tienes que ir a los corrales a mirar las cabras del de Ibahernando, que me lo ha dicho Yaiza.
— Ya.
— Pues me llevas.
Nicasio se me quedó mirando por encima del volante, con el codo fuera de la ventanilla.
— Herminia, tú vas a mirar el cuadro de la luz.
— Yo voy a firmar un papel.
— Sube — dijo. Y arrancó.
———
Es que a mí no me hace falta que nadie me abra ninguna puerta, y eso lo tengo dicho y lo mantengo.
Yo, en mi vida, no he forzado nada, no he entrado en ningún sitio a oscuras y no he tocado lo que no era mío.
En un pueblo no hace falta. En un pueblo lo que tú tienes que hacer es ir a lo que hay que ir, y una vez que estás, mirar.
El martes cinco de mayo, a las diez de la mañana, la caseta del jurado estaba abierta porque venían los de la empresa de Badajoz a llevarse el armario frigorífico, que lo alquila el Ayuntamiento por doscientos y pico euros al día y llevaba ya dos días de más.
Había un chico del Ayuntamiento, dos hombres con un carro de transporte, la chica de las prácticas con su lista, y yo, con un bolígrafo y un papel para firmar que se retiraban dieciséis piezas y que la asociación no tenía nada que reclamar.
Los dos hombres empezaron a sacar los quesos a cajas, y yo me quedé en la trastienda, con el papel en la mano, mirando la pared.
El membrillo ya no estaba. Alguien lo había tirado. Yo no sé quién y no lo pregunté, y luego, cuando me hizo falta, ya no había a quién preguntárselo. Pero el papel de estraza estaba en el cubo de la basura, junto a la puerta, arrugado y pegajoso, y eso también lo miré, porque yo miro.
El cuadro está en la pared de la izquierda, a la altura del pecho, y es una caja de plástico gris con una tapa que se abre con el dedo, igual que la mía y que la de todas las casetas de esta feria y todas las obras de este país.
La abrí.
Yo eso lo puedo hacer, y que quede claro: abro esa tapa igual que la abro en mi obrador, y no está prohibido, y allí había cinco personas delante y ninguna me dijo nada, porque nadie mira a una señora de cincuenta y seis años que abre la caja de la luz.
Es que somos invisibles, y es lo mejor que tenemos.
Dentro había cinco palanquitas en fila: la primera, más gorda y con el número más alto, que es el general, y luego las pequeñas, y entre ellas, la segunda, con una ruedecita y un botoncito de prueba.
Ésa. Ésa es la que salta en mi casa cuando friego.
Y estaba puenteada.
———
No hace falta saber de electricidad, que yo no sé; hace falta haber mirado esa caja en el pasillo de tu casa dieciséis años.
De la palanquita del diferencial salían dos cables por abajo, como tienen que salir.
Y luego había uno más, de otro color, más gordo, de un azul distinto, que iba de un tornillo de arriba a un tornillo de abajo dando la vuelta por fuera, por delante de todo lo demás.
Un cable que entra y sale del mismo aparato, que va de un lado al otro saltándoselo.
Y estaba bien puesto, ¿eh? Estaba bien puesto: pelado con cuidado, la punta retorcida en su sentido, metida entera y con el tornillo apretado. Eso no lo hace uno con prisa. Eso lo hace uno bien porque lo ha hecho mil veces.
Yo me quedé con la tapa abierta y la mano en la tapa, y detrás de mí los dos hombres de Badajoz discutían por dónde meter el carro, y yo no los oía.
Voy a decir lo que pensé, porque es lo único honrado que puedo hacer. Pensé: esto lo ha hecho un manitas.
Y no era ni un pensamiento; era una tontería de la cabeza, de esas que te salen antes de que te dé tiempo a ponerte seria, la misma que te sale cuando entras en una casa y ves una estantería bien puesta y dices, anda, esto lo ha hecho alguien que sabe.
Un cable de un metro, pelado con navaja o con pelacables y no con los dientes, la punta retorcida en el sentido bueno, metida hasta el fondo del borne, y el tornillo apretado de verdad, no dado con dos dedos.
Eso lo hace uno que ha apretado veinte mil tornillos en su vida.
Y luego, muy despacio, cerré la tapa y me di la vuelta hacia la cámara. Los dos hombres estaban ya sacándola, con las ruedas desfrenadas, y al moverla se vio la pared de detrás, que llevaba dos meses tapada.
De la caja de plástico gris salía la manguera del cable hacia el armario, y entre las bridas, colgando, había un cable amarillo y verde.
"Ése es el que te salva la vida, Herminia. Ése y no otro."
Estaba cortado. Cortado a un centímetro de la brida, con los dos cabos separados, y el cobre, en la punta, tenía ese color rosa brillante que tiene el cobre nuevo: limpio, sin una pizca de verdín, sin ese polvillo verde y feo que le sale al cobre viejo en cuanto le da la humedad.
Yo veo cobre viejo todos los días. Yo tengo un obrador con una cámara del año de la nana y una humedad del noventa por ciento, y todo lo que hay de metal en esa sala está criando cardenillo desde el día que se puso.
Un cobre así, en una caseta al aire libre, en abril, en Extremadura, con las noches húmedas y el suelo baldeado, ese cobre lleva cortado tres días. Cuatro. No lleva tres años.
Y el corte era recto y limpio en los dos cabos, y la funda de plástico cortada al bies de un solo pellizco. Eso no lo ha hecho un roedor, y eso no se ha desprendido solo, y eso no se ha cristalizado de viejo.
Eso lo ha cortado alguien de un tajo. Con un alicate. O con otra cosa.
———
— Herminia, ¿firmas o no firmas? — dijo el chico del Ayuntamiento.
Y yo firmé. Firmé con la mano tonta, y salí a los soportales, y me senté en el escalón del estanco sin pedirle permiso a Puri, que me miró desde dentro y no dijo nada, y estuve allí sentada seis o siete minutos viendo cómo dos hombres de Badajoz se llevaban en un carro el armario que había matado a Nino Corbacho.
Nicasio vino a buscarme a las once.
— ¿Qué?
— Lléveme al cuartel.
— ¿Al cuartel?
— Al cuartel, Nicasio.
Y me llevó, y no me preguntó nada en todo el camino, que son cuatro minutos, y ésa es la razón por la que llevo cuarenta años dejando que ese hombre me lleve a sitios.
Bueno, me preguntó una cosa, en la rotonda, sin volverse.
— ¿Estás bien?
— No.
— Vale.
Y ya. Eso es Nicasio Tovar. Cualquier otro me habría dicho "pero mujer, cuéntame", y yo habría tenido que ponerme a explicar una cosa que no sabía explicar todavía, y me habría puesto de un humor de perros.
Él dijo "vale" y siguió conduciendo, y en el semáforo me alargó una botella de agua de las que lleva siempre en la puerta, sin mirarme, y yo me la bebí entera.
Nueve años lleva viudo. La Marisol se murió en marzo, y en abril ese hombre estaba en un parto a las cuatro de la mañana con el brazo metido hasta el hombro, porque las cabras no saben qué día es.
Aquí somos así de brutos y así de finos, y a mí me ha costado media vida entender que es la misma cosa.
———
Al cabo Quiles se lo conté entero, de pie, en el mostrador de la entrada del cuartel, y él me escuchó apoyado con los dos codos, y a la mitad se puso serio y dejó de apoyarse.
— ¿Está usted segura de lo del cable azul?
— Damián, que tengo el mismo cuadro en mi casa.
— ¿Y lo del cobre?
— Yo de electricidad no sé nada. De cobre viejo sé todo. Ese cobre lo cortaron el fin de semana.
— Espere aquí.
Y se metió dentro, y a los cinco minutos salió la teniente.
———
Isabel Mansilla es de Valladolid, tiene cuarenta y ocho años, habla despacio y no le sobra ni una palabra. Salió con una carpeta en la mano y con la cara de quien lleva cuatro días durmiendo poco y tiene un pueblo de nueve mil personas opinando a sus espaldas.
— Señora Chamorro.
— Buenos días.
— Cuéntemelo otra vez, si es tan amable.
Y se lo conté otra vez, entera y sin adornar, y ella no me interrumpió ni una sola vez, que a esas alturas ya era más de lo que había hecho nadie en cuatro días. Cuando terminé, me miró un momento largo.
— ¿Usted es quesera?
— Sí.
— ¿Y por qué mira usted la caja de la luz de una caseta municipal?
— Porque en mi obrador salta cada vez que friego — dije —. Y ahí no saltó.
La teniente Mansilla apuntó dos cosas en la carpeta. Dos. Yo le había contado veinte.
— Le agradezco mucho que haya venido — dijo —. Se lo trasladaremos al perito.
— Teniente, es que...
— Señora Chamorro. — Y no lo dijo con mala idea, ése es el asunto; lo dijo con una educación que hacía daño —.
Tenemos una instalación provisional montada sin certificar, cobrada en negro, en un recinto con dieciséis mil visitantes, y un fallecido.
Le aseguro que la caja de la luz la estamos mirando.
Y le agradezco su colaboración. Ahora, si me disculpa, tengo la Feria encima.
Cerró la carpeta.
— Gracias por venir.
Y se dio la vuelta. Yo salí a la explanada del cuartel, con Nicasio esperándome en el todoterreno y una rabia dentro que no me cabía en el pecho.
Ella miró. Eso lo supe tres días después y lo digo aquí porque es de justicia: la teniente Mansilla, esa misma tarde, a las siete, con el perito y con una linterna, miró.
Pero lo que a mí me llevaba de vuelta a los Berrocales, callada, con la ventanilla bajada y el campo verde pasando, era otra cosa. Ese cable no se cortó solo, y esa palanquita no se puenteó sola, y las dos cosas están dentro de la misma caseta, a dos metros la una de la otra.
Ésa es la que me mataba a mí. Que fueran dos.
Una chapuza es una. Un cable mal puesto es un despiste, un olvido, una tarde mala. Dos cosas, en la misma caseta, y las dos exactamente las que hacían falta para que un armario de metal se quedara vivo y nadie se enterara, eso ya no es un despiste.
Eso es una cuenta.
Alguien se sentó a pensar en esto.
Y a las siete de la mañana de un sábado, en una caseta cerrada con una llave que solo tenía un hombre, había un charco.
Aquí no ha habido un accidente.
Aquí alguien ha matado a Nino Corbacho.