El membrillo del jurado Capítulo 10
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Capítulo 10

El bastón de mi madre da en el hule de la mesa una vez por cada nombre.

No lo hace por teatro. Bueno, sí lo hace por teatro, pero también lo hace porque tiene ochenta y tres años y las cuentas las lleva con las manos desde antes de que hubiera calculadoras. Ella cuenta señalando. Señala el aire, señala el hule, señala a la gente, y cada golpecito es uno.

— Don Casimiro.

Toc.

— Puri.

Toc.

— Nicasio.

Toc.

— Fabiola.

Toc.

— Cipriano.

Toc.

— Ovidio.

Toc.

Se para. Levanta la punta del bastón un momento, dudando, y a mí se me para el mundo por una razón que en aquel momento no sabía decir.

— Y Genaro.

Toc.

Baja el bastón. Se recuesta en la silla, muy despacio, que a los ochenta y tres años sentarse del todo lleva su tiempo.

— Siete — dice —. Ni uno más.

— Madre, que hizo usted veinticuatro.

— Veinticuatro. Siete para ésos, uno para Fabiola por San Blas, y lo que queda para esta casa, para tu hija cuando viene, para la niña, y para el que se siente a merendar en esa mesa.

— Da con el bastón en el hule, una vez más, por si no había quedado claro —.

Yo no regalo membrillo a nadie que entre por esa puerta, Herminia.

Yo llevo membrillo a siete casas. Es otra cosa.

— ¿Y qué cosa es?

— Pues una cosa que se hace — dice, y se acabó.

———

Yo tengo un cuaderno de anillas donde apunto los lotes, con la fecha, los litros, el número de piezas y el día que salen de cámara.

Es una manía que me viene de sanidad: si el inspector me pide el lote de un jueves de hace cinco años, yo se lo saco en dos minutos, y por eso duermo.

Y luego, por detrás, empezando por la última hoja hacia dentro, apunto lo que no es de sanidad: los cumpleaños, lo que le debo a Puri, lo que hay que arreglar, y una lista de las cosas que le tengo que decir a mi hija cuando venga y que luego no le digo.

Cogí ese cuaderno, le di la vuelta y empecé por detrás.

Y escribí los siete nombres.

Y luego escribí, al lado de cada uno, por qué. Porque a mi madre hay que preguntárselo, si no, no lo cuenta.

— Don Casimiro. ¿Por qué don Casimiro?

— Porque enterró a tu padre.

Ya está. Eso es todo. Don Casimiro Rosco, párroco de Santa María la Mayor, sesenta y nueve años, que sube a la torre a las seis de la mañana a fotografiar cigüeñas y presume del teleobjetivo que le regaló su hermano como un crío con una bicicleta nueva, tiene un membrillo cada octubre desde 1998 porque enterró a mi padre y porque, según mi madre, "lo hizo bien". Yo no sé qué quiere decir eso. Ella sí.

— Puri.

— Porque me fio el tabaco once meses cuando lo del banco.

Aquello fue en el ochenta y tantos, y fueron once meses. Puri no se lo ha recordado nunca a nadie y mi madre no se lo ha olvidado ni un día.

— Nicasio.

— Porque me salvó la Careta.

La Careta era una cabra. Una cabra, señores, hace veintidós años, y a esa cabra, que se murió de vieja tres años después, la sacó adelante Nicasio Tovar una noche de enero a las cuatro de la mañana con el brazo metido hasta el hombro y sin cobrar.

Nicasio es veterinario de la cooperativa, tiene cincuenta y nueve años, es viudo desde hace nueve y fue conmigo al instituto en Cáceres, y desde entonces no ha dicho una palabra de más en toda su vida.

Membrillo por una cabra muerta hace diecinueve años.

Así funciona la contabilidad de mi madre.

— Fabiola.

— Porque le pone de comer a todo el que pasa y no cobra a la mitad, y un día se va a arruinar y aquí nadie va a mover un dedo.

— Cipri.

Y ahí sí que levanté la cabeza del cuaderno, con el bolígrafo en el aire.

— ¿Cipri? Madre, si usted lo llama zoquete desde que tenía doce años.

— Y es un zoquete. — Se ajustó las gafas —. Pero cuando se murió tu padre, ese zoquete vino aquí a las seis de la mañana durante dos meses a sacarme la leche, con su quesería puesta y sin decirme nada, y luego se iba a la suya. Dos meses. Y no me lo ha dicho nunca.

Yo me quedé mirando el cuaderno, con siete nombres puestos y ni una razón escrita al lado de ninguno.

— ¿Cipri hizo eso?

— Tú estabas en Badajoz con la niña, hija, ¿qué ibas a saber tú?

— ¿Y por qué no me lo ha contado usted en veinte años?

— Porque tú te habrías puesto a darle las gracias — dijo mi madre —, y a ese hombre no hay nada que le siente peor.

———

Seguí, con el bolígrafo.

— Ovidio.

— Porque limpió a su madre cuatro años. Y porque su hermano no.

Ahí ya no pregunté nada, y ella tampoco añadió nada, y las dos nos quedamos un rato oyendo la radio, que hablaba de otra cosa.

— Y Genaro.

Mi madre se quedó callada un momento, con la labor en las rodillas.

— Porque a ese hombre no le hace nadie un dulce — dijo, que era exactamente lo mismo que había dicho el lunes anterior en esta misma cocina, y que era su manera de no explicarse.

— Madre, eso no es una razón.

— Es la mejor de todas. — Cogió la aguja —.

Ese hombre le ha puesto el tejado a media calle y le ha arreglado la persiana a la otra media, y un domingo, ¿eh?

, un domingo, sin cobrar. Y luego se va a su casa a darle la cena a la Emérita con la cuchara, y se sienta en un taburete al lado de la cama, y allí no entra nadie, y nadie lo llama, y nadie le lleva nada.

— Metió la aguja —. La gente se cree que dar las gracias es una manera de pagar.

Y no. Dar las gracias es una manera de no pagar.

Y siguió con la labor, tan tranquila, dejándome a mí con eso encima de la mesa.

———

Me reí sola en el obrador aquella tarde, sacando el género, porque mira lo que tenía yo: una lista de sospechosos de siete nombres. El cura, la estanquera, el veterinario, la del mesón, el quesero, el cabrero y el carpintero.

O sea: la gente que mi madre quiere. La gente que ha estado en esta casa cuando ha hecho falta.

Los que nos dieron el pésame, los que nos sacaron la leche, los que nos enterraron al muerto, los que nos fiaron el tabaco.

La lista de los buenos de este pueblo. Y de esa lista salió el papel de estraza que estaba abierto encima de una mesa plegable al lado de un hombre muerto.

Menuda ridiculez, eso es lo que yo pensé, palabra: menuda ridiculez, Herminia, que te estás haciendo mayor y ves cosas donde no las hay.

Que en esta Feria hay diecisiete mil personas.

Que Fabiola pone membrillo de mi madre en las tablas de Casa Zafrilla y por Casa Zafrilla pasan cuatrocientos al día.

Que cualquiera de los cuarenta y dos expositores pudo comprar un taco en el mesón el jueves, llevárselo en el bolsillo y dejarlo en la caseta el sábado.

Cualquiera.

Y yo me lo creí durante una hora entera, mientras volteaba tortas, y estuve muy a gusto, y me quité aquello de encima y me puse a pensar en el pedido de Plasencia.

Y a las siete y media, con las manos en la salmuera, se me cayó el argumento solo, sin ayuda de nadie, y se me cayó por los tacos de Fabiola.

Los tacos que pone Fabiola en las tablas de Casa Zafrilla son tacos de dos centímetros, cortados por ella con un cuchillo de cocina encima de una tabla y puestos en una bandeja al lado del queso, y el que quiere coge uno con el palillo.

Fabiola no le da a nadie medio kilo de membrillo en su papel de estraza. Fabiola te lo pone en la boca.

Y lo que había encima de aquella mesa plegable era un membrillo entero. Entero, señores: un ladrillo de kilo y pico, con su papel de estraza abierto por debajo, con la cuerda al lado, con la cenefa del molde marcada en los cuatro cantos y dos trozos cortados de arriba abajo.

Eso no se compra en un mesón, y eso no se coge de una tabla, y eso no se lo trae uno en el bolsillo de la cazadora desde Zamora.

Eso es un regalo. Eso es un paquete que ha salido de una alacena, atado con una cuerda fina por una mujer de ochenta y tres años, y que ha llegado hasta la trastienda de la caseta del jurado de la Feria del Queso de Trujillo el fin de semana del uno de mayo.

Y solo hay siete casas de donde puede haber salido.

Me quedé con las manos metidas en la salmuera hasta que se me durmieron, y luego, a las ocho de la tarde, lavando el mortero de piedra, me acordé de los cortes.

———

Ustedes cójanse un membrillo de molde y córtenlo.

Adelante. Es un experimento que yo hice esa misma noche, en la mesa de mi cocina, con uno de la reserva de mi madre, que me lo dejó sacar refunfuñando y diciendo que ya solo quedaban ocho, y que si el mundo se había vuelto loco.

Con el cuchillo del pan, el de la sierra, el dulce se te desmiga por los bordes, se te queda el filo pegajoso y el corte sale serrado, con sus dientecitos.

Con un cuchillo liso de mesa, de los del cajón, el corte sale mejor, pero el dulce está frío y es duro y hay que empujar, y al empujar el trozo se te tuerce y el corte sale abombado.

Y sale fino, además, porque uno corta el membrillo fino cuando corta con cuchillo, no sé por qué; será que la mano lo pide.

Con un cuchillo bueno de cocina, de los de cortar carne, hay que apoyarlo en la tabla y balancear, y lo que sale de ahí es una loncha.

Yo corté seis veces esa noche, en la mesa de mi cocina, con la radio puesta y mi madre desde el sillón preguntándome si me había vuelto tonta.

— Herminia, ¿tú te has vuelto tonta?

— Estoy probando una cosa, madre.

— Estás destrozando mi membrillo.

— Es un experimento.

— Es un estropicio. — Se levantó del sillón, vino hasta la mesa arrastrando las zapatillas, miró los seis pegotes y se volvió a su sillón —. Y encima cortas fatal.

Y no me salió ni uno como los de la trastienda.

Los de la trastienda eran de un dedo largo de gruesos, y limpios, sin miga, rectos de arriba abajo, con la cara del corte lisa y un poco brillante, sin desgarrar, y hechos de un solo movimiento, porque no había marca de haberlo repasado.

Para que salga así, hay que cortarlo con el dulce en el aire. En el aire: el membrillo en una mano y en la otra un filo bueno, corto, con peso, empujando contra el pulgar.

Y yo eso lo he visto hacer toda mi vida, en la era, en la vendimia, en un bordillo de la Plaza. La gente de aquí se sienta en cualquier sitio con un trozo de pan y un trozo de queso, y no saca un plato ni saca una tabla: saca la navaja del bolsillo.

Eso no es un cuchillo de cocina. Eso es una navaja.

Me quedé sentada en mi cocina con seis trozos de membrillo estropeados delante y las manos pegajosas, y ya no me hizo ninguna gracia la lista de mi madre.

Porque a las siete y media de la mañana del sábado, en la trastienda de la caseta del jurado, había un hombre muerto en el suelo, un charco, un grifo goteando y un dulce empezado encima de una mesa.

Y alguien, en algún momento, se había sentado en aquella caseta a comer membrillo con una navaja.

Y no había sido el muerto.