El membrillo del jurado Capítulo 9
38%

Capítulo 9

Los cuarenta y dos quesos del concurso se devolvieron el lunes cuatro de mayo, de once a una, en la propia caseta, y para retirarlos había que ir en persona con el resguardo.

Lo puso el Ayuntamiento en un bando y lo dijo Marga por la megafonía, y a mí me pareció bien, porque cada uno de esos quesos vale lo que vale y son de alguien.

Yo tenía dos allí dentro. Una torta de dos kilos con veinte días y otra de ochocientos gramos, curada de tres meses, que era la que yo quería que probara aquel hombre y que aquel hombre probó a las siete de la mañana del sábado o no la probó, y eso ya no lo va a saber nadie nunca.

Así que a las once y veinte cogí mi resguardo y bajé a recogerlos, como cuarenta y un vecinos más.

Que quede claro, porque luego se dicen cosas: yo no fui a fisgar. Yo fui a por lo mío, con mi papel en la mano, y había un guardia en la puerta y una chica del Ayuntamiento con una lista.

Ahora bien. Una cosa es a lo que vas y otra cosa es lo que miras mientras estás.

Y a mí, en esos dos días, se me había puesto el cuerpo de una manera que no me dejaba estar en ningún sitio quieta.

Yo esto no lo había tenido nunca. Yo soy una mujer que duerme.

Me acuesto a las once, me levanto a las cinco y en el medio no me entero de nada, y llevo así desde los diecinueve años, y he pasado por un divorcio y por un entierro y por una inspección de sanidad y he dormido igual.

Aquel domingo por la noche estuve despierta hasta las dos.

Y no era por el muerto. Yo a Nino Corbacho no lo lloré, y voy a ser honrada aunque quede feo: lo sentí como se siente lo de un vecino con el que no te hablabas, que es de verdad y dura poco.

Era el diferencial. Era una palanquita de plástico blanco de dos centímetros que llevaba dos noches sin dejarme dormir.

Y era el membrillo, aunque yo eso todavía no me lo decía.

———

La cinta ya no estaba, la habían quitado el domingo por la noche, y el mostrador seguía puesto con el toldo echado. La chica del Ayuntamiento, que era una cría en prácticas a la que le habían encasquetado el peor encargo del año, tachaba nombres en una lista.

— Chamorro. Dos.

— Chamorro, dos. Pase usted.

Y entré en la trastienda, tres metros por tres, que se me hizo pequeñísima.

La cámara portátil estaba en la pared del fondo: un armario metálico, gris, de metro ochenta, con las ruedas frenadas, con el motor arriba dentro de una carcasa de chapa y un cuadradito de plástico con la temperatura en rojo.

Cuatro grados. Seguía puesta y seguía funcionando, y estaba abierta, y dentro, en las bandejas, quedaban todavía dieciséis quesos con su número y sin su nombre.

La chica me dio los míos, y yo los cogí, uno en cada brazo, y me di la vuelta para salir. Y me quedé.

Que ya sé que suena a excusa. Pero es que yo miro.

Yo llevo cuarenta años entrando en salas frías con las manos ocupadas y mirando el suelo, los desagües, las juntas, el higrómetro, la puerta.

Es lo que hago cuando entro en una cámara.

Lo hago en la mía y lo hago en la de Cipri y lo hago en la del supermercado de Cáceres cuando voy a hacer la compra, y mi hija me lo dice, madre, que no es tu casa, y yo lo hago igual.

El suelo estaba seco del todo, con esa capa gris y mate que deja el agua encima de la madera cuando se seca y se lleva el polvo por delante.

Y en la parte de abajo, junto a la puerta, donde la caseta hace panza, se veía la marca: un cerco, una línea sucia con dos briznas de paja pegadas, dibujando un charco de un metro largo que ya no estaba.

Y ahí, agachada con dos tortas en los brazos, entendí una cosa que sabía y no sabía que sabía.

Una tarima de pino, mojada de arriba abajo, se seca en dos días y medio de mayo, pero deja el mapa: deja el veteado levantado, deja el polvo apartado hacia los bordes, y donde el agua estuvo más tiempo, en la parte baja, la madera se pone de un gris distinto, más claro, lavado.

Yo eso lo tengo en mi obrador, en un rincón debajo de la prensa donde el suelo lleva cuarenta años más lavado que el resto porque ahí cae el suero.

El agua deja donde ha estado; el agua no se va del todo nunca. Y aquel gris llegaba de la cámara a la puerta.

El grifo era de los de la pared, de latón, con la manguera de goma verde enroscada en su gancho, bien puesta, con la boquilla hacia abajo, con las vueltas iguales y sin un codo.

Ésa es la manera de dejar una manguera cuando uno la usa todos los días de su vida y sabe que si la dejas mal se te queda un codo y al día siguiente no te pasa el agua. Yo tengo una igual y yo la enrosco así.

El que baldea a lo loco tira la manguera en el suelo y a correr. El que la enrosca es alguien ordenado, y en aquella trastienda no había nada más ordenado que aquella manguera.

El cubo verde estaba debajo del grifo, con dos dedos de agua dentro y un poco de porquería flotando.

Miré el asa de la cámara, que es un asa de tubo atornillada a la puerta con el tornillo por fuera, y miré la caja de plástico gris de la que salía el cable, en la pared, a media altura, sujeta con dos bridas.

Y miré la mesa.

———

El membrillo seguía allí. Dos días y medio, y nadie lo había tocado.

Ahí es donde uno se da cuenta de lo que vale un dulce.

Se habían llevado el cuerpo. Se habían llevado el cuaderno del jurado y los bolígrafos, y la chaqueta buena, y la jarra, y la teniente Mansilla se había llevado la llave del bolsillo del pantalón de aquel hombre.

El perito había estado el sábado por la tarde tres horas con una linterna.

Y encima de la mesa plegable, en el mismo papel de estraza abierto, seguía el membrillo, porque a nadie le importa un dulce. Porque un dulce en una feria del queso es como una silla en una casa: no se ve.

Un dulce es lo último que se recoge de una casa cuando se muere alguien.

Eso lo sé yo bien. Cuando se murió mi padre, esta cocina se llenó de cosas que trajo la gente: una tortilla, un bizcocho, tres kilos de café.

Y al mes largo, cuando ya se había ido todo el mundo y quedábamos mi madre y yo y un silencio que no se aguantaba, todavía había en la alacena un plato con unas magdalenas de alguien de las que nadie se acordaba.

Un dulce sobrevive a todo. Nadie lo tira y nadie lo mira.

Yo dejé mis dos tortas encima de la mesa, con muchísimo cuidado, y me acerqué. No lo toqué; eso lo tengo claro y lo tuve entonces, no lo toqué ni con un dedo. Me agaché, con las manos a la espalda, hasta poner la nariz a un palmo.

Y olí. Azúcar, fruta cocida, ese fondo un poco áspero de la piel del membrillo que no se va ni con tres kilos de azúcar.

Y clavo. Ahí, detrás, punzante, seco, entre la pimienta y la botica, tapado por el azúcar y saliendo por debajo, que es como sale el clavo cuando está bien puesto: no lo notas, y luego lo notas todo el rato.

Dos clavos por kilo, machacados en el mortero de piedra que está en la alacena de mi cocina.

Me eché para atrás y miré el canto, y ahí estaba la cenefa.

Unas rayas y un remate en forma de hoja, marcados en el dulce, un poco borrosos por los meses pero marcados.

La cenefa del molde de barro de mi abuela paterna, una mujer de muy mal genio que se murió antes de que yo naciera y que en toda su vida no dejó otra cosa detrás que un mal recuerdo y un molde.

Y los dos cortes seguían igual: verticales, de arriba abajo, de un dedo largo de grueso, limpios y sin una miga alrededor.

Y la nariz, que es lo que yo tengo en vez de estudios, me estaba diciendo una cosa que la cabeza todavía no quería recoger: que aquello no era un membrillo cualquiera de una feria del queso.

Era de mi casa.

— Señora, que a la una cerramos — dijo la chica de la lista, desde fuera, con esa educación que dan en las prácticas.

— Que sí, hija, que ya voy.

Cogí mis dos tortas, una en cada brazo, y salí a la Plaza, y el sol de mayo me dio en la cara y me pareció una barbaridad.

Fuera, en los soportales, había una fila de queseros esperando con su resguardo: el de La Cumbre; el chaval de Santa Marta con su padre, el de los ochenta años, que había bajado otra vez al pueblo; una señora de Cantabria que se había quedado tres días de más y que iba a tirar catorce kilos de queso porque no le cabían en el coche.

Y todos me preguntaron lo mismo al pasar, que es la única pregunta que se le hace a un quesero.

— ¿Están bien?

— ¿Están bien los tuyos, Herminia?

— Están bien — dije, y no era verdad, porque la de tres meses estaba muerta y a mí lo que me llevaba de allí, con dos kilos y ochocientos gramos de mi propia leche en los brazos, era el olor del clavo.

———

En casa, a las dos menos cuarto, entré en la cocina antes de quitarme la rebeca, y mi madre estaba pelando patatas encima de un periódico.

— ¿Están bien?

— ¿Quién?

— Los quesos, hija, ¿quién va a ser?

— Ah. Sí. Bueno, la de tres meses está rara, ha estado quince días a cuatro grados sin airear y...

— Herminia.

Me paré. Mi madre no había levantado la vista de la patata, y es que no hace falta: esta mujer lleva cincuenta y seis años oyéndome entrar por esa puerta y sabe por el ruido de la rebeca lo que traigo.

— Madre, ¿usted le dio membrillo a alguien de la Feria?

— ¿De la Feria?

— De este año. De la hornada de octubre.

Dejó el cuchillo y se limpió las manos en el mandil, despacio, que en esta mujer es la manera de ganar tiempo.

— A Fabiola le di dos por San Blas. Y otro en octubre, cuando lo hice.

— ¿Y a alguien más?

— Pues a los de siempre, hija. ¿Qué pasa?

— Nada.

— Herminia.

— Que había uno.

— ¿Dónde?

Y aquí me callé dos segundos, y en esos dos segundos supe que ya no había marcha atrás, porque a mi madre le puedes ocultar una cosa entera pero no le puedes ocultar media.

— Encima de la mesa. En la trastienda de la caseta del jurado. Al lado del hombre.

Mi madre cogió otra patata.

— ¿Y era mío?

— Con clavo y con la cenefa del molde de su suegra. Era suyo.

— Ya.

Peló la patata entera antes de volver a hablar. Yo me quedé de pie, con la rebeca a medio quitar, esperando como una tonta de cincuenta y seis años.

— ¿Y a ti qué más te da? — dijo por fin —. Membrillo mío tiene medio pueblo.

Y ahí yo dije la frase. La dije sin pensarla, que son las que salen bien y las que luego te cambian la vida.

— No, madre. Membrillo suyo tiene una lista corta.

Mi madre se quedó con la patata en la mano.

Y me miró por encima de las gafas, por primera vez desde que había entrado.