El membrillo del jurado Capítulo 8
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Capítulo 8

— Hija, ese café está frío.

— Madre, ese café se lo he puesto yo hace tres minutos.

— Pues hace tres minutos ya estaba frío.

El domingo por la mañana en esta casa es igual que todos los domingos por la mañana desde que yo tengo memoria, y el domingo tres de mayo, con un hombre de cuerpo presente en Cáceres y el pueblo mudo, también lo fue, porque las cabras no saben qué día es y a las seis hay que ordeñar igual.

Mi madre estaba en la mesa de la cocina con el café frío y la radio puesta, y en la radio hablaban de otra cosa, que en la radio siempre hablan de otra cosa.

— ¿Y no dan los premios? — preguntó.

— No dan los premios.

— ¿Por qué?

— Porque el jurado era él, madre. Los cataba él. Los había catado él el sábado a las siete y no había apuntado nada todavía, o eso dicen. Sin jurado no hay premios.

— ¿Y no puede catarlos otro?

— Pues los otros dos del jurado se han ido a su casa. Y la chica esa de la revista también.

— Menuda gente. Y de los cuarenta y dos, ¿cuántos son de aquí?

— Once o doce.

— Y el de Santa Marta, con su primer año.

— Con su primer año, madre.

— Menuda gente — repitió, que cuando mi madre repite una cosa es que la primera vez se le había quedado corta.

— Es que hay un muerto, madre.

— Ya. Ya. — Le dio una vuelta a la cucharilla, aunque no le había echado azúcar —. Y los cuarenta y dos quesos ahí metidos.

— Ahí metidos.

— Pudriéndose.

— Están en la cámara.

— Pudriéndose, Herminia. Un queso que se presenta a un concurso está en su punto el día que se presenta. Dos semanas después ya es otro queso. — Se bebió el café de un trago, frío o no —. Esa gente ha perdido el año y nadie se lo va a pagar.

Y tenía razón, claro. Lo dijeron luego en la asociación con seis reuniones y ochenta folios: lo dijo mi madre el domingo, en la cocina, en cuatro frases, mientras se bebía un café que estaba estupendo.

———

Después bajé al obrador a fregar, que los domingos de Feria yo no abro, porque el puesto lo llevan Yaiza y un sobrino suyo, y yo aprovecho para dejar esto como los chorros del oro.

Es lo que más me gusta de la semana. Suena mal decirlo.

Pero coges la manguera y le das al suelo, y a las paredes, y a las cubas, y va bajando el suero y la espuma hacia el sumidero, y en veinte minutos tienes cincuenta metros de sala alicatada limpia y brillante, y ese olor a limpio y a leche que se queda debajo.

Yo he criado a una hija en esta sala y he enterrado a un padre y he firmado un divorcio, y esta sala sigue aquí y hay que fregarla.

Estaba dándole al rincón de la prensa cuando la cámara vieja arrancó, y tac, se fue la luz, y yo me quedé de pie en mitad del obrador, con la manguera en la mano y el agua saliendo, en la penumbra, mirando el pasillo donde está la caja blanca del cuadro.

Y ahí lo entendí. Ahí, de pie, con las zapatillas de goma metidas en dos dedos de agua.

Ese chisme de mi pasillo no salta por viejo: salta porque funciona.

Salta porque hay humedad y hay un motor viejo y hay una fuga mínima de corriente que se va por donde no debe, y ese aparato lo nota antes que nadie y corta, en tres centésimas de segundo, antes de que yo diga ay.

Álvaro me lo había explicado el jueves, delante del cuadro de la caseta del jurado, con el móvil en la mano y una ilusión que daba pena.

"El día que friegue usted y no salte, me llama."

Cerré la manguera, fui al pasillo chapoteando y subí la palanquita.

Chas. Volvió la luz y volvió el zumbido, y yo me quedé con la mano en la caja y el agua corriendo hacia el sumidero, porque yo entonces no sabía nada todavía; lo único que tenía era una china en la bota que llevaba dieciséis horas ahí.

Un charco de dos centímetros. Un armario de metal con un motor encima. Un hombre de sesenta y un años agarrado al asa. Y ese diferencial, tan tranquilo, con la luz dada y la cámara ronroneando a las ocho de la mañana cuando entró la Guardia Civil.

Eso no es mala suerte.

Yo no sé de electricidad; yo sé de leche. Pero llevo dieciséis años viviendo con un aparato de ésos que me corta la luz si estornudo cerca, y hay una cosa que sí sé, y la sé en las manos, que es donde se saben las cosas de verdad: si se moja y no salta, es que no está haciendo su trabajo.

Y si no estaba haciendo su trabajo, alguien tendría que explicar por qué.

Me quedé un rato ahí, en el pasillo, con la espalda en el alicatado frío, escuchando el zumbido de la cámara vieja, y me acordé del grifo, que me había parecido una tontería y que no lo era.

En aquella trastienda había un grifo goteando dentro de un cubo verde. Yo lo oí: tac, tac, cada dos segundos, mientras las cigüeñas daban con el pico y un hombre de sesenta y un años estaba sentado en el suelo. Y en la pared, colgada de su gancho, la manguera enroscada.

Un grifo no se abre solo.

Es verdad que en una feria se baldea. Se baldea de noche, cuando se cierra, o se baldea a primera hora, antes de abrir, y la brigada tiene sus horas y sus mangueras.

Pero la brigada baldea la calle, no la trastienda de la caseta del jurado, porque en la trastienda de la caseta del jurado no entra la brigada.

No entra nadie. Lo dijo él, el viernes a las once de la noche, con la llave colgando del brazo estirado y media Plaza mirando.

Entonces, ¿quién regó?

Ahí me quedé parada, y ahí me dio un poco de vergüenza, porque mi madre me tiene dicho desde que yo era una cría que no me ponga a construir castillos con dos ladrillos.

Un grifo mal cerrado es un grifo mal cerrado.

Una feria es una feria, y allí hay ciento y pico personas trabajando, y cualquiera abre un grifo para llenar un cubo y se va corriendo porque le llaman.

Todo eso es verdad. Y aun así, el sábado por la mañana, aquella tarima estaba mojada de pared a pared.

———

Comimos a las dos y media. Cocido, porque era domingo, y en esta casa el cocido de los domingos no lo suspende ni un entierro.

Yo no hablé mucho, y mi madre me miró tres veces, y a la tercera soltó el tenedor encima del hule.

— Suéltalo.

— ¿El qué?

— Lo que llevas rumiando desde ayer, hija, que se te ve venir desde Cáceres.

Y se lo conté. Le conté lo del diferencial, y no le conté lo del membrillo, y no sé por qué; bueno, sí lo sé: porque lo del membrillo era una tontería y porque a mi madre no se le cuentan tonterías, que hace con ellas cosas.

Me escuchó entera, sin interrumpir, que en ella es señal de que la cosa va en serio.

— O sea — dijo al final —, que a ese hombre le dio la corriente porque el chisme ese no cortó.

— Sí.

— Y en tu obrador corta.

— Todos los días.

— ¿Y por qué allí no?

— Pues eso, madre. Que dicen que mala suerte.

Mi madre cogió el pan y se puso a rebañar el plato, muy despacio, que es como se rebaña cuando uno está pensando otra cosa.

— Mala suerte — dijo —. Cuando en un pueblo pasa una cosa que no se explica, siempre hay dos posibilidades. O es mala suerte, o es que hay alguien.

— Madre...

— Y la mala suerte, Herminia, es muy vaga. La mala suerte no madruga.

Y siguió rebañando.

— Madre, que aquí no ha matado nadie a nadie desde el treinta y seis.

— Ah, ¿no?

— Que no.

— ¿Y tú qué sabes? — Dejó el pan —. Tú te crees que un pueblo es esto de ahora, con el centro de salud y la piscina.

Yo he visto morirse a gente en esta tierra de cosas que nadie preguntó nunca de qué eran.

Y no lo digo por meter miedo, hija, lo digo porque me estás mirando con esa cara que ponéis los de tu quinta cuando os digo algo, esa cara de "esta pobre".

— Yo no le pongo ninguna cara.

— Me pones la cara.

Yo me quedé con el tenedor en el aire, y luego me levanté a por la fruta, porque cuando mi madre suelta una de ésas lo mejor que se puede hacer es levantarse a por la fruta.

———

A las seis y media de la tarde, Cuajo ladró. Ladra tres veces al año, y una es cuando viene el del gasóleo, así que fui a la ventana: por el camino de los Berrocales subía la moto de Yaiza a una velocidad que ya le he dicho yo veinte veces que en ese camino no se va.

Frenó en la era y tiró la moto contra la pared, así, sin poner el caballete, y aquello sí que me puso el cuerpo de una manera, porque esa chavala quiere a esa moto más que a su madre. Entró por el zaguán sin quitárselo.

— Yaiza.

Se quitó el casco, y traía la cara de las malas.

— Han llamado a Álvaro.

— ¿Quién?

— La Guardia Civil. Del cuartel. Que se presente mañana a las diez con el DNI y con toda la documentación del ferial. Toda. Los certificados, el proyecto, los boletines, todo.

— Bueno, hija, es normal, es que ha montado él la...

— ¡Es que no lo tiene, Herminia!

Y ahí se le rompió la voz y se puso a llorar de pie en mitad de mi cocina, con el casco colgando de la mano, una cría de veintitrés años que a mí me corta la cuajada mejor que nadie que yo haya tenido nunca en esta casa.

Mi madre no se levantó; se quedó en su sillón, con la labor en las rodillas, y dijo lo único que se puede decir:

— Trae acá, mujer. Siéntate.

Y Yaiza se sentó en la silla de al lado del sillón, en el borde, con el casco todavía en la mano, y lloró como se llora a los veintitrés, que es a chorros y sin dignidad ninguna, que es la mejor manera.

— Es que no lo tiene — dijo otra vez —. Es que a mi primo lo van a machacar. Es que aquí ya lo dicen todos, Herminia, en el bar, en el puesto, en todos lados. "El Pinilla". Y mi tía ha tenido que salirse de misa esta mañana porque no aguantaba.

Yo le puse la mano en el hombro y no dije nada, porque no había nada que decir.

— Yaiza, hija, mira — dije al rato —. Que lo llamen no quiere decir nada. Lo tienen que llamar. Montó él el ferial, y si no lo llamaran sería para preocuparse. Van a mirar los papeles y van a ver lo que hay.

— Es que lo que hay es malo.

— Lo que hay es lo que hay en este pueblo desde hace veinte años, y lo sabe hasta el que barre.

— Ya. Pero el que barre no lo firma.

Y ahí me callé, porque la cría tenía razón.

Y por encima de su cabeza, mi madre me miró. No dijo ni palabra. Me miró y arqueó una ceja y volvió a la labor.

Y en esa mirada estaba todo, y no había que traducirlo: ese chaval de treinta y tres años puede haber hecho una chapuza. Habrá cobrado en negro. Habrá tirado un cable por donde no había que tirarlo, que aquí lo hemos hecho todos alguna vez.

¿Pero puenteó él un diferencial? ¿Para qué?

¿Y quién friega el suelo de una caseta a las siete de la mañana de un sábado?